Más allá de bien, del mal, de Nietzsche... y de la Filosofía

 

1- ¡Venid, venid, amigos; dialoguemos!

Fuese o no Platón el primero (se sitúa a Heráclito y a Parménides en estos puestos más bien como antecesores, mientras que Sócrates puede considerarse sólo una idealización que Platón habría "rescatado de la calle", como sugiere Nietzsche -Más allá del bien y del mal, de ahora en adelante MABM, af. 190; citas tomadas de la versión de Alianza Editorial, libro de bolsillo-), fue él quien se ganó para sí la imagen prototípica del filósofo. Una figura idílicamente (exclusiva y esencialmente) ligada a la tarea de desentrañar la realidad en la que estaría prisionero el hombre, en orden a orientar su marcha (esto es, a ayudarlo a trazar esos "senderos interrumpidos" -Heidegger dixit- en los que según yo lo veo se interna sin más metas que las que modela en torno a lo que se le impone a tenor de lo ya trazado y penetrado del mundo). Según Aristóteles, en busca de la verdad; según Nietzsche, de "todo lo problemático y extraño en el sentir", todo lo "hasta ahora proscrito por la moral", dándole así a la actividad filosófica o "del pensar" un aire heroico (las dos citas precedentes son de Ecce homo, Prólogo, de ahora en adelante EH, las citas serán de la edición de Alianza, Libro de bolsillo), pero desde uno al otro extremo, hablándonos a pesar de todo de una práctica compulsiva, de una respuesta a un deber ser (es decir, a pesar de pretender distanciarse diametralmente de Platón y de Kant), de la obediencia y la sensación de ser deudor (a la naturaleza, a Dios, a sus encarnaciones... , es decir, a la obligatoriedad de devolver lo recibido, repitiendo bajo nuevas formas el arcaico ritual del potlatch -remito a Marcel Mauss, Ensayo sobre el don-), de sentirse obligado a no cesar sino a continuar a cualquier precio "la propia obra" (Nietzsche dixit), fieles a la naturaleza narcisista y a las conjeturas inevitables que podrían despejar la perplejidad en que nos sume la conciencia del propio poder, de tributar y venerar, über alles, esa facultad más divina entre todas las posibles, ese regalo más exquisito de todos los imaginables: la de pensar, una facultad que sería al fin sacralizada, adoptada como razón de ser. Sin lugar a dudas, todos los que se sintieron "responsables" de la "conciencia humana" en su conjunto (considerando "asuntos de su conciencia el desarrollo integral del hombre" -MABM, af. 61-, algo que declaró igualmente Heidegger. Incluso, colgando esa responsabilidad a toda la especie de una manera embozada y mentirosa, básicamente... democrática, lo que prepararía su propia ruina o su miseria. Aristóteles, en concreto, en su intento magno por dar forma a la disciplina (Metafísica), señalaba el amor a la sabiduría como propio de todo ser humano (aunque sabemos que excluía a muchos del género... cosa que el cosmopolitismo moderno ha preferido ignorar en defensa y adorno de su democracia).Sin duda, ha servido para el objetivo perseguido desde el principio y siempre: sacralizar el pensamiento filosófico y darle el primer puesto en la tabla de valoración occidental.
¡Esa es la idiosincrasia filosófica, lo que viste de gala la dedicación a la filosofía, a la búsqueda de la verdad, eso sí, siempre bajo las reglas en sí de una u otra disciplina, o al acabamiento de la obra que la desvelaría, o a la actividad intelectual que por fin, alguna vez, nos la regalaría como fruto, es decir, cultivándolo como a cualquier otro dominio...! (No hay forzamiento alguno de los términos al usar aquí el de intelectual, al menos en base a la definición de intelectual que he adoptado. El concepto ha entrado precisamente en nuestros tiempos a cobrar sentido, a disolver la mentira que lo venía y aún lo viene adormando).
Seguimos pues, con Nietzsche, creyendo que ya va siendo hora de una postura radical, e incluso coincidiendo en muchas cosas que pusiera sin compasión ante nuestros ojos. Y según lo veo, va creándose cada vez más espacio para ello, paradójicamente... en la medida en que el espacio intelectual se estrecha. No es, no obstante, como lo viera en parte y contradictoriamente Nietzsche (y esto se mantiene en toda la Filosofía, Heidegger por supuesto incluido), una cuestión de voluntariedad, sino, como dijera también Nietzsche: "Se carece de oídos para escuchar aquello a lo cual no se tiene acceso desde la vivencia" (EH, Por qué escribo tan buenos libros, af. 1). Siendo algo que, por otra parte (es decir, más allá de su idealidad) y en todo caso, sólo puede proponérselo como tal voluntariedad un intelectual y nunca la humanidad en su conjunto, que no marcha salvo en lo aparente hacia ninguna instancia superhumana o divina o tan siquiera sabia o justa, en concreto, los dos semicoros que, precisamente, sostienen y profundizan la fragmentación: de una parte la burocracia redistribuidora, de otra las masas receptoras de la redistribución (y conjuntamente con las funciones y efectos de la represión, del control de la información, etc., etc.)
La pregunta del por qué de la filosofía, en cualquier caso, no ha sido aún respondida radicalmente, sino sólo para su propio contento; para, en fin, poco más que para "conservar seres tales como nosotros" (MABM, De los prejuicios de los filósofos, De los prejuicios de los filósofos, af. 3), es decir, como una manera particular de encontrar cómo vivir mejor de acuerdo con nuestras facultades más apreciadas, según lo que dicta y preserva la confianza en uno mismo, nuestra autoestima, nuestro amor propio. Sin embargo, parece posible producir de una vez por todas radical descontento en la medida en que el descontento se instala de todas las maneras, y por fin, desengañar y desengañarnos del todo... aún a riesgo de perder toda esperanza.
Parece, pues, ser la hora de responder a la pregunta: ¿por qué unos hombres entre otros muchos -una minoría, realmente- ha insistido de ese modo, siempre sobre lo que parece reiterarse; siempre buscando, por lo que parece, sólo otras fórmulas, otros disfraces, otras máscaras y escudos, incluso otros adornos...? Para lo que, como bien sintiera Nietzsche, hace falta coraje, "valentía de la conciencia" (MABM, De los prejuicios de los filósofos, af. 4), hace falta para llevar a cabo "un acto de suprema autognosis de la humanidad" (EH, Por qué soy un destino, af. 1). La respuesta de Heidegger en modo alguno va mucho más allá, incluso en algún aspecto retrocede.
Claro que el coraje sólo es aceptable cuando las circunstancias ofrecen una chance creíble al individuo para ponerlo en juego, ya que en caso contrario sólo puede haber temeridad. Y en este sentido, dicho sea de paso para quienes tienden a ver la paja en ojo ajeno etc.....deben considerarse con mucha más comprensión las circunstancias en las que se suelen encontrar de por sí y generalmente las masas, el pueblo llano, las clases medias, o como se prefiera llamar a esos conjuntos irregulares que en condiciones de bienestar aceptable (de acuerdo con los cánones establecidos) o en una extrema situación de terror y control, no atine a manifestar ese coraje que los propios intelectuales suelen exigir en nombre de entelequias que escoden un llamamiento a una mera alternativa formal. De todos modos, si nos limitamos al campo de lo que podríamos llamar coraje intelectual, aquel del que de hecho sentíase practicante Nietzsche al igual que yo mismo, el que Nietzsche llamaba a tender voluntariamente para ser un "superhombre" o un "filósofo del futuro", debo decir lo mismo: ese coraje sólo puede ser un mero resultado, básicamente involuntario, en un contexto particular. Una reacción que, en todo caso, puede esfervecer... podría (o no) encontrar el caldo de cultivo propicio para su desarrollo.
En esa línea, entiendo que hoy en día podríamos por fin, algunos pensadores especialmente excéntricos, especialmente marginados y solitarios como los que valoraba positivamente Nietzsche... a su pesar sin duda, volvernos capaces de mirar(nos) con ojos despreocupados, ¡despreocupados por la propia suerte y no con el miedo del que teme delatarse y perder algo tangible o en todo caso su posibilidad!
La marcha real de las cosas que lleva hasta este momento (¿podemos llamarla "Crisis de nuestro tiempo?") se inicia desde mi punto de vista mucho antes de Platón, de Heráclito y de Parménides -apenas los creadores de mitos más inteligentes (y engañadores), mitos capaces de dar una nueva y novedosa salida a... su propia realidad en medio de La Realidad...-. Me atrevo a considerarla en concreto un derivado de la entrada del ser humano en la fase de consolidación de los métodos de supervivencia colectiva basados en la domesticación, inevitablemente sedentaria, fase que le impone (u ofrece en bandeja de plata) la domesticación de los otros en lugar de la simple exterminación, donde no mediase integración, la fragmentación, la grupalidad formal, imaginaria o simbólica, que ha llegado a través de su complejización hasta nuestros días de decadencia, crisis y frustración fructíferas... y parteras de la transvalaroraciones sucesivas (remito en relación a los comienzos de la domesticación a Jared Diamond y su Armas, gérmenes y acero; esto al margen de sus conclusiones).
Precisamente, es en el actual estadio de la complejización social alcanzada cuando el espacio intelectual se estrecha lo suficiente como para dar lugar a una frustración en el límite que conduce a la excentricidad o a la claudicación. Y en estas circunstancias, cabe explicarse que el coraje intelectual sea capaz de llegar más lejos que nunca... aunque tal vez sólo como rareza extrema. Como manifestación de una especie, casi una mutación colateral o periférica, que nace para morir pronto y no, como soñaba Nietzsche, para anunciar el futuro.
Darse un lugar en el grupo y con el grupo respecto de los demás grupos en la sociedad fragmentada, darse una vida mejor que los demás en correspondencia y sabiendo explotar la propia idiosincrasia y sus habilidades -esto es... sus mentiras o sus trucos-), es algo demasiado humano. Esta tónica no pudo ser ajena a los seres humanos especialmente reflexivos capaces de producir ideas, discursos, narrativas... algo que no se hizo nunca, en el fondo, por amor al arte, sino con fines objetivos: Sin duda, como hizo Platón o su colega Jenofonte, y luego a mayor escala Aristóteles, por nombrar a los mejores, es decir, a los más creativos y perdurables, a los preparadores de la mentira mítica más grande de todos los tiempos hasta hoy: la propiedad divina y divinizadora de la Razón.
En definitiva, no hacemos sino dar algunos pasos más allá de las preocupaciones genealógicas y psicológicas de Nietzsche, de las veleidades husserlianas por superar la filosofía convirtiéndola en una "ciencia en sentido estricto", de las pretensiones de Heidegger por situar al ser en el ahí, es decir, entenderlo a la luz de la Historia y recuperarlo como sujeto (siempre que sea "un pensador") en el sentido existencialista. Más allá de la generalidad habitual, de la dilución del homo intelectualis en el conjunto de la humanidad aunque a título de promesa, de premio, de paraíso... Esto es, minimizando o no haciendo notar lo suficiente, el hecho de que la historia de los individuos (y de los objetos) se realiza en simultaneidad con las de los demás en un estado de plena interacción, incluso con la eventual entrada intempestiva de individuos (y objetos) cuya historia particular se cruza "de repente" con las que creían (cuando se trata de seres reflexivos) poder seguir "su curso" sin novedad o, en todo caso, se comportaban en función de su ausencia, sin poder siquiera prepararse, sin poder siquiera proyectar o considerar hipótesis (cuando se trata de seres irreflexivos). El caso de los habitantes del jurásico y el fenómeno del meteorito gigante me ofrece una situación alegórica ejemplar que remite a lo que digo.
A mi criterio, Nietzsche llegó hasta el umbral a partir del cual, precisamente, "más necesario era (...) dudar de todas las cosas" (MABM, af. 2) y reconoció que "Tras haber dedicado suficiente tiempo a leer a los filósofos entre líneas y a mirarles a las manos (...) tenemos que contar entre las actividades instintivas la parte más grande del pensar consciente (...) incluso en el caso del pensar filosófico" (ibíd., af. 3). Un instinto, bien, "un instinto cognoscitivo" (ibíd., af. 6) que, inclusive, "como todo instinto ambiciona a dominar: y en cuanto tal intenta filosofar" (ibíd., af. 6), "un pequeño reloj independiente que una vez que se le ha dado bien la cuerda se pone a trabajar en firme" (ibíd., af. 6). Y concluye: "Por eso los auténticos intereses del docto se encuentren de ordinario en otros lugares completamente distintos, por ejemplo en la familia, o en el salario, o en la política..." (ibíd., af. 6). Pero, sin embargo, no nos habla de su genealogía, tomando, a fin de cuentas, ese instinto como un nuevo en sí, a pesar de su rechazo por esa cosa, ese "Dios oculto" (ibíd., af. 2). Una perspectiva que Heidegger diluirá tras sus ampulosas conceptualizaciones "estrictas" (dejando poco y nada de lo sociológico y de lo instituido, lo fragmentario, y quedándose por tanto en la generalización... filosófica de nuevo) en las que, sin embargo, el "ser ahí", "ser (por fin) en el mundo", debe ser considerado también como "un útil", exactamente como los esclavos eran considerados por los pensadores griegos (y los que realmente gobernaban o participaban del poder), en concreto: "herramientas parlantes".
Nietzsche, pues, acaba insistiendo, en contra de las pretensiones posmodernistas que se estaban indudablemente gestando (positivismo mediante, al que llamaba "filosofía de la realidad") y que él sitúa  en el marco de la decadencia, no sólo en base a la indudable diferencia entre obreros filosóficos, científicos y filósofos propiamente dichos (ibíd., af. 211), que la hay pero que debe ser explicada sociohistóricamente a partir del mismo tronco grupal, sino en la viabilidad de la auténtica filosofía y de los auténticos filósofos, que serían los que "considera(rían) "asuntos de su conciencia el desarrollo integral del hombre" (ibíd, af. 61), ¡la "responsabilidad más amplia de todas" (ibíd.)! ¿Eran aún otros tiempos; era aún una decadencia incipiente? ¿Aún cabía soñar con "una nueva grandeza del hombre, un nuevo y no recorrido camino hacia su engrandecimiento" (ibíd., af. 212)? Por lo visto, Nietzsche también "tocaba la flauta" (ibíd, af. 186). Eso sí, empero con dudas: "en el caso de que hoy pueda haber filósofos", preguntándose aún si "¿es hoy posible la grandeza?" (ibíd, af. 211)
De ahí que, también en el caso que nos ocupa debamos considerar las cosas de este modo para sacar conclusiones más significativas que las obtenidas hasta ahora -obtenidas para favorecer la ocultación- (definitivas incluso... siempre y cuando sigamos dentro del mismo marco que lo posibilita), y por ello, esa marcha, tal y como se ha gestado y tal y como a continuado luego hasta ahora, me da perfecto derecho de considerar a todos los filósofos como... intelectuales obrando o ejerciendo como filósofos; sea, como en el caso de los griegos, como filósofos clásicos...sea, como en el renacimiento, como filósofos modernos... etc., incluso, algunos, como "filósofos de la realidad" (como llamara Nietzsche, peyorativamente, a los positivistas; y soy consciente de que he añadido esto a título de provocación).
Platón ejerció específicamente de filósofo en Atenas (y en diversos lugares de su imperio), y como tal fue un auténtico creador de mitos y escultor de personalidades míticas, de las que la más perdurable fue la de Sócrates; un productor de mitos. ¿Cuáles son sus rasgos distinguibles, inevitablemente sociológicos? ¿Qué lo distingue explícitamente como un particular "ser ahí" que se siente diferente de los demás y que es considerado diferente por ellos; que lleva a decir a Paul Valerie, sin duda incluyéndose supongo, y al margen de que esa sea la característica dominante o no, que compone "la especie que se queja"?
La figura del filósofo, la entiendo inseparable de ciertos aspectos que en Platón adquieren forma precisa y que en definitiva le permiten a Platón autolegitimarse como algo sociológicamente nuevo: El Filósofo; una figura socioprofesional (la idea es en buena medida una extensión derivada de los iluminadores estudios realizados por Bagioli de la figura cortesana de Galileo: Galileo cortesano, Editorial Katz). Esos rasgos han sido suficientemente documentados por diversos historiadores y por quienes por uno u otro motivo han necesitado referenciarlas. Se pueden resumir o agrupar en los siguientes dos:
1) Regentar una Academia (y no vagar de casa en casa y de calle en calle, como Sócrates; ni de pueblo en pueblo, como también Empédocles) gracias a lo cual le fuese posible vivir -en concreto, gracias a un respaldo institucional, inserto en la sociedad, lo que otorgaba un perfil socio-profesional (del que podía vivir)- y actuar específicamente de manera proselitista con el objeto de conformar un grupo sólido de discípulos, de "amigos", como díría Nietzsche; algo que las Academias permitirían y no, en cambio, mediante el método de los magos, los pitagóricos, los sofistas, incluso los eutifrones... Sócrates (o los profetas en general) incluidos. Esto impone unas reglas del discurso para hacerlo eficaz para la consecución de adeptos, y esto es lo que acaba por fundar el cuerpo propiamente dicho de La Filosofía, lo que la convierte en algo que merece un nombre propio, que puede ser enseñada o trasmitida (dando pie al mesianismo y la promesa de futuro y de efectos para la posteridad; un discurso que estblece su doble impronta esotérica/exotérica, es decir, sus necesidades de lucha, identificación y engaño en relación al resto de la sociedad fragmentada en la que se tienen que desenvolver. respondiendo a su verdadera responsabilidad, eufemísticamente hablando, la propia supervivencia. Ese proselitismo puede ser sólo de hecho, es decir, al margen de que digan lo contrario como es el caso contradictorio de Nietzsche que tantas veces lleva y trae a Zaratustra, montaña arriba montaña abajo ("...estaría en completa contradicción conmigo mismo si ya hoy esperase yo encontrar oídos y manos para mis verdades" -EH, Por qué escribo tan buenos libros, af. 1)... salvo que uno se silencie por entero... es decir, deje de ser (de ser ahí, obviamente) lo que es para seguir siendo.
2) Pretender incidir en e incluso determinar la dirección política: desde las sombras o detrás del trono, a) apoyado por los resultados de la actividad proselitista mencionada, b) ayudado por la representación más o menos deshonesta de una conducta moral respetable sobretodo por los políticos (que recaban sus servicios de asesoramiento y como adorno -esto renacerá en el Renacimiento, como lo ejemplifica el caso Galileo, esta vez en paralelo con la autolegitimación de la Ciencia y del científico-, una moral que exige la presencia y eje de una propuesta mesiánica, lo que se extiende hacia la posteridad; c) afirmados por su particular capacidad discursiva que de hecho o de derecho se considera un don (divino, claro).
Estas dos grandes conjuntos de características dan corporeidad a una figura que se prolonga hasta los intelectuales del presente (aunque entrando en crisis mientras crece otra figura: la del proletario cultural). Y es esa similitud la que permite la aplicación retrospectiva del término, claro que hasta cierto punto, pero indudablemente a los filósofos clásicos. Es más, me atrevo a decir que esas características comunes o básicas están en la base misma de la autolegitimación, de la fundación de la disciplina y de los disciplinadores (tal y como volvió a suceder cuando se instituyó La Ciencia frente a la Escolástica como su antinomia -remito para más amplitud de miras otra vez a Biagioli-). Y en este proceso, nuevamente, hallamos las propias señas de identidad diferenciadoras, en su nacimiento, contra la Magia (no contra la Religiosidad).
Esto se expresa en detalles comunes:
1) viven de la Filosofía en tanto que Discurso (en el sentido definido por Foucault), sea porque la enseñan en instituciones a las que pertenencen, sea porque publican, dan conferencias, cursillos, participan en debates públicos (hoy incluso televisados), etc., y como en todos los Discursos (La Ciencia, La Magia) autodefinen sus límites, sus reglas de juego, sus requerimientos retóricos, sus precondiciones y sus púlpitos consagrados.
2) sueñan con un "mundo bueno" en la medida en que adoptan la obligatoriedad de hacerlo
3) se mantienen lejos de la lucha política concreta que a sus ojos contradice los principios, los ideales puros, etc., y eligen a los jefes capaces de actuar sin escrúpulos como herramientas de transformación (intentando o procurando reformarlos, abuenarlos, limar su irracionalidad, etc., como si estos componentes fueran puramente psicológicos y no una consecuencia inevitable de la posición -esto queda claramente ilustrado en el De la tiranía de Jenofonte, en castellano por Ediciones Encuentro, 2005-). Tales jefes nes adctrinados por ellos convenientemente, aplicarían la coerción estatal, dándoles a ellos un rol privilegiado y separado dentro de una fragmentación social que no sólo cuestionarán (salvo con fines propagandísticos que de todos modos se hace en el límite de esa figura, ya que al hacerlo ya se transita hacia la burocratización del personaje) sino que considerarán necesaria para alcanzar la recuperación o reinstauración del Paraíso Perdido.
4) sostienen posiciones elitistas o aristocráticas (y socialmente miembro de la corte en la medida de lo posible) que adscribe la existencia sojuzgada de los menos capaces para el mando (se encubre con variantes, pero se refieren a ello, y Nietzsche se desnuda como nadie al respecto, como Platón, aprobando la esclavitud sin matices... sin hipocresía). Del mismo modo, admiten con mayor o menor vehemencia la necesidad de una clase dirigente o vanguardia (Nietzsche usa el mismo término -citar- que Marx, aunque Marx escapa un tanto de la figura y debe ser tratado por separado, como fenómeno paralelo y constituyente sin embargo de la misma fase crítica actual, hacia la que hemos progresado inevitablemente), una invención, a su vez, que nace de la decepción intelectual a la vista de la realidad (que muestra que los que mandan no son los mejores: lo que los lleva a no comprender nada de lo que pasa y a ver la mano del diablo, o sea, metafísica barata, superstición...). La fragmentación social les es indispensable. Y los mantiene en lo idílico. O sea, los lleva a la crisis y/o a la claudicación. La Filosofía muere a sus propias manos sobre la base real de la marcha social.
5) como elitistas, son antidemocráticos de hecho y lo contrario de derecho, o sea, aristocráticos; les repugna la plebe (y no son ellos quienes creen que la educación popular sirva para producir sabios sino todo lo contrario) y no son capaces de comprender sus acciones ni de ponerlas al mismo nivel que las suyas, etc., o sea, separan al hombre que ellos representarían como más próximos a los dioses, de la animalidad a la que asimilan a la plebe y sólo en contadas excepciones a los depredadores (todo es cuestión del agente en el que cifran esperanzas al que también salvan de la quema: vanguardia proletaria, tecnócratas planificadores, santos, conquistadores, nobles, valientes, solidarios, amantes de la tierra... dejando de lado todas sus taras, la mediocridad incluso. Y, entiéndaseme por si acaso, yo no ahorro -o intento no ahorrar- ni el más mínimo de los resultados del análisis crítico y radical a la democracia tanto como a los intelectuales... no pretendo tampoco denostarlos en especial sino más bien señalar de dónde vienen y hacia dónde van (o lo intentan) mientras "trazan" con los demás esos "senderos de bosque" al que ya me he referido.
Ellos se autodivinizan sintiendo llevar dentro un componente divino (textualmente: "mi divinidad" -EH, Por qué soy tan sabio, af. 3-) , como el más excelso de los compuesto de su composición, como lo "incorruptible" -o "alma"-. Claro que esto se dice de ese modo cada vez menos, sin duda por ser poco correcto, pero no sólo: la proletarización y burocratización respectivas, cuadrando en cierto modo el círculo, han minimizado ese carácter divino inclinándolo hacia lo simplemente maléfico. Aunque no por ello se tributa menos a la metafísica. Y, como tales, guiados por esa parte sublime, por ese genio que reside dentro de ellos y es capaz de escuchar los consejos del demon, o incluso de algo más sublime, son capaces de perdonar y consagrar, de hacer santos a los que los ayuden, a los que, por definición, laboren en beneficio de su continuidad y de la continuidad de su obra. ¡En esta sentencia reside la única explicación seria posible para los devaneos y las confusiones de Nietzsche y de Heidegger, pero también las más aceptables (por menos incorrectas políticamente como se diría hoy, o en todo caso por haber amenazado sólo al propio sabio) de todos los demás filósofos de todas las épocas!
De ahí en primera instancia que no parezca fácil, y tal vez sea imposible, ser filósofo sin ser platónico, sin tributar al platonismo, es decir, sin ser idealista, admitir la inevitabilidad de los apriorismos y los incondicionales y darle entidad y valor a los en sí sin someterlos radicalmente a juicio. Nietzsche re-negaba que defendiese "un ideal", al menos "la mentira como ideal", y sin embargo...
Por un lado, sobre la base del racionalismo, a veces subyacente, porque racionalizar es... ser humano, demasiado humano. Por el otro, porque establecer apriorismos, apuntalar conjeturas, crear dioses (proyectarlos a partir del propio ideal de sí mismo -e inclusive del infierno de sí mismo-), llenar de sombras vivas y efectivas una Caverna... es lo que sin duda permite la construcción de una narrativa mítica capaz de convocar a los demás, de invitarlos a solidarizarse activamente con la propia actividad, con la propia obra. Convocar es la garantía de la legitimidad filosófica heredada de la fracasada legitimidad sacerdotal, chamanista, mágica (de escasa prosperidad por cierto en el contexto del imperialismo democrático-ilustrado ateniense en el debió encontrar un lugar Platón... el lugar que Sócrates, su maestro en los contenidos pero no en la práctica, condujo a la cicuta).

