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martes, 30 de junio de 2009

Huída o impulso dominador sin límites

Un día consideré que la literatura podía nacer y renacer de la cenicienta necesidad humana de escapar de esa suerte de realidad a la que pertenecemos como la ola pertenece al mar. Ésa que muchos siguen sintiendo "externa" y algunos todavía creen "imaginaria" y que sin querer delimitar rigurosamente nada todos coincidimos en llamar El Mundo.

No obstante, a base de darle un par de vueltas, acabé considerando (por ahora) que no se trataría tanto de una huida o alejamiento respecto de esa realidad con la pretensión de situarse en alguna otra (en tal caso... en la de los sueños) como del intento de encorsetarla, de poner a ese Mundo sobre carriles controlables, de asignarle, aunque fuese por parcelas, un sentido, una meta, una Lógica y una Razón, unas causas puestas en su sitio y unos accidentes bien elegidos para que también actúen como tales causas... Y poder reconstruirla, incluso, como si se pudiera, dentro de una botella (...¡oh, las botellas, las botellas que se acaban precintando para conservar su contenido peligroso y sus genios diabólicos, las cajas que no se deben abrir más una vez que se consiguen volver a cerrar... y que después vuelven a abrirse para repetirlo todo...!) como esas en las que se encierran esas miniaturas de barcos, a resguardo de tormentas y avatares y hasta del polvo y el oxígeno. Para, en fin, reducirla a un modelo manejable y previsible.

Sin duda, es curioso cómo esta idea acerca la literatura al mito e inclusive a la ciencia, a la brujería y a la matematización (esa forma magistral de formalizar las cosas)... A todo lo que imaginamos y construimos para iluminar nuestros pasos y oscurecer los ajenos... para justificar y explicar... para... para dominar lo inmediato (contenidos de botellas y de cajas incluidas) bajo la sensación o convicción de dominar lo eterno.

sábado, 14 de febrero de 2009

Los "Invasores" del espacio interior... y nosotros mismos.

Casi todos los gobiernos y particularmente del de España, y ahora a cuento de "La Crisis", vienen prometiendo al pueblo, cada vez más, y más ostensiblemente que las mil y una veces anteriores a lo largo de la historia del "Estado Moderno", que se distribuirá entre todos... ni más ni menos que el propio futuro que ellos mismos habrán de construir. Un futuro que dan por seguro y con el que el presente quedería sobradamente cubierto y ese mismo futuro garantizado.

Pero que la subsistencia actual del "pueblo" se garantice con los frutos aún no alcanzados que potencialmente pueda (¡o deba!) producir mañana, no sólo es un engaño esquizofrénico sino que pretende hacernos cómplices de nuestra propia explotación y opresión secular más allá de lo que ya es aceptado. Con lo que la doble vuelta de tuerca llega a un extremo que revienta las costuras del propio racionalismo que servía de justificación a todo el armazón en que esa explotación y opresión opera sin contestación definitiva.

Sí, es evidente que el Leviatán de Hobbes se justifica como nunca a sí mismo a través de las promesas cuyo cumplimiento descansará en nuestro propio esfuerzo y... en la vigilancia que ejercerán los distribuidores de riquezas o bienes futuros sobre nosotros para que podamos o debamos producirlos. Y es también evidente como, al mismo tiempo, deja al desnudo al monstruo que su razón pretende haber engendrado como beneficioso y sano.

¡El absurdo de la situación no resiste la lógica y como tal provoca el rechazo viseral de todo ser reflexivo... siempre y cuando no pertenezca al grupo que agita esa propuesta que pretende que consideremos salvadora!

Pero es que esos seres, que cada vez se alejan más de nosotros en atención a sus intereses, sueños y modo de vida (incluido el de ganársela), y que tienen del mismo mundo una visión inversa de la nuestra al punto de que no ven absurdo sino enteramente lógica su conducta desconcertante, incoherente y mentirosa, parecen comprometidos, o más bien coaligados, a obligarnos a alcanzar ese futuro para beneficio aparente de nosotros mismos.

¡Algo que, bien pensado, parece increíble que esté sucediendo y... sobre todo... que lo sigamos aceptando todos, incluso como una condena, que ni siquiera así sucede!

