martes, 20 de mayo de 2008

De la insoportable separación del grupo

Hace poco tuve ocasión de ver un documental muy interesante sobre la vida de un grupo de simios en la selva. No tomé nota de la especie ni del lugar donde se desarrollaba la situación, pero asumo lo filmado como cierto para resaltar lo que no sólo se deduce de la observación de los hechos expuestos allí sino también del lo que podemos apreciar en el comportamiento humano. Así, el documental cumple aquí en gran medida con la función de refuerzo aún en el caso en que no se acepte el parentesco genético ni las teorías vinculadas a este fenómeno. En todo caso, sólo rescataré una de las situaciones, central por cierto en el guión, que tuvo lugar en la manada.

El grupo de simios aparece de entrada liderado por un macho (así es en el caso de los simios mal que nos pese por unos u otros motivos más o menos idílicos) al que se refieren con un nombre que ahora mismo no recuerdo, pongamos, Rafael. En un momento dado, un simio más joven (creo recordar que lo era), al que se le da otro nombre, pongamos por caso Vicente, lo desafía. Esto toma la forma de una aparatosa discusión de pueblo entre dos viejos caciques, principalmente histriónica, que no llega a las manos (ni a los mordiscos) y que sobre todo se expresa mediante gesticulaciones ostentosas, bocas abiertas enseñando las dentaduras, rugidos y chillidos, idas y venidas, subidas, bajadas, evoluciones diversas sin duda muy simiescas...

De repente, casi como si hubiese estado escrito en un guión previo (seguramente, pienso, en base a una proyección no necesariamente precisa de parte de Rafael de sus posibilidades, o quizás debido a un ataque de inseguridad personal), éste se da directamente por vencido y abandona la lucha iniciando un tímido retroceso. En ese momento, siguiendo igualmente una suerte de instructivo previo (parte sin duda del manual innato), Rafael es expulsado por Vicente (es decir, refuerza su retirada al límite y se adjudica la decisión punitiva) que lo aleja hasta hacerlo entrar en territorio de nadie.

Lo que sigue nos muestra la toma de posesión de Vicente, que es inmediatamente asistido por las hembras y los demás miembros de la manada que de uno u otro modo le manifiestan sus respetos (lo más significativo, por ejemplo, es que se hacen cargo de sus parásitos con una dignidad que me recordó al Padrino -ya veis, lo inevitable que resulta deslizarse hacia explicaciones animistas a pesar de tener la convicción de que no es, por llamarla eufemísticamente, un alma humana la que habita en el simio sino que su protoalma es la que evolucionó, o se complejizó, hasta dar lugar a la nuestra-). Pero sigamos con la historia...

Por su parte, Rafael deambula por la selva, solo. Se aprecia a las claras que marcha a la deriva y que poco a poco va perdiendo autoestima hasta mostrarse claramente deprimido. Al cabo de un tiempo, algo lo impulsa a regresar hasta los lindes del territorio de la que fue su manada. Mantiene una cierta distancia y desde un rincón relativamente protegido de la vista de los demás, observa, espía, se solaza incluso sintiéndose cerca de los suyos. Los demás creo que acaban viéndolo deambular cerca, inclusive Vicente, al que nada se le escapa, pero todos lo ignoran, no lo necesitan ni le temen; es un paria.

En un momento dado, Rafael, preso, se me hace, de una nostalgia insoportable, más fuerte como se verá enseguida que el orgullo o el miedo, comienza a acercarse cada vez más. Tal vez haya incertidumbre, pero más parece a causa del peso del tabú que de la consideración de que podría ser bapuleado y rechazado de nuevo; todo indica que esto será capaz de hacerlo compulsivamente hasta la muerte. En un momento dado, se coloca muy cerca de Vicente y parece provocarlo. En todo caso, es evidente que pretende llamar su atención, lo que consigue por fin en cierto grado. Vicente contra lo que pueda suponerse, tras aparentar ignorarlo le hace caso de modo displicente, aunque no para perseguirlo ni agredirlo. Rafael da muestras de querer que Vicente lo siga (los signos al menos son muy claros para ambos y me veo obligado a interpretarlos de ese modo por los resultados que siguen) y el primero comienza a internarse con pasos cautos en la selva, consiguiendo que el otro vaya detrás de él. Vicente no parece inseguro y, por lo que veremos enseguida, no es que haya sido demasiado ingenuo o haya sido engañado (aunque Rafael pudiera haber provocado cierta curiosidad en él que nuevamente hubiese sido más atractiva que cualquier prevención). Lo cierto es que lo sigue y ambos acaban bastante lejos del resto de la manada.