2- Nietzsche: el último "mohicano"



Nietzsche fue a mi criterio el primero y el último en radiografiar al filósofo del pasado y del presente de manera radical (en el sentido de dirigir la vista y la voz hacia la raíz del asunto) aunque sin dejar de sugerir que aún quedaba espacio para La Filosofía: la "del futuro". Tal vez pudo ser radical porque su siglo (especialmente en Alemania) fue, según dijera Heidegger antes de perder la confianza y el terreno firme, "el más oscuro de los tiempos modernos". Tal vez personificó una esperanza insuficiente. Tal vez porque había llegado el tiempo de la desesperanza, las "tineblas de la noche del mundo" (Heidegger de nuevo tras la frustración)... desde el punto de vista de quienes se sentían con el derecho a abrir juicios universales. Y a creerlos tales so pena de renunciar a "decir más".

Lo cierto fue que Nietzsche veía posible y necesaria la llegada de unos "filósofos del futuro" de los que se sentía precursor. Ellos, como él mismo, debían confiar en la capacidad de alumbrar un mundo diferente, ajustado al predominio del coraje intelectual al que apelaba, es decir, en definitiva, a estar dispuesto a dar la vida por La Vida y La Verdad, la vida de La Verdad y viceversa. Su esperanza, que remitía a la posteridad, no se realizaría sin embargo, al menos hasta nuestros días, y, según nos dicen a gritos todos los indicadores, cada vez estamos más lejos de un tal advenimiento. Los sueños de la Razón morían y siguen agonizando, la marcha de las cosas está aplastando La Filosofía y extinguiendo a los filósofos que la harían posible... que incluso la reinventarían. Nietzsche, en el límite de su conciencia filosófica, se halló en el mismo límite de acabar con ella... La duda, acariciada por el propio Nietzsche al final del aforismo 211 de su Más allá... ("¿No tienen que existir tales filósofos?"), se resolvería por obra de los hechos: la necesidad de esos filósofos del futuro no sería sino una expresión de deseos más. ¿Y si, como volviese a declarar (Ecce homo, Prólogo, af. 2), no se debía a que pretendiese "mejorar a la humanidad", cuál sería y cuál llegó el mismo a avizorar como su motivación? ¿Habría sido capaz de verse a sí mismo incluido cuando señalaba que "aquí, como en otras partes, un instinto diferente se ha servido del conocimiento (¡y del desconocimiento!) nada más que como un instrumento" (ibíd., af. 6)? ¿Era pues la especie de "máscara" a la que todo "hombre profundo" es profundamente afecto (ibíd., af. 40) la supuesta "responsabilidad" que le atribuye al "filósofo entendido en el sentido en que los entendemos nosotros, nosotros los espíritus libres--, como el hombre que tiene la responsabilidad más amplia de todas, que considera un asunto de su conciencia el desarrollo integral del hombre" (ibíd., af. 61), o tenía cierto convencimiento interior de que "los fuertes, los independientes, los preparados..." estaban "predestinados al mando" (ibíd.), entendiendo esa fortaleza y preparación como atributo de los sabios... o, como él preferiría decir, de los pensadores, esos que, simplemente, habrían autojerarquizado "sus instintos más íntimos" (ibíd., af. 6) sin, en cualquier caso, tener "derecho alguno" a hacerlo (ibíd., af. 16)?

¿No hay aquí ya demasiada confusión, inclusive demasiado esfuerzo por vadearla o, mejor, por ocultarla, con el objeto de tomarse en serio... lo imposible (es decir, todo lo imaginable)?

El problema, a mi criterio, es que Nietzsche mismo es víctima de la realidad imperante, a la que simplemente (o no tanto, o quizás dolorosamente), decidirá subordinarse: ¡ese y no otro es su "Sí a la vida" (como sostiene bastante explícitamente en su Más allá..., Sección novena, porque "así lo seguirá siendo siempre")!, y no sólo por mera resignación o realismo (que también, como cuando reconoce que responde tan sólo a su idiosincrasia, que sin embargo valora jerárquicamente y hasta sacraliza... sin duda, precisamente, por fidelidad a esa idiosincrasia) sino tomando partido con rotundidad por su afirmación... sin duda a costa de idealizar la marcha de las cosas y inventarse una nueva narrativa ideal. Víctima, pues, de su conformación en un mundo que conforma inevitablemente, como alcanza a ver al sostener: "en su último fondo, el experimentar vivencias sólo ordinarias y vulgares tiene que haber sido la más poderosa de todas las fuerzas que han dominado a los hombres hasta ahora. (...) progressus in simile..." -ibíd., af. 268, y más en af. 287-. Y que me invita a preguntarme: ¿por qué no también esas "vivencias" que precisamente como tales "fuerzas", como esas referencias colectivas adoptadas e instituidas -que, con Castoriadis, he llamado "magma de significaciones imaginarias" dándole sin embargo al concepto una vuelta más de tuerca, o, con Mary Douglas, "un estilo de pensar"; conceptos que con más o menos rigor apuntan a un asunto capital-, en las que cada uno se conforma (¡se cuece!) y hasta conforma sus aspiraciones, parezcan "elegantes" o "virtuosas" o "fuertes" o "divinas" a los propios ojos pero en todo caso se acepten como necesarias de adoptar y se adopten volitivamente en apariencia, sin que se sepa -ni se quiera saber- de dónde vienen y ante las que sólo se siente perplejidad por no saberlo e incluso por dificultad y dolor para saberlo; y que se adoptan para "oponerse" (ibíd.) a la horfandad y a la indiferencia, o se reinventan para edificar un nuevo grupo...? ¿No es lo que está en la base de la persecución a cualquier precio de "la obra", la defensa a cualquier precio del yo que hace un todo con el perfil socio-profesional, con la facultad más segura con la que se cree contar y tal vez con la que se cuente; lo que lleva a Nietzche a seguir con y sin amigos a buscarlos más allá de su propio tiempo, en la posteridad, a escribir y rumiar para ellos; lo que lo lleva a decir (postumamente sin intención propia) "Alguna vez necesitaremos valores nuevos..." (Nietzsche, La voluntad de poder, libro I, af. 4)?


Una realidad que sin embargo, toda vez que los espíritus libres se han subordinado a ella, les ha pasado por encima, o los ha convertido en instrumentos de los verdaderos amos... mientras los ha ido llevando hasta el límite de su extinción, creando las condiciones en las que ya no valgan nada.

Como todo pensador empedernido (pero también, reclamo y reitero este enfoque: como todo individuo que cree en aquello que más le sirve en la vida), Nietzsche jamás pudo dejar de ofrecer su mesa y su copa desbordante que, al menos en una buena parte y en una buena medida y como todo lo que vive o tiene su tiempo, acabaría siendo como Yorick, "un banquete para los gusanos". Eso que le producía perplejidad y confusión como a todo ser reflexivo, pero que crecía y desbordaba casi descontroladamente, como en todo ser extremadamente reflexivo. Y que, precisamente, es lo que más invitaba a la esperanza.

Pero que, precisamente, acabará transformado en slogans y simplificaciones tergiversadas con fines justificatorios y hasta de agit-prop a manos de los operarios políticos del momento mientras lo sustancioso (en todo caso para él mismo) acababa enterrado o arrastrado por el viento (algo que, Nietzsche, ciertamente, vio venir -véase, por ejemplo, ibíd., afs. 262, 264, así como su reiterada preocupación por ser "entendido" y "confundido" a partes iguales-... aunque no como algo imparable y arrollador como ha sido el caso... sino como un fenómeno históricamente superable mediante contramétodos que volvían a requerir unas manos diferentes... decididas... a fin de cuentas, sin escrúpulos... y por ello capaces de dirigir "la selección" artificial propia de la "domesticación" -como se esboza en el af. 262 de MABM, y lo que emboza su reclamo de una idílica aristocracia de cuño arcaico que sólo podrían ser los ya famosos "políticos" que Spinoza acabó considerando "necesarios"-).

Evidentemente: el banquete de gusanos no será otro que el de la burocracia académica, política y empresarial que conocemos, que se desarrolló y sigue desarrollándose en el caldo de cultivo de la complejidad socio-política y que se aceleraría notablemente a instancias del espacio democrático-representativo abierto, de la fragmentación cada vez más alambicada desde su conquista, de la creciente artificialización, de la creciente pérdida de utilidad política de lo intelectual y de lo reflexivo... y no, a mi criterio, por mor de alguna enfermedad de la mediocridad o algún deterioro natural del género humano. Es decir, a causa de la propia marcha de las cosas, una y otra vez amasada con los elementos previamente construidos e instituidos a lo largo de los senderos trazados. Marcha ante la cual el pensamiento filosófico y/o el científico demostrarían cada vez más su incrédula impotencia, su escasa operatividad directa y su mucha operatividad mediatizada.

Como supo ver Heidegger (a la manera ciertamente en que todos ven la paja en el ojo del vecino), Nietzsche no pudo evitar ser platónico (y por ende, como apuntó también, "el último metafísico", como él mismo a su turno y a su manera). No pudo, en fin, dejar de ser moderno, incluso kantiano, y conservarse en los marcos del racionalismo (occidental) que naciera en la Atenas democrático-imperialista glosada en el Discurso Fúnebre de Pericles y que se recompone tras el ropaje monacal escolástico hasta el Renacimiento, en el que se rescata en apariencia la libertad crítica (que nunca existió) como símbolo de una identidad nueva basada en nuevas reglas, en una nueva Ley indiscutible a la que había que volver a servir, un Retorno a la disciplina por encima de la duda "...En el nombre del Padre..." la novísima disciplina, el novísimo discurso, de La Ciencia Moderna basada en la investigación tal como ella misma la normalizara.

Por lo visto, La Filosofía no ha podido dejar de ser platónica aunque caminase sobre las manos y escribiese con los pies. Pero aún hay que despojar de formalismo a ese calificativo que suele reducirse a señalar al idealismo formal. La Filosofía es toda ella platónica debido ni más ni menos a que se edifica sobre la conjetura del alma, se la llame así o de otro modo, se la disfrace de una u otra forma... El alma, que la investigación científica tiende sin duda a poner en entredicho en tanto que ente espiritual o inmaterial, pero que a lo que más bien optó por no mirar de frente, fue en todo caso embozada por la ideología cientificista tras una máscara de incondicionalidad, un absoluto, equivalente a lo inscrito en el dogma de la fe, lo que tendía a dar al científico "la posibilidad" del poder supremo -o sea, su ejercicio-, realizando el arcaico sueño de poder de los sacerdotes de fijar el dogma, ahora fijando las reglas de su desarrollo garantizado... y, desde el mismo, los parámetros decisivos de una ontología definitiva del mundo, aunque fuese a largo plazo y por entregas. (1)

Si la Filosofía ha nacido y ha subsistido fue gracias a que se atribuye al alma el carácter de fundadora de certeza, lo que a su vez remite a Dios a pesar de los intentos por escamotearlo o sustituirlo por entes aparentemente más tangibles. El hombre remite a lo místico en la medida en que experimenta perplejidad y asombro ante sus propias potestades... inseparables de sus limitaciones. Y en este sentido es cierto que todo lo demás nos arroja al nihilismo o a la resignación, y en todo caso... al fin de las preguntas... a la pérdida de interés por la Filosofía... a la pérdida de su valor como Justificación. Eso sí, nunca por completo, naturalmente armados para retroceder en tanto que organismos sanos, que se engañan incluso con tal de decirle "Sí a la vida".

