Durante
mucho tiempo, Grecia fue el lugar más armonioso del Universo. Era
difícil encontrar un griego que no lo viera así. Yo sin duda, no la
habría cambiado por nada del mundo, ni siquiera por aquellos paraísos
que vaticinaban los oráculos o que tomaban forma en el agua de las
fuentes sagradas. Por mí el futuro podía guardarse para sí todos esos
puertos deportivos y yates de diseño que prometía, y con todas esas
mujeres semidesnudas que tomarían el sol en las playas de nuestras
encantadoras islas, y con los hoteles de lujo y los casinos, y con los
coches de motor descapotables, y los millones de electrodomésticos que,
año tras año, serían más y más sofisticados a la vez que
sistemáticamente rebajados. Pronósticos todos que de cualquier modo
nunca ya podrán cumplirse. Aceptemos que todo futuro sea posible pero
reconozcamos que ninguno se podrá garantizar, como bien decía mi esclava
persa, que prefería ver el porvenir en el fondo de las tazas de té que
me servía. Pero lo que nunca habría sido capaz de imaginar nadie, ni
nosotros los griegos reflexivos ni ninguna esclava por muy clarividente
que fuese, es que un día dejara de haber sitio para todo futuro;
insisto: para todo futuro. Ay, tras negarme a ver la potencia que
encerraba el huevo de Pandora, ya no puedo sino confirmarlo. Así es,
digo para nada y para nadie mientras todavía me interrogo, débil y
confusamente ya, por lo que pudo llevarnos hasta aquí, mientras siento
en la psiquis que la mismísima sensatez se desintegra: ya no lo puedo
negar porque lo estoy viendo con mis propios ojos que pronto se cerrarán
definitivamente. Lo admito con la vehemencia que me infunde ver cómo
pronto sólo seré un ridículo átomo de vaya a saber qué monstruo, si es
que no acabe siendo meramente algo de… vacío. Ay, eso no podré ni
elgirlo ni saberlo, porque mi final, como el de Grecia, sólo están,
nunca mejor dicho, en las manos del increíble Hipaso, eso que en los
buenos tiempos fue mi amigo.
Todo comenzó aquella tarde en que
Hipaso perdió a los dados por enésima vez y tuvo que entregar hasta la
túnica. No fue ni mucho menos el único en el mundo que lo perdiera todo,
pero la mayoría que yo supiese consiguió reponerse y comenzar de nuevo.
Y pensé que ese iba ser el camino que seguiría Hipaso al emplearse en
casa de Demócrito, el tendero, con la misión de cuidar de sus telas y
tapices, una necesidad del comerciante ya que debía ausentarse cada
tanto para realizar sus suculentos resultados (un negocio ciertamente
arriesgado para ser tan poco honroso). Pero pronto comprendí que Hipaso
no había aprendido nada del error cometido y que seguía empeñado en
negar que ya no era el aristócrata de antes. Como él mismo contaba a
quien quisiera oirlo, despertaba tarde día tras día, tras continuas
noches en vela, y se dormía en el trabajo sobre los tapices de su
empleador cuando no soñaba despierto sin atender a lo que lo rodeaba o
pretendía interrumpirlo, la psiquis ocupada todo el tiempo (no diría que
en razón a la nostalgia sino más bien a la ansiedad que lo debía
consumir por dentro) en un supuesto dilema: según él, había en la casa
del tendero una misteriosa habitación tapiada, justo detrás de una pared
que lindaba con el monte, donde sostenía que el comerciante guardaba
sus más preciadas riquezas. Hipaso hablaba de ello toda vez que podía y
donde se encontrase con alguno, como buscando una respuesta que lo
liberara del delirio en el que por lo visto se iba hundiendo, aunque él
decía que lo que él buscaba era la verdad del Universo. Yo era quien más
seriamente lo escuchaba, ay, como el amigo más dilecto que tenía por
entonces; el único que no se reía de él, como sus demás oyentes, cuando
contaba que Demócrito debía tener una clave secreta o poderes mágicos
para entrar allí y depositar el oro y las joyas que traía consigo a su
regreso; algo que hasta el momento no había conseguido ver con sus
propios ojos, como es obvio, aunque lo daba por seguro.
