miércoles, 28 de enero de 2009

De nuestra larga marcha y de su persistente e infructuosa resistencia.

Del mundo real...

Todavía quedan intelectuales (término que de por sí hace redundante el añadido de occidentales) que viven, de hecho o de derecho y en mayor o menor grado, en una relativa aunque esencial marginación social, a veces sin ser del todo conscientes de ello. Se trata de una cantidad nada despreciable de individuos que se caracterizan por disfrutar de la reflexión y la lectura, por ser altamente observadores y hasta críticos, y por vivir lo mejor posible (o desearlo) gracias a esas capacidades.

No obstante, la mayoría de ellos apenas si consigue recoger las migajas de la modernidad en el seno de cuyas instituciones y a base de hacer carrera al uso, es decir, de aceptar primero proletarizarse y ceñirse a una especialización extrema y a veces aburrida, podrían conseguir "algo más"... aunque claudicando o marginando sus más satisfactorias apetencias. Esas instituciones han proliferado hasta constituir el auténtico entramado de nuestras sociedades contemporáneas (Universidades, Institutos, Fundaciones, Iglesias, Partidos políticos, Corporaciones capitalistas, Corporaciones publico-administrativas, etcétera), conviertiéndose en meras extensiones del Estado, de los grupos gobernantes y de los grupos con perspectivas y vocación de serlo. Algunos de esos intelectuales han caído, si cabe, en una especie de esquizofrenia social al buscar la supervivencia al margen de sus cualidades reflexivas a la vez que al margen de la comodidad y servidumbre de lo político propiamente dicho. Muchos se contentan con imaginar un público más potencial que efectivo que esperan encontrar en el hiperespacio cibernético y echan su leña sistemática a la caldera de internet, "realizándose" de ese casi único modo que les queda.

Estos pensadores se hallan, gracias a su desventura, algo menos atados a las servidumbres del sistema que los empuja cada vez más no sólo a convertirse en proletarios culturales (en todo caso, en especialistas) sino en burócratas (aparentemente) expertos.

Sin embargo, muchos de ellos, en lugar de avanzar resueltamente hacia la autoconciencia dolorosa (la única posible más allá de sus momentáneos efectos estimulantes, propios de toda droga), tienden a refugiarse en el pasado o a pedirle auxilio nostálgico (tal vez una reminiscencia de la felicidad infantil y prenatal tal como se nos aparece en sueños), esto es, a "retroceder" o, como diera Leo Strauss, a "arrepentirse", arrepentirse en nombre del mundo entero; una variante profana a fin de cuentas de la crucificción aceptada por Jesús, el Redentor por antonomasia.

Ese refugio protector, ese escondrijo o parapeto, se levanta con el barro de las tradiciones y los viejos valores, que una vez aferrados se agitan ante la realidad al modo en que Abraham Van Helsing agitara el crucifijo o la ristra de ajos ante los vampiros. Educados, o simplemente nacidos en esta relativamente larga era del homo sapiens que se caracteriza entre otras cosas por su lucha desde la debilidad y el socorro de la astucia (otra cosa que tocará explicar con detalle), rechazan el mundo recibido, que tantos obstáculos les pone a instancias de sus mutuas temporalidades, y con ello todo sentido de la realidad. Lo que Nietzsche vituperó como "negación de la vida" aunque desde un punto de vista que desvalorizaba a unos individuos que no hacían sino actuar , simplemente, con la idiosincrasia típicamente humana en condiciones ambientales adversas. Esa defensa, debemos comprenderla en lugar de pregonar inútilmente otras conductas más elevadas, haciendo a fin de cuentas lo mismo (reivindicando viejos valores imposibles, al menos momentáneamente; innecesarios e ineficaces, al menos momentáneamente, como la virtud, el valor, la honestidad, etc.), como si las palabras fueran mágicas además de eternas y universales; como si se hubiesen legitimado más allá de la muerte de los dioses y de las sistemáticas traiciones de La Razón: las mencionadas entre paréntesis y todas las que Hobbes tuvo a bien definir en su "Leviatán" con la intencionalidad de sentar bases de entendimiento "rigurosas" y definitivas per secula seculorum, basadas a su vez las mismas en un apriorismo idealista o platónico que amalgamaba "La Caverna" a "La Naturaleza" o al "derecho natural", en la que, en todo caso, se situaba todo lo que la lógica de su tiempo necesitaba para abrir los espacios del poder a los intelectuales (como el mismo Hobbes era o como lo pretendió y consiguió Galileo al hacerse cortesano). Una práctica necesaria a la supervivencia (necesaria en los límites psicosociales de sus actores, encorsetada en otras palabras por la realidad social de su tiempo) y... que empieza a ser cada vez menos eficiente u operativa en las actuales circunstancias en las cuales el espacio posible obliga a la claudicación o a una ridícula resistencia que se reduce a la queja y a la mendicidad inconsecuentes (retomaré este punto relativo a la visión de Hobbes ya que tiene para mí más significación de lo que podría parecer).

Las palabras, así, vuelven a perder significado en sus discursos, ahondando la brecha que las separaba de toda significación gracias a las necesidades proselitistas de los burócratas políticos y culturales que usufructúan el poder real. Las palabras, así, distraen y confunden; son apenas amasadas y horneadas para consumo de los opresores desconcertantes.

La única posibilidad de rescatarlas, para quienes simplemente las consideran como gemas incluso no reconociéndoles más valor que el dionisíaco, el erótico, el artístico, el gratuito... es incrustarlas en el Tiempo, aceptarlas como valores presentes que no tienen por qué ser universales para ser asumidos, es decir, comprender su función temporal, grupal, coyuntural y necesaria que sus respectivos actores tienen todo el derecho de esgrimir, de la misma manera que se comprende que los antepasados blandieran el garrote, posteriormente la espada y hoy el arma de fuego.

¿Quiere eso decir que deberíamos aceptarlo todo? ¿Quiere decir eso que apuesto por esa mera postura sin rigor a la que se llama relativismo? No, se trata de comprender algo muy simple pero a la vez muy obstaculizado por "la mala conciencia".

Y para que no se saquen las conclusiones de siempre, me permitiré ser más preciso. Ya lo había ejemplificado a lo largo de todo mi blog, lleno de posiciones políticas, es decir, de respuestas comprometidas ante las exigencias de la polis, y sin ir más lejos en el post inmediatamente anterior a éste, que recomiendo leer más por lo que pretende, al menos, inferir en cuanto a la metodología y el reenfoque que propone que por lo que dice de concreto, así como los dos precedentes. Me refiero a mi para mi inevitable asunción de mi propio compromiso y a mi convicción de que nadie puede soslayarlo por más que pregone el relativismo que se haya inventado y que contradirá a cada paso de su vida, hipócrita o incoherentemente, que en todo caso habrá que identificar bien ("leer bien") y si acaso denunciar.

Lo que debe quedar claro (para mí lo está a falta de que se me demuestre lo contrario) es que los hombres no optan porque sí por unos u otros medios de defensa/ataque, aunque eso les parezca a los racionalistas. Por el contrario, el enfoque que lleva a esa conclusión (que no debe ser simplificada) permite eso que tanto les cuesta a ellos explicarse: el por qué no resulta eficaz el razonamiento para cambiar una conducta, especialmente si es la de las masas.

Y es que la voz que comenzó a hablarnos un día de un modo inteligible y que nos habría sobresaltado sin pausa y por sistema, la voz que fue atribuida inevitablemente a un "demon" o a cualquier otro ente mágico y por fin o en última instancia a los dioses, es demasiado perturbadora y lo sigue siendo. Pero esa voz, hoy "lo sabemos", ha sido un simple resultado de la evolución y no hace sino estar al servicio de nuestra supervivencia por más difícil de creer que esta simple y simplificadora idea nos parezca. Y por difícil que sea esto de asumir en su profundidad abismal.

Esto, que parece a la vez de puro perogrullo, no es fácil de aceptar que sea simplemente un resultado derivado de un proceso de adaptaciones sucesivas: parece demasiado "mágico" y... empobrecedor. Y es que es muy duro para quienes tanto poder han demostrado pensarse como meros herederos de hienas y buitres, de pájaros que viven de robarle los panales a las laboriosas abejas a quienes a su vez robábamos para hacernos con la miel sin riesgo de picaduras, etc., como es el caso: débiles carroñeros y patéticos pero avispados aprovechados que nuestra propia culpabilidad comienza un día a vituperar horrorizada, empujándonos por inversión a sostener que quizás no habría merecido que la conciencia naciera en seres como nosotros (es decir, que para merecerla habría que renunciar punitivamente a nuestra animalidad -"nuestra", la de la hiena, no la del valeroso tigre, no la del infalible halcón...-). Como corresponde a consecuentes herederos de los viejos carroñeros, optaremos cada vez por hacer aquello que nos resulte más económico, más cómodo, menos arriesgado, algo que aunque no nos lo parezca se podría confirmar en la medida en que se tomaran en cuenta todas las circunstancias. Nos lo impone toda nuestra historia y la que nos precediera.

Pero es que esa conciencia nació tal vez, precisamente, para (un para no prediseñado, claro) que como tales animales indefensos pudiéramos sobrevivir, porque precisamente tales como esos lo necesitaban o habrían perecido... hasta otra ocasión o hasta nunca; mediante la argucia, ¡esa chispa mágica que se puso a hablarnos al oído interno!

¿Parece poca cosa? Pues esa pesadísima herencia nos determina tanto como el ADN de nuestros propios padres de quienes esos primeros homínidos no se hallan tan alejados como ya sabemos. En todo caso, no tanto por acción directa de una especie de gen que se habría conservado hasta nosotros, sino en base a la sistemática consolidación, imbricación y complejización iniciada a partir de esa herencia; en base a las sucesivas construcciones levantadas a instancias de los primeros impulsos y necesidades. Y, claro, no es lo único ni siempre lo predominante (el asunto es obviamente muy complejo como para describir de un plumazo siquiera lo fundamental del proceso).

Pero volvamos al presente en el que el espacio para la intelectualidad (esa variante, insisto, de la especie de los carroñeros, de la cual la burocracia usurpadora, los Eutifrones, como los he llamado en otros artículos sobre el mismo tema, son su forma más cercana; esa variante para los cuales los dioses no tienen la última palabra...) se manifiesta más reducido y frustrante que nunca. En este marco cercano, palpable, la realidad se debería poder observar en todo su significado y debería resultar casi innegable lo que sucede con las palabras y los discursos.


...y de los tiempos que corren:

En primera instancia, se observa que "La Crisis" ha empujado y empuja a la impotencia tanto al pueblo llano de Occidente (que aceptaba con resignación y esperanza, como el mal menor si acaso, que el Estado proveyese y no sólo lo engañase, lo explotase y lo oprimiese) como a su intelectualidad proletarizada o marginada. Quedan, arriba, creyéndose por lo visto libres de ser barridos por el temporal (las advertencias de Sarkozy fueron puras justificaciones para el paternalismo), en todo caso comprometidos con su única habilidad y sus raíces en suelo burocrático, los que se dicen gestores y dirigentes de la sociedad, los que se atribuyen la representación efectiva de todos.