El alma está en el centro de la controversia y en el centro de algunos esfuerzos refundadores de hoy en día nacidos de la lucha por conservar el poder de una subespecie que agoniza (por eso son tan podo filosóficos y cada vez más ideológicos y hasta mágicos). El concepto está en la pretensión clásica de alcanzar lo que ella misma definió como sabiduría (la verdad del ser) y en su nombre dio de sí el cógito cartesiano, el espíritu que Hegel recuperó como ente y que Kant había preferido ignorar ontológicamente, fijándole sin embargo cómo debía operar, el demiurgo positivista que separó las aguas para dejar a un lado aquello de "lo que se puede hablar" y al otro aquello que simplemente "se muestra" y cuyos misterios deben ignorarse o descartarse por decreto, e incluso en la dependencia o subordinación inevitable de Nietzsche y de Heidegger al mecanismo del pensar en sí... Tratado en cualquier caso como un don divino, el alma humana no es un invento casual, sino que hace referencia a una experiencia real (de la que dio cuenta Hegel en particular) que puede interpretarse, a posteriori de mil maneras diversas como ha sucedido, no hay más que verlo. Esa experiencia real, sin duda confusa, ha resultado un hueso muy duro de roer por los que posaron su mirada reflexiva en ella... experimentando de nuevo lo mismo al hacerlo: su potencia, su poder, su capacidad de previsión. Y, a pesar del hombre y debido al mismo mecanismo que manifiesta su conciencia, ha tenido que llegar un tiempo de colapso (de tendencia manifiesta al caos) que lo haya obligado a abandonar, hipócrita u honestamente, la pretensión de salvar el alma de la quema... y con ella a su religión más sofisticada, su "atavismo" como dijera Nietzsche, La Filosofía.

Así, ninguna suerte de pensamiento radical sino los hechos han sido los más radicales en la consecución de la tarea, como entiendo que demuestran las preferencias crecientes por el Relativismo o el Pragmatismo en sus diversas formas y gradaciones (es decir, más o menos consecuentes hasta donde puedan serlo) así como en los intentos de recuperar el lugar perdido mediante uno u otro experimento de Retorno, se lo fundamente más o menos de manera formal (me refiero tanto a a los intentos de restaurar el racionalismo moderno suavizando o relativizando asimismo sus extremos más absolutistas o los de notorio tinte teísta como los de Voegelin o Agamben o mágico como los de Kingsley, y hasta, en cierto modo, como el de Leo Strauss bajo la forma de una amalgama entre Jerusalem y Atenas, aunque su obra pretenda mucho más servir de guía para la buena lectura -lo que, al menos yo, agradezco, reivindico y pondero-).

Insisto: hablo de la Filosofía hasta Nietzsche (Heidegger se consideró fuera de ella, persiguiendo una "ciencia estricta" según las directrices de Husserl, por lo que él mismo se excluye -hablaré de ello en detalle en mi tercera entrega-), y señalo que todo lo que siguió con tales pretensiones ha sido propio de los mismos "filosofastros" a los que Nietzsche denuesta en su Más allá del bien y del mal por "hacer filosofía" (esto es, fabricarla -¡y difundirla... y popularizarla...!- de manera proletaria o industrial, sacerdotal, disfrazando la retórica sucedánea extendida gracias a la mentada democratización educativa e informativa que se realiza como divulgación).

Como filósofo, Nietzsche reconocía de hecho la entidad del alma al autoconsiderarse... "un psicólogo sin igual" (EH, Por qué escribo tan buenos libros, af. 5) por encima de todo; "el primero" (psicólogo) "entre los filósofos" (EH, Por qué soy un destino, af. 7). Sin entrar en la cuestión de la ontología del alma, Nietzsche incluso ve en la psicología el refugio supremo de la filosofía, esperando que "la psicología vuelva a ser reconocida como señora de las ciencias" y señalando que "a partir de ahora vuelve a ser la psicología el camino que conduce a los problemas fundamentales." (MABM, af. 23). Más o menos vinculada/separada de lo físico, la entidad del alma volvía a entrar por las rendijas, derivándola parcialmente de la naturaleza, incluso de la materia... tanto como la creación del hombre apuntara en la Biblia al barro, potencia a su vez tan potencialmente creadora como la del Dios inventado para justificarla, y por ende poco menos que divina. ¡Renunciar a este enfoque habría sido renunciar a La Filosofía, es decir, al encumbramiento valorativo e instrumental, privilegiado o superior del... espíritu!

Sin duda, es imposible no reconocer la eficacia de la capacidad observadora del hombre que acaba desplegándose sobre sí mismo (esto es, sobre lo que siente alma con mayor o menor sensación de dualidad o desdoblamiento digan lo que digan las teorías al respecto) en tanto que individuo consciente o reflexivo, con limitaciones que por lo general prefiere no explicar y que la psicología misma, como disciplina, se ha visto obligada a subsanar atendiendo al efecto bumerang a que da lugar un enfoque restringido a cada ámbito particular (el caso de la Psicología Evolutiva da cuenta de ello), lo que hace la investigación científica tan peligrosa para las creencias y los dogmas y la vocación de estos por mantenerla bajo control de una moral.

Ahora bien, ese refugio en la psicología (y no sólo su uso como arma, a la manera del Sócrates platónico), no puede ser visto como un resultado casual, ni tampoco producto de las modas imperantes o algo parecido. Desde sus inicios, la Filosofía se había encontrado con que solamente podía acudir a la propia vivencia personal y a la introspección y observación, a las percepciones y los sueños, a todo lo que se daba en sí como fenómeno interior capaz de permitir la proyección de pasos y hacer efectivos los engaños, las trampas, la indispensable "detección de mentirosos"... ("calcular", como prefiere Heidegger) y hacer de su colección (que iría ordenando de diversos modos y completando con diversas conjeturas -los dioses y otras fuerzas invisibles entre ellas-) su principal referencia (tradición, conocimientos...).

Entre otras cosas, el hombre se reconoció por esos medios como un individuo, y un individuo que por fin se descubriría diferente de todo lo demás, un individuo capaz de experimentar su propia idiosincrasia (y sólo ella en cuanto tal, pudiendo en todo caso extrapolarla a lo demás, a sus semejantes, a los dioses, incluso a los animales, objetos y fenómenos -lo que hemos dado en denominar animismo-). He ahí la base psicológica -¡qué si no!- del mito, de las teogonías, del mencionado animismo..., un individuo que además de no contar con ningún referente que no sea producto de su imaginación, deba experimentar la confusión que le produce la posesión de una facultad que llamamos conciencia, confusión y perplejidad ante su potencialidad limitada pero misteriosamente prometedora, y que resulta necesariamente incomprensible; necesariamente en un sentido biológico, incomprensible en un sentido psicológico.

Un individuo que pueda hacer (realizar, crear...) aunque no (¡ay!) de manera ilimitada (y en esto basa su proyección en Dios: el hombre-animal divinizado), observando a la vez que hay cosas que se hacen por sí mismas (y que atribuye a los dioses entre los que también reina el Azar). Que puede, en fin, ser un "escultor" incluso de la humanidad ideal (MABM, af. 225, y que reitera en Ecce homo, Así habló Zaratustra, af. 8).Y directamente rindiendo tributo a esa experiencia de poder que parece contenido pero a la vez en fuga, que por momento parece perderse, y que lo conduce rectamente a decir: "Criatura y creador están unidos en el hombre" (ibíd.), demostrando que no puede renunciar a la idea típicamente intelectual, tipica e inseparablemente propia de un individuo reflexivo, a esa experiencia de certeza, y que, de todos modos, sería a fin de cuentas la máscara de la voluntad de poder, de la filotiranía mencionada, de la dependencia del amor propio y de la propia omnipotencia; una máscara que presupone el alma de uno mismo, que responde a su "instinto" -como manifiesta, inevitablemente, en MABM, af. 36, y que sostiene inevitablemente en serio... a la vez que con una cierta ironía subterránea que a veces aflora, dolorida, melancólica...-, que se experimenta como divina por lo que cree capaz de hacer, por lo que puede imaginar y... por lo que se siente con derecho a exigir. Y que, en atención a la duda, al escepticismo invasor que la frustración induce, ha sido tantas veces y de tantas maneras cedida o devuelta, en una u otros medida, al Dios, explícito o embozado, al margen o no de La Filosofía. Un Dios a imagen y semejanza del que habita -y experimenta dentro de sí-, de manera directamente proporcional al grado en que el hombre es un hombre reflexivo. (2)

Nietzsche llegó sin duda hasta la frontera del problema, incluso al extremo de considerar que sólo cabría ya "reír", pero a fin de cuentas no pudo prescindir de la autoseguridad que lo obligaba a la consecución en sí de la propia "obra". Habiendo filotiranía filosófica... habiendo "voluntad de poder" filosófica... ¿cómo no va ésta a realizarse... si es lo más "alto" de la vida y del hombre en concreto... si "parece" tan capaz, en tanto sea "inteligente"... de cualquier cosa que se le pueda ocurrir... es decir, de domeñarlo todo...? ¿Y no es esto lo que está detrás de la idea de "convencer" y de "educar" adecuadamente a las masas? ¿Y no es lógico, desde ese enfoque, con esa convicción profunda, anidada en la experiencia gracias a tantas situaciones exitosas, que se vea cosa del mal a lo que sea que cause su fracaso?

En esa línea, Nietzsche alcanzó lo que para mí es la frontera que separa el territorio filosófico (en realidad el paisaje específico que se dieron determinados individuos especialmente sensibles dentro del territorio más amplio de lo humano o de lo consciente), territorio de fructificación de desconsuelo y de resignación (algo sobre lo que ya di algunas vueltas preliminares y, comme il faut, confusas y que seguramente volveré a tratar más ampliamente una y otra vez), como cuando declaró:
"Yo no creo, por tanto, que un instinto de conocimiento sea el padre de la filosofía, sino que, aquí como en otras partes, un instinto diferente se ha servido del conocimiento (¡y del desconocimiento!) nada más que como de un instrumento" (MABM, af. 6)
...aunque lo restringiera aún, como he señalado, a la previa elección moral de índole ideológica ["¿a qué moral quiere esto (quiere él-) llegar?"] que aún le asignaba un carácter volitivo y no de mera necesidad, de mero instinto en acción en medio de un mundo de interacciones, como creo que se debe hacer para comprender mejor la mecánica y el proceso que da lugar al fenómeno... e incluso a todos los fenómenos.

Y por eso, entiendo, dejó sólo una sospecha capciosa... propia de "un eremita", es decir, denostándose a sí mismo al exponerla:
"Toda filosofía es una filosofía de fachada... (...) esconde también una filosofía, toda opinión es también un escondite, toda palabra, una máscara" (MABM, af. 289)
... lo que no queda sino sostener a la par del reconocimiento antihegeliano, antimoderno, antirracionalista que expresaba con la hipótesis de "Que la verdad sea más valiosa que la apariencia (...) no es más que un prejuicio moral; es incluso la hipótesis peor demostrada que hay en el mundo." (MABM, af. 34), dado que: "La cuestión está en saber hasta qué punto ese juicio (la falsedad de un juicio) favorece la vida, conserva la vida, conserva la especie..." (MABM, af. 4).

Todo lo cual, también, enmascara el interés particular de conservar esa vida por sobre cualquier otra, de valorarla por encima de cualquiera... ¡incluso cuando agoniza, y a cualquier precio (sin duda, como haría y hace cualquier otro organismo vivo antes que extinguirse o mutar en cuanto las condiciones ambientales resultan imbatibles o indomeñables)! ¡Habrá al menos que reconocerlo de una buena vez, aún cuando no pueda reprimirse ni extirparse!

Sólo así se puede ser fiel a la idea de que hay que "contar entre las actividades instintivas la parte más grande del pensar consciente y ello incluso en el caso del pensar filosófico" (MABM, af. 3), lo que sin embargo no le sirvió suficientemente a Nietzsche para abandonar del todo (sino sólo para relativizar si acaso) la valoración a fin de cuentas sacralizadora de "la parte más grande del pensar", en la que seguirá hasta el fin depositando las principales esperanzas. Y por más que considerara todo principio como un quizás inscrito en el Eterno Retorno (que habría que situar en el campo del pensamiento y no de la realidad incondicional como Nietzsche hace cuando lo describe), insistirá en situar al hombre superior (miembro de una humanidad única superior indudablemente moderna, cosmopolita, kantiana) en el futuro, en una post-historia y en una post-moral... Sin duda, más dispuesto a querer la nada que a no querer... como había señalado él mismo cuando aún era schopenhaueriano y lo entendía como respuesta típicamente humana (siendo más bien específicamente intelectual). Y es que no se podía desembarazar de esa sensación gratificadora de "la responsabilidad" del "escultor" de hombres (a su imagen y semejanza... a imagen del Dios muerto... y sustituido). Se trataba obviamente de sí mismo, de "su obra", de su idiosincrasia (inseparable de su perfil socio-profesional por cierto, para decirlo en concreto de una buena vez, un perfil conformado). Y ello a pesar de negarse el derecho para hacerlo (MABM, afs. 16 a 20; donde arremete claramente contra "el espíritu" de Hegel, las "simplezas" de Descartes, la "superficialidad" de Looke y contra todos los que "vuelven a recorrer una vez más la misma órbita").

En cualquier caso, es evidente que no se puede alcanzar la radicalidad extrema si se está convencido de que el futuro producirá lo que, en realidad y mal que le pese, se aleja cada vez más adentrándose en la Historia Real... un futuro que se imagina con los elementos perentorios y parciales del presente y para su provecho.

Esto, insisto, sólo puede obedecer al predominio de la omnipotencia y del amor propio (fenómenos que tienen también su razón de ser, su causa; que no se dan de repente, que no son un don ni un maleficio...). El idealismo, el platonismo, la filosofía como responsabilidad, como... deber ser, etc., nacen de aquello. La idea del alma, del espíritu, de la conciencia histórica, del saber científico, de la capacidad para recibir La Revelación, del don divino o semidivino experimentado (y autoatribuido o autointerpretado), esconde el florecer de esos fenómenos perturbadores y motores. La esperanza se sostiene sobre todos esos pilares conjeturales, a ellos tributa unas vez puestos en pie. Nos situamos en el infierno (como dijo Ítalo Calvino con dolor), y hemos atravesado su umbral sin abandonar toda esperanza (como ejemplifica el propio Ítalo Calvino).

Nietzsche lo niega al tiempo que da a la voluntad unas connotaciones apenas menos mágicas por momentos que las que les daba Schopenhauer -que hasta la encontraba en el movimiento de una piedra- (y al sostener que "el futuro del hombre es voluntad suya..." -MABM, af. 203-, para lo cual se deben hacer -justamente como ya observáramos que se deducía de la idea- cosas encaminadas a que ello sea ¡aprendido por el hombre!, incluso mediante "ensayos de disciplina y selección" y "una nueva especie de filósofos y hombres de mando" -ibíd.-). ¿Qué hombres, cómo se llegará a ello, según qué leyes de la Historia o del Destino, según qué Razón y la de quiénes contra "el absurdo y el azar", y por qué métodos magistrales de "cálculo"? ¿No sigue habiendo aquí racionalismo, modernismo, rousseaunianismo... seguimiento en "la misma órbita"? (Y, por otra parte: ¿será posible seguir alguna otra... senda, trazarla al margen de lo ya trazado...? ¿Quiénes, con quiénes, hasta qué punto...?)

En su intento vano (como todos los de este tipo, que a lo sumo producen un uso popular estereotipado de los términos: maquiavélico, nietzscheano... entre tantos otros) realizado mediante la redacción de ese "ensayo de autovaloración" que pretendió ser Ecce homo, insiste en que ése Nietzsche no habría sido nunca él: "La última cosa que yo pretendería sería mejorar a la humanidad" (EH, af. 2). A pesar de que sistemáticamente y fundamentalmente Nietzsche hizo todo lo posible por combartir "la mentira del ideal" esa "maldición contra la realidad" (ibíd.), nos ha dejado su desesperado llamamiento a los valientes y a los nobles, a esa aristocracia resurgente asociada a la mitología aria que cabalgaba sobre las notas de Wagner, representada más allá por Julio César y Alejandro (¡discípulo por cierto de un filósofo prototípico!), cuya nobleza, cuyo amor a la vida, serían garantías de una superhumanidad futura. Y de perfilar los "valores nuevos..." que "necesitaremos" (La voluntad de poder que ya he citado).


Si nos atrevemos a ser radicales, observaremos que la esperanza de Nietzsche fue a fin de cuentas muy similar a la que asistiera a Platón cuando viajó a Siracusa con idílicas intenciones, a pesar incluso de atisbar y advertir acerca de la ingenuidad y peligrosidad que ello implicaba ("¿... no sería tiempo de que la filosofía abjurase de la fe en los gobernantes?", como se llegó a preguntar -MABM, af. 34-). Y como Platón, acabó a punto de la esclavitud, que se realizó en la subsiguiente sucesión de reencarnaciones... intelectuales. La esperanza de Nietzsche era la de un cosmopolitismo integrador dejado en manos de los superiores... pero los superiores habían pasado a ser los tontos (Adorno dixit), los mediocres, y el sueño se demostraría totalmente no-posible... No sé si alguna vez los sabios puedan vivir en un pequeño grupo autónomo, dependiente de máquinas electrónicas inteligentes, abandonando a los demás a su suerte y prescindiendo de todos tanto en su carácter de brazos firmes o brazos trabajadores... (un sueño así puede exigir igualmente el caos y la destrucción) a lo que deberán en todo caso renunciar junto con la esperanza... de mantener sus propias manos limpias de sangre, la frente limpia de sudor y la conciencia limpia de injusticia, maledicencia, culpa, explotación, opresión y malas artes, realización de la venganza, de la vanidad, de las cesiones al honor y a la pasión... limpia en fin del ejercicio de sus impuros pensamientos tiránicos (los que deseaba Hierón, como cualquier tirano que se preste).

Soñaba con ello y no en secreto; soñaba al menos para compartir su sueño con los pocos que lo supieran escuchar, esos "ojos y oídos" "doctos" que nunca logró reunir al parecer, esos "nuevos amigos" a los que convoca una y otra vez (MABM, Desde altas montañas, Épodo)... que no llegarán nunca o llegarán sólo... para esperar amigos nuevos. Y, como todos, fue presa del canibalismo tergiversador y utilitario de los filósofos obreros que denostara. Pero los filósofos del futuro, en cualquier caso, sólo podrían intentar de nuevo seguir buscando la piedra filosofal capaz de resolver la perplejidad motora a la que están encadenados... presos del Eterno Retorno tanto como los habitantes de El mundo invertido de Priest lo estaban de su fe, insistiendo en ver la pregunta como si se tratara de la lámpara de Aladino, frotándola una y otra vez con el objeto de que dé de una vez por todas la respuesta que Sileno nunca quiso darle a Midas por compasión (he citado esto muchas veces y me parece de lo más excelente, aunque, cuidado, el problema puede ser despojado de la alegoría y la poesía difusa que envuelve el problema... para que aún se pueda dudar de su existencia, dudar de su insolubilidad...).