Yo no
estaba dispuesto a festejar sus estupideces ni podía considerar loables
sus locuras. E inevitablemente, se me hizo presente la historia que me
contó Zaida, mi esclava persa, la de los posos de té; historia de la
época en que ella le había pertenecido hasta que Hipaso me la vendió a
un precio de remate, una de las tantas veces en que optó por continuar
jugando pese a que la suerte le estaba siendo adversa. ¿Es cierto eso?,
recuerdo que exclamé. ¡Sí, mi amo!, afirmó ella, Yo comprendí lo que
decía porque en mi vida anterior fui una princesa… y no sería yo la que
instigara una rebelión antiesclavista… ¡ni mucho menos! O sea que mi
amig… ¡ese tarado!, había reunido una vez a sus mismísimos utensilios
parlantes (a los que, recordé también, llamaba hombres y mujeres en un
ostensible insulto a sus propios compatriotas) había llegado a la
temeraria insentatez de insitarlos a que se rebelaran de una buena vez
contra su propia idiosincrasia?! Eso no se puede hacer... ni borracho,
como se suele decir. Tuvo suerte que ni nuestros comunes amigos
esclavistas ni tampoco sus esclavos, hubiesen sido capaces de comprender
lo que dijera y en cualquier caso tomarse aquello en serio… Una suerte
que, ahora, obviamente lamento… siempre y cuando no se hubiese propagado
como reguero de pólvora d lase haber sido cosas de ese otro modo.
En
fin, sirva o no para algo a estas alturas, quiero dejar constancia en
mi descargo de que yo, desde un principio, puse en duda la cordura de
Hipaso. Me lo dictó mi natural prevención antes incluso de que me
refiriera aquello Zaida. Por eso no me resultó nada sorprendente que un
día me abordara con aquella pregunta críptica cuyo propósito no parecía
decifrable: "¿Sabes cuántas riquezas se guardan en el mundo de mil
costosas maneras?" Ni que añadiera muy ufano, cambiando a todas luces de
tema aunque como si no fuese así: "¡Oh, amigo mío, no te puedes hacer
una idea de la satisfacción que me produce ver cómo cada noche que pasa
comprendo mejor a mi maestro de filosofía!" Ni, tampoco, que, al
preguntarle a mi turno a quién se refería... me diese el nombre del
tendero, de su empleador, el de las telas, el comerciante.
Ante
aquellas incongruencias evidentes, ¿cómo no concluir que estaba loco?
Sin duda la bancarrota lo había desquiciado, lo que no contradecía sino
reafirmaba mi tesis de que la demencia que sufría no era repentina sino
que había estado mucho tiempo latente, aletargada, hasta que había
despertado. ¿Quién que no predispuesto a la locura se pondría a estudiar
filosofía cuando lo principal era la supervivencia básica? ¡Si todavía
fuese enseñarla…! Se lo decía, claro que se lo decía, pero fue
completamente inútil. Peor aún, cuando lo hacía, él comenzaba a hablarme
de... de monedas de oro y de piedras preciosas, rojas y azules y de
muchos más colores y de que muchas habían pertenecido a un tal Alibabá o
algo parecido, un amigo oriental del tendero, dije yo. E
interrumpiéndose cuando intentaba obtener alguna precisión al respecto,
me miraba fijamente, me sacudía asiéndome por las ropas y exclamaba:
"¡No lo entiendes: eso no es lo más importante; lo que importa es que
sólo haya átomos y vacío!" Estaba loco fuese como fuese, no cabía duda
alguna.
Y lo largo de los días que siguieron lo hallé cada vez peor,
cada vez menos digno de todo tipo de crédito, insistiendo una y otra
vez que sería el saber (¡y no el trabajo!) lo que le devolvería las
riquezas perdidas.
Ahora lamento mi egoísmo y mi desdén;
lamento, sí, haber optado por tomar distancias ante el temor,
incuestionablemente lógico y razonablemente fundado de que, cuando al
cabo de la línea perdiera su trabajo, cuando por fin fuese incapaz de
obtener siquiera unas monedas con las que poder invitar a los amigos, a
esos que le festejaban sus penosas ocurrencias, acudiría a mí para
pedirme cobijo, techo, comida, tiempo y atención… Esa perspectiva,
lógica y razonablemente, me aterraba. ¡Oh, debí pensar en consecuencias
más peligrosas y actuar de un modo bastante más drástico!
Recuerdo
todavía aquella tarde en que yo salía satisfecho del teatro, donde me
había entretenido con una buena comedia, para encontrarmelo allí de
sopetón, aunque por suerte de espaldas, de pie junto al muro exterior,
hurgando entre las piedras y escarbando en la argamasa. Mi reacción
inmediata fue la de cambiar de rumbo y alejarme antes de que me
descubriese, pero, al verlo tan absorto, volví sobre mis pasos para
pasar junto a él y observar por encima de su hombro qué lo podía estar
entreteniendo tanto. Así pude comprobar que jugueteaba con la piedra
pasando con delicadeza las yemas de los dedos sobre los enormes bloques,
quizá imaginando, qué si no, que aquella era una gigantesca gema o
parte del fantástico muro de oro de Alibabá; creyendo, vaya uno a saber,
que el muro entero era un tesoro o dibujando una puerta imaginaria por
la que pensaría pasar del otro lado. ¡Yo mismo estuve a punto de dejarme
contagiar por esas ilusiones demoníacas! Pero supe reaccionar y acabé
por alejarme corriendo.