Y unos y otros contribuyen así a vaciar de todo contenido y significación esas palabras: unos las desconocen, otros pretenden que signifiquen lo que significaron, los últimos lo que pretenden que los demás crean y lo que cada vez suene mejor. Por ello, esas armas verbales que con más idealidad y apariencia que con realidad, son afiladas en la fragua del retoque adaptativo, ya no sirven ni siquiera para avergonzar a los opresores de hoy y menos para torcer sus acciones hacia los ideales atesorados con melancolía digna de mejores afectos. Las flechas son capturadas en el aire y devueltas con forma de redes.

Sí, sin duda el miedo (volvamos, pues, al miedo) lleva a buscar refugio, como ya dije, en el idealismo racionalista que Sócrates y sus discípulos no sólo nos legaran sino que supieron inocularnos per secula seculorum. El miedo a la vida, como lo denunciara Nietzsche; el miedo a reconocer nuestra orfandad insuperable, propia de un resultado pasajero que pugna por darse una meta que nadie le puede dar (como no sea ese fantasma cuya voz escucha dentro suyo); el miedo, también, a que el animal que nos ocupa acabe con nosotros...

Todas cosas muy aprovechables por cierto por nuestros propios congéneres competidores para acorralarnos (algo que en Hobbes dicho sea de paso, se da la vuelta y se reduce para crear una supuesta necesidad, robinsoniana, e inocular una oportuna "mala conciencia" masiva que tanta utilidad tendrá para la burocracia post-revolucionaria y neorevolucionaria, para los nacionalismos, los fascismos, los bolchevismos, los "anticolonialismos", los "tercermundismos"; nada que no haya nacido con Sócrates y que pasara al cristianismo, como denunciara Nietzsche; nada que no nos siga persiguendo y lastrando a pesar de Nietzsche (me permito remitiros a El problema de Sócrates").

Porque ¡esa es también la capacidad maliciosa de la conciencia utilitaria humana!: la de saber aprovechar la del contrincante, éste, esos, unos "objetos" más del mundo, unos "objetos" más que deben ser manipulados, controlados para afirmar el dominio, para conservarlo y hacerlo seguro, y para ello... cada vez mayor, cada vez más complejo.

La Razón, si por Hobbes hubiese sido, tendría que haberse impuesto por sí misma... siempre que no fuera la escolástica, es decir, siempre que no contuviese contradicción lógica interna alguna... como suponía la suya gracias a una combinación de rigor conceptual y realismo estático o atemporal, el realismo de "La Caverna", el realismo imaginariamente instituido en los hechos para ser luego re-extraído como si proviniera de la realidad eterna, no contaminada por el hombre, por su sociedad, por su presencia. Obviamente, la que quedara abandonada en la prehistoria, en la naturaleza, en la simpleza que precedió a su tiempo...

El racionalismo, que inevitablemente tendría la batalla perdida de antemano, es sin duda un refugio perfecto. Pero, día a día esa derrota intrínseca se haría cada vez más evidente, aunque sin que la intelectualidad diese su brazo a torcer una muestra de resistencia denodada y nostálgica que lleva cada vez más hacia la frustración, la renuncia más o menos concreta a actuar y a denunciar lo que sucede, a veces incluso a la claudicación, en algunas ocasiones incluso amenazando con convertirnos en una leyenda como la de la renombrada historia de Matheson de los vampiros.

Era algo que se debería haber visto con sólo estudiar su idiosincrasia, pero hoy el mundo, en la continuidad de su marcha ha caído sobre ello con todo su peso, destrozando totalmente su supuesta efectividad, tanto para el combate como para la defensa, tanto para avanzar en sus utópicas pretensiones como para servir de refugio y evitar ser esclavizados. Las sistemáticas referencias al pasado que se hicieron desde un principio para dar fundamento a los mitos tranquilizadores, como los de la Biblia o las Filosofías Clásicas y Renacentistas, han caducado como armas y tal vez ya no podamos volver a restablecer nunca su íntimo sentido, el que se hacía necesario a los hombres de un mismo grupo para reconocer y señalar al traidor y castigarlo o para honrar a aquel en quien confiaban la prosperidad de su vida; todo en última instancia como respuesta práctica, política, a la necesidad de unirse a los demás para superar las limitaciones físicas aunque también psicológicas.


¿Y del futuro, qué...?

Esos tiempos, me parece (o me gustaría... más allá del tiempo que esto lleve), pasarán, morirán asfixiados muy a pesar de muchos de nosotros, a pesar quizás e incluso de los intelectuales que aún sobrevivimos dispuestos a morir por nuestras convicciones...

En los últimos tiempos hemos acabado por ser secuestrados, a causa de nuestra debilidad congénita, de nuestras preferencia por lo idílico para la mente y de lo cómodo para la animalidad congénita, por seres aparentemente similares a nosotros que supieron liberarse de todo prejuicio, de toda vergüenza, de toda conciencia, de todo valor conceptual o formal, a la vez que aprendieron sus palabras para un uso hipócrita y egoísta (grupalista, en realidad) y que gracias a todo ello se tornaron unos auténticos invasores.

La ciencia ficción ya lo decía quizás sin saber hasta dónde habría dado en la tecla, es decir, hasta qué punto no vendrían del espacio exterior ni como producto de monstruosas mutaciones ocasionales... muchas, de todos modos, provocadas por la idiosincrasia íntima del hombre. Lo decía la literatura, que ya demostró con Kafka o Camus hasta dónde era capaz de desnudar las cosas.

La vida, sin duda, ha encontrado, como mil y una vez antes, su camino sin meta; fiel en exclusiva a la voluntad de seguir viviendo en el mundo con el que se encontraba y el tiempo en el que eso sucedía. Tal vez el hombre pueda algún día ser capaz de vivir no sólo lo inmediato sino un poco en el futuro (de verdad y no como hasta ahora, proyectando el pasado), y tal vez pueda entonces y en alguna parte rescatar sus viejas palabras y revivir mitos más "naturales"; tal vez una eterna representación sin consecuencias, sin otra pretensión que el arte (otro sueño nietzscheano e intelectual sin duda), el erotismo (que sin duda se vive incluso con la reflexión). Quizá tenga, podría ser posible, que empezar de más atrás o inclusive de cero... Quizás deje la vieja piel, los viejos órganos, el viejo cerebro y las viejas palabras, y se convierta en "otra cosa".

Por eso, a veces me invade una nostalgia anticipada por el hombre del mismo modo en que he comprobado que le pasaba a Nietzsche. Y a veces, me pregunto si no habré de huir como hizo él hacia la simplificación de la locura; aunque sé que ni siquiera eso puede hacerse voluntariamente si no es realizándolo como suicidio. Más bien, al menos mientras la senilidad no me fagocite, creo que simplemente estaré condenado a seguir siendo trágico (y bastante histriónico).


Concluyendo:

En fin... Algunos, un tanto escépticos sin duda, como el propio Nietzsche, contemplaron la posibilidad de que la conciencia se extendiera (Nietzsche, a pesar de su pesimismo al respecto, no dejó por ello de "buscar amigos doctos"). Pero para que esto se produzca en alguna medida, habrá que contar con la ayuda de la realidad social circundante e imperante. El peso de esa realidad es significativo. Es claramente una losa. Pero también es lo que se necesita. El problema es ciertamente complejo como he dicho y, tal vez por ello, paradójico (nos lo parece al menos porque no se fácil atar lógicamente o formalmente todos los cabos; que es lo que significa complejo en el sentido de sistema formal o teórico). Es un hecho que el lenguaje y los conceptos a los que hace referencia siguen un desarrollo que nos lleva a sentirnos un tanto desamparados. La insuficiencia de lenguaje es sinónimo, también, de insuficiencia de vínculo social, de imposibilidad de superación de la orfandad trágica que nos empuja un tanto a la claudicación antedicha en una especie de espiral viciosa. Y sin embargo, el lenguaje y los conceptos tienden doblemente a vaciarse de contenido real en la misma medida en que procuran realizar su fin social y psicológico.

Tal vez estas paradojas sean reflejo de lo "inevitable" (aunque no de lo predestinado, en lo que para nada creo ni falta que hace), sea lo que eso pueda ser.

La Burocracia gobernante, por ejemplo, miente; es fácil observarlo porque se desdice cada vez más rápido y hasta en una misma persona que hace las veces de un ser aparentemente esquizoide. Pero los intelectuales, incluso los filósofos, se han engañado sistemáticamente aunque con visos casi indiscutibles de honestidad. ¿Qué hay detrás de esa vocación de engaño y autoengaño? ¿Vamos de una vez por todas a dilucidarlo o seguiremos sin comprender por qué sucede, o sea: a qué jugamos?

Nietzsche vio muy tempranamente que el hombre busca preferentemente (cuando no huye de sí mismo en el sentido que he comentado antes; cuando dice "sí a la vida") la felicidad en lo dionisíaco, en la embriaguez de la fiesta y del arte, en especial el musical, donde lo dionisíaco es absoluto en tanto arte que no pretende transmitir certeza alguna a nadie sino recrear la unidad perdida del momento, fuera de lo trágico y de la impotencia, fuera de la conciencia parlanchina. En ese sentido es un retorno. En la danza y en la ejecución musical volvemos a ser simples animales expresivos, es más... incluso más expresivos como animales que ningún otro. Esa predilección es la que muchos consideraron "naturaleza humana", una naturaleza peligrosa puesto que, practicada por todos no permitiría que la gozara nadie y especialmente el grupo que se había dado cuenta que para tenerla sólo para sí debía limitarla para los demás en base, precisamente, a la promesa engañosa de que la conquistaría por y para todos. ¡Esta es la trampa de los soberanos desde los primeros reyes hasta la burocracia de hoy! Lo que Hobbes quiso justificar racionalmente ofrendando sus servicios a los reyes a la manera de Platón en un tiempo en el que la intelectualidad aún no podía ver en el horizonte la posibilidad de disputarle el trono a la nobleza aunque sí obtener un trato de favor por parte de ella... y vivir a su sombra como vía de obtener una parcela menor del Paraíso. Lo que por fin acabó concediéndole (más o menos insatisfactoriamente) la burocracia triunfante, que ya lo venía haciendo casi todo como ha dejado más que claro Tocqueville en "El Antiguo Régimen y la Revolución".

Es sin duda el deseo de todo hombre, y la necesidad de realizarlo lo lleva irresistiblemente a procurarlo. Es un ansia debida al vacío trágico que no se puede extirpar ni adormecer constantemente. Dado el mundo real de cada época, el hombre buscará el modo que encuentre disponible para alcanzar ese fruto, ese Paraíso idílico perdido (que siente perdido por su propia culpa, aunque esto es sólo la forma de comprenderlo, de saber por qué no lo tiene: suponer un pasado donde lo tuvo y fue separado es sólo una forma de expresar su deseo de alcanzarlo; recuperar es la forma en que se expresa obtener...).

¿Es acaso algo de lo que debamos acusar (con el Dios o los dioses que hemos creado) a los hombres que lo intenten con lo que tienen a su disposición? ¿Podemos culpar a las fieras por las técnicas que usan para alcanzar sus presas? ¿Los hace más culpables la posesión de una conciencia que está en sus manos sólo para servirle como un arma y que cuando se extralimita produce la Razón y sus monstruos, la Culpa y sus obstáculos, la Locura y su terror?