Fueron necesarias las experiencias burocráticas extremas, la nacional-socialista, la fascista, la bolchevique y todas sus variantes posteriores, algunas abortadas antes de dar frutos (como la trotskista, que buscó autodiferenciarse para tener éxito), todas resultado del desarrollo de la burocratización real (cuyo desarrollo en condiciones de equilibrio permitirían las variantes socialdemócratas y keynesianas de todo tipo y la reducción a sectas de liberales y neomarxistas "consecuentes"), para que la perplejidad disolviese la esperanza. La gran verdad quemaba: los tontos demostrarían ser los listos, los miserables los conquistadores, la miseria el mundo a construir... Esto había ido hasta un grado de irracionalidad y absurdo tales que no dejaría lugar salvo para la claudicación, una forma de esperanza realista, en aún se admitiría la actividad filosófica profesional. La decadencia cerraba todas las puertas... y la democracia formal se ganaría el beneplácito de ser el mal menor... a pesar incluso de irse vaciando de contenido paso a paso, de irse licuando cada vez más... ¡A pesar incluso de no cejar en la voluntad intrínseca de parir la tiranía, de empujar y empujar...!

El idealismo platónico subyacente en Nietzsche (y en Heidegger) se materializará así en el deseo de una raza pura aristocrática, una "casta" formada por "bestias más enteras" (MABM, ¿Qué es aristocracia?, af. 257) cuya "fuerza psíquica" no sería ni mucho menos garantía de "engrandecimiento" sino más bien de "decadencia" final. Y en unos especímenes responsables cada vez más raros de hallar, que aún dicen sentirse obligados a asumir la elevación del hombre como verdaderos Atlas sobre sus espaldas: "El filósofo, entendido en el sentido en que lo entendemos nosotros (...) como el hombre que tiene la responsabilidad más amplia de todas, que considera asunto de su conciencia el desarrollo integral del hombre" (MABM, af. 61).

Esta supuesta pulsión permitiría a Nietzsche, a Heidegger, a Paul Eluard, a Sartre a autoengañarse, llevándolos al cumplimiento de la tarea abyecta de servir a la propaganda (cada vez más visible, o sea, cada vez menos idílica y más condenable) de los responsables de los mayores horrores de la Historia (y a alimentar sus arsenales de desconcierto), la misma en definitiva que vemos en los peores y más elementales servidores de la Kampuchea Democrática, cuyas conductas nos producen, desde la autoconvicción y el bienestar, desde la limpieza de nuestras propias manos, incomprensión absoluta, repugnancia, asco, nauseas, y que por fin condenamos sin paliativos como "conductas animales" o "bárbaras"? ¿Es lo que lleva a Marx a concluir que debe ensuciarse las manos directamente (en Marx sólo hasta la expulsión y el estigma al opositor, en Lenin ya será otra cosa...), lo que lleva a la misma conclusión a Robespierre? ¿Es la utopía un rasgo inseparable de la reflexión... o lo es sólo cuando ello sirve al reflexivo para alcanzar el dominio o conservarlo? ¿Es la utopía la antesala de la claudicación o lleva esta en las entrañas?

¿Qué conclusión lleva a Nietzsche a ver la conciencia como un instinto de preservación del hombre y a la reflexión aguda como forma particular del mismo en la persona de los más reflexivos; cuál es el punto de partida? ¿No será precisamente lo que se pone ante los ojos bajo la forma de la personificación que adopta cada hombre en la vida cotidiana (¡ese escenario!), y que se manifiesta al fin como socio-profesionalmente instituida, o sea... encajando en una determinada sociedad, históricamente delimitada, donde a la conciencia en abstracto se le imponen los imperativos del instinto, de la constitución y conformación, tanto como de lo establecido, lo instituido, lo adoptado, los valores considerados, las significaciones imaginarias dominantes, los estilos de pensamiento adoptados y en todo caso los referenciales de nuevos agrupamientos identitarios que se construyen bajo su cobertura para facilitar nuevos dominios, o codominios, con una u otra extensión -tanta como sea alcanzable (apuesta máxima mediante)-, como se ha visto hasta ahora, tanto en grande como en pequeña escala...?

Cuando Nietzsche dice: "...es una historia vieja, eterna: lo que en aquel tiempo ocurrió con los estoicos sigue ocurriendo hoy tan pronto como una filosofía comienza a creer en sí misma (lo cual Nietzsche deja sin explicar y da, como suele hacerse, el hecho por "natural" y punto). Ella crea siempre el mundo (ideal, deseado, debió añadir) a su imagen, no puede actuar de otro modo (justo lo que se debe explicar); la filosofía es ese instinto tiránico mismo, la más espiritual (!!) voluntad de poder, de crear mundo, de ser causa prima..." (MABM, af. 9; los paréntesis son míos obviamente), ¿no parece que además de darlo por inevitable... lo trate con respeto? ¿Al reconocerlo como inevitable, no lo asume y punto, no lo adopta conscientemente por considerarlo inevitable? ¿No son la base de los "valores nuevos..." que "necesitaremos", que él ya tiene in mente, y que tienen por objeto básico "preservar" a Nietzsche, el "(pre)filósofo del futuro" en todo caso?


Sin duda, Nietzsche nos dio a beber mucho de su copa desbordante, tal vez consiguiendo, por ejemplo en mí mismo un "nuevo amigo" post mortem (por eso, en ese sentido, la experiencia propia me dice: ¡parece posible, parece alcanzable, cabe la esperanza de soñarlo...! Y en cierto modo me lleva a dudar acerca de mis propias dudas), aunque sé que es mi "amor propio" el que me engaña, que mi omnipotencia vuelve a entonar para sí misma cantos de sirena, motivaciones alagüeñas, dulces caricias que mantienen a uno vivo (y bien, lo hago, pero sabiéndome mal acompañado). Nietzsche nos dio grano que cabe ser separado de la paja para ir más allá...

Nos desveló que la mentira era un arma fundamental de la supervivencia humana (de cada hombre en un grupo de hombres), y toda filosofía y teoría como la gran organización de la mentira (por ejemplo, con ideas como el cosmopolitismo embozando a la grupalidad) como arma. Dejó en evidencia, en todo caso, que el equilibrio de fuerzas era el único freno concreto para el asalto tiránico de la omnipotencia individual que sólo puede buscar el beneficio propio (sea esto o no posible, idílico, utópico... se subordine en uno u otro grado a la necesidad del grupo, se deje seducir por engaños o autoengaños y por la adopción en uno u otro grado del estilo de pensar dominante, prometedor-del-paraíso-igualador/encubridor-de-la-fragmentación, que tantas veces lo llevará a ir en contra de sí mismo). Nos habla de la inevitabilidad de la creación sistemática de artificialidad como medio y estilo de desenvolvimiento de los grupos humanos y, por fin, de la inevitabilidad relativa del coraje intelectual, del coraje de la conciencia, de la puesta por ésta en el límite de la nada, de la pérdida de todo sentido en tanto que todo sentido se descubre artificial... gracias a su necesaria (o natural) imperfectibilidad, y debe buscarse por imperativo de la misma. (Redirijo la atención a mi previa nota (1))

Luego, uno termina sintiendo, de nuevo, ¡porque pertenecemos aún a un mundo que en la parte que nos atañe a "nosotros" aún sobrevive, que la cuestión (¡"la responsabilidad"!) consiste en señalar el origen y la contingencia del problema, señalar que no tiene (lamentablemente para muchos aunque no para la mayoría ni para sus dirigentes) que ser así, que ello no represente ni lo mejor ni lo más bueno ni lo más santo ni lo más divino ni lo más eficaz... para conservar la especie... aunque sí para conservarnos a "nosotros", la subespecie que reflexiona más profundamente (a la que le perturban las contradicciones... que alcanza a reconocer), y que vive de la reflexión y de sus resultados. (3)

A fin de cuentas, el tiempo de Nietzsche sigue siendo grossomodo el nuestro y el actual, y no es menos oscuro de lo que Heidegger calificara al siglo XIX (a fin de cuentas... "es una historia eterna", o sea, que lo parece). En todo caso, en él han penetrado luces falsas y engañosas en mayor medida... los fuegos artificiales propios de las famosas ondas benevolentes del sistema y, en todo caso, cuando la redistribución y las promesas agotan sus recursos, la luz cegadora de las lámparas de interrogación totalitarias y las chispas que producen los instrumentos de tortura y las detonaciones de la pólvora y del átomo.

Por tanto, ¿qué otra cosa se puede esperar al mismo tiempo, tras la máscara, que no sea... una tiranía contemplativa, amiga, cómplice... de uno mismo; la única que sólo es una utopía a medias? ¿Qué otra cosa que el deseo de dominar, como sea, en todo lo posible, todas las cosas incluyendo a los demás seres parlantes, aunque sea a través del dominio real que ejercerían otros (otros que a su vez tampoco lo ejercen en el límite, sin consecución alguna, etc.) a los que se acepta servir con ese fin, y a quienes les basta y les sobra, y cada vez en mayor medida, con "los filosofastros" y hasta con bastante menos? ¿Actuar acaso sólo por amor propio mientras, por ello, desaparece todo sentido para seguir filosofando (no por falta de gusto, de elegancia... sino por extinción pura y dura de los filósofos con los únicos que puede existir el filosofar, es decir, de aquellos con los que se puede hablar de filosofía y pensar filosóficamente?

Pues de seguir las cosas el rumbo que siguen, sustituidas por otras cosas... más relativas y pragmáticas que no se interesan en realidad por dar respuesta a las grandes preguntas, ¡y menos a las que conducen a la miseria que nos impulsaba a hacerlas!, sino que se han resignado a entretenerse... ¡y en todo caso a animalizarse (sea o no volviendo la vista a Dios para devolverle en parte el atributo de la propia omnipotencia)!, y ceder el poder real y efectivo, absurdo, sin meta que pueda ser creída (aunque sí memorizada), a los semidioses idiotas que nos llevan a la vida de rebaño más extrema que se pueda concebir... y todo ello, comme il faut, con las contradicciones que tanto atormentan a los que reflexionan demasiado. (4)

Esto ha sido pues dilucidado, lo que hoy se ha hecho posible, precisamente tal como lo entiendo, en la medida en que todo camino hacia los mundos buenos de la mano de los sabios se ha cerrado por los cuatro costados -al menos por mucho, mucho tiempo... lo que tampoco lo hace ya promisorio-; incluso hasta el extremo mismo de que dejen por mucho tiempo de haber sabios. Esto ha sucedido a cuenta de la burocratización en tanto que proceso irreversible (que no puede ser "controlado" o "suavizado" como sueñan los "demócratas" de hoy en día dando cobertura a las maniobras reales que avanzan bajo tales pieles de cordero), y que ha penetrado en las venas mismas de los miembros de la vieja intelectualidad (devenidos "especialistas" y "relativistas", o sea, hasta que también ella se ha "licuado").

Nietzsche pedía a sus filósofos del futuro que fueran valerosos, tan valerosos como los caballeros arcaicos. Pero la nobleza arcaica era otra conjetura, otra idealización, otra variante del fenómeno de encarnar a los dioses después de haber divinizado al hombre, otra "mentira ideal" y por tanto "otra maldición para la realidad". El deseo de Nietzsche, su esperanza, se ha demostrado idílica como ya he sostenido; lo era en sí misma y representa una contradicción o constituye una incongruencia. Una incongruencia que pagarían muchas veces todos los intelectuales, por ejemplo y en grado extremo, Heidegger, que en nombre de "nosotros" acabaría por quedarse solo y marginado, incluso denostado y por lo pelos, nunca mejor dicho, considerado por "la voz de los tiempos" como digno de ser rapado por colaboracionista (un filósofo como Castoriadis lo califica sin dudarlo como "nazi", sin más... sin que se atreva a decir cosas parecidas de Marx a quien igualmente critica).

Quedaría exigirle más radicalidad a Nietzsche al haber perdido la batalla frente a quienes pregonaban: "... ahora se camina rápidamente hacia el final (...) nada se mantiene en pie hasta pasado mañana, excepto una sola especie de hombres, los incurablemente mediocres. Sólo los mediocres tienen perspectivas de continuar, de propagarse (,,,)-- ellos son los hombres del futuro, los únicos que sobreviven; ¡sed como ellos! ¡haceos mediocres!", lo que "dice a partir de ese momento la única moral que todavía tiene sentido, que todavía encuentra oídos", recoociendo al mismo tiempo que"¡... es difícil predicar esa moral de la mediocridad!", es decir, que nos extinguiremos siendo lo que somos y que incluso dejaremos de reproducirnos, "nosotros, los espíritus libres".

Queda, sí, la crítica (poner al descubierto la raíz, los motivos), lo que presupone seguridad y convicción, sensación de certeza, dar fe de conciencia de lo que uno mismo es y de cómo es. La utilidad es otra cosa, tal vez publicar la crítica acerque algún amigo de hoy o del futuro mientras sin duda aleje a la mayoría mediante la indiferencia o el desinterés... La crítica ha demostrado no decidir nada ni orientar más de lo que ya se encontraba en el ambiente y en los poros: los retrocesos, los repliegues, las claudicaciones, la hipocresía, el autoengaño que sirve al engaño, las frustraciones, la melancolía... estaban allí, eran visibles y respirables. En todo caso, la lucidez que sentimos tener al encajar las piezas nos es tan necesaria como un buen plato de buena cocina. Y, claro, también queda, por último, la risa, "la carcajada áurea" (MABM, af. 294).

En todo caso, ante el infierno, repito, queda abandonar toda esperanza; abandonarla definitivamente. Queda ir no sólo más allá del bien y del mal sino del aguardar nietzcheano (es decir, del viejo intelectual). Queda dar por muerta la filosofía (que nuca dejó de ser engañosa, de fachada) y abandonarla a su reduccción a un lenguaje y a un debatir vulgarizado, al cuidado formal de los mentirosos asalariados, de los mentirosos sostenidos, de los defensores de lo establecido y los críticos refundadores de lo mismo, de los conservadores imposibles y los que pretenden contener las cosas antes de que llegue el peligroso caos, incluso de los autoengañados... que le darán cada vez más forma líquida o gaseosa con fines utilitarios, pragmáticos y desvergonzadamente desconcertantes.

Ciertamente, no es fácil evitar la pena, pero la selección de hombres no estará ni puede estar de ningún modo en nuestras manos ni puede imponerse desde los buenos sueños de un puñado de particulares bienintencionados que ni siquiera pueden presumir seriamente de no estar (irremediablementa) contaminados ni de evitar una conducta básicamente histriónica (de "comedia"). Al menos deberíamos tenerlo definitivamente claro: la domesticación incluye obviamente el uso intensivo  sutil de la selección artificial, y esta ha funcionado no sólo para producir vacas lecheras y granos comestibles. La batalla, nuestra batalla (que no la de un futuro imprevisible), está perdida.



3- El sendero interrumpido de Heidegger para "pensar" über alles

En 1960 y pico (la publicación fue en 1963), Martin Heidegger reconocía que:
"El tiempo de la filosofía fenomenológica parece haberse acabado. Esta tiene ya valor de algo pasado, de algo designado de una manera tan sólo histórica, junto con otras direcciones de la filosofía. Sólo que, en lo que tiene de más íntimo, la fenomenología no es dirección alguna, sino que es la posibilidad del pensar que, llegados los tiempos, reaparece de nuevo, variada..." (Mi camino en la fenomenología, en Tiempo y Ser, Editorial Tecnos, 2006, Madrid, pág.102).
Heidegger hacía así honor a sus dos asunciones capitales, por cierto contradictorias entre sí: la primera, el carácter indiscutible de la historicidad que lo obligaba a reconocer en particular la descubierta generalidad de que "Cada época de la Filosofía tiene su propia necesidad" (El final de la Filosofía y la tarea de pensar, una conferencia dictada unos años antes y también en Tiempo y ser, ibíd., pág. 78), y ello a costa de reducir a poco más que a "una posibilidad" su ontología, ¡su obra!, a rebajarla a un ejercicio más de la mente del hombre, y que sin embargo había considerado el "más alto" alcanzado hasta entonces por el pensamiento. A mismo tiempo, daba cuenta de la voluntad de continuar, de seguir siendo un intelectual irredento dispuesto a superar el interregno al que se había condenado a sí mismo no tanto por "pensar" como por "idealizar". Y esto en nombre de la segunda de sus asunciones capitales: la idea de Progreso en cuyo curso pretendía haber estado y seguir estando inserto (aún "hegeliano" o, si se prefiere, moderno).

Así, conciliando los términos de la evidencia y de la convicción, añadiría en
las Referencias finales a la edición del mencionado libro: "Ciertamente la pregunta crucial sigue siendo la misma", incluso habiéndose hecho "más perentoria" aunque "todavía más extraña al espíritu de la época". Evidentemente, no pudiendo negar La Realidad de la marcha del mundo (una marcha con botas que recorrió el mundo entero, pero que había comenzado mucho antes y no cesaría tras quitárselas en parte) optaba por dar certificado de certeza a la propia convicción ("la experiencia" personal hegeliana y por él asumida) que le decía (¿al oído, como el Demon a Sócrates?) que era "la época" la que no iba bien encaminada; íntima certeza en sí mismo e íntimo escepticismo hacia el mundo. El realismo resultaba nuevamente un idealismo, nuevamente un platonismo, en donde el alma era absoluta y el espíritu atravesaba la historia.

Ciertamente, aferrado a tales concepciones, Heidegger calla acerca del por qué del proceso, de la tozudez de los hechos, así también como de esa constante e inevitable certeza que experimentan los intelectuales acerca de lo erróneo del curso de los acontecimientos, de su alejamiento respecto de sus visiones, consejos y recomendaciones, previsiones y pronósticos... del por qué de la supuesta ignorancia popular y la mezquindad y estupidez de los dirigentes, incluso del por qué de las equivocaciones o la ceguera de sus propios colegas y antecesores. De nuevo, se nos vuelve a sugerir con el silencio y los eufemismos típicos (¡y populares!), la persistencia, pecaminosa a fin de cuentas, de la humanidad en la ceguera cuando no la producción de la misma a instancias de fuerzas extrañas y general e igualmente malignas.



Es evidente que:
"Bajo formas distintas, el pensamiento de Platón permanece como norma..." (ibíd.)... como identidad de una única época que en él manifiesta su arranque y que, por lo que se puede ver, si no ha muerto del todo ni ha sido ya enterrada, cuanto menos agoniza; aunque esto deba ser mucho más perfilado. Pero esto nos sigue remitiendo a la vieja Caverna donde los conceptos absolutos seguirían buscando por si sólos su expresión y apenas si se reencarnarían una y otra vez en los hombres haciéndoles vivir una y otra vez la misma tragedia (y la misma comedia) porque para eso habrían sido puestos en La Tierra.

