martes, 20 de noviembre de 2007

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ESTOY TRABAJANDO...









"¡JO...!"




viernes, 16 de noviembre de 2007

La diezmación de Tietnianish (algo a propósito de Stephen Jay Gould)

La reciente lectura de "La vida maravillosa" de Stephen Jay Gould (un paleontólogo que se dio más ampliamente a conocer gracias a divulgar el "extraño" caso de la diezmación de Burgess Shale, conocida sobre todo como la explosión -y posterior diezmación- del Cámbrico) me anima a ofreceros un fragmento del séptimo capítulo de mi novela, donde, en el entorno de los diez años atrás yo había situado una descripción que tal vez a Gould le hubiera resultado curiosa. Según él, la "contingencia" habría sido mucho mejor comprendida por la literatura que por la ciencia. Yo pienso que muchas veces, la inducción literaria acaba abriendo paso a la ciencia, algo que creo que no debe atribuirse sólo a la literatura sino a toda elucubración humana imaginativa, proyectiva, no defensiva, no reaccionaria. Pero sin duda, la buena literatura tiene la propiedad de sublimar situaciones particulares que señalan dónde palpitan las leyes de la realidad, provocando así, inevitablemente, "una nueva conciencia", como decía F. R. Leavis y rescataba Richard Ford. (¡Además de contener mucha más cusalidad que contingencia!, y esto va por las apreciaciones interesadas y sesgadas de Gould sobre la literatura.)

Eso hice (a sabiendas) hace más de diez, quizá de veinte, en todo caso mucho antes de que llegara a mis manos el libro Gould (que, lo reconozco, me enfureció un poco por razones que aquí no vienen a cuento a la vez que me proveyó de una valiosa información y de un punto de vista que por oposición me permitió afilar el mío: en los próximos días acabaré de completar el post sobre el tema que aún mantengo en "vías de publicación". ) Pero no me refiero en particular al fragmento que sigue, sino a la entera concepción que está en los entresijos de mi novela y que siento cada vez más sólida: la idea de la concatenación histórica, de la determinación de lo inmediato por lo existente hasta el momento previo: mi particular entendimiento de la Complejidad. Y de mi particular respuesta al dilema y al "drama" que plantea Gould con, para mi criterio, una confusión simplemente inversa a la que pretende combatir y que lo devuelve, como a un bumerang, al regazo del antropocentrismo con el que pretende haber roto e inclusive haber herido de muerte.

Pero, en fin, he aquí el fragmento de mi novela para vuestra consideración...


Recupero la sensación de tener la cabeza apoyada sobre su regazo, las señales de sus caricias en mi piel y los pensamientos hermosos que alcanzó a dedicarme. Siempre me ayudarán a dormir como a una recién nacida, siempre me empujarán a unos sueños apacibles y alentadores.

En el tiempo de uno de esos sueños, Roueg-dor me invita a seguirlo a lo largo de la orilla del laguado por un sendero que se hace escarpado en la medida en que se evidencia la cornisa. En la lejanía vuelvo a escuchar el concierto de largos zumbidos que se prolongan, como antes, de un modo irregular y se entrecortan a destiempo (como si los escuchara mientras intentase no abandonar un sueño.) Una manada de doensy trepa por los estrechos escalones de arriba, donde logran asirse gracias a sus largos y anudados dedos extensibles y elásticos. Alzan sus largos y bulbosos cuellos sin cabeza ante nuestra presencia, dirigiendo miradas recelosas desde los cinco diminutos orificios visuales que los coronan, y se alejan de inmediato, huyendo de nuestros lazos y dardos (los de Roueg-dor, los de los Innovadores, claro) que se levantan en la memoria de su sistema defensivo. Y con la precisión de la visión alcanzo a captar la extraña idea, ¿confusa?, ¿incompleta tal vez?, que me dice que los doensy constituyen una de esas especies que se quedaron «dentro», con nosotros.

Pero no pido detalles. Sé que todas esas cosas las iré comprendiendo con el inapreciable fluir de los pulsares. El tiempo sigue adentrándose en el futuro donde me siento crecer, madurar, envejecer, futuro, yo diría, del pasado, y Roueg-dor y yo atravesamos un desfiladero al final del cual se abre un espacio más amplio rodeado de escarpadas paredes de roca, tan altas que deben rozar si no alcanzar el mismísimo Techo del Mundo, y en cuyas cimas una especie de pequeña «nube eléctrica» (curiosamente estática) se encuentra suspendida permitiéndonos, gracias a su resplandor, verlo todo en una perfecta y clara progresión de grises.