El "sí a la vida" de Nietzsche llegaba hasta la frontera más allá de la cual él creía entrever al superhombre. Pero el superhombre, al margen de lo que la propia evolución pueda dar de sí algún día en contra de las resistencias humanas a que seamos aherrojados a imaginarias jaulas de zoológico o reservas de pastoreo tantas veces noveladas, bastante imposibles en principio, pero cuyas alegorías reflejan el miedo a ser colocados en un peldaño inferior... el superhombre, decía, empieza en el momento en que sea capaz de saber al menos básicamente quién es en realidad. No tanto (aunque sin duda puede ayudar) como una suma de fenómenos biológicos, químicos o físicos... sino en su totalidad, aunque sea relativa e insondable.

Los filósofos se dieron cuenta casi todos con la propuesta del famoso "conócete a tí mismo" que en más o en menos suscribieron. Sabían hasta tal punto que allí estaba la clave que, al mismo tiempo, prefirieron oscurecerla para que fuese inalcanzable.

Fue bastante fácil; la argucia sirve también a ese propósito: bastó con ir distorcionando el objetivo hasta convertirlo en dos, en tres, en múltiples factores, en la búsqueda del corazón o del alma, del ser o del tiempo absolutos, de silenciar el pensamiento para lo desconocido, de simplificar la realidad hasta parir un dogma... Pero ya está bien, ya hemos venerado demasiado tiempo la Caverna de las consideraciones conceptuales eternas y absolutas en las que con el tiempo hemos ido incluyendo más y más mentiras esotéricas.

¡Oh, parece fácil; le resultó fácil a Nietzsche proponer el "sí a la vida"! Y sin embargo... retornamos, sea o no en el sentido estricto con que lo dijo Nietzsche. Y es que la conciencia, al menos como la realizamos o producimos, encierra un gran problema (y siendo crucial para el conocimiento y la edificación de una cultura, es "el problema de la filosofía"): acercarse al límite es tender a la parálisis, a la inacción por falta de sentido. Esto ya estaba en el joven Nietzsche y lo persiguió toda su vida. Ante algo así de insoportable pero también de imposible, es comprensible llegar en lo que quepa a distorcionar la propia idiosincrasia, la "conciencia de uno mismo". Pero... ¡he ahí el problema más trágico!, no alcanzar ese límite es garantizar la inalcanzabilidad del conocimiento, y por tanto: la incompletitud de la teleonomía -por así llamarla sin prejuicios con Monod y que yo podría pensar como autopoiesis- propia de la vida que es conservarla y asegurarla, lo que exige el constante actuar, responder a las necesidades del cuerpo, del mundo en el que se vive, de los tiempos que se viven, de los sueños que en ellos se pueden tener sin que resulten "repugnantes". La "naturaleza", mejor dicho, la evolución, la marcha interactiva y en interacción de las cosas, proveyó a la vida (al menos en La Tierra), en un momento dado, de un instrumento contradictorio, paradójico, que no nació para el conocimiento (alcanzar la verdad) sino para sobrevivir. Y para sobrevivir, nos vemos empujados al conocimiento. Y en un orden no significa lo mismo que en otro.

En todo caso, la marcha seguirá, simplemente ajustándose a tenor de su estado y de lo que se encuentre en su camino. Y, como también supo entrever Nietzsche, seguirá sin meta.


lunes, 26 de enero de 2009

Retórica de primera calidad, mentiras a la enésima potencia.

Coincido en cierto modo... ¡"el cambio ha llegado a América"! Pero... no pienso que sea ni mucho menos el que se publicita. Y, pecando de realmente riguroso, no se puede decir que haya llegado, como dijo él mismo, con Obama, el 44-avo. representante... del "sueño americano". Salvo... que se acepte la palabra "cambio" para indicar... un nuevo incremento de la mentira que tal vez y en cierto modo habría alcanzado en todo el mundo un nuevo hito cualitativo de esta era de crecimiento burocrático que quizás podríamos muy bien denominar... ¿"tercermundización"?, ¿"marketinguización"?, ¿las dos cosas?

En una primera aproximación al tema, me centraré en el discurso "fundacional" que se conoce sólo como "inaugural":

Lo primero que dijo Obama es que Occidente debía permanecer alerta, que lo amenaza un peligro fundamental que las condiciones imperantes tornan especialmente inminente, un peligro que debe ser aventado con inteligencia oportunista y con un gran frente común. Hay que salir de la crisis, más que para acabar con el sufrimiento de los afectados para no caer en unas condiciones aún peores. Por ello habrá que aceptar perder algo para no perderlo todo.

Ese es el sentido indudable del primer párrafo con el que abre su discurso. Pero, ¿hasta qué punto cree en lo que dice y no es fundamentalmente un escudo tras el que piensa situarse para avanzar en su propia ascensión irresistible, precisamente irresistible porque se escuda en la representatividad, esa de la que se podría decir aún sin fe religiosa alguna, sabiendo en fin que no sucederá, "que Dios nos libre"?

¿Acaso Obama no crea que los EEUU sean invencibles, como se puede ver por el contrario (aunque sea parcial y temporalmente) por medio de esa pequeña muestra de occidentalidad triunfante que demostró ser Israel, y que está incluso más que simplemente alejada de la acción de las bombas a diferencia de ese Estado? ¿Acaso no se siente seguro, como inclusive se siente Israel, de tener la capacidad (y ya veríamos si también la decisión) de barrer del mapa a Irán, igual que a Corea del Norte o a quien esté dispuesto de verdad a dar el último paso en el sentido nuclear del término, si fuera necesario? ¿Acaso no se siente seguro de saberlo con tiempo suficiente y en todo caso a adelantarse antes que a correr el riesgo de una destrucción real?

¿Quién lo duda? Obviamente los ingenuos... O los que prefieren no ver las particularidades de la realidad que esos temores ayudan a ocultar con el precioso fin de no sentirse culpables. ¿Culpables? ¿De qué? ¡Ah, ése es el drama de muchos, ésa es la tragedia humana! ¡La cosa, en realidad, llega hasta ese punto!

Pero veamos la jugada de Obama otra vez de cerca y dejemos que quienes no lo vean así puedan decirnos con detalle por qué y en qué se basan en lugar de rebuznar una y otra vez lo de siempre, de decir una y otra vez cosas del estilo del "¡Viene el lobo!" mientras el pastor tiene a su vera un buen fusil de cañón doble que en todo caso vacila en usar porque ha estudiado lo suficiente como para que en su decisión de actuar predomine "el cálculo".

Obama, que propone como arma fundamental contra "los problemas" mencionados "la unidad", hace a continuación una separación tajante entre aquellos con los que se identifica a a quienes en realidad promete representar y "los otros". Los suyos serían sin duda los descendientes de aquellos que llegaron por el mar hasta esa tierra que de hecho parecería haber estado deshabitada hasta el momento del desembarco: esos que soportaron los latigazos y se hicieron llagas en las manos arando una tierra que no habría dado frutos hasta después... Se trataría pues de los robinsones que al parecer habrían recalado en esas playas de la esperanza por decisión propia y no como en realidad fue, al menos para esos que aguantaron el látigo... Porque, en realidad, esa tierra estaba ocupada por quienes compraron y/o explotaron la mano de obra, la fuerza de trabajo, de esos seres esclavizados de su propia raza, traídos encadenados de África, por cargueros esclavistas, obviamente contra su voluntad, así como la fuerza de trabajo de los que vinieron después, expulsados por las guerras, la miseria y hasta la persecución que campeaba en Europa.

Obama, pues, cuenta una historia en la que ni siquiera se digna a curiosear (y eso que llegó ampliamente al cine) y que repite del texto que muy cuidadosa, minuciosamente, prepararon sus asesores; algo tan delicadamente realizado como el resto de sus apariciones físicas y verbales prefabricadas por su aparato con las técnicas más avanzadas de márketing y propaganda.

Pero sin duda, algo hay de verdadero, de sustancial, algo hay que se pueda leer bien leído y que sea cierto: el frente unitario contra los peligros que afectan a Occidente y a su baluarte principal no se dirige sino en contra de esos que de repente han sido como borrados de esa tierra a la que llegaron los tatarabuelos de los llamados a formar, en contra de esos fantasmas de momento excluidos del discurso y de las referencias históricas cuyos tataranietos que se habrían cebado en "la codicia" y eligieron "lo fácil"... llevándonos hasta esta peligrosa Crisis (una diatriba moral, al fin, que ya es vox populis hoy en día). Fantasmas que, mintiendo de nuevo, no pretende ni de lejos exterminar, al menos de raíz, y nada más ni nada menos porque no puede ni le interesa, porque no es compatible con lo que en realidad pretende (y en el fondo pretenden hasta los que se dicen "radicales" o "marxistas", lo que de todos modos es un asunto aparte). Fantasmas con los que sin duda alguna pactará del mismo modo que han pactado y pactarán todos los gobernantes de Europa. Y con los que estos se suban a los yates o se dediquen a jugar al golf mientras "hacen tiempo" hasta la llegada de las investiduras oficiales (y para que entretanto escampe) mientras una u otra parte del mundo resulta un tanto conflictiva para las declaraciones. Fantasmas como los que esperan mejorar sus ingresos gracias, por ejemplo, al invento de "La Paz" o al del "Calentamiento Global" que tan buenos negocios y tantos buenos puestos privilegiados han producido y producirán en todo el mundo para la clientela amiga; en todo el mundo sin excepción. Sin duda, por algo para Obama el problema "no es si el mercado es una fuerza del bien o el mal". Por algo, en fin, inscribe esa frase en su bandera.

¿Hacen falta datos más precisos o basta con las sugerencias? Supondré que bastan para no convertir esto en otro ensayo; a fin de cuentas, nadie que no quiera o no pueda ver... verá (aunque volveré sobre otro aspecto, muy significativo, de la frase que he transcrito en último término).

Obama dice: el problema no es si el gobierno es grande o pequeño, etc., y vuelve a mentir... no le queda otro remedio. El dice que lo importante es que funcione según la teoría, según su contenido conceptual (la definición platónica del Leviatán ya fue reiteradamente rescatada, sí), pero ni queriéndolo es posible que se haga más pequeño. Obama apunta a los Republicanos de McCain cuando habla de los cínicos y de los que proponían y proponen reducir el Estado, pero no les dice que son utópicos, como lo es por cierto él, sino que no es esa la cuestión. Y en esto miente, porque lo que está demostrado a lo largo de la Historia es que "el monstruo", ese dios mortal y ansioso, no puede reducirse sino todo lo contrario y que, esto es lo más significativo, no puede funcionar... no sólo en el sentido estricto de sus funciones administrativas asignadas sino en el de procurar el bienestar general (¡la gran mentira platónica de Hobbes y de todos los gobernantes que se justificaron en sus teorías mentirosas y sobretodo desconcertantes!)