Extraño idealismo, sin embargo, que, en todas sus variantes filosóficas con la de Platón incluida, se han propuesto la tarea de desentrañar las leyes de La Realidad con el objeto demasiado humano de dominarla. Eso sí, por ellos tal y como han sido conformados, como corresponde a toda mecánica de dominación o dominio que se precie. Y lo que lleva a la autoasignación de la identidad idónea para llevarla hasta las últimas consecuencias: esto es la que se autodefine como identidad humana.



En el curso de una conferencia en torno a la esencia de La Filosofía, al hecho de pensar como había dicho tantas veces, Heidegger apunta a la obvia aunque a la vez siempre escamoteada idea de la grupalidad presente por sobre todas las cosas:


"¿Cuándo filosofamos? Evidentemente sólo cuando entablamos una conversación con los filósofos." (¿Qué es eso de filosofía?).
...que no son sino esos "nosotros" de los que hablaba Nietzsche y los "no sin nosotros" de Hegel que resalta Heidegger (El concepto de experiencia de Hegel, Caminos de bosque, ed. cit., pág. 186). Una singularidad que ese grupo no puede evitar pretender imponer, bienintencionadamente, a todos los hombres posibles del mismo modo que Rousseau pretendía imponer La Libertad y los chinos su chinez... Como siempre, claro, ocultándose a sí mismos que La Realidad no es un mero "obstáculo" a superar o saltar, para lo cual bastaría hallar "las armas" adecuadas (esas que los filósofos e intelectuales en general jamás encuentran... sin mutar... y cambiar consecuente y formalmente de rumbo) o "la palanca y el punto de apoyo". Y, como parte de ello, en situar el objetivo, una y otra vez en el futuro, donde el hombre se habrá de emancipar de su animalidad o de su humanidad incompleta, para dar lugar por fin a uno u otro superhombre. A todos los hombres posibles... esclavizando o exterminando a los demás, incluso exterminando a unos para conseguir la sumisión de los otros, como fue el caso del genocidio nazi de judios para ganarse a la nación alemana... e incluso a algunas otras.

Lo que es indiscutible es lo que muchos atribuyen a la "democracia de Atenas" (Castoriadis mismo, por ejemplo) como si fuera algo mágico y equparable al Edén (o al Olimpo), pero que no es sino "la división del trabajo", como le recuerda Leo Strauss a Kojeve:


"La filosofía sólo es posible en una sociedad en la que haya división del trabajo. El filósofo necesita los servicios de otros seres humanos y tiene que pagar por ellos con servicios propios" (De nuevo sobre el "Hierón" de Jenofonte, Sobre la tiranía, Ediciones Encuentro, Madrid, 2005, pág. 246)
Todo esto nos lleva por fin a una tercera parte que subyace a las dos en las que Heidegger se apoya (y toda La Filosofía, incluido ese otro hegeliano, revolucionario éste, que fue Karl Marx, por ponerme en un supuesto extremo). El pensamiento estructurado, que sólo la intelectualidad es capaz y procura producir, y que sólo a ella atañe por lo visto (y que, como bien supo poner a la vista Foucault, en cada acto fundacional o legitimador edifica las murallas tras las que se protege: el lenguaje riguroso, por ejemplo, por no decir, lisa y llanamente críptico, que de todos modos no es posible reducir del todo so pena de aniquilar su poder descriptivo; es decir, en lo que es un círculo vicioso), no puede a la vez dejar de rendirle tributo en un cierto grado a la Realidad que a la vez les sirve de cobijo aunque sea de manera insuficiente para los Grandes Deseos. De ahí que, al tiempo que rechazan su movimiento natural que incluye, a su pesar, su ruina sistemática, acabarán resignándose a preferirlo en tanto les ofrezca un espacio donde continuar (¡y donde continuar esperando!). Todo para, de un modo imaginativo, apuntalar o edificar sus idealizaciones, es decir, el paraíso que desde un inicio viven como perdido y que, en ciertos tiempos, en lugar de parecer que se aproxima se percibe cómo se aleja más y más. Incluso bajo la apariencia de una voluntad transformadora, lo que se encuentra si se bucea hasta el fondo, son como mucho, y cada vez más en la medida en que la ruina avanza, sueños restauradores o reguladores: los intelectuales, siempre entre corrientes que creen poder reencauzar, como desearían, sobre la base de la fuerza que atribuyen a su pensamiento (fuerza en tanto suponen que descubre el sentido de la marcha y los puntos en los que pueden apoyarse para mover la Tierra) han acabado siempre por sucumbir a ellas hasta caer en la nostalgia culpabilizadora del mundo o los rodeos. En la medida en que la contrafuerza de los hechos se ha ido afirmando, la renuncia se ha ido haciendo cada vez más profunda, hasta llegar a la claudicación y a la resignación... aunque sin abandonar nunca la convicción de que ello se correspondería con un pensamiento justo y apropiado para todos. La fe en el poder de la reflexión (la potencialidad creativa), acabó sin embargo incólume e incuestionada en su potencialidad, en todo caso insuficiente pero... prometedora. Incluso es algo que se llegó a popularizar tras la famosa idea de que "no usamos sino el 20% del cerebro", popularización que sin embargo no encierra en absoluto la misma promesa que apetece a los sabios sino la que corresponde a los sueños de cada uno de los grupos reales (como se puede ver en la reciente película "Sin límites" enteramente inscrita en los objetivos soñados por el hombre posmoderno -sueños inscritos en su estilo dominante de pensar- en algunas de sus expresiones sociales). La confianza en la capacidad del hombre a cierto plazo, fuese mediante su depuración sistemática o la pérdida del cuerpo corruptible, nunca será puesta en duda por los filósofos y los intelectuales (los que viven como tales y de ejercerlo). Esto define precisamente su divinización o su carácter real o potencialmente divino.

Así, por un lado como materia prima de sus perseguidas utopías y como resistencia a su total desaparición. Y puesto que la modernidad instituyó por excelencia el mito del progreso ilimitado y asencional, es lógico que ni Heidegger ni Nietzsche
ni Marx quisieran otra cosa que evitar el final anunciado de su sueño, del progreso, del cosmopolitismo prometido, acariciado y considerado como arrebatado o traicionado por la burocracia claudicante ante el supuesto auténtico poder... Toda la lucha o los esfuerzos de la intelectualidad y toda la lectura retrospectiva del pensamiento previo que realizaron ha ido encaminada a ello. En este sentido, Heidegger llega a describir impecablemente (aunque parcialmente) la situación a la que se ha visto empujado el pensamiento reflexivo:
"En el lugar de la desaparecida autoridad de Dios y de la doctrina de la Iglesia, aparece la autoridad de la conciencia, asoma la autoridad de la razón. Contra ésta se alza el instinto social. La huida del mundo hacia lo suprasensible es sustituida por el progreso histórico. La meta de una eterna felicidad en el más allá se transforma en la de la dicha terrestre de la mayoría. El cuidado del culto de la religión se disuelve en favor del entusiasmo por la creación de una cultura o por la extensión de la civilización (lo que más que disolución es re-vestimiento, ya que en la base de ambas actitudes se expresan las dos cosas: "cuidado del culto" a las instituciones, "entusiasmo por la extensión de la civilización", algo que Heidegger no ve en atención a su propio posicionamiento grupal que ignora el fenómeno de la grupalidad). Lo creador, antes lo propio del Dios bíblico, se convierte en distintivo del quehacer humano (¡"distintivo"!, precisamente, en su doble significado)..." (La frase de Nietzsche "Dios ha muerto", Caminos de bosque, ed. cit., pág. 199-200; las notas entre paréntesis, son obviamente mías, así como la negrita).
Así, el proceso adaptativo que inevitablemente se va desarrollando, buscando su camino, lleva, conjunta e inseparablemente del proceso global por el que todos los grupos se internan, a la mutación progresiva o a la extinción: la progresiva desaparición de los filósofos determinará fundamentalmente la muerte de La Filosofía, como a fin de cuentas Heidegger percibirá, en su caso, intentando sumarse al unísono al proceso social y al político, el nazi, que él vería como expresión del primero, como la cabecera de la marcha y en todo caso el techo que protegería la suya. Por ello piensa su particular ontología, por ello se suma a "la llamada a la cosa en sí" de Husserl, a la construcción de "la filosofía como una ciencia estricta"; lo que ve a la luz del peso de la ciencia en el ámbito del pensamiento (medible por el desplazamiento del pensador en beneficio del investigador, y del "la descomposición" de lo suprasensible que a su turno llama al nihilismo). Así, al intentar reconocer científicamente la Realidad, se desliza hasta más allá de lo aceptable por el humanismo y la moral humanista que anclaran en la buena conciencia, de cualquier modo idealizándola y asignándole, ¡de nuevo en la Historia!, un sentido mesiánico y emancipador... que sin embargo encierra una sumisión acrítica al curso de los hechos, una esperanza que ahora se basará en la dinámica que la realidad seguiría en tanto que materia (lo sensible), su "destino" prefijado en última instancia por lo supresensible que habría sido así falsamente expulsado. La ontología heideggeriana es pues una onto-mitología (en lugar de la "onto-teiología" de Hegel, como Heidegger la califica), una onto-mitología platónica, me atrevo yo a decir, que reconstruye la Caverna de Platón como edificio contemporáneo de los institutos y las editoriales científicas. Eso sí, llena de un fructífero rigor y ángulos novedosos que se iluminan ciertamente del mismo modo que lo hacen los discursos científicos: aunque esto, como ha sido siempre, acabe sirviendo poco y a pocos e inclusive negativamente desde su propio punto de vista.

Sin duda, en esta derivada no podemos dejar de considerar los vientos renovados que experimentaría la ciencia a principios del XX (cibernética y atómica), en realidad simplemente nacidos, ¡otra vez!, en los altos hornos de la Guerra y la sempiterna vocación dominadora, vuelven a empujar la máquina empantanada durante el siglo previo, "el hasta ahora más oscuro de los siglos de toda la Edad Moderna" según Heidegger (La época de la imagen del mundo -nota 4-, Caminos de bosque, ed. cit., pág. 97). Esto es lo que tomará la forma de la sumisión a los victoriosos nazis, y tanto como lo hiciera Sartre con el maoísmo entre otros de una u otra época.


Con esta fórmula, ve Heidegger La Ciencia (o Las Ciencias) como algo inscrito en La Filosofía desde sus inicios (
"ya en la época de la filosofía griega" -ibíd.-), siendo las nuevas el producto de una simple reencarnación de ésta, como ya he apuntado, que encubriría o significaría su relativa muerte, siendo así ésta su verdadera muerte: "El despliegue de la Filosofía en ciencias independientes (...) es su legítimo acabamiento" (ibíd.). Y ciertamente vuelve a detectar y valorar lo que "la fachada" filosófica siempre guardó celosamente y conservó: la pretensión de alcanzar lo absoluto y la convicción de poderlo conseguir (para lo que Las Ciencias serían "más capaces" o estarían "mejor preparadas") y la inevitabilidad de un trasfondo metafísico que exigía la presencia de Dios ("la argucia de la demostración de Dios" -El concepto de experiencia en Hegel, Caminos de bosque, ed. cit., pág. 127-) o "una referencia capaz de refrendar la convicción". Será por fin en esa misma dirección hacia donde acabará por ajustar sus primeras tesis ontológicas (en especial en lo relativo al rol del tiempo en beneficio de lo absoluto que, "sin que se pueda aún comprender", llamará casi treinta años después "claridad" o "Lighting" -5-) y a postergar nuevamente sus esperanzas hasta un futuro impreciso que verá por fin "amenazado" (volveré sobre ello en la próxima entrega).

Pero, al margen de un análisis profundo del contenido del discurso heideggeriano, lo que más interesa aquí y ahora es ver en toda su dimensión y significación cómo se desplegaba para Heidegger La Realidad en particular en el escenario previo a la segunda guerra y la caída de la mascarada reivindicativa nazi, así acerca de la manera en que ese discurso es procesado durante e inmediatamente después. Esto es, observar cómo se le presentaba para él "la época", cómo determina esta y la historia previa del pensamiento filosófico sus respuestas, y cómo todo ello puede explicar a Heidegger en base a considerarlo un caso más de hombre reflexivo en un mundo fragmentado concreto, donde las cosas se disponen de un determinado modo y de una determinante manera en torno y en interacción con un organismo, un espécimen, caracterizado por determinadas cualidades.


Pronosticando en 1938 que el signo de todas las ciencias será "... cibernético, es decir, técnico" (ibíd.), Heidegger registraba en El final de la Filosofía... (ed. cit.) que:
"La Cibernética transforma el lenguaje en un intercambio de noticias. Las Artes se convierten en instrumentos de información manipulados y manipuladores" (ibíd.)de todas las ciencias será "... cibernético, es decir, técnico" (ibíd.)
El siglo sin duda le daba a Heidegger más esperanzas que recaudos. La potencia técnica del hombre hacía sin duda imaginable un salto cualitativo en lo que consideraba el Destino de la humanidad: "dominar la Tierra" (Heidegger dixit siguiendo indudablemente a Nietzsche). En este sentido, nada rompe la continuidad entre la modernidad y su fenomenología, y especialmente en la confianza depositada en la capacidad humana de crear el mundo... lo que sin duda impondría una dirección consciente, algo que se convierte automáticamente en lo elaborado por los pensadores.

Claro que, atendiendo a la marcha de las cosas (vistas, claro, con la parcialidad que imponen las Grandes Esperanzas) Heidegger se deja llevar por las crecientes manifestaciones institucionales de la burocratización, a las que da su beneplácito, a las que edulcora y a las que por fin servirá tal y como en realidad podían y sólo podían ser.

En La época de la imagen del mundo, Heidegger, partiendo de la máxima valoración para la ciencia en tanto que depositaria final de todas las respuestas buscadas hasta entonces por la metafísica, nos describe el mundo y sus novedosas perspectivas:

"En el imperialismo planetario del hombre técnicamente organizado, el subjetivismo del hombre alcanza su cima más alta, desde la que descenderá a instalarse en la uniformidad organizada." (op. cit., ed. cit., nota 9, pág. 107)
Una ciencia que no es sino la instituida, claro está, y que funciona como "empresa", "fenómeno que hace que hoy en día una ciencia, ya sea del espíritu o de la naturaleza, no sea reconocida como tal ciencia mientras no haya sido capaz de llegar hasta los institutos de investigación" (ibíd., pág 83). Un ámbito donde "Todas las disposiciones (...) facilitan un acuerdo conjunto y planificable de los modos del método, que exigen el control y la planificación recíprocos de los resultados y regulan el intercambio de las fuerzas del trabajo", lo que, "se convierte en la señal muy lejana y aún incomprendida de que la ciencia moderna está empezando a entrar en la fase más decisiva de su historia. (...) en plena posesión de la totalidad de su propia esencia." (ibíd., pág. 84). Lo cual...

"...acuña otro tipo de hombres. Desaparece el sabio. Lo sustituye el investigador que trabaja en algún proyecto de investigación." (ibíd.).
La perspectiva, a la vista de lo que hemos vivido desde entonces, no nos parece tan alagüeña y promisoria (lo que no quiere decir que sea evitable) y no veo por qué se pueda aplaudir salvo cuando "el pensar", el poderlo seguir haciendo, dictando desde la jefatura de las instituciones culturales y demás "empresas" (por ejemplo, el rectorado de la Universidad), las grandes líneas de conducta humanas, se quiera preservar über alles... incluso en ese contexto en el que:

"El investigador ya no necesita disponer de una biblioteca en su casa. Además, está todo el tiempo de viaje. Se informa en los congresos y toma acuerdos en sesiones de trabajo. Se vincula acontratos editoriales, pues ahora son los editores los que deciden qué libros hay que escribir." (ibíd.)
¿...Mientras los jefes (¡políticos!) de jefes, subordinados, instituciones y empresas intervinculadas... deciden qué libros se pueden publicar y cuáles hay que quemar...? Ciertamente, no "nos" parece a "nosotros" muy satisfactorio un futuro como ese de proletarización/burocratización -lo que es un todo inseparable- y que propone un escenario del estilo del "1984" de George Orwell -lo que en cualquier caso no veo realizable a tenor de lo específicamente motoriza el proceso (6)-, ¡y lo "solemos" argumentar con apelaciones a "civilización" vs "barbarie" -a fin de cuentas, un recurso identitario más-!

Todo lo cual indudablemente se impone (¡y se sigue imponiendo!) en tanto que:

"El investigador se ve espontánea y necesariamente empujado dentro de la esfera del técnico en sentido esencial. Es la única manera que tiene de permanecer eficaz y, por tanto, en el sentido de su época, efectivamente real." (ibíd.; la negrita es mía)
Ahora bien, este proceso es valorado positivamente por Heidegger en 1938, en todo caso como necesario, como un logro histórico (ibíd.), en su caso bajo una forma tiránica que se realiza mediante la preeminencia de El Partido (nazi o comunista) al que se le suponen móviles mesiánicos (la instauración no sólo de un "gobierno europeo" sino "planetario") -y que hoy ha obligado a virar hacia una valoración negativa tras la caída del muro en favor de una valoración positiva para las formas (social)democráticas... ¡a pesar de que ellas engendran y facilitan el desarrollo en la misma dirección "por otros medios" y prometen una y otra vez las mismas perspectivas; no dejando incluso a los previstos sustitutos de los "sabios" alternativa para ser "efectivamente real" de otro modo que no fuese como integrantes de la sociedad burocrática cuya construcción sólo había "interrumpido" en realidad unos senderos para buscar otros alternativos!