Roueg-dor me muestra unas marcas que son como dibujos, aparentemente indescifrables, que aparecen en la pared de roca que tenemos delante. No dice nada, pero no es necesario, lo comprendo. Y no sólo eso: nunca antes había oído ni visto nada de lo que me está enseñando y sin embargo aquello no me resulta ciertamente sorprendente. De algún modo, todo me parece, ¿cómo lo diría?, ¿obvio? También La Historia dibuja sus mensajes.

En la pared puedo observar amplias bandas de factura irregular que se superponen unas a otras, de abajo hacia arriba; algunas más oscuras que otras, formando un concierto de grises de distintos tonos; unas más anchas, otras muy estrechas, unas largas como la propia pared, otras apenas una mueca, una sonrisa, una ócula fabulosa, una lágrima congelada. El nombre viene a mí como penetrara en mi mente a través de la piel: historia, mensajes de La Historia. «Hela aquí, La Historia», escucho a Roueg-dor, como a un eco. ¿Las bandas en la pared de la montaña? «Las mismas», afirma. Y noto cómo mis palmas tocan la pared y la recorren en todas direcciones, percibiendo las figuras que parecen esculpidas, atrapadas en la piedra y la lava, mudas e inmóviles, pero elocuentes. Dicen: «Hemos sido criaturas, hemos estado vivas, reptando, volando, trotando; alimentándonos las unas de las otras, reproduciéndonos; muriendo mientras otras nacían y nos sustituían.»

Más arriba, en la banda siguiente, las figuras cambian, pero, con nuevos balbuceos, dicen más o menos lo mismo. En algunas franjas, las intermedias, no hay figuras; en las más altas en cambio reaparecen, y son formas en las que puedo reconocer cuerpos similares al mío y al de Roueg-dor, al de Güian-dor o al de Uluair-agra, al de cualquier leebai, innovador u orillero. Así llego hasta el alcance del Techo. Allí arriba vuelven a verse formas extrañas, desconocidas, que hablan menos aunque siguen dando testimonio de una vida perdida hace incontables roshetay de roshetay, enterrada bajo muchísimas capas, llovida catorcellones de veces por la lava y el agua y reducida por fin a señales y a polvo, un polvo que Roueg-dor me enseña y me demuestra que equivale al que puede fabricarse con los huesos hallados en las bandas más bajas, en esas que él ha denominado, no sé por qué todavía, «primeros estratos», aunque lo estoy vislumbrando.

Está bien, Roueg-dor, le digo, ¿qué es La Historia por fin, y para qué sirve? ¿Nos garantiza el futuro? ¿Señala nuestro destino? Y percibo que soy yo el que pregunta aunque las dudas sean las de Roueg-dor; que soy yo el que las formula, pero en nombre de sus propias inquietudes y carencias. Por eso no hay respuestas útiles. «Es Evolución, es Concatenación Ininterrumpida, imposible quizá para nosotros saber desde dónde y desde cuándo, seguramente imposible saber hasta dónde, hacia qué. Es el paradigma del sinsentido, de la falta de meta, de la pura transformación que adquiere contenido en un instante para perderlo tras alcanzar, a veces, cierta gloria. Es la sucesión de explosiones predecibles e impredecibles que sin embargo pueden ser hilvanadas, nombradas y vinculadas a posteriori por la mente, o sea, por el último de sus productos, un resultado complejo determinado por las leyes de la supervivencia en algún punto de su incierto y azaroso camino. Y es por fin, últimamente, la sucesión de travesuras de todos los tietnitas y de todos los que están en el mundo adaptándolo sin pausa ni renedio a sus necesidades inmediatas, aunque sea con guerras y hambrunas, dominación y exterminio, enfermedades y dolor, desolación y tristeza.

Lo interrumpo: —¿Travesuras? Algunas fueron escalofriantes.

—Exacto, escalofriantes —me contesto, recordando a los impedidos de Arbaad que no se borrarán nunca de nuestras mentes, recordándome a mí en la cubirta leebai cuando me «preparaban» y que jamás podré olvidar.

—Muchas, demasiadas.