"La cuestión para nosotros no es si el mercado es una fuerza del bien o del mal", dijo textualmente. ¿Por qué? ¿Será porque se siente al margen de sus mecanismos, perteneciente a algo que está fuera, y realmente por encima del mismo, capaz por ello de "controlarlo" y "reeducarlo"? Si duda, sin duda Obama pertenece a esa fuerza de intervención, a esa fuerza externa al mercado que en realidad ha existido siempre, siempre asociada a la sociedad moderna de la que el mercado es no sólo la otra parte, digamos la parte ciega o irracional ante la que el Leviatán cree poder poner cordura, racionalidad, como asumieron John Stuart Mill y Adam Smith, sino, y sobretodo, como la parte inseparable, la parte que ha crecido con él, que se ha alimentado con él... y con la democracia a él también asociada. Es la santísima trinidad sin duda, y Obama pretende ser su nuevo papa.

Y como no podía ser de otro modo, hay abundante retórica idílica y mentirosa de relleno de esa que se viene repitiendo desde todas partes hasta la saciedad. Las llamadas al esfuerzo de los ciudadanos apenas si son una invitación a la resignación, el altruismo que se pide es vacuo y mentiroso, porque no es cierto que el mismo haya sido el que contribuyera al levantamiento de los EEUU y menos con un peso tan notable. Lo pueden testificar hasta las más modestas películas del Oeste cuando no las de gangsters. Al menos habría que reconocer que hubo de todo, hasta Gulags en Norteamérica (como queda en evidencia en la última película de Clint Eastwood, "Intercambio", que vi el pasado fin de semana y que vale más a mi gusto como documento que como arte, y que hizo decir, aunque no crea, "que Dios nos libre" de la representatividad).

Pero esas mentiras retóricas hay que perdonarlas por comunes y habituales además de que no van a ningún lado: hoy eso se escucha como relleno y la gente las toma como tal.

En todo caso, más allá de las alusiones sensibleras, Obama está ahí para desarrollar un plan en cuyos resultados no tiene la menor confianza y en cuyo nombre tiene, sin embargo, el firme propósito de conservar e incrementar el poder de su grupo dominante. En esto hace frente común y hará frente común con todos los gobernantes del mundo... haciendo al mismo tiempo todas las trampas que sean necesarias a diestra y a siniestra. Lo que mandan en Obama como en otros de su mismo pelaje, es ese objetivo único, maquiavélico, mejor dicho "bonapartista". Eso parece estar fuera del discurso, aunque no lo está del todo.

Es cierto, por que no quede, que el país de Obama es tal vez de los muy pocos, al menos hoy en día, en donde un Husein es investido presidente mientras en muchos otros un John o un Christian no tienen la menor posibilidad de ser ni la mitad. Pero no nos confundamos, no le pidamos peras al olmo, no nos ceguemos por las posibilidades imaginarias de la magia y no olvidemos que eso es sólo un resultado histórico que permite no sólo explicar a Obama sino explicar a muchos otros Huseins. Y otra cosa: que tal vez pueda explicar incluso los hechos que se suceden últimamente como manifestaciones de esa "tercermundización" a la que aludiera al principio, que no pretende ni mucho menos referirise a la negritud de la piel de nadie sino a la consideración que de esa negritud hacen quienes la ponen en el asta de la bandera... entre muchas otras cosas que antes se veían puntualmente hasta en USA (vuelvo a recordar "Intercambio", vuelvo a recordar la novela americana de Robert Penn Warren, "Todos los hombres del rey"), con prácticas hasta hace poco reservadas a los países del llamado Tercer Mundo que ahora parecen generalizarse, donde la autoridad acaba tergiversando en los hechos los mecanismos democráticos instituidos que les permitieran alcanzar la cumbre del poder, aunque nunca vituperándolos en los discursos como estilaban los fascismos sino más bien prometiéndolos en lo social como los socialismos. Discursos que siguen y siguen haciendo referencia a la representatividad, aunque para utilizarla como mera legitimación de los abusos y de los recortes reales que ponen en práctica, de la libertad ante la ley, de la libertad política, esa que no derogan por lo dicho, porque les sirve mucho más escrita, porque les sirve de referencia... pero que cada vez complican más y violan lo más legislativamente que le permite la relación de fuerzas en su propio campo. Esto entre las manifestaciones principales...

Algo que suena, ciertamente, demasiado cerca como para no comprenderlo; demasiado a la vista como para creer que lo importante son las diferencias esas que se dice que "dan envidia" (¡vaya pelmazos y oportunistas que pasan por ingenuos!) Deberíamos comprenderlo todos, aunque esto debe tomarse como una forma de decir con la que no quisiera ocultar mi escepticismo (es decir, mi "relativa seguridad" basada en mil razones); que (también de eso) "¡Dios me libre!".


* * *

Adendum (27-1-09): Ya se habrán enterado: Obama ha comenzado a sugerir que se sumará a la campaña por la "alianza de civilizaciones", esto es, otra pirueta que nos dará que hablar de la mentira y el desconcierto.

domingo, 25 de enero de 2009

La continuación irresistible.

¿En qué medida y, de haber alguna que reconozcamos a pesar de nuestra preferencia por negarlo, en qué aspectos somos diferentes de aquellos a los que se les critica "utilizar los mecanismos de la democracia en contra suya", o de aquellos a los que se acusa de "codicia desmedida" en el uso de los mecanismos de libre mercado para hacerlo naufragar; es decir, para comportarse como la carcoma o el pájaro carpintero cuyos apetitos son capaces de hundir el arca?

Desde ya que no pretendo que practiquemos (de la manera más o menos hipócrita que es la manera única como se podría practicar) la reconvención propia del cristiano teórico que es capaz de reprimirse y dejar caer la piedra que estaba a punto de arrojar...

(En este punto, debo insertar la siguiente digresión relativa al reconocimiento propio de que yo, por el contrario, no sólo veo inevitable tanto la conducta del que alza la piedra como la de la carcoma o la del pájaro carpintero, a quienes sólo se les pueden atribuir como pecados haber aceptado la invitación de Noé a subir a bordo, es decir, sus propios deseos de sobrevivir comunes a los de los demás. Se trata de idiosincrasias, y como tales hay que tomarlas. Por ello, no sólo sus conductas son justificables sino las de quienes tomen en sus manos reprimirlas como sea y hasta donde sea. E incluso... no combatirlas en absoluto y hasta subordinarse a ellas... Y es que, en definitiva, y de eso se trata: nadie ha dado ni puede dar con la "piedra" que le permita imponer a todo el mundo "su" moral.)

Ahora bien, en mi post anterior mencioné "mi compromiso" utilizando la expresión que para el mismo fin empleara Leo Strauss. Se trata sobretodo de un "compromiso" con uno mismo, por lo se hace obligatorio dejar claro quién es "uno mismo", qué es "uno mismo", por qué me puedo permitir darle (darme) un valor elevado, hasta dónde debo, hasta dónde puedo, hasta dónde se hace sistemáticamente esto y hasta dónde no... En fin, se hace necesario rumiar a la manera nietzscheana, que no de cualquier vaca.

Así, si me interrogo, si me tomo en serio indagar en mis motivos para fundamentar esa valoración (o negarla de tanto en tanto... incluso una última vez) y para fundamentar ese compromiso, es probable que me encuentre más o menos enseguida con mis propios intereses, intereses que toman forma en mis anhelos, mis sueños, mis proyecciones. En ese punto, no lo lo puedo negar: la conciencia (biológicamente constituida) no me lo permite; no le permite a nadie mentirse de verdad a sí mismo salvo en condiciones de disfuncionamiento psico-neurológico. Ahora bien, ¿cuáles son esos anhelos, esos intereses, esas proyecciones mías... y por qué son justamente esas y no otras, por qué coinciden con las de algunos pero no con las de otros que, curiosamente, son los más...?

¡Oh -debo reconocer en ese punto-, cuan lejos quisiera de mí la guerra -toda guerra-, cuan lejos quisiera de mí la miseria, el sufrimiento, la falta de libertad al menos cuando la causa otro ser vivo, un opresor, un carcelero, un raptor..., cuan lejos quiero de mí toda infelicidad, al menos la que me causa otro por los motivos que él juzgue tener para hacerlo, y cuan lejos, también, también, la quiero de mis hijos, de mis nietos, de mis hermanos, de sus hijos...! De acuerdo, sí, lejos de un círculo que me sitúa indudablemente en el centro pero que se extiende en cuanto lo pienso un poco hasta bastante más allá de él. Y que, evidentemente, excluye a aquellos que para alcanzar sus propios sueños necesiten, o crean necesitar, obstaculizar la realización de los nuestros... cosa que a su vez nosotros hacemos con relación a ellos. Sí, lo necesitan o así lo creen, y esto no puede ser casual ni voluntario, se les impone en principio por algo, asumamos la evidencia, por algo que sólo puede ser su idiosincrasia... ¡al igual que me sucede a mí! Se nos impone aún cuando quepa la posibilidad de un esfuerzo de resistencia (un tanto inútil por cierto o utópico si las circunstancias así lo favorecen y en tanto lo hagan, lo que en todo caso conserva los sueños en el ámbito mismo en el que nacen, la cabeza, la imaginación...)

A lo largo de la historia, muchos hombres se interrogaron al respecto, y lo curioso es que sus respuestas retornan eternamente, lo que tampoco puede ser casual... La respuesta habitual los vuelve contra sí mismos. ¿Qué otra cosa puede esperarse de quienes reconocen que no pueden escapar a los designios de... del mal? ¿Cómo no pensar, al creer que se lleva dentro un irresistible instinto de malicia que considerar enferma, de una u otra forma, a eso que acabará llamándose naturaleza humana? ¿Y cómo no pensar en la utopía, pasada o futura, en donde el hombre, tal vez gracias a tenerlo todo para él, del Padre bondadoso, tal vez al poder ser poco más que un niño, fuese enteramente bueno, incapaz de disputarle a otro nada, ni siquiera para su felicidad?

Una y otra vez, de esa manera, los hombres que reflexionaban pretendían proponer soluciones dictatoriales, o educativas de carácter obligatorio que para el caso es equivalente, y hasta imaginaron mitos compensatorios que pretendían (declamativamente) superan los límites del grupo para el que se erigían otros de igual naturaleza, con el objetivo de encarrilar al hombre, de hacer de la humanidad una única masa unida... aunque con la aceptación y hasta con la resignación de muchos a que ese no fuera el mundo de sus sueños sino el de la alianza, el del compromiso en su otra acepción, el del acuerdo contractual en este caso. En definitiva... que renunciara a sus sueños, porque de eso se trataba en tanto se aceptara por parte de "los otros" que no todos éramos iguales y que ¡por eso! unos debían estar al margen de las penalidades más que ellos... ¡Que casualidad, justo los que proponían las utopías, la organización perfecta (¡o racional!)... ni más ni menos.

Así, los ideales más puros... reinicidían en las prácticas hipócritas o incoherentes de costumbre. La Historia está ahí para dar fe con sus propios acontecimientos.

Lo cierto, es que no es posible una salida. No con el hombre como ha sido producido (y no es algo de lo que haya o tenga sentido arrepentirse porque no habría podido haber hombre sin ser como ha resultado... no sólo porque no habría podido ser sino porque no habría podido seguir siéndolo: un círculo vicioso, vaya).