Inevitablemente, Heidegger se dio cuenta de que se había equivocado en cuanto aparecieron las primeras manifestaciones del capricho de sus superhombres. La inteligenia racional se revela muy rápido contra ese tipo de cosas, y por fin acaba repercutiendo en carne propia. Pero no fue capaz de atribuir aquello al proceso que él mismo seguiría volarando como inevitable... y que "tal vez" se habría orientado bien "si" los buenos hubiesen ayudado seriamente. (7)

Pero lo más interesante, aquí es situar la causa de ese reconocimiento y esa valoración, causa que no parece otra que la voluntad de Heidegger de dedicarse "a pensar" über alles, esto es, de "salvarse" a sí mismo "en el mundo (concreto que se describía)" fuese como fuese, es decir, en detrimento de los otros (lo que está al margen de que, más o menos consciente y/o más o menos voluntariamente, en atención a su idiosincrasia y a la conformación social alcanzada por ellos, esos otros y su suerte deban imponernos la carga de una culpabilidad que nos torture, nos flagele o nos exija cualquier suerte de bondad...); otros que de uno u otro modo, mediante planes a corto o largo plazo (desde el genocidio hasta la selección artificial de diversa especie y potencialidad, educación incluida), se considere eliminables como medio o paso inevitable o necesario para alcanzar el estatus soñado de advenimiento de la verdadera Humanidad. En definitiva, tomándole la plabra: sobre la base de la certeza hegeliana y kantiana, platónica y filosófica de un Destino Humano. Y es que, adoptada la idea hegeliana y platónica de la certeza de la marcha de los hombres hacia su divinización (¡lo cual, reitero, encierra la idea de Progreso!), no se puede sino abrigar las Grandes Esperanzas a pesar de los hechos. A lo sumo, intentando comprenderlos o en todo caso "justificarlos" (lo que será ya tarea de los intelectuales de la posmodernidad).

En cualquier caso, Heidegger trató de sostenerse incólume como "pensador" (buscando un nuevo espacio para "pensar" y un nuevo estilo que "la investigación" no permitiría, como bien nos hizo notar), über alles sin duda, a pesar de darse cuenta (como explicita de hecho en sus textos de 1946) que nos hallabamos "en las tinieblas de la noche del mundo"; lo que nos lleva a preguntarnos... si es posible no tomar en cuenta la frustración, y en particular la postbélica -ya que las primeras frustraciones podían ser aún atribuidas a ciertos personajes del Partido y poco más-; así como ignorar la relación entre las renovadas conclusiones neo-modernistas -que se mantendrían todavía unos diez años desde que fue Rector- a favor del progreso burocrático, es decir, sentirse parte de la Historia y su posterior rechazo romántico en el 46. En fin, nada que no haya sucedido siempre con los intelectuales, nada que no parezca una muestra más del "Eterno Retorno de lo mismo".

4- Las últimas torres

Las observaciones de Habermas (donde se hacen descripciones coincidentes a fin de cuentas con las de Heidegger del 38 en particular, esto es similares y también esperanzadas) que citaba en la última nota de la entrega anterior se daban aún en el marco del desconcierto militante (comunista), el cual, merced al secretismo vigente y a buenas dosis de complicidad ambiental, aún era capaz de trasmitir tales Esperanzas al Mundo de la Cultura. (8)


Eran pues anteriores a la "caída del muro" que pondría a los filósofos e intelectuales como Sartre más al desnudo que nunca en su papel de "intelectuales comprometidos", mostrando que sólo significaba obediencia y producción de cortinas de humo al servicio no sólo ya de distinguir sino de oponer nazismo y comunismo (¡incluso en la forma del stalinismo, del maoísmo y hasta del kimilsuognismo... y similares!); algo que se sigue sin embargo pregonando cada vez que se puede con iconos renovados. Hasta esos momentos poco más o menos, aún se podía anatemizar toda crítica a la URSS, etc., como "reaccionaria", como la de Orwell, de cuya obra aún se tiende a pensar como meramente antistalinista, es decir, reduciéndola a una expresión menor en coincidencia con los viejos enfoques. Pronto vendrían sin embargo Solyetnisin, la Perestroika y la caída del muro, y unos y otros acabarían siendo calificados simplemente de "Regímenes totalitarios", algo que así podía ser separado del buen y prometedor, del esperanzado camino de la humanidad como meras excrecencias o, incluso, "negligencias". Un modo reiterado sin duda de salvar la ropa... de no quedarse desnudo y desprotegido... aunque cada vez sería más complicado -al punto de llevar a la implantación de las maneras tacticistas de lo (prácticamente) político en lo (formalmente) filosófico-.

Esto... mientras se volvía a aceptar la "dictadura académica" y la "dictadura editorial"... la dictadura de las masas... del mercado... etc. ¡y no digo sin contestaciones sino, como Heidegger en 1938, sin... observaciones... hasta que, en 1946, de nuevo en aras de la frustración, volvería el pesimismo relativo y el subjetivismo como último refugio! (9)

En ese contexto, las banderas de la democracia representativa occidental (y casi puramente anglosajona-franca) en la forma en que la misma había estado funcionando en los países más avanzados de Europa y América (EEUU, Inglaterra, Francia y los países escandinavos -porque no se puede incluir seriamente ni uno más-), recuperaron todo lo que habían perdido durante el siglo XIX. La decadencia burocrática de la que habla Nietzsche se había encumbrado como cualquier tuerto en el país de los ciegos. Había comenzado la fase de desconcierto democrático-redistributivo-occidental a gran escala, o más bien se había vuelto a ella. Los "filósofos del futuro" no sólo no llegarían sino que los fantasmas de los del pasado se volverían dignos de renacer.

El enfoque socialdemócrata-occidental pasaría poco a poco a convertirse de mal menor en sacrosanto. Pronto no quedaría nada del viejo mesianismo, de las Grandes Esperanzas, de la marcha hacia el Edén modernizado. La línea del Progreso se había roto en todos los sentidos: la tecnología y la industria se habían desnudado, y lo harían cada vez más ostensiblemente, hasta mostrarse como meros instrumentos de poder, dominación, aniquilamiento y horror, por una parte, y de superficialidad y artificiosidad extremas por la otra. El uso mercantil de los resultados colaterales de la producción para la guerra (la informática, la aeronáutica, la industria naviera, etc.) en todo caso incrementarían eso último: la producción para el consumo ostencible, la exhibición, etc., que llamarían como lo mejor y lo deseado a las masas y los países del mundo. El Progreso hecho jirones se reduciría a Incrementos de Consumo y Amenazas de Autodestrucción Total. Los intelectuales de la posmodernidad, a sabiendas de las perspectivas existentes, se imponen (¡y recomiendan!) un punto de vista esperanzador a cualquier precio ya que, como dice Bauman: "... Dios nos libre de perder la esperanza." (10) No diagnostican, como Nietzsche, sino que dogmatizan como los escolásticos, en todo caso como Kant con su "imperativo categórico" moral, ahora reducido a una argucia histriónica que debe volver constantemente a acomodarse a un nuevo contenido, "...en la modernidad líquida seguimos modernizando, aunque todo lo hacemos hasta nuevo aviso" (ibíd.). Se trata de la nueva versión del "compromiso del intelectual" al que se continúa haciendo referencia (porque eso es tener una razón soial para existir): el "compromiso" con "la realidad", con "lo que tenemos", con "los que nos lo dan"...


Y es que el final de las perspectivas sólidas (que Baumann convierte en caricatura para que la suya parezca rigurosa) pesa menos que la necesidad de justificar el propio perfil socio-profesional con el que se cuenta para sobrevivir y que se tiende a defender por encima de todo (si la verdad se ha vuelto ahora contextual... lo suyo es una filo-adaptividad explícita, un filo-tacticismo, una filo-liquidez... en cierto modo "querer la nada a dejar de querer" aunque como algo de los que hay que autoconvencerse... "Dios nos libre"). En su nueva función socio-profesional, en su nuevo estatus social, los intelectuales devienen servidores de una causa en la que no confían, pero que consideran que se debe defender porque ya nada podrá ser mejor nunca. Mientras Heidegger se confundía aún, y aún quedan los que se refugian en el racionalismo clásico aunque a la vez ecléctico, estos no dudan en asumir la mentira como única posibilidad.

Por eso no se quiere ni se puede comprender ni admitir (¿servirá de algo hacerlo, será incluso posible... entre algunos... todavía...?) la estrecha relación que existió siempre entre la confianza en el "progreso humano" ilimitado (¡y esto no puede ser entendido sino como... divinizador... como lo entendieron los racionalistas griegos, los escolásticos y los modernos!) y La Filosofía, y la consecuente relación, igualmente estrecha, entre la desesperanza y el fin de los ideales que esta última promulgaba. Y así como La Cultura se amplió hasta abarcar (o abrigar) cosas menos sólidas (o más líquidas... incluso gaseosas...), el alma corrupta consiguió por fin un puesto de dignidad: la realidad devenía la única opción posible, aunque bajo la rastrera forma de la justificación, del oportunismo, de la inmediatez, de la mediocridad... (no por nada Habermas alza la espada de la incondicionalidad contra el relativismo de Rorty, aunque desde el campo cenegoso del racionalismo nostálgico insostenible... porque insostenible lo fue siempre).

La resignación (y a veces también un cierto pesimismo) que se deriva de ese reconocimiento de la realidad (que ya se esbozaba como apunté en Nietzsche y aún más en Heidegger hasta llevarlos hacia la perdición), tiene un carácter mediocre y hasta abyecto que evita la resignación de la desesperanza. La misma nace de un reflujo defensivo (sufrido tras el desencanto) que pretende preservar el propio yo por encima de la crítica radical que esa realidad merece del pensamiento (esto es el "coraje" al que apelaba Nietzsche). Desencanto que resulta de la extinción reiterada de la idea del Progreso (se viven y sufren como hechos no concatenados -salvo por la "maldad" y/o "estupidez" humanas- que la crítica radical revela como fenómenos propios de la etapa burocrática contemporánea que se inscribe en la era de la fragmentación/domesticación). Y ello es concurrente con la muerte de la Filosofía (de la "Gran Filosofía" como prefiere llamarla Habermas en un intento por salvar la ropa o los andrajos con aspiraciones sucesorias), aunque no con lo que la legitimó y permitió su constitución como campo social de actividad: la existencia del "creador en potencia" vinculado a la "potencia del pensar". (11)

La Filosofía encerraba la pretensión de alcanzar la pureza del alma por la vía de la ciencia (de La Lógica, en el Aristotélico sentido original del término, y que rescatará al final Husserl y Heidegger en un intento vano de remodernizar la marcha de las cosas), poniendo esa lógica detrás y debajo (sosteniendo como se sostienen a los muñecos) de esa aspiración que se experimenta como concordante con la autoconciencia. En el fondo, es exactamente la misma perspectiva que propuso la Ciencia Moderna cuando prometía una humanidad divinizada al final de un no demasiado largo recorrido, como supusiera Bacon (y que rescata toda la Filosofía, como fue el caso de Heidegger, cada vez que la "humanidad" conquista un nuevo peldaño aparente de "Progreso"... a los ojos del interesado del momento). Pero "el mal" humano, que últimamente se considera menos "animal" y más "humano" aunque siempre como algo a extirpar o remediar, se demostraba crónico y congénito (la literatura de ciencia-ficción daría larga cuenta de ello abundando en la desesperanza). Así, la experiencia (durante la marcha de las cosas) nos ha puesto al fin ante la imposibilidad misma de que el alma pueda alcanzar alguna vez la pureza, sea por obra de una vida virtuosa, sea por obra de la penitencia, sea gracias a la actividad que se pueda desarrollar en los laboratorios... Es lo que muchos llaman con simpleza "abandono de los principios" o "relajación de la moral" o incluso "pérdida de la fe"... aunque, también, inevitablemente, estos alegatos caigan en el mismo tacticismo y en similar hipocresía funcional porque ya todo se ha burocratizado en concordancia con lo que está, esto sí, sólidamente instituido (lo que no significa que no se pueda derrumbar como los mejores castillos de la historia).

Los sucesos serían tan ruinosos que el pensamiento reflexivo, que había conseguido autosacralizarse, no podría evitar mirarse a sí mismo como nunca antes: con horror, culpabilizándose y... "replegándose" hasta "la abstención de praxis" (Habermas, ibíd.) o el dogma contextualizado, táctico. La conciencia, resultado nacido de la simple evolución, no habría conseguido evitar ser consciente de sí misma, "pensar el pensar" o acabar ahogándolo en la animalidad, como nos propone Agamben... desde un "pensar" malabarístico que intenta su última pirueta salvadora: convencernos a los demás de que nos animalicemos mientras él, Agamben, continúa elucubrando, editando, dando conferencias, etc., como académico y casi casi sólo como escritor de ensayos sobre temas monográficos, destinados a "superar" todos los problemas (y los problemas serían los genocidios, la crueldad, la opresión ostensible... pero no la civilizada... aunque en esta esté el germen de la primera... etc.) por la vía de aceptarnos reprimir la pulsión que nos impele a diferenciarnos de los animales... (Giorgio Agamben, Lo abierto), lo que no deja de tener significación, aunque ello sólo valdría para la intelectualidad... que es justamente la que no determina casi nada ni puede, convirtiéndose de esa manera, evitar que el hombre de cada grupo se vea a sí mismo como lo único realmente humano y semidivino (es decir: ¡otra cortina de humo para dejar al César que siga haciendo de las suyas mientras use vaselina... y todos nos sintamos culpables por lo que no podemos evitar!)

O, allí donde intentó resistirse desesperadamente, volviendo con desparpajo y piel resistente a argumentar que todo habría sido debido a "errores" (Habermas, ibíd., pág. 67) para los que, también se propondrían los viejos remedios cristianos, morales, ascéticos, que Nietzsche había combatido con el deseo -y la esperanza- de dejarlos definitivamente atrás, como los remedios de la modestia, o de la sensatez, o de la contención, o de la cordura, o de "la inteligencia"... los anatemas en fin contra los pecados capitales del hombre, ("el ardor", "lo "delirante", "lo bestial", "la hybris"...) que podrían evitar esa "filosofía que se imagina dueña, sin duda alguna (¡ah, sí, claro: dudar de vez en cuando y un poco sería también un buen remedio... aunque sólo del hombre, de sus falsos ídolos y nunca del Dios Verdadero!), de un primer absoluto y adopta el aire de un demiurgo, (a la cual) se le ha de escurrir (?!) la dialéctica de su comprensión." (ibíd., págs. 71-72).

Y así hasta no dejar más que la preocupación generalizada por el mantenimiento del bienestar presente inmediato, basado en el ejercicio generalizado de la profesionalidad (algo que las crisis económicas conmueven y tambalean empujando aún más al nihilismo desesperanzador generalizado que apenas puede sostener en pie ni tan siquiera el relativismo adoptado como último recurso y último servicio de la morralla residual de los intelectuales proletarizados y/o burocratizados del siglo XXI), tal y como se ha instituido en el curso sacralizado de la Historia, por cierto, cada vez más hondamente relleno de artificialidades ostensibles producidas o simplemente reproducidas (que no se critican sino en nombre de otras escondidas bajo falsas apariencias y fachadas y en todo caso se reconocen como Lo Realista en el sentido de no viviseccionar so pena de hundimiento, es decir, para ocultar la marcha sin meta o en círculos en general y en su forma particular vigente: la de la burocracia practicante del poder en atención a su mero ejercicio, de la fuerza y la crueldad por sí mismas, en un sentido cada vez más histriónico, superficial, inconsecuente, ruinoso y caótico que ya veremos a qué mundo nos lleva y qué grado de pensamiento crítico-mítico permitirá, en absoluto absoluto, en absoluto ligado a otra cosa que no sea la perspectiva de un nuevo poder, de un nuevo grupo, de una nueva selección artificial, etc.)

En este proceso, la desaparición progresiva de los filósofos en sentido estricto no es sino parte correlativa del proceso en el que emergió, tal como lo veía Heidegger aún de manera esperanzadora... es decir, dejando un espacio primero (1938) para los grandes orientadores de las empresas científicas de indudable signo burocrático (jefes de Universidades, Academias, Departamentos de Investigación...) como parte del Estado (nazi) y por fin (1963) para los "pensadores independientes" (marginados) dedicados a "pensar el pensar"... y a publicar si acaso o dar una conferencia eventual... Porque quien dice desaparición dice conversión en retóricos y dialécticos o sea en tertulianos (incluso en bloguers).

La nueva generación de "pensadores" que cabe en "el futuro" en tanto sea el que se está desarrollando ante nuestros ojos, no puede ser otra que la que se materializara en calidad de "propagandistas", "consejeros" o "capataces de la investigación" vinculados por todo tipo de lazos con el poder que otros ejercen global y directamente, esto es, como la corte ilustrada de los necios (o, si se prefiere, elementales) que son los burócratas políticos. (El hecho de que exista o subsista la residualidad de ciertas excepciones de índole nostálgica y resentida... o se den seudofilosofías que elijen aferrarse a maderos revolucionarios en realidad a flote a la manera en que el Barón de Munchausen se habría alzando a sí mismos "tirándose de sus propios cabellos", como diría Nietzsche en su Más allá del bien y del mal). Una residualidad, sin embargo, que se quema noche tras noche en la hoguera de cuyas cenizas tal vez siempre puede salir una u otra rara ave Fénix o algún búho de Minerva que despliegue sus alas para sobrevolar algunas noches más... de todos modos, hacia ninguna parte.

Hablar pues de un "pensar" más allá de todo eso, capaz a la vez de sobrevolar la noche en una órbita tal que la Tierra no oculte nunca la luz solar aunque eso no sea nada que merezca aplausos, es decir, honores propios de un dios, tan sólo podría significar pensar con coraje en la propia insignificancia, en el propio resultado accidental que es uno y los demás humanos (accidental pero al tiempo determinado dentro del proceso).

Es innegable que la práctica científica y el modo de pensar científico se impusieron sólidamente y signaron profundamente nuestro tiempo... (y en más de un sentido si observamos que su logro más notable y determinante al respecto fueron sus alcances tecnológicos) pero ello no sólo no sería emancipador como hasta Heidegger e incluso, aunque en menor medida, Habermas siguieron pensando, sino que encerrarían la ruina estrepitosa de las ideas modernas subyacentes en tanto acabaría desnuda ante el pensamiento más honesto como mero instrumento de poder de la burocracia cada vez más militarizada y, allí donde hubiese posibilidades de triunfo total, guerrera. Esto, sin duda, también formaría parte del enjuiciamiento simultáneo de la ciencia y de la filosofía (y dejo fuera de ella lo que se debe dejar fuera: el lloriqueo moral que no lo es). Y ello favorecerá los diversos e imaginativos Retornos, ya al dogma, ya la magia (un ejemplo es Kingsley), ya la lo-más-pura-y-firme-posible obediencia ciega a principios identitarios, viejos y remozados o nuevos (La Ley de La Torah puede parecer entre ellos uno de los menos estentóreos), lo que, como apuntara Leo Strauss, encierra "arrepentimiento" (trataré esto por separado en breve en tanto apunta, como ya he señalado en mis anteriores entregas a la "opción" tentadora de la obediencia que se les ofrece, dificultosamente sin duda, al intelectual).