Vino a verme al cabo de unos días,
temprano por la mañana aunque con cara de no haber dormido nada. ¡Zas,
me dije, lo que me estaba temiendo! Y ya estaba yo elaborando mi
discurso; ese de que yo no puedo hacer nada, de que si no has sabido
ayudarte a tí mismo cómo piensas que... y de que era evidente que lo
tuyo era un caso perdido... cuando, sin que yo llegara a decir nada,
comenzó a abrir ante mis ojos unas manos temblorosas mientras no dejaba
de jadear. El sol me daba en la cara y no supe inicialmente determinar
qué producía esos brillos hipnóticos que salían de sus palmas
extendidas, por lo que me acerqué más aún sin resistencia. ¿Monedas de
oro? “¡Es increíble!”, exclamé, "¡De modo que el hombre ha sido bueno
contigo a pesar de tu comportamiento y te ha dado esas monedas para que
lo dejaras tranquilo!" "¿Qué…?", repuso él como quien no pudiese
entenderlo, "¡Estas monedas son el primer resultado de los poderes que
adquirí estudiando! ¡He superado a mi maestro y he sido yo quien lo ha
dejado! Deja que te lo explique todo…"
Nuevamente intenté
evadirme, olvidarme de él, ignorarlo. Me daba igual que le hubiera
robado al pobre comerciante, que fuera rico incluso y que huyera hacia
las tierras bárbaras con su ridículo tesoro. Lo que no podía admitir es
que me involucrara. Me volví hacia mi casa con un ademán más que
explícito. Pero él dio un salto y se interpuso. Pero eso no fue lo peor
ni lo que me obligó a escucharlo. Lo peor fue que pudiese demostrarme
que no estaba loco, al menos en el sentido que yo había considerado, y
que tampoco mentía, que no fabulaba ni engañaba. Lo grave fue que
pudiera enseñarme en un pis pas que había aprendido a hacer cosas que
habrían dejado maravillados a muchos… menos a mí, porque a mí sólo me
produjeron repugnancia. Pero lo verdaderamente improcedente fue mi
propia conducta y rendición momentánea, la parálisis, la curiosidad
paralizante que permitió que se fuese sin más en lugar de detenerlo de
inmediato, de cualquier modo que fuera. Porque poco después sería
demasiado tarde.
Hipaso comenzó por el principio, por el día de
la última apuesta fallida, un día clave para él porque fue en el que
conoció a Demócrito, el de las telas. Resultó que él también era un tipo
raro, pero Hipaso, como él mismo reconoció, ya no tenía nada que
perder. Sí, dijo, el comerciante le propuso que cuidara de sus
mercancías, pero no era eso lo que más le interesaba sino contar con un
buen discípulo, a quien poder educar, dado que nadie le hacía mucho
caso. El tal Demócrito, continuó Hipaso, postulaba que el mundo era muy
simple a pesar de las apariencias, de las múltiples formas, y de los
muchos puntos de vista. Según él, continuó contando Hipaso, el mundo se
componía sólo de átomos y de vacío. "Recuerdo el día en que me lo
dijiste", lo interrumpí demostrándole un interés del que yo mismo me
estaba sorprendiendo a lo que replicó: "Pero yo no me quedé en el
postulado y decidí seguir investigando, prestando atención práctica…
espiando…"
Mientras él detallaba los pormenores de sus pasos, yo
me senté a observarlo y por momentos no pude evitar dejarme llevar por
mis propias reflexiones. En nada me parecía extraño que un comerciante
pensara de aquel modo. Era muy propio de alguien acostumbrado a traficar
con cualquier cosa de igual modo, a cambiar un objeto por otro fueran
los que fuesen sus respectivos aspectos, sus pesos o sus estados,
mientras una de ellas le resultara útil o atractiva a alguno y la otra
fuese objeto de futuro cambio. ¡Incluso siendo alguna de ellas o las dos
etereas o efímeras, reales o imaginarias…! Sofismas, me dije, que sólo
pueden conducir al igualitarismo y a la confusión; ay, entonces no
llegué a imaginar hasta qué punto.
"Lo dulce es dulce, lo amargo
es amargo...", escuché de repente. No, en aquel momento no creí que mis
juicios anticipasen los hechos que tendrían lugar al poco tiempo y que
nadie habría podido adivinar. Entonces la narración volvió a captar mi
atención porque en ese instante Hipaso concluía: "...pero en definitiva
sólo hay átomos y vacío. Y eso sólo podía significar una cosa, que ese
vacío se puede desplazar, quitar de un sitio y añadir a otro. ¿No te
parece, amigo mío? Y eso es lo que por fin he aprendido a hacer."
Lo miré desconcertado. Y no pude evitar preguntarle cómo.