Tal vez, de tanto luchar por imponer un ideal se pueda lograr que ese ideal se imponga. Esa no es incluso la cuestión. Oh, no; una entera sociedad sinsentido en muchos aspectos puede acabar funcionando, puede concitar que todos la admitan como suya, sea o no como "lo mejor" o sólo como "el mal menor". Una tal sociedad puede durar medio siglo o tres, cuatro inclusive, y puede luego ser sustituida por otra, todo está en el orden de lo posible, debemos verlo en la realidad de hoy donde el incremento psicológicamente necesario del consumo, y la promesa mágica de que será mayor en el futuro, han mantenido e incluso se pretende que sigan manteniendo la marcha de las cosas dentro del sistema instituido... Esa, pues, no es realmente la cuestión.

Puede, pues, que una de esas sociedades del futuro responda a lo que los conceptos puros de la imaginación idealista concibieron... y puede que de poder viajar al futuro y verlo los resultados nos repugnen. Pero lo cierto, según yo lo veo, es que nadie aceptará, salvo en cierto grado, renunciar a sus propios sueños y hacer todo lo posible por realizarlos, muchas veces por vías más aparentes que reales, más equivocadas que prometedoras. Ese, amigos (y enemigos), creo que es nuestro mundo y nuestra realidad, y no podemos pretender que actuemos de otro modo... del mismo modo que no podemos pretender que lo hagan los demás... Un mago del espacio exterior, un mago poderoso que podría merecer de muchos la denominación de "dios menor", debería imponernos demasiados cambios, unificar nuestros intereses, darnos máquinas inteligentes aunque esclavas, facilitar nuestra conversión a la holgazanería absoluta... es decir, abrirnos las puertas de un Paraíso que no existió sino en el anhelo pero que, por esa vía indudablemente mágica, podría llegar a existir.

Pero esto no es sino una proyección imaginaria que sólo podría contribuir a la constitución de una secta de desquiciados (espero no promoverla con lo dicho, claro) y, precisamente porque los hombres son reales y su mundo está ya dado, porque están ahí y son seres entre otros seres, no dejarán de intentar marchar por donde haya senderos o por donde sea realmente factible trazarlos. Y eso incluye no sólo que actuemos sino que pensemos lo que pensamos y creamos en que ello es lo mejor o lo más sabio.

Rindámonos a la evidencia... y ante la imposibilidad de seguir como hasta ahora nuestras propias marchas más o menos acompañados por el grupo con el que nos identificamos por obra y gracia de "lo que mejor sabemos hacer". Aunque, en general, incluso no rendirse a la evidencia sea asimismo, por intrínseco, también inevitable (tanto como que yo siga dando la lata).

martes, 20 de enero de 2009

A propósito de sensibilidades... y servidumbres voluntariamente elegidas


Cada uno lleva a flor de piel una sensibilidad particular que podría equivaler a la del olfato ante diferentes perfumes y olores... lo que, incluso, por qué no, podría dar lugar a la atracción hacia la sangre recién vertida o las heces aún tibias sobre el asfalto (lo que no tiene por qué acontecer en el campo de batalla).

En fin, ironías más o menos duras aparte, puede comprobarse el aserto justamente en estos días, en que una pléyade de indignados ha salido de sus casas a vociferar en plena calle (siempre unos más que otros y algunos hasta extremos, como se dice... inconfesables) contra un supuesto, mejor dicho INVENTADO genocidio (INVENTADO, sí, porque de genocidio no tiene nada o, en todo caso, tiene la fantasía; una del mismo estilo que la que pocos pueden decir que no han abrigado cuando se les pasara por la cabeza, alguna vez al menos, matar al propio padre. INVENTADO, sí, porque los israelitas en general, en todo caso no más ni menos racistas que los españoles blancos, o los franceses blancos, etc., no tienen el menor problema en contratar palestinos árabes por un salario... siempre que no lleven bombas atadas al cuerpo).

En fin, retornando al núcleo del tema aunque sin alejarme demasiado del ejemplar ejemplo, me pregunto: ¿a qué perfume son sensibles los olfatos de esos vociferantes? Porque no podrán negar ellos mismos, ni nadie que sea sincero, que su fervor fue poco menos que nulo hasta estos días (o mejor dicho, entre los inicios de la ofensiva contra Sadam y la de actual contra Hamas), es decir, ante lo que pasara en el Congo, en Sudán, en las cárceles de Irán o de Cuba, ante el propio y sistemático bombardeo sin precisión alguna que Hamas practicaba sobre territorio judío, por poner un puñado de ejemplos... No podrán negar, en fin, que en eso venían repitiendo una larga tradición "de izquierdas", como se dice popularmente con más o menos rigor, que explocionaría con la descolonización y el asociado sentimiento de culpa europeo... ¡El olfato sensible de "las buenas conciencias" que se sienten "la conciencia de la humanidad"... y no dejan de soñar con empujar un día el carro del horror y del terror "revolucionarios" en nombre de su propia utopía, sueño que al parecer tiende a tener cada vez menos significación... para asumir su forma real de golpe de Estado e incluso de "triunfo electoral" obviamente manipulado!

¿O es que percibían en la intimidad tales buenos sentimientos en relación a esos "dolorosos acontecimientos" por no tener quién los convocara, como ahora, a salir en manifestación explícita?

¡Oh, sin duda también habrá de esos! Sin duda existe una sensibilidad real en contra de los horrores de la guerra, en contra de la violencia, en contra del espíritu de dominación de unos hombres sobre otros, en contra, en fin, de la naturaleza humana... aunque tal vez sea muy poco operativa y por supuesto nunca en la dirección en que muchos creen responder a ella.

¿O no es así?

Además, siempre habrá atenuantes que los ayudan a superar el mal trago. La Razón, a fin de cuentas "de Estado", "política", siempre las encontrará cuando otras cosas les resulten más... ¿sensibles?

Muchos, por ejemplo, ponen a la injusticia por encima de todo y comprenden en su nombre las respuestas agresivas del más débil. Incluso cuando hace un uso torticero de la violencia (??), digamos que lo que se llama cobardía, como es la de matar a traición, la de poner una bomba en cualquier sitio, la de elegir a esos que llamamos "inocentes" y ellos "carne de cañón" y "mayorías silenciosas" que deben ser "agitadas" y en todo caso "castigadas" por "razones morales", como hiciera Dios con Sodoma y Gomorra, ellos, sus expresiones corporizadas en la Tierra... o utilizar niños y población vulgar en general como escudos humanos, algo que indudablemente es más barato, es decir, que está al alcance de "los más débiles", como Sadam o Hamas, a fin de cuentas... ¡todo un estilo...! (al margen de que se justifique por "razones más elevadas" de índole religioso, como se puede apreciar en el sitio relacionado). Y, esto último, especialmente efectivo si la hipocresía extrema lo permite como propaganda y los fines más elevados de la religiosidad lo autorizan, sea la islámica, sea la racionalista de esos occidentales prototípicos que, por qué no, soñarán con "hermanos musulmanes" hasta la misma noche en que los pasen a ellos también a cuchillo... o los cuelguen de una grúa... ¡ay, Zerolo, qué mamonaso eres, tú, entre tod@s!

¿Acaso no lo saben? Tal vez algunos se nieguen a saberlo pero, sobretodo, hay razones "de Estado" o "estratégicas" para ignorarlo, incluso para silenciarlo con voces más airadas e intempestivas. La debilidad aparente justifica que se favorezca que la ayuda que la pueda hacer fuerte, es decir, capaz de llevar a cabo el genocidio que ella sí propugna, como se ha podido escuchar en muchas manifestaciones callejeras, ¡no digo en Irán o Siria, Pakistán o Indonesia, sino, por ejemplo... ¡en plena Holanda donde se pedía ni más ni menos que "gas" para los judíos!

¿Más evidencias de que lo que se pedía, al margen de lo que digan unos cuantos carteles, no era La Paz sino Otra Guerra?

Claro que no son los únicos espíritus sensibles. Ni siquiera al horror. Aunque tengan reacciones diferentes, lo que pone en tela de juicio adicionalmente que lo principal en el hombre sea la sensibilidad pacifista. Lo demuestra y no lo contrario, lo que sucede en la acera de enfrente, entre los que son especialmente sensibles a hipocresías en última instancia similares, concretamente a "la democracia" y a "la libertad" (obviamente... a su versión "occidental").

Claro que, digo yo, por qué no van a tener, ellos también, derecho a ser hipócritas. ¿Por qué no van a tener el derecho de no sólo defenderse sino también incluso de atacar? Con todas las armas que les permita su propia sensibilidad, en ese sentido mucho menos sanguinaria sin duda que la des sus contendientes, apenas guiada por un racionalismo que busca la máxima eficacia y precisión inclusive cuando arroja bombas siendo que se lo permite la propia conquista del bienestar alcanzado y la propia manera en que puede continuar desarrollándose. Porque esa es la causa de que se pueda y se prefiera actuar así, porque su prosperidad está basada en una manera diferente de la de los otros de dominar a los demás. Una manera no bárbara, "civilizada" si se quiere, como ha sido bautizada por la historia... ¡qué le vamos a hacer si es así de real!

Pero, con todo y después de todo, su mundo sigue parámetros similares al de los otros y en cierto modo también está más en El Cielo que en La Tierra. Porque en ambos se ponen las propias vidas al servicio de sus propios congéneres que, ellos sí, saben ser poderosos en el presente y en el mundo real gracias a ellos.

Por eso, ¿quién tiene la potestad de condenar a unos y reivindicar a los otros? ¿Quién puede atribuirse la facultad de juzgar con objetividad y decir que deban luchar sin hacer uso de todas las armas al alcance de cada quien incluyendo mentira?

Yo entiendo que en apariencia (y "el derecho" lo es como producto formal) todos estarían en su derecho (teórico) de luchar por la concepción propia del mundo que, como todas, tiene la voluntad mayor o menor de imponerse a todo el mundo. Pero, como creo que unos contra otros luchan en realidad por el encumbramiento de sus propios jefes, yo, en todo caso, como podría hacer cualquiera, me adjudico el derecho de poner en entredicho, tan sólo, justamente ese punto, es decir, que no sepan por qué ni en beneficio de quiénes lo hacen; que no sepan ni quieran saber que marchan al son de otros hombres de su misma sangre en nombre de su propia servidumbre, de la la servidumbre "libremente" elegida (¡vale: en sentido relativo, como puede verse a continuación!) por los unos o los otros. Y eso determina mi propio compromiso... aunque esto es otra historia y, en este punto, secundaria.

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Nota: aquí entre otros sitios pueden verse más cosas relacionadas, o buscando en google adecuada e interesadamente.

domingo, 18 de enero de 2009

El irresitible atractivo de Dionisos.