Por fin llegan a un pequeño claro, lejos de las miradas de los otros, ninguno de los cuales ha abandonado su territorio, obviamente respetuosos de la intimidad que parecían buscar los hasta hacía poco contendientes. Un sutil y lento ritual se desarrolla a partir de ese momento. No recuerdo la progresión exacta, pero lo cierto es que en un instante dado se aprecia claramente la pretensión de Rafael de mostrar su disposición a reconocer a Vicente como nuevo líder, como su amo; algo que Vicente acepta condescendiente aunque sin grandes aspavientos (como si así hubiese estado escrito, es decir, como si ambos estuvieran actuando bajo la dirección de un demiurgo y se cuidaran mucho de salirse del guión aunque toda la representación quede demasiado sobre actuada y nos de la sensación de ser un tanto falsa, impostada). Lo cierto es que Rafael muestra timidez ante un Vicente altivo e indiferente que se deja querer, concretamente... dejándose por fin despiojar por el otro que da muestras de un servilismo absoluto y autovejatorio como no se ha visto sino en los más repugnantes esclavos humanos o en alguna obra de Ionesco o de Becket... Por fin, ambos regresan a la manada, Vicente como si nada, Rafael como su más entregado sirviente... despiojador y... sin el menor atisbo de estar cultivando una traición o un a trampa. Vicente ha asumido entera y profundamente cuál es su nuevo lugar en la manada.

Sin duda, Rafael y Vicente podrían ser unos individuos particulares, con ciertas propensiones concretas que otros no tendrían tan acentuadas, pero a mí, en este momento, me interesa destacar una evidencia. Sea una constante o una particularidad frecuente, lo cierto es que Rafael no podía vivir fuera del grupo. Tal vez habría muerto de tristeza, tal vez habría encontrado otra manada que lo hubiese aceptado a regañadientes. Pero nada podía ser como su propio grupo. En ningún momento primó ni la libertad ni el orgullo ni el valor ni el resentimiento. Rafael no calibraría nada, se movería por el instinto. Y ese instinto lo llevaría a dar preeminencia a la readmisión, a la compañía, a lo familiar o habitual aún a costa de perder no sólo todos los viejos privilegios a los que culturalmente estaba acostumbrado sino a subordinarse por entero a quien había ocupado su lugar (obviamente, un lugar intercambiable en la manada que él mismo había cedido en un momento dado).

¿No pone esto, de por sí, en cuestión a toda la Filosofía? ¿Cómo se puede compaginar el racionalismo de Sócrates y el antiracionalismo racionalizado de Nietzsche con lo que se desprende de los hechos narrados? ¿Dónde está el valor de La Razón y su potestad de establecer una escala de valores poco menos que eterna y absoluta? ¿Dónde el sentido de aceptar la validez de los instintos y revertir la tabla de valores que sin justificación racional incuestionable simplemente elegimos en base a un sentido práctico básicamente visceral? ¿No se trataría siempre de elecciones dependientes en cada individuo aunque dentro de un rango vinculado a lo heredado, a lo que sobrevivió gracias al encaje eficaz (incluso en tiempo y forma) entre lo que surgió y lo que se encuentra al surgir; elecciones un tanto repetitivas pero también particulares dentro del mencionado rango que empujan y orientan al individuo que ha caído en una situación accidental (que nunca es cualquiera sino una de las posibles) a otra nueva, ni mejor ni peor ya que esto es una valoración que no viene a cuento, donde podrá seguir viviendo o al error fatal que lo eliminará (definitivamente si no ha dejado descendencia, parcialmente si lo ha hecho)?



Nota: añado una preguntita capciosa que tal vez se salga del contexto: ¿se podría observar una causa similar a la que moviera a Rafael detrás de la nueva política del PP, es decir, una pulsión que le evitaría quedar fuera de la manada burocrático-política? ¡Bah, no hagan caso, es una pura asociación malévola basada en una exagerada extrapolación ridícula!


4 comentarios:

The sea, the sky, the dust dijo...

Liderazgo, sometimiento, reconocimiento, lucha, competitividad, son simios, somos simios? demasiadas similitudes...

Carlos Suchowolski dijo...

Hombre, bien hallado. Incluso hay gente con cara de simio, o de pájaro, etc. Y no digamos los comportamientos como el de las leonas del que ya hice un par de paralelismos. Los dibujos animados muestran la inversa pero sólo porque invertimos los términos y porque nos es más soportable ver a los animales con "alma humana" que a nosotros mismos con "instintos". Y la cosa es la inversa cuando decimos "es un rata" o "es una víbora", ya que volvemos a invertir los términos en el más puro de los animismos.

Pero lo más "asombroso" del documental fue ver hasta qué punto los VALORES acaban sujetos a otras necesidades más "profundas" o si se prefiere "viscerales", como la necesidad de compañía, la costumbre, la nostalgia, la tristeza... Claro que la pérdida de la libertad o el sometimiento también puede afectar al "ánimo" y matar; pero incluso esto vuelve a poner los términos en orden.

Un saludo y hasta pronto, espero...

Francisco Javier Illán Vivas dijo...

Hola.

Buenos, desde hoy, esta es otra de las bitácoras que sigo. Ya iré comentando lo que escribes. Saludos

Carlos Suchowolski dijo...

Bienvenido y espero ansioso tus puntos de vista.