—Pero, las comprendes, ¿verdad? Las comprendemos.

—Las explico, podemos explicarlas. Gracias a ellas hemos nacido.



Nota: ¿Os ha gustado? Pues... os animo a comprarla.



martes, 23 de octubre de 2007

Un títular antiburocrático en la prensa española

Hoy salió el ABC, ni más ni menos (¡¡), con un titular que reza:

EL GOBIERNO COLAPSA BARCELONA

Sin duda sólo tiene una intensionalidad antigubernamental, pero no pudo sino recordarme al que una vez, según leí en un ensayo, había encabezado un periódico clandestino polaco en los años 50, durante la lucha contra la dictadura del Partido Comunista polaco asociado al PCUS. Y si no, vean la similitud de contenidos:

CUANDO LOS PLANES SE CUMPLEN NI LOS TRANVÍAS PUEDEN FUNCIONAR

Se ve que el responsable del titular de ABC no pudo evitarlo. Quizá que es difícil sustraerse a una realidad evidente que al ser narrada expresa mucho más allá de lo que se pretendía (¡ésa, precisamente, es la base de la literatura!) Es posible que las condiciones psiciológicosociales imperantes en nuestro país tengan un punto en común con las de los países de Europa central de aquellos años, salvando por supuesto las diferencias que saltan a la vista (es decir, un punto en común un tanto subterráneo para muchos.) Pero sugiero que no os quedéis en señalar esas diferencias ni en la superficie y os detengáis en el hilo conductor que une toda la Historia de los regímenes políticos de occidente desde Robespierre y Bismark en adelante y saquéis conclusiones generales y aleccionadoras.

El fenómeno está ahí y se reproduce sistemáticamente, y si no tenemos intereses mezquinos en el fondo, tendremos que intentar dilucidarlo.

domingo, 14 de octubre de 2007

El multifacético y ambivalente papel de los subproductos de la reflexión

Me preguntaron el otro día, después de exponer mi visión de la moral, si mi postura era "relativista", lo que me hizo responder que yo no aceptaba el todo vale propio de sus defensores y que para mí era una falsa postura, hipócrita en un extremo, ya que no podía nunca ir más allá del escamoteo oportunista de las valoraciones o los juicios; juicios y valoraciones que según mi buen entender son inseparables de toda reflexión humana. Con todas las dudas que pudieran estar presentes al mismo tiempo.

Lo que quiero decir es en definitiva que todo juicio de valor es parte inseparable de la conducta innata del ser humano siendo la parte variable la específica asignación concreta del bien y del mal, de lo bueno y de lo malo. Los juicios de valor tienen así, según yo lo veo, una genérica razón instintiva de ser, aunque toman forma específica cada vez, en el entorno de proximidad que representa el contexto en el que se crece (particularmente hasta la adolescencia), En esto me apoyo enteramente en Rich Harris y en su demostración del peso que el grupo tiene en la formación del individuo.

Claro que no siempre aflora a la conciencia tal y como el individuo lo siente. A veces es escamoteado por razones ideológicas, otras por razones psíquicas, e incluso por razones maquiavélicas, y el discurso se tiñe de hipocresía o de temor. Y es que el juicio es tan necesario para la estabilidad del pensante como el engaño o el secreto e inclusive el autoengaño.

La moral, el gusto, el sentido de la justicia, etc., están determinados como el resto de los subproductos de la reflexión por el proceso evolutivo y responden básicamente a ello, siendo por lo tanto imperfectos desde un punto de vista lógico (la lógica que constantemente nos hace pensar que el hombre lo habría hecho mucho mejor de lo que lo debió hacer Dios o la naturaleza a la que nos cuesta ver como algo que se desarrolla sin programa previo; es decir, la mecánica de la omnipotencia.) Insisto en este punto sobre el cual creo que la evidencia me avala: todos los resultados del proceso evolutivo se escapan de los marcos de lo indispensable, de lo preciso, de lo estrictamente necesario y hasta de lo positivo para su propia marcha. Y, también, cada uno adquiere una especie de vida propia que lo hace conservador en sí mismo y decidido a permanecer por encima, llegado el caso, de la base material que lo justifica o le dio origen.