... pero la humanidad también se siente atraída por Dionisos y no puede dejar de soñar con abandonar (o "superar") la sociedad de la productividad, el progreso y el futuro. Cada vez que puede se identifica con la fiesta y la embriaguez, y juega a olvidar los deberes fisiológicos que le imponen el mundo y la vida. La idea de convertirse en Elois bien atendidos por Morlocks tiene indudablemente mucho de atractiva, y más bien por eso tiende a someterse a la rutina de la sumisión al soberano que Hobes justificaba como respuesta idónea al miedo a la supuesta naturaleza salvaje e individualista del hombre que él consideraba indiscutible y que tan sólo ahondaba en la culpabilidad. Los Elois pagaban en la historia de Wells un tributo por su holgazanería e indolencia, pero eran felices hasta que eran devorados por una muerte prematura, sí, pero tan al servicio de los opresores como lo está hoy la población del mundo por estar viva. Los Morlocks se alimentaban matándolos, los burócratas manteniéndonos vivos... algo que se asemeja más apolíneamente hablando a Matrix, que no obstante no explicaría la razón de hacernos soñar con el mismo mundo opresivo del que habríamos salido para soñar y servir a los invasores, en todo caso tan crueles como tan poco sensatos. ¡Mira que extraer nuestra energía y condenarnos a seguir sin poder volver al Paraíso, ni siquiera en sueños, a seguir "ganándonos el pan con el sudor de la frente" como si siguiera siendo así! Pero eso sólo puede conseguir empujarnos a la rebelión en lugar de garantizarles una sumisión agradecida. ¡Nuestros burócratas gobernantes son en ese aspecto más sabios! ¡La Iglesia también, claro, al garantizarnos el regreso aunque sea postmortem... y al garantizarse así a sí misma, como institución, la supervivencia cultural eterna. Y hasta lo eran los mismos Morlocks que en todo caso pagarían el precio de preferir una carne demasiado joven que una conciencia responsable proveniente del pasado racionalista se encargaría de conseguir que revalorizaran para restaurar la tragedia. En fin... por poseer, también los opresores, una vena dionisíaca que empuja al hombre a comportarse como la cigarra de la fábula y no como la hormiga.

Esto, creo, también debemos comprenderlo para entender por dónde estamos yendo.

miércoles, 14 de enero de 2009

La preferencia humana por el idealismo.

Cuando en "El nacimiento de la tragedia" Nietzsche rescataba la fábula del rey Midas y el sabio Sileno, no hacía sino exponer una de las tantas fábulas con las que el hombre puso de manifiesto desde los primeros tiempos su predisposición a comprender para combatir (¿o "superar"?) el absurdo en el que lo colocaba su conciencia. El mundo se le hacía presente al ser humano en un grado tal que ya no podía huir de él despavorido y esconderse o atacar imprudentemente, sin el menor aprecio por la vida, como se ven impulsados a hacer nuestros lejanos primos, los simios, y de ahí hacia abajo, a instancias de una conciencia cualitativamente más limitada. La conciencia humana, por el contrario, le permitía reconocer la absurdidad como un hecho problemático y no como un simple accidente. Como a los demás seres vivos, se le presentaba como un obstáculo, pero al mismo tiempo, como un obstáculo no eludible que se sentía obligado a superar. Precisamente, la angustia y su tragedia consistían en que a pesar de ello le resultara imposible eliminarla. Su huida, pues, no podía ser la simple de las fieras ante un imprevisto, a la que sin embargo no dejaba de sentirse impulsado. Y he ahí que, al mismo tiempo, la nueva cualidad le serviría para huir del absurdo y por tanto de la realidad. Así, automáticamente, el hombre descubrió que para huir de esos fantasmas que lo acosaban, monstruos imaginarios sin duda, nada mejor que un refugio idílico donde, por sobre todas las cosas, pudiera hallar la tranquilizadora invariabilidad: el mito.

Esta situación caracteriza, lisa y llanamente y por definición, a la Filosofía desde su fundación. La búsqueda de la verdad que la define (más deseo que amor puesto que en el sentido en que la busca es necesariamente inalcanzable) es encontrada una y otra vez como modelo racionalmente fundado (diferenciándose, dicho sea de paso, de los dogmas religiosos exclusivamente por la existencia de esa justificación.) Pero para ser fiel a esos principios fundacionales, la Filosofía debe ser taxativa, debe dar fe del sentimiento positivo del hombre acerca de su convencimiento y del hecho de que necesita evitar la pusilanimidad so pena de perecer. La Filosofía no puede resistirse ni poner trabas a la marcha que empuja al hombre a instancias de la vida que lo produjo. La conciencia debe estar a su servicio y por ello debe engañarse para actuar.

Por ello, a la Filosofía siempre se le impondrán las exigencias de la Política. Por ello, la Filosofía debe rendir tributo, en alguna medida, al idealismo.

El Rey Midas, como explicita Nietzsche, representa al hombre reflexivo y, por así decirlo, es el verdadero padre de los hombres reflexivos que llegaron hasta la filosofía y la ciencia (ambas al servicio de dar fundamento y justificación a los mitos en general y a la religión en particular, a la que acabaron convirtiendo en dogma... como se tiende a hacer con los resultados "positivos" de la ciencia una vez "reducidos" -como demostró en el extremo Comte), cargando inevitablemente a estas construcciones formales con el predicado idílico para extraer mitos cada vez más depurados y eficaces, menos contradictorios y creíbles, certeros en el corto plazo aunque... condenatorios para el porvenir.

Al pretender dar fiabilidad a la marcha entre tinieblas mediante una luz dogmática o mítica, el hombre se interna por un camino que no tiene nada de absoluto. Nada garantiza que ese camino no se dirija hacia un abismo del que ya tendrá tiempo de preocuparse cuando se halle lo suficientemente cerca para verlo. Nada hace que lo nuevo sea único ni inevitable. Etc.

Y, sin embargo, el hombre debe vivir sus pasos con seguridad, debe moverse hacia "adelante" como si realmente "avanzara" (linealmente, ascendentemente). Hasta las teorías más realistas han debido tributar a esa idealización.

La forma que han tomado las idealizaciones filosóficas racionalistas no ha podido ser pues sino un modelo, un modelo que ha tendido a fundamentarse en la suposición de un mundo previo en estado puro (La Caverna, el Edén, la Naturaleza...) que daría sentido no sólo a esa línea ascendente sino explicaría sus desviaciones.

Una y otra vez, el hombre se ha dado explicaciones de esa índole, ya fuese globalmente, ya fuese para el mundo y el tiempo presentes.

En esa tónica se debe asumir la idea de que es el propio hombre el culpable de esas desviaciones. Lo fue por caer en el Pecado Original. Lo es hoy ante "La Crisis" por seguir sin poder cuidarse de caer en los pecados.

De esas construcciones surgiría un lenguaje conceptual, formal, abstracto; el lenguaje de "la caverna", el de la perfección, el de los dioses... Un refugio que continúa siendo caro a aquellos intelectuales que permanecen alejados del poder y de toda posibilidad de influencia sobre el mismo.

Esto ha sido y sigue siendo así a pesar de los intentos (tal vez inconducentes) de Nietzsche mismo y otros intentos realistas más o menos consecuentes. Lo podemos ver en particular en el uso que se sigue haciendo de las viejas palabras, del lenguaje que se forjara en tiempos más sencillos, más prístinos, seguramente siguiendo la misma tónica. Viejas palabras y conceptos que se siguen alzando como espadas flamígeras contra el Leviatán.

El embate de la postmodernidad ha vaciado sin duda el lenguaje al reducir su utilidad al de la táctica engañosa y desconcertante de los políticos profesionales. Esto lo ha tornado cada vez más inoperante, lo ha denigrado, corrompido, torcido, tergiversado, fundido en el fuego de la ambición antisocial de los actuales gobernantes y de los actuales aspirantes a gobernar; ambición sin sentido, sí, porque tiende responder cada vez menos a las necesidades de los hombres que pululan bajo su cobijo; porque en última instancia es una ambición sin meta o liberada de toda meta que amenaza incluso con el caos. Algo más propio de una fiera desbocada e inconsciente (porque no alcanza a comprender que el mundo para llegar a ser de ellos... puede dejar de ser). Un Leviatán que pierde su vieja justificación racionalista para volver a un dogma aceptado ciegamente por sus fieles a cambio del futuro de todos. Y que no tiene enfrente otros contendientes que sus pares.

Sin dudas, esto hay que verlo con más detenimiento. Los hechos hacen doblemente difícil la acción. Parece que el mundo rueda como una pesada roca hacia el colapso y que sólo podrá detenerla el propio abismo. Creerse un Coloso o un grupo de colosos no sería más que una muestra de locura para la cual cabe la idealización de reducir en la mente esa roca a un tamaño manejable por hombres sencillos aunque decididos. Lo comprendo, aunque mi conciencia no lo admita: no es nada fácil cumplir con el imperativo genético cuando, como Hamlet (según decía Nietzsche), se siente "nausea de obrar".


miércoles, 7 de enero de 2009

Contramanifiesto inútil para seguir en solitario

Unos apuntes más a cuento de lo que pasa en el mundo y cada vez más cerca y sonoramente a la manera de un...


Contramanifiesto Antiburocrático No Convocante:

Lo que está detrás de la respuesta israelí en Gaza (pero no sólo ni de lejos) pone claramente de manifiesto que los ideales liberales y los democráticos han sosobrado en su propia ingenuidad e inoperancia, tanto con relación a sus fines declarados como a los implícitos que por vergüenza propia no pueden reconocer. Nada como el aprovechamiento llevado a cabo en estos últimos años y cada vez más reiterado y productivo (para sus decididos usuarios) de las vías de acceso democráticas al poder por facciones que en épocas lejanas, pero aún referenciales de un lenguaje hoy un tanto moribundo, habrían sido consideradas hasta por ellos mismos como lisa y llanamente facinerosas, criminales, deshonestas, etc.

Esos ideales, que cada vez más ostensiblemente van quedando al desnudo, escondían los deseos de libertad de una parte de la población del mundo y eran vistos por ella como la vía no violenta para su acceso al poder, sin duda socialmente más cómoda, económicamente más barata e intelectualmente más satisfactoria... de cualquier forma tan idílica como la del acceso por la vía de la violencia, al menos para ellos, occidentales de buena conciencia y tributarios del racionalismo y la greicidad infantil e ingenua en retirada. Todo lo cual está cada vez más sumido en el fracaso y la frustración, sosteniéndose sólo por inercia, inocencia o impotencia, incluso, si acaso, por pusilanimidad.

Desde hace tiempo ya, estos métodos han sido los más productivos para los grupos de profesionales de la política que pudieron y supieron organizarse en partidos a escala empresarial, aliados en mayor o menor medida y siempre de manera coyuntural a unos u otros grupos sociales y no dudando en corromper a cuantos otros o a cuantos individuos fuera necesario, todo con la única fidelidad a sus fines de poder (lo que Maquiavelo consideraba condenatorio).

Integrados todos esos "políticos" en una enorme red de redes piramidales dentro de las cuales la lucha puede llegar a ser feroz, descarnada y oportunista, en la que también como hacia "afuera" todo vale, especialmente la traición y la falta de principios estables de cualquier índole, acabaron por repartirse todo el territorio del mundo con el beneplácito de masas populares e intelectuales más o menos engañadas, corrompidas y domesticadas a los que se les promete uno u otro paraíso y se vuelve una y otra vez a engañar, en el extremo mediante simples sustituciones de personas y el remozamiento de organizaciones que cambian de nombres y de colores en cuanto se hace necesario; todo en nombre de la paz y la certeza, el miedo a lo desconocido y la comodidad inercial de la esperanza.