"¿No
es el propio cuerpo lo más próximo al deseo y a la voluntad? ¿No
obedece a nuestra mente cuando ésta quiere llegar a alguna parte y así
se pone en pie, se pone en marcha, inventa un carro, pone delante uno o
más caballos, los fustiga con un látigo...? Pues, funciona, te lo puedo
asegurar." Y expuso su sistema que, gráficamente, consistía en apoyar
los dedos de una mano (¿por qué no los de un pie, por qué no la nariz
con igual eficacia?) formando un haz sobre, por ejemplo, la pared de un
habitáculo hermético, aplicar a continuación la voluntad sobre los
átomos de los propios dedos e irlos separándo luego, mientras comenzaban
a hincharse, esto es, a llenarse con el vacío que constituía,
armoniosamente hasta ese instante, el material del muro. La hinchazón, a
medida que aumentaba, me explicó con esmero, aceleraba poco a poco el
proceso. Hasta que por fin, en la pared se terminaba produciendo una
abertura todo lo grande que su voluntad quisiera. Un agujero por el cual
podía introducirse un hombre entero para volver a salir con todo lo que
uno pudiera cargar consigo, como las monedas de oro con las que
momentos antes había llamado mi atención. Atomos y vacío, repitió sin
lugar para el remordimiento.
Tuve que rendirme a la evidencia,
porque lo vieron mis ojos. Eligió el tronco de uno de mis árboles,
obviamente de madera como el arca de Demócrito, y pidió mi autorización,
que obtuvo: ¿qué otra cosa pude hacer, negarme, volver la cabeza,
continuar ignorando lo peligroso que era? ¡Oh, fue tan desagradable ver
cómo los dedos que apoyaba en el árbol se le hincharon hasta tomar la
forma de cinco enormes berenjenas mientras el tronco se arrugaba como
una pasa o como un extraño envoltorio de papel en cuyo interior actuaran
invisibles fuerzas centrípetas! Pero no todo acabó allí, porque
enseguida, interrumpiéndose en un punto cualquiera, separó los dedos del
pobre y retorcido vegetal para posarlos en uno de mis hermosos bancos
de piedra, el cual comenzó a inflarse de repente mientras sus dedos
volvían paulatinamente a la normalidad, a inflarse hasta tal punto que
al cabo de un momento comenzó a elevarse. ¡Había descargado en el
interior de la piedra el vacío que había tomado del tronco! ¡Había
convertido mi banco de piedra en una especie de pájaro o de cometa, e
hizo... hizo que se perdiera en el cielo! Por un instante creí que las
piernas no me podrían seguir sosteniendo, y hasta imaginé que parte de
su vacío interior era succionado por mi diabólico ex amigo. La idea me
sublevó y sin poder evitarlo le grité desaforado, sintiendo por momentos
que me faltaba el aliento: "¡Vete, desaparece de mi vista! ¡La...
ladrón, ladrón miserable!" Pero por lo visto mis palabras no sirvieron
para amedrentarlo y esbozando la sonrisa más burlona que yo haya visto
nunca, retrocedió unos pasos. "¡Maldito!", pensé mordiéndome los labios,
"¡Ya tendrás noticias de Zeus cuando El vea mi banco atravesar sus
nubes!" "¡Sólo hay átomos y vacío!", dijo nuevamente, como si me
estuviese replicando, para darme luego la espalda y abandonar mi casa
con brincos de sileno, primero sobre un pie y luego sobre el otro, a
veces apoyando las manos en las paredes como si fueran simples patas
delanteras, soltando carcajadas que a cualquiera habrían inspirado
lástima, menos a mí, que ya había comenzado a odiarlo.
¿Sólo
átomos y vacío? El vacío lo tenía yo instalado dentro. Porque aquello
bien pudo quedar en una demostración graciosa, en un acto que habría que
repetir en público, bajo la carpa de un circo (ambulante incluso, que
es algo que aún no se ha intentado en estas tierras y que podría ser
bienvenido y provechoso). Pero no fue así, y yo fui el primero en ver
que aquello escondía una amenaza.
Por eso no me quedé allí, viendo
cómo se alejaba, escuchando su risa hasta que se apagó a lo lejos,
intentando olvidarme nuevamente de él y de su locura. No, esta vez no; y
sin pensármelo otra vez me lancé a seguirlo como un tonto, trotando
tras sus brincos. Y subí y bajé, bajé y subí con él mientras perdía la
noción del tiempo y de la distancia recorrida hasta que de pronto me
encontré en las afueras, en pleno monte, donde de repente lo perdí de
vista. El sol caía a pico desde lo alto y me dirigí hacia un bosque
cercano guiado por la intuición. Allí la luz del sol, que se filtraba
por entre las ramas, aumentó el carácter mágico de las circunstancias y
comencé a tener miedo.