Sin duda, para mí al menos, la moral considerada en abstracto como la capacidad electiva de optar por el bien o por el mal no es básicamente tal hasta que no se llena de contenido a través de otras mediaciones. Es demasiado fácil despachar el problema diciendo que se trata de un producto humano que se separa o siempre estuvo separado de la naturaleza animal precedente (y coetánea.) La idea de que lo bueno y lo malo es inseparable del beneficio humano (el "no matarás" se refiere al prójimo y no a los animales que nos sirven de alimento) es correcta, pero no sólo porque esas tendencias innatas y propias de todos los seres vivos que alcanzaron un cierto grado de desarrollo neurológico son rellenadas con esos contenidos por el ser humano que es capaz de conceptualizarlos claramente. Es más, cuando se va un poco más allá de la genérica contraposición de bien y mal y a cada término se le pone nombre y apellido (libertad individual vs justicia social, creyentes vs herejes, etc.) se descubre con toda claridad que las restricciones a los impulsos negativos se condicionan según el criterio previamente adoptado por el grupo en el que nos debemos mantener so pena de ser marginados o incluso expulsados.

De ahí que los contenidos concretos del bien y de mal sean tan diversos y hasta se contrapongan. La base de estas operaciones está en el hecho de que cada grupo sea para sí mismo la verdadera humanidad (y unos defiendan la moral legitimada por el Corán y otros por la Biblia, ambos subdivididos como las reflejan sus diversas subinterpretaciones, o por alguna de las escuelas del Budismo, otros por las del Liberalismo o las del Marxismo, y así sucesivamente. Aunque lo mismo suceda tanto con la "Teoría de la Relatividad" como con "El Tratado contra el Método" y como toda otra narración nacida del intelecto.)

A lo sumo se puede adoptar una postura que podemos llamar "científica", abierta a la evidencia y dispuesta a aplicar las capacidades reflexivas con el máximo de desprejuicio y la máxima disposición para aceptar una "verdad" cada vez más económica (para lo cual habrá que ser "lo más sano posible" o "lo menos temeroso posible", para decirlo en términos psicológicos, lo que creo inevitable.) Esa postura "científica" se hace factible y comienza a desarrollarse en estrecho paralelismo sin duda con la visión de una humanidad única y global, pero que también es mitológica, imaginaria, proyectada desde un determinado punto de vista ideológico, y no puede evitar deslizarse una y otra vez hacia la defensa de un punto de vista conservador, resistente, propio de un grupo que se siente amenazado de uno u otro modo.

De ahí que también crea un error contraponer la Razón a los fenómenos imaginarios y mucho menos atribuirle propiedades salvadoras contra fanatismos y sistemas opresivos de unos hombres (en sentido estricto pocos) sobre otros (normalmente muchos), más allá de que las formas revistan la apariencia de mayorías (aliadas o cautivas) contra minorías (que suelen ser meros chivos expiatorios.)

Precisamente, si algo explica que unas u otras en unos u otros lugares y tiempos se convirtieran en la "ideología más influyente" que fuera capaz de fijar en el inconsciente colectivo determinados contenidos morales a las tendencias generales a aceptar el bien a justificar el mal, o sea a fijar una moral más o menos concreta y una predisposición psicológica social más o menos concreta, y unos gustos y unas modas... eso sucedió MEDIANTE el triunfo de unos hombres sobre otros, lo que sólo puede ser atribuido a la superioridad de su grupo para organizar la sociedad según sus intereses y sus visiones asociadas, incluyendo su capacidad para dar forma a un MITO capaz de aglutinar a las masas a su alrededor (y siempre con la promesa incluida de obtener un buen botín para todos, un botín que no es sino la forma sucesiva de la carne del festín que prometía la depredación de animales muertos y posteriormente la muta de caza.)

Sin duda, Razón y Experiencia, han ido siempre al auxilio de los mitos y de las ideologías preexistentes, y ha sostenido a todas las diversas escuelas filosóficas y orientaciones de la ciencia. Esas ideologías y los intereses materiales que las determinan, así como esa psicología y los miedos personales que los fundan, conforman el enfoque previo al proceso de deducción. Y la experiencia propiamente dicha, al menos en primera instancia, orienta hacia explicaciones míticas. En la vida cotidiana, los "signos" que nos devuelve la experiencia son precisamente los que nos hacen pensar que "debe haber un Dios", "que existe el diablo", que "tenemos mala o buena suerte", que "estamos predestinados", que debemos comportarnos según los parámetros de la moral dada, etc. Es un automatismo al que ni el más entrenado racionalista puede escapar. La idea del castigo (poco más que un acto reflejo), el sentimiento de culpabilidad, la sensación de extrañeza, la dificultad para abarcar el mundo y los impulsos que nos mueven a hacerlo... son todas manifestaciones que nos llevan a la construcción de mitos.