Vistas así las cosas, no queda sino comprenderlas bajo la consideración de que esos seres, que conforman un grupo con personalidad propia como suele decirse, no del todo sólido ni bien avenido (incluso a veces muy mal por cierto), y que cada vez se parecen más unos "invasores" de una "civilización extranjera", inclusive humanoide, han tenido la amabilidad de hacernos prisioneros de nuestra propia indolencia y de nuestras diversas preferencias lúdicas, es decir, de nuestros profundos deseos de ser amamantados de por vida, de nuestra convicción de que no servimos para organizar nuestras vidas por nosotros mismos y, por último, de sentirnos más ligeros y más puros lejos de las preocupaciones cotidianas. No podemos seguir engañándonos y dejar de reconocer que por eso los soportamos dentro de ciertos límites que sin duda no han sido alcanzados.

No es extraño que Wells haya imaginado ese mundo de Elois y Morloks que se encuentra en el fondo bajo la piel de nuestras sociedades complejas desde los primeros tiempos de la civilización y que hoy han alcanzado esa inaudita absurdidad que parece inexplicable. Me sorprende incluso haberlas reflejado yo mismo (y en este punto voy a permitirme otro poco de inmodestia) tan precisa y efectivamente en mi cuento "Para que se cumpla el plan", un cuento con el que en su momento sólo había pretendido retratar los casos en principio extremos que se dieron en la Historia Contemporánea, casos que creí evitables mediante el reclutamiento de conciencias y el debate riguroso que lleva de la pretensión educativa más inocente al mismísimo totalitarismo.

Porque lo que sucede en aquel espacio imaginario, más allá de otros detalles, se origina en el fondo en la convicción rousseauniana de "obligar a ser libres" a quienes no lo quisieran ser, es decir, a quienes concibieran su libertad en "términos distintos" a los pensados por él, y por otros como él, antes, durante y después; los que se metieran un determinado modelo de sociedad en la cabeza, convencidos de que habían encontrado "lo mejor para toda la humanidad".

¡Sí; de repente me he dado cuenta de que no había sino reconfirmado la tremenda capacidad de la intuición humana para iluminar el túnel del tiempo a través de la literatura; reivindicado mi trabajo y su motivación subterránea tantas veces apreciada, sentida, vivida en mis lecturas de Kafka y de Kundera, de Priest y de Úrsula K. Le Guin, de Camus y de Dostoievsky, etc., etc.! Y me he sentido bien...

Ahora bien, que el absurdo funcionamiento de la sociedad llegue a plagar de monstruos la literatura, no puede ser atribuible más que al tremendo horror que nos produce intelectualmente hablando una absurdidad tan enorme. Pero esa absurdidad tiene su base en la impotencia y la pereza, en definitiva en la desesperada manera en que nos aferramos a lo que deseamos aunque de ello sólo realicemos una ficción a medias: escribir, pensar, amar, pasear, comunicar, etc. La política requiere dedicación y distracción respecto de nuestras predilecciones, de nuestros juegos, de nuestra diversión... Y pagamos por ello hasta con la esclavitud.

Cada vez lo tengo más claro... a través del reconocimiento de mis propias inclinaciones.

Hoy, esta situación, aunque la mayoría siga pensando que no se llegará "tan lejos" como en mi cuento o como en El Castillo o como... en la Europa de 1933, se extiende y profundiza cada vez más en todos los rincones del planeta. Hoy, la burocratización capitalista (que eso es en base a sus características ni más ni menos) es global. Hoy, tanto en las más remotas y atrasadas regiones del mundo como en los países más modernos y avanzados, que es como son vistos desde la cultura no por nada dominante (lo que no significa una "superioridad" para cuya medida no hay nada "superior" capaz de determinar), pueden observarse con toda claridad comportamientos gubernamentales equivalentes los unos a los otros y que nos llevan a que califiquemos a nuestros propios dirigentes políticos "occidentales" como "tercermundistas" y "bananeros" y a que nos sorprenda que se puedan construir Estados modernos, incluso más o menos formalmente democráticos y capitalistas, al menos con muchas de sus características definitorias, inclusive a la sombra de organizaciones originalmente terroristas (aunque ya impropiamente consideradas como tales en tanto regentan un Estado en sentido estricto -un asunto que debe considerarse seriamente para poder comprender muchas cosas-).