Podemos seguir el curso de los hechos más allá de la debacle ultraburocrática del comunismo (que no fue vencido como el nazismo y el fascismo por medio de la guerra caliente sino de la fría en combinación con la lucha interna de las facciones) y ver cómo los parámetros fundamentales se conservan y enmascaran, y cómo contribuyen a ello las nuevas generaciones intelectuales residuales. Podemos entrar en los diversos vericuetos en donde la polémica tiende a hacerse retórica y reiterativa por mor del deber ser que se pone siempre por delante, en concreto el del "compromiso con la libertad" o "con la democracia" o incluso y sobre todo con la continuidad de la propia actividad que sus imperios permitirían y que, insisto, esos lemas simplemente enmascaran (se puede observar esto en debates menos filosóficos que políticos o metodológicos, de categoría mayor o menor, como los llevados a cabo entre Strauss y Kojève o entre Rorty y Habermas). (12)

Pero lo que queda al margen en estos realistas, historicistas y pragmáticos es lo poco y lo cada vez menos que la realidad les obedece, lo poco que se mueve en los términos de sus narrativas, lo poco que "aconsejan" o "persuaden". Como Platón, los "filosofastros del futuro" que pululan todavía dándoselas de pensadores y practicando el academicismo con todos los privilegios que conlleva (por ahora), siguen viéndose empujados a ser... meros encubridores de una realidad cada vez más tiránica, de unos "propósitos" que tarde o temprano acaban demostrándose que no eran ciertamente los "nuestros".

¡Y cómo, por fin, no aplicarles a estos "buenos" servidores de la humanidad lo que dijo de los de su tiempo Nietzsche: "La condición de existencia de los buenos es la mentira --:dicho de otro modo, el no-querer-ver, a ningún precio, cómo está constituida en el fondo la realidad" (Ecce homo, Por qué soy un destino, af. 6)

Por fin, caído el muro y democratizada en alguna medida o popularizada la equivalencia entre stalinismo y nacional-socialismo (aunque nunca reconocidas en su sistematicidad sino como resultados de una suerte de nemética proliferación de tormentas independientes), pondrán de manifiesto la dificultades, las inconsistencias y las incongruencias de unas ideas que contra los terremotos sucesivos pretenden conservar ruinas retóricas o levantar tiendas de campaña de rápida instalación/desinstalación, ilustrando así los polos de una lucha inconsecuente entre fuerzas moribundas, una de ellas envejecida y defensora en su chochez de que aún puede ser útil y necesaria como tal y... conservando el nombre (intentando encontrar una respuesta al "¿para qué aún la filosofía?" -J. Habermas, ¿Para qué aún la filosofía?, ed. cit., pág. 81-, que ya contaban con datos y sostenían ya las posturas que se popularizarían luego), la otra lisa y llanamente resignada a transitar hacia la desaparición aunque sin reconocer que ha comenzado a mutar hacia algo más útil... para sus aliados y benefactores. En ambos casos, no obstante, procurando mantenerse de una u otra manera alejados de la conducta propia de "una élite intelectual nunca asequible a las masas" y por el contrario buscando denodadamente cómo mejorar el "eficaz influjo político" que "En las últimas décadas la filosofía ha adquirido en la conciencia pública" (!!) (ibíd., págs. 77 y 81), es decir, en un lenguaje libre de eufemismos: "se ha simplificado", "se ha convertido en una colección de slogans" ("los conceptos orientadores de la acción" -ibíd., pág. 83-) y en todo caso "en un lenguaje para la retórica pública (esto es, de tertulia, de periódicos, de charlas de sobremesa... en la que se habla por igual hoy en día de "agujeros negros" como de "superpoblación", de "progreso científico", de "ecología" y del "sinsentido de la guerra"...)", como ya hemos sostenido antes sin tapujos ni dulcificaciones, radical y críticamente. Hoy, la certeza se ha democratizado (antiguamente ya era popular porque siempre fue un resultado de la contradictoria experiencia humana), y, por causas también de la experiencia personal, ha acabado por hacerse válida absolutamente para el minuto presente y poco más... luego... ya Dios habrá de proveer... Por eso Habermas tan sólo claudica más embozadamente que Rorty, claudicando los dos en cualquier caso ante la perspectiva idílica de "una base tan amplia de eficacia como jamás la ha tenido filosofía alguna" y, bien sûr, ante la democracia real que la había permitido. Habermas (en 1973) se refería en concreto al "sistema universitario en amplia expansión" (ibíd., págs. 85-86) al que recomendaba ir al encuentro adecuadamente armados (con su propia filosofía-fachada, cómo no), aprovechando, ¡por fin, aleluya!, el "nuevo helenismo" que, no sé cómo, Habermas considera que "se perfila" según "algunos índices" de todos modos amenazados de "paganismo" y "pluralismo de fetichismos y mitologías locales" (ibíd., pág. 87), "disolventes fenómenos" sin duda "de la unidad de la identidad y de lo no idéntico" (¿lo humano... que nunca existió pero que se usó y se pretendió... desde filas mixtas burocrático-intelectuales y aún desde antes de que la filosofía naciera?), ante lo que Habermas vuelve a alzar La (sempiterna) Razón reducida de todos modos, modesta, tal vez políticamente, a "discurso racional" y con ella la Esperanza (la cual "líbrenos Dios de perder", como dijera Baumann).

A fin de cuentas, quejándose más o menos, acaban todos, como Heidegger, aceptando y silenciando e incluso edulcorando la dilución del individuo en la colectividad como un "destino positivo" en todo caso por "inevitable", el resignado destino kantiano del "deber ser" o del "imperativo categórico" y de la disciplina que permitirá la realización ("ilimitada", como dice Heidegger en 1938) del progreso humano. Algo que, por cierto, la famosa "crisis financiera" de estos años ha llegado a conmover, aunque sin llegar a significar (¿aún?) sino una pequeña vuelta más de tuerca en la misma dirección... sin que (¿aún?) eso signifique que peligre ni ella misma, ni el tornillo ni la pinza.

Así, hoy en día, "pensar", es decir, volver a poner la propia obra intelectual por encima de todo y lo que se es... con o sin su ayuda no hace más que alejarse o convertirse en polvo que dispersará el viento, a lo sumo llegando a conmover a uno u otro... como mensajes en botellas lanzadas al mar pero quebradas por los arrecifes. Sin que se pueda siquiera adivinar cuándo nos encadenarán a todos y si será por un tiempo y dónde...

Claro que no puedo negar por completo que puedan emerger manifestaciones de alguna "nueva manera de pensar", por ejemplo, alguna que, como aún insistiera Heidegger en sus últimos escritos, se avisora a pesar de que, como ya he apuntado, su "revelabilidad sigue siendo un misterio" (Mi camino en la fenomenología, en Tiempo y ser, Tecnos, Madrid, 2006, pág. 102). Por ejemplo, una manera compatible con muchas de los lineamientos de su misma "fenomenología", quizás algo más "estricta" aún, quizás incluso más "científica" si se quiere, pero en todo caso mucho más radical más que rigurosa, cruel con uno mismo hasta dejar la carne viva... aunque no sea capaz de superar el marco de la experiencia personal y la interpretación personal que busca en vano, al borde de la nada, lo imposible, ni, menos aún, poder ofrecer garantías de algún absoluto buscado imperativamente que se pueda tomar como necesidad para la preservación optimista de "la vida" o evitar "la nausea", y que en realidad sea por el contrario... necesaria para legitimar las pretensiones contextuales en las que todo pensador individual se conforma y con las que emboza el instinto de supervivencia, como ya hemos apuntado.


En cualquier caso, los genes de los que no soportan fácilmente, incluso sufren, las contradicciones presentes en sus propias narraciones (que son para quienes resultan manifiestas y relevantes) siguen reproduciéndose a pesar de todo (¡aún!); la selección artificial burocrática dista de llegar a extremos y de ser plenamente eficaz, incluso es todo lo contrario... como sucede en general (además de que no es la planificada, allí donde se ha dado, la que tiene esa lógica y en tal sentido funciona, sino la que se deriva de la totalidad instituida y de sus bases de coincidencia intergrupal, entre lo más sustancial, actuando como si fuera natural). A su vez, las cuestiones del "pensar" no son más que cosa de un puñado de pensadores (como dice Baudrillard descorazonado y tan enrabietado que parecería preferir ver el mundo actual sumido en un caos liberador que signifique lo que la cuarentena mesiánica del desierto... en la que sin embargo sigue cifrando sus viejas e incolumes esperanzas; un poco también lo que promueve Agamben me atrevo a señalar -véase J. Baudrillard, La agonía del poder-) o el Castoriadis que soñara aún con una autoconstrucción humana tributaria en cualquier caso del "humanismo marxista" (kantiano-hegeliano y por tanto cartesiano, y por tanto platónico...) que de todos modos sólo podría ser diseñado en el seno de lo mejor de la humanidad, entre sus sabios, sus mejores pensadores, por la vanguardia consciente de la Humanidad, como la supuesta expresión de la conciencia humana colectiva... de la vida... y, ya puestos, de la Tierra...

En cualquier caso, La Esperanza, la del pensador impenitente y corajudo, casi temerario -claro, ¡de ello estamos hablando y no de las esperanzas, dis-tin-tas, de los demás habitantes del planeta!- muere, y La Filosofía la ha perdido su sustento con los primeros síntomas, muriendo incluso por anticipado. No es que se haya agotado el preguntar, la duda, la perplejidad, el modo ni las causas, que apenas han variado desde sus comienzos, sino, fundamentalmente, porque la simple pérdida de rol de los filósofos, su reducción a una idealización marginal y decorativa en el mejor de los casos, debido al curso socio-histórico, reduce las posibilidades de reproducirlos, y sin ellos aquella se hace imposible (o muta en otra cosa que ya no lo es). "Filosofía es hablar entre filósofos", dijo taxativamente Heidegger a pesar de quienes quieren seguir llamando de ese modo a discursos que ya no pretenden "alcanzar el absoluto" o sirven tan sólo para "la educación" o "la tertulia". Es verdaderamente, una muerte histórica, que se produce por causas evolutivas, como toda extinción (siempre ayudada, claro, por la entrada en escena de una novedad para el entorno que tendemos a atribuirla al "Azar" siendo en realidad un resultado causal producido en "un sistema" vecino). La Filosofía muere al mismo tiempo que deja de ser útil al Tirano, a ese que Kojève atribuye el don de conducirnos al Progreso Histórico Indispensable, incluso porque le molestan sus manifestaciones residuales. Ya no tiene interés alguno en seguir dándole de comer. No hay una Gran Causa que explique su agonía así como nunca la hubo para explicar su nacimiento. Como todas las obras de la imaginación y del intelecto, como todo lo que se puede plasmar con la musicalidad de las palabras, ha sido (y lo que queda, donde quede, aún es) muy bonito, pero el hombre, que es un animal (y se diferencia tan sólo animalmente de las bestias), puede seguir su camino sin ella, aunque nos parezca un camino sombrío y por ello inútil; en realidad, tan sólo un camino que no se me ocurre sino calificar de desnudo.
En otras palabras, más nietzscheanas, la tragedia del héroe-intelectual conllevaba, como se puso en evidencia mediante la tragedia griega para todo tipo de héroe (humano, por supuesto), a su inevitable autodestrucción o extinción (y tal vez al nacimiento de otro... en tanto haya caldo de cultivo para ello) y a vivirla por fin como puro drama satírico, en el fuego del deseo de alcanzar al menos la semidivinidad: el misterio (del que habla Heidegger), parecería diluirse en la misma medida en que la experiencia del mismo se relativiza y se comprende que teorizar (pensar todo objeto) es simplemente una otra manera de sueño. Aunque, tal vez, para dejarnos en la pura orfandad. Aquí, aquella "búsqueda de Dios" del personaje del loco puesto en escena por Nietzsche y al cuyo discurso Heidegger dedica el ensayo mencionado en mi nota (9), se hace al menos comprensible y compatible con el deseo de desbancarlo para ocupar su trono o al menos controlarlo desde atrás: se mata a los dioses en nombre de la omnipotencia propia (más evidente cuanto mayor sea la voluntad de reflexionar, de dudar, de cuestionar... más cueste vivir en la contradicción) y como otro acto de su realización, y se los mata sin dejar de desear -en el mejor estilo de la Filosofía- su captura y su domesticación.

La necesidad de certeza a la que Heidegger
dedicara sus esfuerzos (actualización moderna de Verdad, como señala) que nace de meras características fisiológicas (neurológicas) adquiridas, desbordando sin duda lo lógicamente necesario, es decir, lo cibernáuticamente necesario, devuelve como un búmerang al individuo que no puede soportar la incertidumbre ni soporta vivir con la contradicción (ésta podría ser una buena definición del gran pensador en cualquiera de sus formas -y en el que la misma se hace presente a la conciencia-) una confusa sensación de incomprensible omnipotencia que activa y reactiva el proceso de producción de artificialidad y que no conduce más que al límite del caos en nombre de la simple supervivencia de una especie que se debe a la vida, obligada a buscar aquella certeza... o a Dios (es decir, a confiar en la experiencia propia de certeza o en aceptar, dar por supuesta, la en cualquier caso incomprensible y eventualmente interpretable certeza divina).


A quien lo sepa oír y quiera realmente pensarse hasta las últimas consecuencias... que conste que yo lo he intentado, es decir, sin temor a perder lo que sea que haya obtenido hasta ahora y que un día se desintegrará. Este intento propone ir más allá del bien, del mal y especialmente de Nietzsche, del que habría que partir sin retroceder. Partir, en fin, de reconocernos, de contemplar sin miedo nuestros rostros, los de "nosotros, nosotros los mandarines del pincel chino, nosotros los eternizadores de las cosas que se dejan escribir, que es lo único que nosotros somos capaces de pintar..." (MABM, af. 296). Aceptar que sentirnos "la especie más alta de todo lo existente", como se sentía Zaratustra (Nietzsche, Ecce homo, Asi habló Zaratustra, af. 6) o suponer (¡grupalmente, eso sí!) tener por Destino "asumir el dominio de la Tierra" (Heidegger, La frase de Nietzsche "Dios ha muerto", en Caminos de bosque, Alianza, Madrid, 1995, pág. 227), es puro narcisismo grupalista (lo que Heidegger llama "quererse a sí mismo" -ibíd., pág. 217- pero que, con las características de la propia ideosincrasia de grupo, atribuye de hecho a toda la humanidad... extendiendo su propio subiectum como esencia genérica de lo humano -un estereotipo de la modernidad-... o, en su defecto, considera la más elevada o más auténtica deseable, cuando sólo incumbe al propio grupo, uno que en cierto modo, sólo en cierto modo, ha ganado para nosotros el derecho de juzgar, que ha logrado conquistar ese derecho gracias al "pincel" -¡y a inventar "el pincel"!-, un derecho que ahora estamos simplemente perdiendo, como le sucedió a la nobleza... históricamente... mientras se nos ofrece, como a sus miembros en su día, la claudicación, la caricatura, la comedia, la bufonería, es decir, la opción de corromperse, de perder el ser para salvar la vida). (13)


En fin, algo a lo que todos deseamos tener derecho (¡lo atribuimos a Dios... para obtener a la vez su garantía!) ... uno más de los que varios que nos atribuimos para poder vivir... y que nos llevan a formar un grupo separado de los otros y a luchar por domesticar a los demás siempre que nos sea posible, siempre que el riesgo esté dentro de un orden. Claro que no parece sencillo reconocer, seria y radicalmente, y asumir hasta las últimas consecuencias, en toda su dimensión, la conclusión en la que se hacía humo el propio proyecto de Nietzsche de que "El hombre más perjudicial es tal vez el más útil" (La gaya ciencia, Libro primero, af. 1); reconocernos bestiales; ¡llegar a ello sin nauseas!, elegir (de nuevo con Camus, op.cit. en mi nota 13) entre "la conciencia atenta" y "la esperanza", y por fin, al menos tanto como lo permita el cuerpo, que, cuando lo hace, lo permite dolorosamente: ¡reir!, ¡reir del pobre hombre... y en particular de su desesperada propensión a la mentirosa "dignidad"!





Notas:

(1) Sin duda la "experiencia"personal de la conciencia informa al individuo de la predisposición de la misma a "ir más allá" (como Heidegger señala, por ejemplo, al analizar el concepto en Hegel -El concepto de experiencia de Hegel, en Caminos de bosque, Alianza Universidad-), pero, en lugar de comprender (o interpretar) esto como manifestación de la imperfección (básicamente derivada del proceso evolutivo natural) prefirió, con condescendencia hacia sí mismo, considerar el fenómeno como manifestación de una perfectibiidad potencial o en curso, propia de una meta o destino prefijado.

(2) Más de una vez se ham observado relaciones entre el amor propio y la tiranía por un lado y con la autodivinización. Al respecto recomiendo el ensayo Sobre la tiranía de Leo Strauss, el documento en base al cual gira, el Hierón de Jenofonte, y los debates asociados del autor con Kojeve y Voegelin, que se publicaron conjuntamente por el sello Encuentro Ediciones. Sin embargo, lo que yo sugiero va más allá de una caracterización aplicable a los tiranos efectivos y se extiende a los potenciales, entre los que los filósofos, los más reflexivos o pensadores, los menos "profanos" para usar un término de Kojeve, se ponen en primera fila, demostrando con ello el vínculo inseparable que existe entre la experiencia de la conciencia profunda y el sentimiento de certeza absoluta o... divina con sus consecuencias psicológicas consecuentes.