Al rato me topé con pistas de Hipaso,
señales inequívocas de que por allí había pasado. Las primeras fueron de
por sí dudosas, tal vez meros nidos en los troncos, guaridas de
pequeños animalejos del bosque, madrigueras en la tierra, agujeros en
donde los árboles habían lucído esos nudos que los embellecían, como si
estos se hubiesen desprendido o se hubieran licuado. Pero Pero más allá,
del otro lado del bosque, pude confirmar que había seguido la dirección
correcta. Se abría ante mí un prado y a lo lejos venía hacia mí una
curiosa manada de ovejas. No venían corriendo, moviendo con celeridad
sus cortas patas, sino más bien rodando, algunas incluso rebotando
contra el suelo, gordas a más no poder y sin embargo ligeras como
plumas, obviamente semivacías por dentro, fácilmente empujadas por el
viento. Entonces también vi que se acercaba un hombre. Caminaba con
lentitud, tambaleándose, débil como si hubiese sufrido hasta ese mismo
momento un largo ayuno. No era Hipaso, a quien deseaba y no deseaba
encontrarme de nuevo; ya no estaba seguro. El hombre tenía la mirada
perdida y un agujero lo atravesaba de lado a lado.
-¿Buscas a tu rebaño, verdad?- dije adivinando que sería el pastor.
Sus
ojos parecieron buscar el origen de mi voz en algún lugar distinto de
aquel en el que me hallaba, justo delante de él por cierto. Dirigía la
vista sin ton ni son hacia arriba y abajo, a uno y otro lado, mientras
la cabeza se inclinaba como si pesase más de la cuenta y él ya no la
pudiese sostener. No entendí si negaba o afirmaba, pero yo, gentilmente,
le señalé el bosque y las copas de los árboles donde sus animales se
habían internado, perdido o atascado. Ahora tendrá que recolectarlas,
tendrá que aprender el oficio de fruticultor, pensé ciertamente dolido.
Ay, he ahí el peligro: con sus jueguecitos, Hipaso amenazaba no sólo la
forma de nuestro mundo sino la supervivencia de todos. ¿Cómo se podía
acabar de ese modo y de un plumazo con la vida de ese apacible anciano a
quien la edad no le permitiría comenzar de nuevo, olvidar lo aprendido y
disponerse a ejercer una nueva profesión? ¿Qué podía sucederme a mí si
Hipaso convertía a todos mis esclavos (y no digamos a todas mis
esclavas) en fofos flotadores incapaces de servir las comidas (y de
proveerme de satisfacciones en la cama)? El ulular que el viento
producía al pasar por el agujero abierto en el cuerpo del ex pastor me
trajo de regreso a la realidad inmediata. Dejando atrás al pobre hombre,
me lancé campo a través tras Hipaso. Poco después divisaba una pequeña
aldea donde pensé que encontraría algo de hospitalidad. Debía reponer
fuerzas y, sobre todo, pensar. En la medida en que me acercaba, el
ímpetu volvía a amainar. Sí, lo peor que podía hacer era precipitarme.
El recuerdo del ulular del viento volvía a mí traducido de tanto
repetirlo en la cabeza y pude comprender lo que decía:
"miiiiiiiiiiiiiiiiiiiialmmm mmmaaaa mmmmiiiiiiallllmmm...", claro, el
alma, que evidentemente había perdido.
Los agujeros en muros y
calles ya no llamaron mi atención. Y no me parecieron suficiente razón
para que allí no hubiese ni una sola persona. Sinceramente, temí por las
vidas de los pobladores ya que no podía imaginar que los trucos de
Hipaso pudieran hacer huir a la gente que hubiese vivido siempre allí y
menos a sus animales. Entré en las casas abandonadas, encontré muebles
inflados pegados a los techos, animales domésticos reducidos de tamaño
por delante, en el medio o por detrás, sin el menor sentido de la
estética, que se arrastraban pesadamente como mejor podían o emitían
extraños silbidos por donde les era posible. Especial pena me dio un
caballo blanco cuya cabeza agigantada apenas si se sostenía en el
extremo de un cuerpo escuálido de delgadísimas patas. En una bocacalle
me faltó el aire. Inspiré con fuerza, pero no logré introducir nada en
mis pulmones. Presa del pánico retrocedí unos pasos y comprobé que allí
todo volvía a la normalidad. Volví a intentarlo dos o tres de veces
porque no me lo podía creer. ¡Asombroso!; Hipaso había dejado un agujero
en el aire, ¡un agujero lleno de vacío! En ese momento, una nueva
bocanada de coraje me llenó los pulmones. Alcé la vista al cielo con la
intención de formular una plegaria, pero una nueva visión se superpuso
volviéndome a dejar boquiabierto: allí, por encima de la aldea,
planeando como una monstruosa ave de rapiña, estaba Hipaso rodeado por
los aldeanos y aldeanas que muertos de miedo danzaban entrelazados más
por temor que por exigencias de la coreografía.. "¡Hipaso!", le grité al
reconocerlo, "¡Baja inmediatamente y deja que esa pobre gente que no te
ha hecho nada vuelva a tierra!"