No es nada que no suceda de continuo y en ámbitos mucho más reducidos desde siempre. Incluso que no se pueda observar entre los animales más próximos al hombre, en particular entre ciertos simios. El insoportable peso de la subsistencia y el ansia irresistible de comodidad lleva a cada ser humano a ver en el otro la herramienta que le pueda permitir aligerar la carga y retener los mejores frutos. Esta sensación la reflejó el hombre como un castigo cuando escribió el cuento aquel del Génesis, y atribuyó a Dios y a la maldita falta de control sobre sí mismo el que fuera expulsado del Edén para tener que sudar la gota gorda. De ahí la pulsión por huir como sea de ello, de estar lo más en el Paraíso que la realidad haga posible, de apelar a esa mentalidad carroñera gracias a la que sobrevivieron nuestros ancestros más lejanos y, también, de responder a esa imperiosa tendencia de la materia de la que estamos hechos que en Físicas hemos denominado inercia...

Esta conducta ha aflorado en todas esas cosas que nos dan al mismo tiempo un poco de vergüenza y nos empujan una y otro vez hacia la práctica de la hipocresía, como se puede ver en el rol atribuido a las mujeres por los hombres a lo largo de la Historia o en la institución de sociedades basadas en la fuerza y la astucia productoras de jerarquización social. Estas situaciones que se justificarán sólo a posteriori, sea mediante el "derecho natural" y las "robinsonadas" hipotéticas nacidas de una lógica selectiva, como es el caso de la "inevitabilidad" de la división del trabajo... justificada a su vez en la supuesta necesidad de un progreso sin límites que nos debería llevar hasta las estrellas que el destino señala como nuestras.

Hace muy poco comenté lo siguiente en otro blog, y tal como lo cierro: "Así lo veo...":

Desde mi punto de vista, mientras veamos el problema como un absoluto (¡y considerar “superiores” en sí a nuestras sociedades lo es, sea o no lo que algún día acabe por confirmar o rebatir la Historia!, siendo que lo son sólo para nosotros), no acabaremos de entender lo que pasa, todo seguirá sorprendiéndonos como si fueran “cisnes negros”, “terremotos” o “meteoritos”… La gente, las poblaciones del mundo, las masas del mundo… sólo buscan la protección de los Estados engañosos, eso es en el fondo toda la cuestión. Si colapsan al menos los más nefastos (y sin duda lo son para nosotros mismos por lo que nos “prometen”: grúas y lapidaciones, tortura, esclavitud, dogma obligatorio… en los peores casos, y tiranía en los mejores) eso haría recular lo peor en una primera instancia, pero, si no vemos la tendencia dominante, que seguirá su avance de todos modos, nos volveremos a contentar y creeremos que “occidente ha demostrado su superioridad” cuando en realidad… los burócratas gobernantes y gobernadores usarán hasta esas frases para oprimirnos cada vez más. Eso es lo que viene sucediendo desde la Revolución Francesa: no ver que la sociedad democrática es la generadora de la burocrática irremediablemente, irresistiblemente.

Así lo veo…

En efecto, así lo veo. La sociedad actual es mero resultado de sucesivos encuentros resueltos mediante pasos sin orientación alguna pero... viseralmente muy interesados, sin duda irreversibles aunque no absolutos ni perpetuos. Parecen grandes cosas, incluso abismales y maravillosas, aunque quizás por lo tremendamente absurdas que pueden llegar a ser en nombre de su permanencia. Y tenemos que ser conscientes de la primacía de esos intereses en lugar de creer que respondemos a cosas menos mezquinas o más trascendentes.

La queja principal, en todo caso, sigue y seguirá siendo la misma: maldita fuese nuestra falta de sensatez y maldita la falta de paciencia que tuvo quien no nos impidiera gozar del Paraíso. La queja principal y la solución única: explotar, oprimir o ser mantenidos (en el lenguaje social de hoy... subvencionados). Aunque a veces uno no puede dejar de soñar con algo más sublime...

domingo, 18 de enero de 2009

El irresitible atractivo de Dionisos.