La filosofía y la ciencia se han apoyado siempre en la razón y la experiencia, pero siempre también a partir de un previo punto de vista sobre el mundo y sobre el hombre. No existe ni ha existido ninguna filosofía ni teoría científica que no haya necesitado fundarse en un apriorismo. Ni por supuesto lo que yo mismo digo aquí y ahora está libre de redundar en esa mecánica, incluso cuando me pregunte por qué es así y me de una respuesta, incluso cuando de una explicación de la ley que según entiendo está detrás de esa mecánica.

Y es que la razón y la experiencia (procesada por el cerebro) no son garantía alguna de objetividad ni son inmutables ni tienen otro poder que el que se deriva de su posicionamiento como mito aglutinante de un movimiento real. En esto, dicho sea de paso, acertó Feyerabend de pleno, aunque lo dijera de un modo poco sólido y relativista (también por las mencionadas razones ideológicas previas y psíquicas propias de la que nadie está exento.) Lo demuestra con una claridad difícilmente rebatible al considerar como ejemplo a la brujería:

A pesar de todos los argumentos (señala P.F. tras citar a un historiador llamado H. Trevor-Roper que estudió el fenómeno) en contra suya (...) No podían haber sido efectivos porque la ciencia de las escuelas estaba "empíricamente confirmada" (sólo que Feyerabend extrae de estos hechos la conclusión de que hay que actuar por esos medios impositivos que ya aplicaron según él Lenin o Mao, como si se tratara de una decisión voluntaria libre de condicionamientos, "mental", y además realizadora de sus contenidos propagandísticos. O sea, conclusiones impresionantemente falsas y peligrosas de las que recomiendo huir en todos los sentidos.) ("Contra el método", Ariel, nota 27-C, pág. 154; los paréntesis son todos míos y las comillas corresponden a una cita del libro que Feyerabend menciona. Por cierto, recomiendo la lectura de toda la nota que no tiene desperdicio tanto a efectos de recoger el grano como de separar la paja.)

Por eso creo que es falso que exista una filosofía nacida de la irracionalidad, o que las mismas son un impostura. La razón, como atributo inseparable del hombre, es en el fondo la que convoca a la irracionalidad misma y la sublima, y a fin de cuentas la hace caer en una contradicción interna. No puede sostenerse un discurso que arranque con la pretensión de ser irracional ya que cae en lo contrario de inmediato, como le sucede a "Contra el método" y su proyecto de "metodología dadaísta".

Y, de la misma forma y por las mismas razones, creo que es una mera impostura que se derrumba a trozos la defensa de la relatividad moral que se apoya en la existencia imaginaria de una humanidad unívoca poseedora de un programa superior.

Sin embargo, hoy podemos estudiar la historia de las ideas y extraer de la abundancia de datos existentes la evidencia de la repetibilidad de esa ley, de aceptar qué significa y qué alcance tiene el progreso al respecto. De ser cada vez más objetivos. Cierto, pero no decisivo.

Este enfoque, basado en definitiva en la simple y archimanida idea de que el ser humano es tan sólo un resultado más, el más complejo sin duda, del proceso evolutivo tal y como lo he descrito en varias ocasiones y que tan sólo creo llevar hasta las últimas consecuencias, me lleva a concluir con la idea de que los problemas del bien y del mal así como los de la razón y la sinrazón se dirimen, se dirimieron y se seguirán dirimiendo en el terreno histórico, a través de quienes consigan una victoria real. En este sentido, los poseedores de buenos sentimientos y de buenas ideas (que inevitablemente, si son honestos y consecuentes, seguirán defendiendo a capa y espada por imperativo genético), no garantizan ni garantizarán nunca el futuro y sus concepciones, en todo caso, seguirán regresando como ideas renovadas en la mente de los que vengan a continuación, incluso si tienen que salir de las tinieblas en las que un grupo triunfante los meta a todos como pasó en la Edad Media para dar luego paso al Renacimiento.

Lo cierto es que los grupos que, muy genéricamente hablando, forman parte de eso que se llama "civilización occidental", no aceptarán a renunciar a su avanzada ni a los sueños que su materialidad promete.