El muy bruto había vuelto a
jugar vilmente con su propio cuerpo y con el de los habitantes del
lugar. Parte del mismo estaba inflado del vacío de los animales y las
cosas y lo mismo había hecho con las barrigas, las cabezas o los pechos
de los otros, eso era lo que los mantenía en el aire. Él dirigía el
baile de los cielos. Cuando alguno, incluso él mismo, subían demasiado,
descargaba un poco de su vacío en una nube o en el propio aire,
llenándolo de agujeros, maldita sea, invisibles e irrespirables, que
quedaban diseminados por el cielo, perjudicando a los propios
bailarines, a los pájaros que pasaban y hasta a los dioses sin ninguna
duda. Si descendían más de lo deseado, pues hacía lo contrario: les
inyectaba vacío que obtenía de las nubes sin preocuparse de que así
provocaba peligrosas bolas de granizo que caían a tierra, grises o
blancas, perforando lo que encontraran a su paso.
-¡Ay, Hipaso!- le grité- ¡Deja ya de hacer el loco y baja! ¡Vuelve a tu estado natural! ¡Deja en paz a todo el mundo!
-¡Oh!-
me respondió sin hacer lo que le pedía, por supuesto- Esto es tan
divertido... Aquí se puede bailar mucho mejor que en tierra firme. Y
pasear, y pensar con más frescura. ¿Sabes?, creo que voy a alterar la
armonía del mundo. Quizá sea más divertido con todo del revés. Quizá...
Se me escapó un gritito, tan débil que no sé si él lo alcanzó a oir. El coraje y la rabia pudieron más que mi prudencia.
-¡Me obligarás a declararte la guerra!
-¡La guerra, qué buena idea! ¡Eso sí que resultará divertido!- respondió-. ¡Será una guerra atómica!
Recurrir
a Demócrito fue inútil. Era más científico que comerciante y me
decepcionó. A él no le preocupaba lo más mínimo cómo se distribuirían
los átomos y el vacío en el futuro: "En todo caso, será cuestión de
adaptarse; de estudiar un mundo diferente." Ni siquiera se molestó por
el robo de sus monedas. Al respecto, sólo dijo "¡Bah!"
En los
años que siguieron, la situación se fue agravando. Hipaso se rodeó de
discípulos, algunos de los cuales acabaron por desperdigarse por el
mundo, vaciando unas cosas e insuflando otras, consiguiendo que muchas
(algún que otro continente incluso) se hundieran para siempre en las
profundidades del mar o de la tierra, mezclados sus átomos con los de
los mismísimos infiernos, y permitiendo que otras desaparecieran en el
infinito.
Al mismo tiempo mis huestes también se multiplicaron.
Sí, nos costó aceptar a los bárbaros, a las gentes oscuras del sur y a
los demasiado blancos del norte, con sus hoscos modales y su incapacidad
para la lógica, pero eran buenos jinetes o buenos caminadores y no
temían a la muerte ni a los agujeros. Tuvimos que admitirlos porque cada
vez éramos menos. Incluso debimos liberar en cierto modo a los esclavos
o al menos prometerles la libertad como premio a su arrojo, obviamente,
todo hay que decirlo, cuando su acentuada surperchería y sus temores a
perder el alma no fueron motivaciones suficientes para combatir a los
diablos. Yo comprendí que el riesgo que corríamos era enorme, que de una
forma o de otra podríamos perderlo todo, pero nada me parecía
comparable al mundo que Hipaso nos auguraba; nada de nada o sólo la nada
se podía comparar con el vacío.
De ese modo, conseguimos que
muchas ciudades resistieran con heroísmo y que algunos adeptos a Hipaso
pudieran ser apaleados hasta la muerte mientras dormían agotados, aunque
a veces a costa de perder vacío, a ganar unos agujeros de más o
simplemente a coger escandalosos vientres o jorobas. Pero aquellos
fueron casos excepcionales. Lo más frecuente fue, por el contrario, que
tras capturarlos y encerrarlos, escaparan sin dificultad, abriendo
brechas en los muros más gruesos o ensanchando los grilletes. Intentar
lapidarlos, sepultarlos bajo una lluvia de piedras (práctica habitual en
algunas tierras del sur y que pronto asimilamos) o colgarlos por el
cuello eran objetivos vanos. A su contacto, las piedras se hinchaban y
emprendían vuelo, las cuerdas se deshilachaban o se convertían en
holgados collares de esparto. Alguna vez, uno de los discípulos de
Hipaso emergió gigantesco de la montaña de piedras mientras ésta se
transformaba en un montículo de arena. Por el contrario, muchos de los
nuestros no pudieron escapar de las esferas de vacío en las que acaban
envueltos a la primera manifestación belicosa.