... pero la humanidad también se siente atraída por Dionisos y no puede dejar de soñar con abandonar (o "superar") la sociedad de la productividad, el progreso y el futuro. Cada vez que puede se identifica con la fiesta y la embriaguez, y juega a olvidar los deberes fisiológicos que le imponen el mundo y la vida. La idea de convertirse en Elois bien atendidos por Morlocks tiene indudablemente mucho de atractiva, y más bien por eso tiende a someterse a la rutina de la sumisión al soberano que Hobes justificaba como respuesta idónea al miedo a la supuesta naturaleza salvaje e individualista del hombre que él consideraba indiscutible y que tan sólo ahondaba en la culpabilidad. Los Elois pagaban en la historia de Wells un tributo por su holgazanería e indolencia, pero eran felices hasta que eran devorados por una muerte prematura, sí, pero tan al servicio de los opresores como lo está hoy la población del mundo por estar viva. Los Morlocks se alimentaban matándolos, los burócratas manteniéndonos vivos... algo que se asemeja más apolíneamente hablando a Matrix, que no obstante no explicaría la razón de hacernos soñar con el mismo mundo opresivo del que habríamos salido para soñar y servir a los invasores, en todo caso tan crueles como tan poco sensatos. ¡Mira que extraer nuestra energía y condenarnos a seguir sin poder volver al Paraíso, ni siquiera en sueños, a seguir "ganándonos el pan con el sudor de la frente" como si siguiera siendo así! Pero eso sólo puede conseguir empujarnos a la rebelión en lugar de garantizarles una sumisión agradecida. ¡Nuestros burócratas gobernantes son en ese aspecto más sabios! ¡La Iglesia también, claro, al garantizarnos el regreso aunque sea postmortem... y al garantizarse así a sí misma, como institución, la supervivencia cultural eterna. Y hasta lo eran los mismos Morlocks que en todo caso pagarían el precio de preferir una carne demasiado joven que una conciencia responsable proveniente del pasado racionalista se encargaría de conseguir que revalorizaran para restaurar la tragedia. En fin... por poseer, también los opresores, una vena dionisíaca que empuja al hombre a comportarse como la cigarra de la fábula y no como la hormiga.

Esto, creo, también debemos comprenderlo para entender por dónde estamos yendo.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Las exigencias de la Realidad


¿Puede darse pintura más rica de contenido y de matices del funcionamiento de las sociedades humanas (incluida la actual a la que llamo quizás muy simplemente burocrática) que la plasmada por Camus en el siguiente pasaje de su novela "La Peste"?:

"Lo más notable era (...) la manera en que en el momento de una catástrofe una oficina podía continuar su servicio y tomar iniciativas como en otros tiempos, generalmente a espaldas de las autoridades superiores, por la única razón de que estaba constituida para ese servicio." ("La Peste", Pocket Edhasa, 1977, pág. 103).

Algo que caracteriza incluso al comportamiento individual e incluso al mismísimo organismo humano, animal, vegetal... donde, ante la irrupción de una amenaza, como La Peste (¡y hay muchas cosas asimilables a ella, no todas ni mucho menos compartidas ni igualmente valoradas!) la conclusión es indiscutible:

"... no hay más que un solo medio: combatir la peste. Esta verdad no era admirable; era sólo consecuente." (Ibíd. pág. 126)

Incuestionable: se trata de mecanismos (o sujetos) que no pueden sino intentar escapar de la realidad (¿huir?) hasta que ésta les de alcance u optar por combatirla y, de ese modo... acabar al servicio de otra similar.

Esto (el tema capital de "La Peste") se ve en la medida en que el mal avanza, en la medida en que ya no se puede considerar como algo meramente pasajero, o de efectos marginales, es decir, en esos momentos que se reconocen como situación extrema, lo que es visto así por unos antes y por otros después, e incluso por muchos... demasiado tarde.