La historia humana ha conseguido producir ese fenómeno antes reservado a malhechores individuales llegando a producir esos grupos y hasta estas sociedades dedicadas a hacer daño en su propio beneficio.

No creo que exista ya alternativa para los hombres libres con cuyo perfil básico me identifico irremediablemente (aunque no haya nada que los avale fuera de sus propios valores) ya que no queda espacio ni recursos para revueltas que no acaben en manos similares (eso ya pasó tras la Revolución Francesa, ese fue el resultado directo de la toma del poder por bolcheviques y formaciones similares; lo que pone de manifiesto que lo idílico viene resistiendo desde los primeros tiempos de borrachera intelectual) ni, al menos por ahora, existan territorios donde podamos refugiarnos (en ciertos sitios permitiendo que sobreviva la ilusión de "actuar" y en otros restringiéndola explícitamente).

Nuestra única esperanza, una esperanza ciertamente pírrica, es que esos grupos de malhechores tropiecen unos con otros y con su propia inutilidad para gobernar bien hasta acabar colapsando. En cierto modo es la mía, aunque la perspectiva me asusta e institivamente la prefiero lejos.

¡Ay, sí...!; a fin de cuentas, nos vemos arrastrados, no niego que por melancolía, frustración e impotencia, a confundir nuestros deseos con los que en otros tiempos predicaban fantásticos apocalipsis depuradores de la raza. Aunque, en honor a la convicción que me asiste, he de aclarar que no creo que la raza deba o sea capaz de depurarse suficientemente... ya que entiendo que eso haría inviable la propia vida real, que por ser como es ha conseguido perdurar, hacerse cada vez más compleja y, hasta ahora, producirnos como somos; es decir, contradiría la vinculación indiscutible con lo que nos precedió y nos conformó; lo que podríamos llamar su naturaleza.

¡Ya le gustaría al hombre estar por encima de las servidumbres de la vida y superar a Sísifo! Pero eso... me parece imposible salvo en sueños y fantasías. Aunque tampoco tengo, no lo tiene ningún individuo de nuestra especie, atributos que le permitan o le den el derecho de garantizar futuros o negar posibilidades...

¡Y ya le gustaría ser capaz de heroismos sólo posibles perdiendo la razón, lo que de voluntario nada tiene!

En cualquier caso, estoy bastante seguro de que no llegaré a ver, en lo que me queda de vida, ni más ni menos que lo mismo, lo que, al menos, si las cosas no empeoran demasiado y dejando de lado enfermedades monstruosas y accidentes poco efectivos, podrá darme una vejez occidental y una muerte estilo siglo XXI, a diferencia de lo que les esperarán según me temo a una u otra de las generaciones venideras, y lo que muchas anteriores e inclusive actuales tengan o hayan tenido en muchos sitios.

Entretanto, sólo puedo vivir sin poder actuar ni por miedo ni por esperanza, preso de la inutilidad de huir por saber que no hay a dónde, condenado a no convocar ni a acudir a las convocatorias, condenado a la impotencia pero no a la resignación, condenado a la supervivencia pero no a la sumisión, condenado al egoísmo torturante hasta en la defensa de mí mismo.

lunes, 5 de enero de 2009

La guerra que está detrás y a distancia de la guerra en Palestina

Mientras el Estado de Israel busca acabar hasta donde le convenga y le sea posible con el control de un territorio limítrofe como es Gaza por parte de un partido terrorista gobernante (lo que define como se debe las cosas en todos los sentidos), una guerra paralela se libra en el resto del mundo. Por una parte, "la izquierda" (el término, en relación a su posicionamiento al respecto, como ante varias otras cosas, haría sonrojar a Marx si saliera de su tumba), se sitúa en una franja que abarca desde el apoyo incondicional al terrorismo jihaidista de Hamas hasta el rechazo de la "excesiva" respuesta israelí pasando por todo tipo de pacifismo más o menos radical.

La realidad, sin duda maquiavélica (es lo que existe de verdad), ha sido definida en términos "científicos" hace tiempo. En su "Tratado político", Spinoza, en un tiempo en que las guerras entre reinos de todo tipo era moneda corriente, lo dejó prístinamente claro y por ello transcribo integramente el párrafo que viene más directamente a cuento de los hechos:

"Todo estos se puede comprender con más claridad, si consideramos que dos sociedades son enemigas por naturaleza. Efectivamente, los hombres (...) en el estado natural son enemigos y, por lo mismo, quienes mantienen el derecho natural fuera de la sociedad son enemigos. Por tanto, si una sociedad quiere hacer la guerra a la otra y emplear los medios más drásticos para someterla a su dominio, tiene el derecho a intentarlo, ya que, para hacer la guerra, le basta tener la voluntad de hacerla. Sobre la paz, en cambio, nada puede decidir sin el asentimiento de la voluntad de la otra sociedad. De donde se sigue que el derecho de guerra es propio de cada una de las sociedades, mientras que el derecho de paz no es propio de una sola sociedad, sino de dos, al menos, que, precisamente, por eso, se llaman aliadas." (op. cit., Capítulo III, parágrafo 13)

Todas las objeciones que se puedan hacer a Israel sencillamente sobran (es decir, a los que en esto sin duda representan a la mayoría de sus habitantes aunque a la vez los traicionen y engañen), como también sobra vituperar en sí a los terroristas y a sus métodos (que hacen y harán lo mismo que los otros). Asimismo, tampoco es objetivo edulcorar a cada contendiente o reivindicarlos en nombre ya sea de su "democracia representativa" (es decir, burocrática) o de su sufrimiento diferencial, de su pobreza, etc. En todo caso, desde un punto de vista realmente objetivo, sólo cabe identificar las causas materiales de la belingerancia... de los que luchan allí pero también de los que libran su propia batalla a distancia, lejos, dicho sea de paso, del fragor de la verdadera lucha a muerte y de "los daños colaterales".

Los defensores de unos y otros responden a su propia guerra, pretenden, ellos también, conservar y extender su propio territorio, responden a sus esperanzas de beneficio y a sus miedos (como también dice Spinoza). Unos, en realidad pocos, sólo responden a sus sueños de un mundo ideal en donde una libertad imaginaria, más o menos resignada a contenerse gracias a vivir en Occidente, no llegará nunca a establecerse, ni por vía de la evolución ni por la de una imposible revolución jacobina (y restauradora a corto o medio palzo como la francesa). Otros, los que pertenecen en uno u otro grado (a veces con un pie en el territorio antes mencionado) a la burocracia mundial gobernante, ONU como tal incluida, tiende a alinearse cada vez más con soluciones de compromiso, hipócritas y desconcertantes, y esto incluye a los que gobiernan Israel, Siria, Irán... que usan a los grupos terroristas y al fanatismo religioso sobre el que se asientan para, simplemente, seguir gobernando. Los otros, "la izquierda", se siente reflejada en los pobres palestinos (a los que Hamas, dicho sea de paso, oprime, explota, utiliza hasta como carne de cañón y como escudo, y por cuyo pueblo no siente sino el mismo desprecio que todos los líderes mesiánicos han sentido siempre por sus pueblos, cosa que se aprecia por la manera en que se trata a los "traidores", a los que simplemente "tiran la toalla" y buscan evitar la muerte o no participan en las manifestaciones; en fin, esto es demasiado viejo y está demasiado documentado desde los comienzos mismos de la ideocracia, como lo atestigua el recuerdo de La Vendée o de Kronstad). Reflejada, sí, porque, como suponen que todos ellos quieren, aspiran a una "redistribución de las riquezas", al "paraíso terrenal". La Historia sigue sin enseñarles en apariencia nada, aunque en realidad ignoran lo que no sea "estratégicamente útil" y tergiversan lo que les pueda servir (o no se nota lo bastante cuando se compara lo que se dice y hace ante casos diferentes en el fondo de igual índole guerrera y conquistadora y aún más; lo que además, no ni mucho menos toda la manipulación que se hace).

Eso sí, las masas, por supuesto, no llegarán a otro "Paraíso" que al de la muerte (que es el que descaradamente promete el Islam como el más suculento y lo que sus seguidores más fanáticos quieren llevar a la práctica cuanto antes) en nombre de una conquista más de la que será beneficiaria una minoría formada entre los que ante todo sobrevivan; los que podrán gozar de al menos una parte de la tarta con forma de pirámide, que es el objetivo, gracias a estar vinculados a la estructura piramidal triunfante; esos "intérpretes" de las masas que una y otra vez han vivido a costa de una mayoría engañada mediante una solución violenta que algún día promete convertirse en "democrática", un método de conquista y de dominación como cualquier otro que también tiene muchos daños "colaterales".

Sí, sí... sería mucho más agradable ver a nuestro alrededor un mundo idílico. Somos sensibles, tenemos "buena conciencia", somos intelectuales. También tenemos derecho de soñar. Sólo deberíamos ser conscientes de que lo hacemos. Sólo deberíamos saber a quien les hacemos el juego en nombre de nuestros sueños, y en definitiva, lo que ello supondrá.



Nota sin importancia: Debo reconoceer que siento sumergir tan pronto los dos posts anteriores, pero es que me han tocado mucho las partes más delicadas de mi cuerpo: mis neuronas, por supuesto. Espero que hayan tenido tiempo de leerlos y no dejen de opinar. Nada hay más satisfactorio que la buena compañía.


Un adendum que debía incluir aquí: se trata de hechos crudos que no sé por que la mayoría de los defensores de la libertad terrorista no difunden e inclusive encubren siendo que es para lo que serviría esa libertad, y lo que sus defendidos por el
contrario no ocultan sino que agitan sin vergüenza alguna.

domingo, 4 de enero de 2009

Crisis en Occidente, Crisis de Occidente

Justificaciones previas:

En estos últimos tiempos, me he visto inmerso en una vorágine a la que me lleva empujando mi propio blog y la mayoría de sus entradas (cosa que estaba en el fondo de mis intenciones) y lo que iba a ser un post, de todos modos "de los míos", se está convirtiendo en un ensayo de vastas pretensiones. Día sí y otro también, no consigo convencerme de su sentido y de sus posibilidades. Lo cierto es que no puedo dejarlo y ello debe estar determinado por mi idiosincrasia, en el fondo, común en varios aspectos con la de tantos otros, tanto en lo bueno o rescatable como en lo malo o abominable. Lo que sigue vendría a ser lo que creo que quedará más o menos así como primer capítulo. Si ayuda a pensar, si me ayuda con vuestros comentarios, generales o puntuales, habrá sido al menos útil desde el punto de vista de la comunicación, que ya es algo que podrá servirnos de una u otra forma en el futuro. En cualquier caso, sirva esto para explicar mi silencio y mantener viva esta llama.










I - El mundo de “La Crisis” y “La Caverna” de las consideraciones.