Cada vez fue más
frecuente oír leyendas que sembraban el miedo y la desmoralización. Se
llegó a hablar de semidioses que montaban nubes con extrañas formas y
que sobre ellas pasaban rasantes sobre ejércitos enteros obligándolos a
hincarse (aunque creo que quien tuvo esta visión se confundió al ver
rezando a los moros.) Caballos voladores, lluvia de vapor sólido en
bloques capaces de demoler casas enteras, hundimientos imprevistos de
ciudades, mares que nacían de repente en valles en los que apenas si
había ríos. Exiliados, cobardes y espías, locos que se habían perdido
tras montañas y desfiladeros, náufragos afiebrados, esclavos arteros
huidos de sus amos y de sus trágicos destinos, fueron extendiendo la
leyenda de una supuesta subespecie griega capaz de desarmonizar el
mundo. Y desde tierras que ni siquiera imaginábamos comenzaron a llegar
embajadores de reyes fantásticos y aventureros capaces de ensombrecer a
nuestro Ulises, conquistadores todos sin escrúpulos y mil matices
idiosincrásicos, dispuestos a usar los medios que cada uno creía saber
usar mejor. Los hubo incluso que intentaron ganarse para sus diversas
causas y objetivos el apoyo de Hipaso y de sus discípulos. Les
ofrecieron puestos de privilegio, poderes y dominios capaces de
reproducir y multiplicar riquezas hasta más allá de todo límite, algo
que creí que tentaría a Hipaso, puesto que su técnica sólo servía para
apropiarse de lo ya existente. Se supo que uno de los enviados, un
príncipe que se rodeaba de los fabulosos y temibles animales de su
tierra, tuvo que atravesar diez reinos situados más allá de los mares
para llegar hasta él, reinos que tuvo que someter o pulverizar a su paso
y todo para recibir una tajante negativa. Ofendido, el príncipe
enfureció y el evento acabó a la extemporánea manera de Hipaso, con una
carcajada suya que resonó, nadie supo jamás cómo, en los mismísimos
vientres de los tigres y los elefantes del séquito. Otros intentaron el
uso de la fuerza y de mil diversas trampas para capturarlo… y acabaron
siendo las primeras víctimas mortales, perforados indiscriminadamente o
inchados hasta la explosión.
En fin, una pena, pensé cuando lo
supe, porque no habría estado nada mal que todos ellos, con Hipaso a la
cabeza, se hubiesen convertido en soldados de alguna causa lejana que,
si acaso nos hubiese afectado, habríamos podido manejar mejor. Un
imperio, una tiranía universal incluso, con la burocracia de rigor, nos
habrían dado más juego; nos habrían permitido hallar algún sitio, algún
lugarcito acomodado, algo de futuro para nosotros y para nuestros hijos.
Pero cuando los menos consecuentes aceptaron militar en unos u otros
ejércitos y las guerras tomaron un inevitable carácter diabólico,
comprendí que ya nada evitaría que todo nuestro mundo antiguo, Grecia y
el Peloponeso comprendidos, pasaran a la historia. Sinceramente, yo no
podía entender cómo Zeus y los demás dioses del mundo no tomaban medidas
para evitar el desastre. No comprendía cómo El no había reaccionado
como el dios que era con aquella primera demostración de Hipaso en mi
jardín, cuando mi entrañable banco de piedra se elevó por el aire
insuflado de vacío. Siempre había creído que por menos que eso, Zeus
había fulminado a Asclepio. Ahora, ante tanta desgracia incontenible,
empezaba a considerar que todo lo referente a ello era un atajo de
leyendas o, en todo caso, que a los dioses no le importábamos ni un
átomo de esos que alguna vez decidieron unir y poner a rodar.
Sin
duda, con tanto vacío en derredor, era normal que perdiéramos la fe y,
por decirlo de algún modo, que nos fueramos haciendo cada vez más
vaciístas. ¿Cómo, me decía de todos modos, con tantas cosas como las que
han sucedido en nuestra Historia, no hubo ni siquiera un buen tirano
que, justificándose en la causa más buena que le hubiesen sugerido sus
filósofos, hubiese desterrado de por vida a Hipaso o, mejor por más
seguro para todos, lo hubiese ahogado durante alguna travesía antes de
que todo esto comenzara…?
Estaba en el rincón más devastado y
triste de mi viejo jardín, sumido precisamente en estas reflexiones,
cuando Hipaso se presentó de nuevo ante mí, después de tanto tiempo.