Unos momentos en los que se tiende a decir o se acaba diciendo algo del siguiente estilo (al margen ex profeso de que cada grupo tenderá a rellenar con sus particularidades los conceptos genéricos que empleo como si las aceptáramos por idénticas todos):

"Hay cosas candentes que requieren nuestra atención inmediata, interrumpamos la contemplación y nuestros sueños de futuro, abandonemos el refugio o la comodidad, formemos batallones, acudamos a la llamada de las armas".
¿No está aquí todo el dilema, toda la diyuntiva del hombre por tener, digamos... más conciencia de la necesaria? ¿No es esto lo frustrante, ya sea se mire hacia el pasado en busca de infinidad de ejemplos contundentes o se tenga la perspicacia de entrever lo que de todos modos pasará... y al mismo tiempo lo inevitable? ¿Cómo aceptar como normal o natural que acabe uno, y cada uno, al servicio de una situación equivalente? ¿Cómo no preferir olvidar y creer que todo es nuevo y excitante?

Sin duda, sin alternativa: se trata de una "verdad (...) sólo consecuente."

sábado, 22 de marzo de 2008

Filosofía, poesía, conocimiento

El tema de reflexión en el que estoy atrapado es demasiado sustancial como para que no me lo encuentre en todas partes, ya sea como preocupación compartida más o menos conscientemente, ya sea como problema que se sufre, ya sea como tabú que se soslaya. Seguiré exponiendo aspectos de su desarrollo y los muchos matices que alcanzo y alcance a detectar. Pero en esta ocasión quiero resaltar el encuentro que he tenido con ese pensador sin duda extraordinario que fue Leo Strauss, de quien cada nueva página que leo es otro descubrimiento y todo un placer intelectual (más allá de coincidencias y divergencias, todas fructíferas ).

En estos días, he leído sus conferencias sobre Sócrates, o, mejor dicho, sobre las diferentes visiones que sobre Sócrates tuvieron y trasmitieron, de un parte sus discípulos filosóficos, Platón y Jenofonte, relativamente disímiles, y de otra, un escritor literario propiamente dicho, poeta en sentido amplio, que fue el comediógrafo y creador del género de la Comedia, Aristófanes.

Strauss da cuenta clara de la dicotomía: Platón y Jenofontes, en sus respectivos estilos y mediados por sus idiosincrasias propias, defienden la superioridad de la filosofía, a la que la literatura consideran debe subordinarse. Aristófanes piensa del modo opuesto. Es más, ridiculiza la filosofía en la figura del mismísimo Sócrates (lo hace en su comedia "Las nubes", con la intensión de hacer reír al pueblo que obviamente era ajeno a tales prácticas reflexivas). Lo hace, eso sí, muy bien: de una manera compleja, llena de los matices más notables de la realidad, al punto en que podrían incluso confundirnos. Precisamente, haciendo LITERATURA, ese arte de lo particular y de lo multifacético, de lo real-complejo, de lo que es aprehendido globalmente a través de un suceso singular situado en un contexto cuyos límites se difuminan (¿se me permitirá decir: donde ser y tiempo se entrelazan como un acontecimiento único?)

La filosofía piensa el ser y piensa el tiempo, intentando atrapar sus esencias (es decir, aquello que despejaría nuestra incertidumbre). Pero, como el biólogo, debe diseccionar el objeto para comprenderlo, debe... tomarlo muerto.

La literatura plasma su retrato confuso pero vivo, en movimiento, en su parcialidad viva y cambiante.

Esto parece llevarnos (y es lo que nos pasa siguiendo a Strauss durante un rato) a la conclusión final de Aristófanes. Pero eso dura con Strauss (y conmigo) poco rato. Tanto la literatura como la filosofía (y por extensión la ciencia) son las dos caras necesarias e ineludibles de Jano, la humanidad tomada en su conjunto y así representada. Lo que se ve en los hechos: pronto harán dos mil quinientos años que venimos arrastrando ambas bolas de acero y tratando de llevarlas a la cima, como Sísifo su única roca, su propia vida. Se trata pues de una demostración empírica, de facto, que para mí tiene su explicación en términos existenciales y en última instancia evolutivos (determinismo, sí, pero -debo aclararlo sin descanso- matizado con eso que se llama vulgarmente casualidad, azar, contingencia, imprevisibilidad, y que no son sino limitaciones insolubles por un lado -el sujeto- y de la constante creación sin diseño previo por el otro -el objeto-; lo no será desarrollado y ampliado aquí, de nuevo, por más ganas que tenga mi otro yo filosófico.)