“La Crisis”, aunque tenga un alcance global, es en muchos sentidos cosa de Occidente y en primer lugar del Primer Mundo. La situación, que los historiadores y periodistas equiparan con otras pasadas de las que la gente del presente no tenemos experiencia directa, como la “crisis de 29” o el “terremoto de Lisboa”, han puesto al Primer Mundo ante la orfandad y el desamparo, mostrando el carácter aparente, pretendidamente conceptual, de las sociedades de las que nos quejamos muchos aunque en última instancia nos amparen (y lo hacían, por lo que ahora lo añoremos y exijamos). Detrás de esto, no nos queda sino reconocer que el ser humano sigue perteneciendo a la misma dimensión o, si se prefiere en los términos del escalonado descrito por Maynard Smith, al mismo hito; el hito en el que lo situara Nietzsche más allá del cual el filósofo pretendía tender. Tal vez una “era” en un sentido antropológico que se iniciara con la entrada del homo sapiens en el sedentarismo, la agricultura y la escritura y donde, comenzara a edificar una cultura y se comenzara a desarrollar una “sociedad” digna de ese nombre, una civilización, o, en los términos usados como sinónimo por Spinoza, un Estado. Una “era” durante la cual la humanidad se ha agrupado en “sociedades jerárquicas” para encarar con más posibilidades de éxito su irresistible ambición dominadora, aceptando con tal fin la servidumbre del grupo como el “mal menor”, en la expresión también debida al filósofo judeo-holandés, algo que, al menos de hecho, todos hasta hoy seguimos y aún habremos de seguir haciendo.

En este cuadro amplio pero elucidatorio se inscribe a mi criterio la presente situación; en absoluto nueva salvo por las formas y las referencias que manejan sus actores. Y ello me hace preguntarme si alguna vez se verá “el hombre” libre de esa situación que precisamente llevó a Spinoza a afirmar que “el hombre se puede llamar esclavo más bien que libre” (“Tratado político”, Alianza Editorial, El libro de bolsillo, Madrid, 2004, pág.102). Y es desde este retorno a la base como creo que pueden comprenderse la situación actual del mundo y las conductas de todos sus actores.

Y es que, a pesar de que “como todos desean ser los primeros, llegan a enfrentarse y se esfuerzan cuanto pueden por oprimirse unos a otros” (Ibíd., pág. 86), es evidente que a los hombres “les resulta imposible vivir fuera de todo derecho común” (Ibíd., pág.84), y todo por una simple causa entera e inmediatamente comprensible: que “sin ayuda mutua, los hombres apenas si pueden sustentar su vida y cultivar su mente” (Ibíd., pág. 99). Aunque todo esto sea una primera aproximación al problema (¡notablemente, o quizás no tanto, debida al genio filosófico de Spinoza ya en el siglo XVII!), problema que “La Crisis” ha puesto desde mi punto de vista en primer plano.

Sin duda, estamos lejos ya de aquellas primitivas sociedades de recolectores y cazadores que se asentaron hace miles de años en un determinado territorio, e incluso de los inicios del comercio interterritorial que sin duda marcó pautas nuevas en base al gigantesco desarrollo social que permitió. Lo cierto es que, sin el más mínimo plan previo, legislando en la misma medida en que las circunstancias lo exigían y siempre respetando lo dado en la mayor medida de lo posible, el ser humano se vio inmerso en un proceso involuntario que se le impuso: una creciente e imparable complejización social.

No me atrevo a asegurar en este momento que el hombre pueda liberarse de esa esclavitud y ponerse alguna vez por delante del proceso, ni que ello coincida con la entrada en una nueva etapa, un nuevo hito, como el que Nietzsche auguró bajo la denominación de “superhombre”. Es probable que la sociedad actual alcance la frontera del caos y colapse, algo que se vislumbra, una y otra vez como si de una serie de ensayos parciales se tratara, en base a su propia dinámica interna más que al cumplimiento inexorable de una posible ley. No sé ni creo que se pueda predecir de un modo taxativo: más de una vez, las tendencias dominantes en unas circunstancias dadas han sido ellas mismas desplazadas o ahogadas por otras que apenas tenían significación. Es parte de las propiedades visibles de la realidad sobre las que nuestra intuición intenta penetrar la niebla que se le pone delante, desde la que se corresponde con la física hasta la que estudiamos como historia y sociología.

Nada en realidad, ni el alcance al que llegará “La Crisis” ni mucho menos el futuro de los sueños que nacen de nuestro descontento y de nuestra desesperación, resultan seriamente predecibles. En cualquier caso, me reconozco tentado y compelido a imitar a Spinoza y a aquellos otros que pensaron el mundo del hombre sin poderlo evitar, movidos por un irresistible deseo (o “afección” como él decía) que los llama a gozar “con su conocimiento verdadero lo mismo que lo hace con el conocimiento de aquellas que son gratas a los sentidos” (Ibíd., pág 85). Aunque lo de “verdadero” deba tomarse aquí como una manera de decir lo que sentimos cierto, sea porque conviene o porque convendría a nuestro ser, sea porque así nos lo parezca. Es decir, aunque lo “verdaderamente” verdadero sólo tenga una más o menos definida duración vinculada por otra parte a nosotros y a nuestra situación frente a un mundo dado.

Por eso se hace necesario, a mi criterio, situarnos tanto en relación a ese mundo como en relación a nuestros propios intereses en él, situando los dogmas, los mitos, las creencias, los diagnósticos… en su temporalidad precisa y en su historia (o genealogía), explicando su específico rol social, el carácter necesario que para sus defensores y agitadores tienen en cuanto instrumentos de supervivencia, conservación y conquista.

“La Crisis” presente, es en este sentido de lo más idónea para que las cosas que se vislumbraban puedan verse con más nitidez. Sin ninguna duda, no se ha tratado de ningún “trueno en cielo despejado” ni de una contingencia proveniente del “espacio exterior” (como fue en última instancia el “terremoto de Lisboa” o pudiera haber sido “la peste negra” medieval, ambos fenómenos originados fuera del ámbito histórico en el que sin duda incidieron). “La Crisis”, indiscutiblemente, se cocinó en el caldero previo de la “economía del bienestar” en el que Occidente retozaba, ciertamente preocupado y en algunos casos inducido a preocuparse por cosas que la mayoría de sus gentes no alcanzaban a explicarse seriamente -y menos como producto de su propia Historia- aunque confiando aún en “la seguridad” que le brindaba su mundo. Me refiero aquí y en general a la parte mayoritaria de la población occidental y occidentalizada del mundo que podríamos identificar como fundamentalmente receptora más que productora de información y en la cual entrarían por momentos y para ciertas áreas del conocimiento muchos de los que trabajan produciéndola en otras (algo que, permítaseme abundar en ello, debemos contemplar todo el tiempo bajo los actuales parámetros de extrema complejidad social y diversificada división del trabajo).

En realidad, los actores particulares no pueden sustraerse a los apetitos que los han definido como seres sociales específicos dentro del conjunto. Aquellos que gozan reflexionando también han tenido que subordinarse a las normas de la sociedad vigente para mantener hasta donde fuese posible (y a veces en el límite) su actividad más placentera. En esto, no se diferencian gran cosa de las demás gentes cuyo placer pudiera estar y generalmente y cada vez más está fuera de su trabajo habitual, sólo que en su caso el problema deviene mucho más amplio socialmente hablando dada la transmisión de conocimientos e información que producen. Los intelectuales, en cuanto pueden sustraerse de las imposturas que le impone su dependencia social, tienden a poner al descubierto los frutos de su mejor intuición, pero de lo que no pueden sustraerse es de su propia idiosincrasia.

El cuadro que la actual sociedad nos presenta desde cierta distancia, muestra a las masas (en el sentido amplio de receptoras mencionado) en un estado total de indefensión, orfandad y desamparo que las lleva por el momento a la esperanza en que todo vuelva a la “normalidad”. Las masas por lo general, llevan temblando ante la debilidad creciente que observan en sus “sociedades opulentas”. A los embates islamista y oriental basados en la presión ideológica y el desarrollo económico o al menos tecnológico de la periferia ve sumarse la debilidad que produce internamente “La Crisis” en sus países, lo que da lugar a la posibilidad de apropiación mediante los mecanismos tanto tiempo bendecidos y legitimados como beneficiosos y seguros; esos mecanismos, ahora, parecen de repente representar perspectivas contrarias a la deseada libertad. Ahora, además, a los traidores a la causa occidental por parte de los propios políticos, se empieza a ver (para quienes lo quieran ver), o lo empezarán a ver tarde o temprano, las conductas displicentes o irresponsables, si se quiere, de los mercaderes de todo grado y tipo, algunos negociando sin el menor reparo con los nuevos ricos del lejano oriente que acuden en masa a comprar propiedades en USA y pronto en Europa, otros, situados en el extremo de la pirámide financiera del mundo, llevando a cabo políticas de penetración respetuosas del entorno que llaman ni más ni menos y también sin el menor reparo “islamic banking”. Los traidores, pues, parecen multiplicarse a los ojos del común que cada vez entiende menos y pierde cada vez más toda esperanza y con ello toda su confianza. Y, en esta crisis, que está mostrando hasta un extremo considerable (y me atrevo a pronosticar que se acrecentará aún más) la predisposición al egoísmo que caracteriza a los responsables de la sociedad, tanto de la administración de los negocios públicos como de los privados, especialmente de los de mayor escala, el grado en que las masas pueden llegar a vivir su desapego y su orfandad podría llegar a abrir las puertas a revueltas populares tan desesperadas como inconducentes.

Como decía también Spinoza, una sociedad se justifica por la esperanza o el miedo y se soporta en tanto sea “el mal menor”, pero si esto se pierde, lo que él llama “el derecho natural” que algunos individuos e incluso la multitud le han cedido a esa sociedad tiende a ser recuperado y “muchos” acaban por “conspirar lo mismo” (Ibíd., pág. 113). Y eso ha sucedido muchas veces en la Historia, lo que pasa ahora es que ese “Leviatán” que se construyó para que nos protegiera y nos diera la fuerza de “una sola mente”, usando nuevamente las palabras de Spinoza, bestia que siempre ha estado creciendo por su propia cuenta como ya he señalado antes, cuyo engorde no ha seguido nunca el curso de plan previo alguno ni siquiera de quienes la montaban y creían haberla domesticado y controlado, ha llegado a tener una dimensión y una complejidad que la hace hoy por hoy difícil si no definitivamente reducible. Esto, también, se pone en evidencia ante “La Crisis”, mal que les pese a aquellos intelectuales que de una u otra forma declaren enfrentarse a ello: hay, la bestia ha domesticado a tal punto a sus pretendidos beneficiarios que nadie que pretenda domesticarla (que no vencerla o aniquilarla) será capaz de otra cosa que engordarla. Este es, precisamente, el dilema, el carácter intrínsecamente crítico, de todas las utopías. Lo fue siempre, pero hemos llegado (o mejor dicho, las circunstancias nos han llevado) demasiado lejos: la bestia sólo responde a su propio mecanismo, como un verdadero Golem. Sólo podrá morir si estalla con todas nuestras asentadas ambiciones. Y ni siquiera esto es tarea de quienes vivimos en su seno, en ese sentido como Jonás habitaba la monstruosa ballena. En ese sentido, muy posiblemente acabemos muriendo todos con la bestia (real o culturalmente, o sea, tal y como hoy somos) cuando ella colapse.