Y también lo cierto es que ningún ser humano soportará ser paciente hasta más allá de ciertos límites.

jueves, 11 de octubre de 2007

"Si una mala jugada del tiempo"










Se sentó sin salir de la cama, se estiró hasta el papel y el bolígrafo
abandonados sobre la silla que se hallaba a su lado y escribió:

"Amor mío:
"Estoy a una distancia imprecisa de ti, y de todos. La comercialización
del hibernador personal ha sido uno de los sucesos más escalofriantes de ¿este
siglo? Duermo durante el tiempo que me viene en gana sin ninguna sensación de
haberlo hecho, sin pesadillas, sin molestias. Apenas aproximándome a la muerte
unas décimas de segundo o poco más. Y despertando de nuevo en el mismo sitio,
como si no hubiera sucedido nada, aunque más lejos que la última vez de todas
las cosas y de todos los demás, de los que ¿viven?, ¿duermen?, ¿han
desaparecido? El bullicio que continua fuera, más allá de las persianas bajadas,
¿quiere decir algo? No me animo a comprobarlo. Si me levantara y saliera a la
calle ahora mismo creo que no podría reconocer a nadie: sin duda hemos
envejecido todos en proporciones diferentes. Tú misma, ¿cómo eres hoy, cómo
serás al recibir esta carta, como serás luego, dentro de...? ¡Vaya a saber qué
medida del tiempo es la más adecuada para decirlo! Mi mirada interior te rescata
joven en la memoria, cruzando el umbral de la habitación hacia la mesa de la
sala donde quedaron los cigarrillos, y se detiene en tus muslos, sobre los que
se derrama una cálida luz que, creo recordar, era la del atardecer entrando a
través de las rendijas de la persiana de enrollar y que les daba un rosado suave
bajo ese vello diminuto que prometía, ay, volver a electrizarse... ¿Ya no son
así, lo son todavía? Porque... habrás usado, usas, usarás tú también el
hibernador, ¿no es cierto...?"



Se interrumpió. ¿Qué sentido tenía continuar
escribiendo una carta; escribir en general, cualquier cosa que fuese? El deseo
de volver a caer en el letargo parecía la única respuesta. ¿Para qué? Sin duda
eso tenía tan poco sentido como todo lo demás. El mundo exterior se había
convertido en una pesadilla potencial intolerable. Si volvía a dormirse, y a
despertar luego, ¿no volvería a sentir la misma inseguridad, incluso
multiplicada? De improviso se imaginó que casi todos dormían; que el mundo
entero, salvo... ¿quiénes y para qué?, escapaba una y otra vez, como él, de todo
aquello. Fuera, en la calle, continuaba el ajetreo. Había gente, habían
vehículos circulando, voces. ¿Habían decidido abandonar las prácticas de
hibernación, tal vez para siempre, abandonarse al desgastante paso normal del
tiempo? ¿Se trataría de personas que de tanto en tanto se animaban a salir, a
ver el mundo, a mostrarse?



Se dejó caer de espaldas. La mano se abrió
soltando el papel y el bolígrafo. No pertenecía a la clase de gente capaz de
suicidarse, era una lástima. Pero volvió a acariciar la vieja idea macabra, una
idea plena de burla. Conectó el aparato, fijó como fecha de destino el día, mes
y año de su nacimiento (lo hizo así por hacerse un honor a sí mismo ya que
cualquier fecha pasada habría sido igualmente útil) y cerró sobre sí la cubierta
de la cápsula, hasta sentir el clic del cierre hermético, que sólo se podía
volver a abrir completado el proceso, y comenzó lenta pero inmediatamente a
dormirse. Mientras lo hacía alcanzó a preguntarse una última cosa: ¿Y si el
tiempo le jugaba una mala pasada? ¿Y si, contra todas las lógicas, el tiempo
siguiera un vaya uno a saber cuán extenso y cuán complejo curso circular y, al
cabo del futuro del futuro, alcanzase alguna vez, otra vez, esa fecha,
precisamente ese día, para volverlo a despertar?


Fin

Nota: Para variar, os he ofrecido un cuento de mi producción que fue publicado por Axxon (Argentina) y por Fantastik (Bélgica) y al que se podía acceder desde la solapa. Se admiten comentarios.