No obstante, es decir, a pesar de que los dos intereses intelectuales de la humanidad son inseparables y que ha resultado del todo infructuoso e incluso ridículo intentar poner uno sobre el otro (todo intento de dominación en uno u otro sentido sólo volverá a ser capaz, como lo ha sido hasta ahora, de producir mala literatura o pobre filosofía respectivamente), no obstante, repito, la literatura tiene un poder que merece ser destacado por encima del de la filosofía. Se trata, por enunciarlo, del poder de la captura total del mundo verdadero (por real). Sí, la literatura (la poesía, en el lenguaje de los griegos) es más que la filosofía aunque parezca menos a los ojos del que cree que lo resolverá todo (el filósofo, Sócrates, Platón, Jenofonte... o el filósofo que sea del futuro). Lo es sólo en la medida en que la filosofía (y no digamos la Ciencia, que al respecto es meramente aproximativa y más allá... mítica) sólo es capaz de capturar sus partes (de la realidad) y nunca podrá ser de otro modo.

El literato Aristófanes escribía para las masas, cuyos individuos tenían bastante más del segundo componente (como hoy sin duda al margen del grado de cultura ambiente), y se sentía satisfecho al releerse a sí mismo por medio de su propia segunda naturaleza. Platón intentó que su filosofía sirviese para cambiar el mundo y acabó frustrado, aunque legándonos una obra de arte de la filosofía, una obra de arte maestra, como señala Strauss, que todavía reverbera en este siglo (y más allá si no lo sepulta la actual postmodernidad galopante -que no creo-) y que nos muestra hasta qué punto seguimos dándonos respuestas similares.

El ser humano contiene una dualidad (de conducta, de actitud, y no en los términos tradicionales que confrontan el familiar dualismo al familiar monismo, y al margen de cómo se reparte y por qué), como vio Niezsche, como Platón aunque considerando las cosas un poco de otra manera, creyó que podía "tender al superhombre". Pero el ser humano no puede despojarse de su otra mitad y por lo tanto no puede despojarse de la muerte.

Entre los primeros esbozos del retrato de un personaje tomado del común, sano en el sentido en que lo valoramos todos, y poseedor como tal de sus propias contradicciones y unas cuantas convicciones, se encuentra la siguiente frase sobre el el tema sin duda más conmovedor de la condición humana individual:

"La muerte no es nada para hombres como yo. Es un acontecimiento que les da la razón." (La Peste, Albert Camus, Pocket Edhasa, 1977, pág. 116)

Es no sólo el reflejo de la reacción de un individuo particular (que hay que conocer para verse parcialmente reflejado en él), pero también es más que eso. ¿Acaso algún filósofo, el que sea, haya descrito más exacta y más profundamente TODO lo que al leer esa frase tan breve nos hace vislumbrar; a la vez lo particular y lo genérico?

¡"La Peste"!, un ejemplo de la mejor y la más grande Literatura. De la poesía en prosa.

En sus conferencias sobre Sócrates, Strauss distingue todavía, no quería dejar de mencionarlo, la filosofía presocrática (prefilosófica en buena medida) de la socrática y considera que esta última es práctica, o, como él dice, política. Esto, quizá, se sale del marco de este artículo, pero diré que aquí Strauss hace referencia a un aspecto diferente de la cuestión, aunque estrechamente vinculado al primero: la cuestión del compromiso y de la participación en la marcha de la humanidad a través de los tiempos.