Estaba
como siempre, el rostro iluminado, sonriente, los dedos normales, la
túnica blanca impoluta como recién lavada. Parecía un ángel y su aspecto
me llevó a pensar que la bondad había renacido o que por fin había
incubado en él, hastiado de tanta destrucción improductiva. Pensé que
había reflexionado. Pensé que venía dispuesto a acabar con sus
insensatos juegos. Pero volví a equivocarme.
-Se va todo a la mierda, Hipaso- le dije suplicante.
-Habría sido mejor si hubiese dado con los átomos del tiempo…
Temblé.
-¿También está hecho de átomos y vacío?- balbucí sin poder de todos
modos imaginar algo peor que lo que ya estaba ocurriendo en el presente.
-No lo sé, no los he encontrado, eso es todo… Pero no quiero perder más tiempo, he venido a despedirme- repuso él como si nada.
-¿Has hallado otro planeta? ¿Le devolverás al nuestro la armonía perdida antes de irte...?
No me dejó acabar. Posó
un dedo sobre mis labios, lo que me horrorizó al imaginarme cómo me iba a
dejar la cara, por lo que di un paso atrás, ofreciéndole mi
brazo, sobre el que prefería una y mil veces que experimentara… y de
repente descubrí que había perdido por completo el habla. Entonces, mientras negaba no sé qué con la cabeza, preso de una profunda apatía, musitó:
-Sólo hay átomos y vacío y
cuando acabe mi obra, desde la A hasta la Z del mundo estarán en mi
saliva y en mis heces y de una vez por todas se romperá el techo del
cielo. Un día, quién sabe, puede que decida hacer algo nuevo con mis
elementos, algún otro mundo, algún otro intento de imperio... pero por
el momento, no pienso dejar ni siquiera una de mis sandalias al borde
del abismo. Sin embargo, por haber sido alguna vez mi amigo, permitiré
que los átomos y el vacío de tus ojos sean los últimos en hacerlos míos...
Y tras
esas palabras comenzó sin más a hincharse, guardando, hasta donde lo
pude apreciar, las proporciones de su propio cuerpo; es decir,
agigantándose sin cesar. Como dijo, me permitió contemplar aquel
proceso terrible con todo detalle gracias a que comenzó por absorber el Universo a partir de un pequeño círculo a nuestro alrededor. Campos,
ríos, islas, mares, montañas, desiertos,
ejércitos enteros en plena batalla, y hombres dando comienzo a su
jornada, y mujeres de mil razas alumbrando, y niños jugando, y animales,
y monstruos que jamás habíamos imaginado que podían existir, y luego
las nubes, y después el cielo, con la luna y el sol y las estrellas...
comenzaron a aproximarse a nosotros, mientras el terreno a nuestro
alrededor encogía contrahecho. Por fin, llegó el turno de nuestra
ciudad, las casas de mis vecinos, el templo, el teatro, el monte,
el bosque, los árboles de mi finca, mis ánforas, mis columnas... El
terreno y las cosas que se hallaban encima y abajo a pocos pasos
comenzaban también a cercarme, convertido todo en polvo casi sin vacío ,
para conformar un pedestal bajo los pies de Hipaso y, aún, bajo los
míos, que acabó por coincidir con nuestras propias sombras; un montículo
negro como el más profundo de los
agujeros.
Todo fue desapareciendo, el dolor, la alegría, las lágrimas, las risas,
el frío, el calor y lo agridulce... y, unos instantes antes que yo, la
pobre Zaida a la que ni siquiera atiné a sostener cuando comenzó a
desaparecer horrorizada. Todo, mientras Hipaso crecía y crecía hasta
superar la dimensión del mismísimo Atlas.
De
repente, cesó todo bullicio y lo sin duda debía ser mi psique se debió
aferrar a unos ojos que ya ni siquiera eran capaces de cerrarse ante el
horror.
Hipaso cumplía. Mis ojos eran dos o tal vez un sólo átomo rodeados de un
vacío que ya no pertenecía a mi cuerpo; un
vacío sin sustentación, como tal vez habría dicho Demócrito. Quise
imaginar
lo que sucedería luego, cuando no me quedase ni eso, y pretendí hacerme
una idea de lo que podría ser un…
Imperio... como el que Hipaso tal vez decidiera levantar alguna vez,
donde quizás todos mis átomos y mi vacío esperaba que volvieran, y no en
condición de
esclavos... Pero no tuve el tiempo suficiente. Mis último átomo estaba
pasando a formar parte del gigantesco cuerpo
de Hipaso: llegaba…
EL FIN
Nota: escrito en 2003)y publicado por primera vez en Visiones 2004 gracias a la selección realizada por Eduardo Vaquerizo, fue traducido al ruso y así presentado al certamen Kahn de Oro 2011 que se celebró en Sofía, donde resultó finalista.