La humanidad, lo vengo sosteniendo filosóficamente desde que inauguré este blog, es decir, de manera pública, se compone en realidad de grupos que se adjudican la totalidad en exclusiva (o casi, cuando se adscriben a lo políticamente correcto) y niegan en mayor o menor medida ese atributo a los otros. Sin embargo, cada uno de esos grupos incluye individuos en los que se combinan las dos naturalezas primordiales (aunque sea en porcentajes diferentes dependiendo del grado en que unos atributos o los otros sientan que les son más provechosos para su supervivencia, lo que da lugar a que ese mencionado dualismo se reparta en proporciones desequilibradas en el tiempo afectando a toda la sociedad): unos empujan al hombre a alcanzar el imposible conocimiento del Todo, otros lo empujan a vivir la realidad cotidiana con resignación o con astucia. Pero esto será tema de análisis específico en el que habrá que remitirse, me temo, a la herencia evolutiva y al proceso de complejización de lo que nuestro tiempo y nosotros hemos sido un sin duda intrincado resultado.


viernes, 29 de junio de 2007

Novelas mentirosas

No sé cómo era antes; no lo he observado ni estudiado, y no lo voy a estudiar.

No sé si el fenómeno que describiera Monod (reducción progresiva del promedio global de inteligencia y cultura) ha alcanzado ya suficiente entidad como para ser apreciable.

Lo cierto es que se lee proporcionalmente más (hay más lectores sobre el total de adultos.) Lo señalan las estadísticas y lo noto a mi alrededor, en los transportes públicos, en las escaleras mecánicas, incluso, en algún caso que otro, entre los que se dirigen hacia la salida del metro.

Pero creo que esto es en base al crecimiento de una literatura más simple y mentirosa que no sólo y no tanto evita hacer pensar al lector acerca de la realidad (incluso la más inmediata) sino que le ofrece un espacio en el cual se le garantiza la ausencia de todo pensamiento serio y hasta la misma negación de la causalidad. Una justificación sirve de escudo: la literatura (vendible masivamente) debe ser evasión. De lo contrario, ¿cómo podrá competir con la televisión, los videojuegos , el cine de entretenimiento, los parques temáticos y los centros comerciales; los grandes del ocio de hoy?

Entremos en algunos detalles antes de dar carpetazo hasta otro día y hasta alguna otra miseria.

Hoy en día (no quiero decir que desde ayer mismo) hay una auténtica industria editorial. Incluso cultural con todas sus manifestaciones cada vez más integradas y controladas ideológicamente. Este fenómeno ya no es como era hasta hace algunos años; no en la misma medida.

Una industria de conglomerados multinacionales en los que los Estados están presentes de uno u otro modo, es decir, una industria con un altísimo contenido burocrático (si me lo permitís de nuevo.)

En ese contexto, se producen millares de libros por semana. Hay empresas editoriales gigantescas. Hay un ejército de empleados dedicados al libro en todas sus etapas, incluidas el marketing y la comercialización. Los libros se venden en supermercados y kioscos, se piden de entre un sinfin de productos a través de la Red. Las librerías incorporan entre sus productos cada vez más fetiches (o merchandising) relacionados con las publicaciones. Hay productos múltiples: libro, película, juegos, marchandising...) En paralelo, hoy casi todo el mundo escribe ficción y ensayo, especialmente mucho periodista y, cada vez más, los políticos. Todos quieren dejarle algo a la posteridad... no, me corrijo, todos quieren los beneficios de la posteridad en el presente: prestigio, renombre, presencia global. Un libro da más prestigio que un mayordomo. Además, puede dar un dinerillo extra... que no viene nunca mal.

Muchas veces son complementos vistosos a la vez que efímeros; casi un maquillaje de corta duración. Sirven para salir a escena y poco más. Y se olvidan, objetos equivalentes a los souvenires que se traen de vuelta de las vacaciones.

Esto pasa también con el cine, con la música moderna, con el teatro, con la pintura. Y en alguna medida, menor, con la ejecución de música culta. En realidad, toda la cultura está sujeta a las leyes del mercado de masas, para lo cual era necesario una literatura de masas (y un cine, una música, un teatro, una pintura...)

Quizá antes, pienso que sólo en parte en todo caso, ya era así. El entretenimiento existía, las masas acudían al The Globe y se entretenían viendo a Shakespeare. En realidad reían y afirmaban sus sospechas cada vez que se les mostraba una caricatura bien hecha de la realidad que los rodeaba: la mezquindad de los que fueron reyes, las utopías de los que eran príncipes, la malicia de las ambiciosas, la falta de responsabilidad pública y la mediocridad de los traidores y conjurados... Esas cosas los hacían pensar, afirmaban los resortes del pensamiento, mostraban (se equivocaran o no al apuntar) las causas y los efectos...

Hoy no diré que se persiga adrede que la gente no piense, pero lo cierto es que lo que se ofrece al público son volumenes (nunca mejor dicho) que tienen como sello de garantía de su proliferación y difusión la ausencia de profundidad.

Hace tiempo que considero que los planes nacen a instancias de las tendencias imperantes, que no hay planes de dios ni planes de los hombres que se puedan imponer a contracorriente. No hay una conspiración, ni divina ni humana ni imperialista ni yanqui. El hombre en su trinchera, dispara y carga su fusil. Los editores, imbuidos de su rol capitalista, buscan el producto más idóneo y lo lanzan al mercado. Responden a la demanda, nada más.

To be or not to be: sólo puede tratarse de que se compra lo que no hace pensar, y sólo puede hacerse esto porque se desea continuar sin pensar o al menos pensando muy poco.

Se trata, pues, de lo que se desea (y los buenos fabricantes de productos para el mercado no pueden sino responder a la demanda, detectarla y satisfacerla.) El lector y el espectador de masas típico quiere sumergirse en un espacio en donde todo sea relativo (y no en el sentido científico del término), en donde todo sea posible sin que medie ni haga falta ninguna explicación, sin que importen las causas, siendo aceptable la explicación que sea. Se trata de un mundo como el de Alicia en el País de las Maravillas, un mundo en el que personajes como ZP, Chávez, Evo Morales, Kirchner o, sin dudas, Castro (por mencionar sólo a algunos castellanoparlantes, es decir, a aquellos que debiéndoseles entender todo se les entiende cada vez menos), y, de cualquier modo, como todos los políticos mesiánicos de estos tiempos (sucesores más grises pero también más sutiles de Hitler, Musolini o Stalin y, más allá, de Robespierre y de Marat), hablen el poco idioma que hablen, líderes de todos los grupos políticos empezando por ETA o por Los Verdes hasta abarcar a todos los demás, y los "filósofos" al estilo de Marina o de Philip Pettit, todos ellos, tengan el derecho de jugar a milagreros capaces (de contar con más de talla y más locura) de imponer al mundo las reglas de su invención en el mejor estilo del Sombrerero Loco.

Esto, yo diría, que va más allá incluso de los deseos mágicos del pueblo. Lo que se necesita y se pide ahora no es ni siquiera una solución, sino confirmar en esas historias mágicas, incongruentes y superficiales que se presentan como cotidianas y coetáneas, que el funcionamiento del mundo de hoy es normal, que también en él debe haber conspiraciones secretas y sectas poderosas que manejan los hilos, que el mundo sigue siendo de incumbencia exclusiva de los sacerdotes, que lo incomprensible debe ser esotérico y que ellos sabrán...

No se trataría en consecuencia de soñar ahora con paraísos y utopías, eso parece superado o en vías de extinción, sino de comprender (o sea, de no comprender) que las cosas son como son y que no por ello pasa nada, porque todo puede ser explicado con un eufemismo o una simplicidad. Si no, ¿cómo explicarse que la vida social continúe, la economía marche, la tecnología nos acerque, a pesar de todo, al futuro? Tiene que haber un mecanismo oculto que lo mueva todo para que las cosas salgan como deben salir... Un realismo de causas oscuras se ha instalado en la mente de la gente, la idea de que son habitantes pasivos de un mundo de juguete manejado por dioses en el que hay que vivir sin comprender, pero sobre todo, aceptando todas las explicaciones que nos suministren porque todas son posibles, aunque las de hoy desdigan a las de ayer y luego no sean ni mínimamente sólidas y sean tan poco duraderas como las anteriores.

Creo que eso es lo que proveen los "códigos Da Vinci" y las "sábanas blancas", las "catedrales del mar" y yo qué sé cuántos misterios huecos, rimbombantes y huecos, superficiales e incluso pueriles en el lenguaje y las metáforas, similares los unos a los otros, que cubren mesas de novedades o de éxitos, figuran decenas de semanas entre los más leídos y son llevados a pesar de su peso de la casa al trabajo y del trabajo a la casa: pensar en poco y aceptarlo todo cada vez más fácilmente.