(3) En la acusación nietzscheana contra Platón de haber creado un falso Sócrates/marioneta popular -lo que, de nuevo, evidenciaría las verdaderas intenciones no-filosóficas de Platón, sus intereses inclusive eutifrónicos o sofistas-, crítica su uso propagandístico y su claudicación ante la plebe, al imperio de lo dominante, a la necesidad de convivir con la adopción general- se puede observar también la dificultad de llevar las cosas hasta las últimas consecuencias. Para Nietzsche habría sido un error y "El error (de creer en el ideal-) no es ceguera, el error es cobardía" (EH, af. 3). Ser radical aquí implicaría sin embargo no hablar de "error" en ningún caso, sino de conductas condicionadas y no "corregibles" (como no lo son tampoco las de los tiranos a pesar de los esfuerzos que hiciera la Filosofía). Y aún así, debo reconocerlo, tiendo a sentirme identificado con el llamamiento al coraje intelectual, tal vez porque sea lo más gratificante para mi propio ego, quizás como una promesa engañosa que sólo puede intercambiarse entre iguales... entre especimenes en extinción, y siempre que se acepta el ejercicio de la crueldad irónica inter pares. Aunque reconozco que esa predisposición se debilita gracias a un contexto poco dispuesto a valorar tal heroicidad y sus resultados, es decir, ese "decir más" de mi cosecha del que hablaría Heidegger (¿Y para qué poetas?) respondiendo a la tendencia mencionada y por momentos compartida, a fin de cuentas romántica y filomodernista.Sí, me inclino naturalmente hacia el ejercicio del coraje sabiendo sin embargo que sólo es posible en condiciones apropiadas: por ejemplo, hoy el caldo de cultivo de ese coraje es el ahogo burocrático mencionado, que está llegando a grados tan considerables que incitan a la indignación intelectual... o al paso progresivo al adocenamiento o castración... aunque los bálsamos retóricos siempre intentarán venir en ayuda del afectado. Por último, debe saberse que el fenómeno de destrucción de lo propiamente intelectual a la manera de lo que Nietzsche llamara "espíritus libres" lleva tiempo en ebullición, como lo atestigua, por ejemplo, el estudio de Lepenies ¿Qué es el intelectual europeo? más allá, precisamente, de sus bálsamos. Porque la marcha definitiva de la burocracia hacia el poder no se produce como si fuese un trueno en cielo despejado. La revolución democrática (burguesa, si se quiere) no fue sino burocrática, de los gestores y de los calculadores, y los estados centralizados primero, monárquico-ilustrados y absolutistas, y democráticos después, fueron su caldo de cultivo por excelencia (como, esto sí, viera, o mejor dicho, sintiera Nietzsche), y sus diversas expresiones no fueron accidentes evitables ni obra de las insondables fuerzas del mal (como las que nos hicieron merecedoras de la expulsión del Paraíso y otros castigos divinos... ¡ejecutados por Dios y a veces perdonados por él!), ni importadas ni parásitas del hombre, sino resultados cuyas raíces están en la realidad inmediatamente previa. intelectual, y a esa "honestidad (...) de la cual no podemos desprendernos nosotros los espíritus libres" (MABM, af. 227), unas características que yo diría adicionalmente que aflora en ciertos individuos más que en otros y nunca, como bien sabía Nietzsche, al 100 %.Más allá, pues, de la indiscutible necesidad sociológica e histórica del hombre reflexivo que una vez emergió (y que devino una posibilidad abierta a todo ser humano de por sí en tanto la reflexividad es un atributo humano) y sus diversos roles socio-históricos (mago, sacerdote, filósofo, científico), se trató de personajes a los que desde un principio se exigió claudicación que evitaron mediante una cierta resistencia: el mando les fue siempre repugnante y difícil, prefiriendo siempre la dedicación plena al pensamiento... y la enseñanza, es decir, la dirección indirecta (Spinoza lo describió muy bien en su Tratado Político y Leo Strauss nos ofreció una síntesis sustancial en su La ciudad y el hombre), y la ascensión burocrática generalizada (que nace con la democracia representativa) marcó el comienzo del fin, como uno tras otro sintieron todos aquellos que al menos alguna vez soñaron ser como la imagen que preferían de ellos mismos (el caso de Sainte Beuve específicamente considerado por Lepenies como ejemplo ilustra esa constante que se irá simplemente agravando y que Heidegger mismo asociará a la "muerte de la filosofía" -volveré sobre esto en la siguiente entrega-).

(4) Recomiendo la descripción de este dilema realizada por Tólstoi en su Confesión, donde confronta la conducta del intelectual que él era con la conducta de los campesinos y del pueblo llano en general, conducta que no es ajena incluso a nuestros disciplinados especialistas proletarizados. El tema sin duda merece un análisis específico ligado a las opciones que ofrece el fenómeno de la conciencia que he comenzado a bosquejar y publicaré en breve. 
(5) El final de la Filosofía y la tarea de pensar, en Tiempo y ser, Tecnos, Madrid, 2006. 
(6) El motor de ese proceso, como se ha podido ver en ambitos diversos de la sociedad actual occidental es la lucha interburocrática, esto es, entre facciones de carácter burocrático, que son las únicas que, como reconoce Heidegger de hecho o de derecho -y casi todo intelectual hoy en día-, tienen posibilidades de éxito en este contexto en cuanto al ejercicio de la dominación -o al acceso al poder político si se prefiere-, las cuales no tienen interés alguno ni capacidad para la realización de planes lógicos o racionales, lo que sólo puede conducir al caos sistemático o progresivo y tal vez al colapso y no a un "1984" eterno.

(7) No se trata de que fuera Rector (un aparato incuestionablemente estatal) sino de tener esa o parecidas posibilidades de serlo y hasta de... volver a serlo algún día... y de este modo ser algo "real". La verdadera decepción vendría años después, cuando, afectado "por lo nuevo y lo viejo", se vería inhabilitado incluso para claudicar ante el nuevo mundo postbélico. Entonces sí optaría por "el riesgo" y la apuesta por ir "más allá de la vida" -Heidegger, ¿Y para qué poetas?, en Caminos de bosque, ed. cit.).

Véase cómo en su su defensa ante la defrenestración a manos del Partido (extraída de El rectorado 1933-1934. Hechos y reflexiones), Heidegger reconoce el núcleo de sus esperanzas:

"...lo que me llevó a aceptar el rectorado fue una triple consideración:
1. En el movimiento que llegaba al poder vi, entonces, la posibilidad de unir y renovar interiormente al pueblo y una vía para encontrar su destino en la historia de Occidente. Creía que la Universidad, renovándose a sí misma, podía ser llamada a participar, marcando la pauta, en la unión interna del pueblo.
2. Por tanto, vi en el rectorado una posibilidad de conducir a todas las fuerzas más capaces -con independencia de su pertenencia al partido y de la doctrina de éste- al proceso de reflexión y renovación, fortaleciendo y asegurando su influjo.
3. De esta forma esperaba poder hacer frente a la penetración de personas inadecuadas y a la amenazadora hegemonía del aparato y de la doctrina del partido."
Y cómo esconden la confianza en "las fuerzas más capaces" de la misma burocracia sin cuestionamiento de lo instituido que la cobija en su conjunto, donde aún podía encontrar, con ayuda, un espacio (por cierto: estas consideraciones las habría suscrito en condiciones similares un defenestrado profesor bajo el stalinismo... e incluso bajo variantes menos extremas y entornos más locales). Por el contrario, repite la vieja jugada del la superioridad de los clarividentes, que sin duda "se quieren a sí mismos", y da una explicación retrospectiva con visos de premonitoria:
"Existía así el peligro de que mi intento fuera combatido de igual forma por lo «nuevo» y por lo «viejo» -que entre sí estaban enfrentados-, y convertido en imposible. Lo que desde luego, al aceptar el rectorado, no había visto aún y no podía esperar es lo que ocurrió en el curso del primer semestre: que lo nuevo y lo viejo terminaran, de mutuo acuerdo, por unirse para neutralizar mis esfuerzos y, finalmente, eliminarme." (ibíd.)
Se puede ver así cómo, si hay un Heidegger I y otro II como se ha señalado, no se trata de una metamorfosis radical atribuible a la siempre sacra evolución intelectual sino al estrechamiento por etapas del espacio que se pretendía conservar, über alles, para "pensar"... y dirigir... sobre la base de una sociedad fragmentada en unos determinados términos; estrechamiento que inicialmente se había incluso dado por positivo... en todo caso para quienes se supieran adaptar.

Parece imposible que un niño pierda las esperanzas de conseguir algo que siente necesitar simplemente porque se le niegue, incluso por sistema, lo que sin embargo sobrevendrá con la madurez, una vez admitida la horfandad irreversible, la cual lo llevará en todo caso a la transaccionalidad. Pero, vaya: ¡si hemos vuelto a apelar al recurso de la psicología, como habría dicho y seguramente hecho Nietzsche!
(8) Reproduzco sin más la cita de Habermas correspondiente a su conferencia ¿Para qué aún filosofía?, publicada en 1973 (Tecnos, Madrid, 1982):
"El 80º aniversario de Heidegger no constituyó sino una efeméride privada. La muerte de Jaspers permaneció ignorada. (etc...) Hace ya decenios que la filosofía en los países anglosajones y Rusia ha entrado en un estadio (...) de investigación que organiza colectivamente el progreso científico. (...) lo que ha llegado a su fin no es sólo la gran tradición sino, como sospecho, también el estilo de pensamiento filosófico ligado al saber individual y representación personal." (pág. 63) Y tras una somera exposición a fin de cuentas ideológica, y tras preguntarse "¿para qué la filosofía?", valoraba "la gran relevancia política (de) los conceptos orientadores de la acción" (pág. 83), proponiendo por fin: "una filosofía de la ciencia no cientifista. (que) encontraría en el sistema universitario en rápida expansión (...) una base tan amplia de eficacia como jamás la ha tenido filosofía alguna." (págs. 85-86) Y en un curioso paralelo con la descripción del Heidegger de 1938, sostiene: "El pensamiento filosófico (...) no sólo se acopla a las solidificaciones de una conciencia tecnocrática, sino que se carea con la ruina de la concepción religiosa." (pág. 86), etc.
Este panorama coincide por otra parte con el que describe Heidegger en 1938 y lo conserva aún en 1963, como puede verse aquí. Nótese el lugar donde ancla la fenomenología (formalmente "como posibilidad") y el grado en que lo hace, y en el cuál se insistirá en buscar un hueco aunque sea a costa de "misteriosas" adptaciones orientadas a "determinar lo que..." precisamente un filósofo hace ("pensar"), algo que con un panorama como este... no parece que signifique gran cosa socialmente...:
"Parece la pura y simple desintegración de la Filosofía, cuando es, en realidad, justamente su acabamiento.
"(...) No hace falta ser profeta para saber que las ciencias que se van estableciendo, estarán dentro de poco determinadas y dirigidas por la nueva ciencia fundamental, que se llama Cibernética.
"Esta corresponde al destino del hombre como ser activo y social, pues la teoría para dirigir la posible planificación y organización del trabajo humano. La cibernética transforma el lenguaje en un intercambio de noticias. Las Artes se convierten en instrumentos de información manipulados y manipuladores.
"(...) La Filosofía finaliza en la época actual, y ha encontrado su lugar en la cientificidad de la humanidad que opera en sociedad. Sin embargo, el rasgo fundamental de esta cientificidad es su carácter cibernético, es decir, técnico.
"(...) El final de la Filosofía se muestra como el triunfo de la instalación manipulable de un mundo científico-técnico, y del orden social en consonancia con él. (...) comienzo de la civilización mundial fundada en el pensamiento europeo-occidental." (El final de la Filosofía y la tarea del pensar, ed. cit., págs. 79-80).
(9) El peso de lo que Castoriadis denominó "magma de significaciones" dominante fue tal gracias a la potencia tecnológica alcanzada en el siglo XX que impregnó y aún impregna buena parte del pensamiento occidental (en sentido extenso -"globalizado"-) que Heidegger, por lo que puede verse, se sintió confortable sometiéndose al mismo y conservando hacia la nueva etapa tecnocrática que se desarrollaba y que hizo a algunos pensar en "salidas" del tipo de un gobierno basado en "soviets de técnicos" (Thorton Veblen). Recién en 1946, Heidegger, sin mencionar autocríticamente ni comprender el sentido de su antes alabada "planificación" realizada a la vista del ascenso hitleriano (y soviético, entre los cuales se colaboraba por aquellos tiempos) en marcha hacia el "dominio de la Tierra" por el hombre, comenzará a señalar los negros nubarrones y la vigencia de la noche de los tiempos. No deja de ser curioso, sin embargo, que sus esperanzas y apuestas por la burocracia y su predispocisión planificadora (éste es en realidad el núcleo de su apoyo al movimiento nazi) en lugar de "los sabios" y su "soñada República" platónica (concordante con el fin de la metafísica) fuesen defendidas para lo político mientras para el pensamiento recomendara el irracionalismo (La frase de Nietzche "Dios ha muerto", en Caminos de bosque, ed.cit., pág. 240), lo que bien podría ser una rectificación hecha antes de la publicación. La combinación de planificación e irracionalidad sin duda ha ido alcanzando progresivamente cuotas más altas sin parangón previo, conformando una realidad histórica que pesaba demasiado a la vez que confundía definitivamente el pensamiento. La planificación burocrática era sin duda y en última instancia la expresión más absurda y difícil de digerir nunca antes alcanzada por la sacralizada creatividad humana a la que se debía seguir tributando (inseparable del propio status quo) y que simplemente encaja en la irremediable producción de artificialidad (propia de la marcha interactiva de los grupos humanos y el mundo) que el pensamiento más reflexivo (el que caracterizó a los filósofos hasta hace poco) tiende a rechazar inevitablemente en mayor o menor medida, soñando aún con imponerle una racionalidad imposible... al mismo tiempo que claudicando al imperio de lo realista (en y del que se vive), y que, hoy en día, se ve cada vez más empujado a trabajar (filosofastrando, evidentemente), en la dulcificación de esa realidad, que es lo que ya hacía Heidegger a pesar de su "grandeza" (Strauss, Arend... y en cierto modo cierta --"si esto no es caer en un malentendido", como dice Heidegger en el ensayo mencionado al aplicar ese calificativo a Nietzche) y de su retroceso final hacia la alternativa del romanticismo del "coraje" nietzscheano, de "los más arriesgados", de "los que quieren más" que son "los que dicen más" (Martin Heidegger, ¿Y para qué los poetas?, en Caminos de bosque, ed.cit.), tal y como sucediera otras veces, como en el caso visto de Sainte-Beuve.

Castoriadis , con la idea de racionalización más allá del capitalismo que propone, aún atribuida a una supuestamente inclompleta "autocreación del hombre" (En el laberinto), así como otros tantos (Lefort, Adorno y Horkheimer, Habermas, Derrida, Arend, Agamben...) constituyen los últimos más elevados ejemplos de ese rechazo y de la consiguiente frustración y melancolía. Pero, sin duda, lo que parece ser el nuevo refugio socio-histórico para el pensamiento... va camino de la pura tarea de dulcificación y humareda... cada vez más depreciable y despreciable. En cualquier caso, la maraña es tan densa y los trucos son tantos y con tan diversos componentes, que no es de extrañar tampoco que el propio Heidegger acabara una y otra vez reconociendo que se trataba de algo "velado" (ibíd., pág. 224) o que seguía, unos veinte años más tarde, siendo considerado "un misterio" (Mi camino en la fenomenología, en Tiempo y ser, Tecnos, Madrid, 2006, pág. 102).



(10)
"Es bueno tener la idea de una comunidad que nos incluya a todos, e incluso diría que está en el orden del día. Yo no lo veré porque soy viejo, pero su generación puede acercarse a esa comunidad, ya que las alternativas son demasiado horribles como para pensar que se van a imponer. Nos debemos acercar a la comunidad de toda la humanidad o acabaremos matándonos los unos a los otros."
(...)
"Tenemos, es cierto, este imperio mundial de asalto de los EE.UU. que no trabaja para conseguir una comunidad de toda la humanidad, sino que al contrario alimenta el terrorismo y el antagonismo y hace las cosas aún más difíciles. Yo no soy optimista pero tengo esperanza. Hay una diferencia entre optimismo y esperanza. El optimista analiza la situación, hace un diagnóstico y dice, hay un 25% de posibilidades etc. Yo no digo eso, sino que tengo esperanza en la razón y la consciencia humanas, en la decencia. La humanidad ha estado muchas veces en crisis. Y siempre hemos resuelto los problemas. Estoy bastante seguro de que se resolverá, antes o después. La única verdadera preocupación es cuántas víctimas caerán antes. No hay razones sólidas para ser optimista. Pero Dios nos libre de perder la esperanza." (X. Baumann, entrevista realizada por DANIEL GAMPER - 12/05/2004, publicada en el suplemento 'Culturas' de la Vanguardia).

(11) La "facultad" cerebral no tiene en este sentido por qué dedicarse a la filosofía, o a "pensar el pensar," o a buscar respuestas metafísicas... podría simplemente servir para actuar como un obrero (especialistas e investigadores científicos incluidos así como todos los apéndices de servicios generales, etc. que exige la complejidad hambiental instituida, e incluidos los "obreros de la filosofía" a los que hacía referencia Nietzsche), o como un productor de circulante (empresarios), o como un burócrata (cuyo cerebro piensa sólo en cómo conservar y/o incrementar su poder político en diversos ámbitos y grados) o, incluso y hasta cierto punto tan sólo, como un devoto (sacerdotes y monjes convencidos, fanáticos de religiones y/o movimientos ideológicos, científicos consecuentes, filósofos residuales persistentes...), como es el caso de la mayoría de la población inmersa en la selva en que se le impone construir sin pausa ni sentido... en concordancia con los parámetros vigentes e instituidos que incluyen una específica estructura de fragmentación y dominación (hoy burocrática). Esto, por otra parte, es lo que sitúa en su contexto real eso que Habermas denomina "causalidad intelectual entre el contenido de una doctrina filosófica y sus funciones legitimadoras de la acción de otros que se apoyan en ella" -op.cit., pág. 67-) y que supondría la necesidad de dar con una "una respuesta satisfactoria", sí, pero satisfactoria en ese sentido, es decir, socialmente. Así, sólo el contexto artificial específico creado por el hombre (los hombres decididos a dominar y capaces de hacerlo en estrecha relación de vasos comunicantes con los no-capaces/no-decididos y por fin apartados), explica que esa "facultad" pudiera aplicarse así y creara ella misma para sí su propia legitimidad, con sus iconos, sus reglas reproductivas, sus privilegios...

(12) Kojève llega a decir: "...si los filósofos no dieran en absoluto consejos políticos a los hombres de Estado (...) no habría progreso histórico ni, por tanto, Historia propiamente dicha. Pero si los hombres de Estado no llegaran a realizar mediante la acción política cotidiana estos consejos de raíz filosófica, no habría progreso filosófico (hacia la Sabiduría o la Verdad), ni por tanto, Filosofía propiamente dicha." (Tiranía y Sabiduría, en Sobre la tiranía, Ediciones Encuentro, Madrid, 2005, pág. 215) Es decir, si no hubiesen slogans movilizadores de las masas tomados sin contenido ni vehemencia de los discursos de los filósofos para llevar la sociedad por el camino del poder burocrático que la hace cada vez más absurda... ¡porque "no tiene tiempo para llenar la laguna teórica entre la utopía y la realidad" -ibíd.-!... ¡no habrían... filósofos que pudieran seguir filosofando! Y hay más perlas...

Rorty por su parte (Sobre la verdad: ¿Validez universal o justificaciòn?, Amorrortu/editores, Bs.As./Madrid, 2007) sostiene las ventajas de "la justificación" puesto que "Lo único que importa es qué manera de modificarlos (los conceptos, "la universalidad" que "deberíamos tratar de crear, en lugar de presuponer" -nota 66 en pág. 78-) los volverá, a largo plazo, más útiles para la política democrática" (pág. 80). Y apunta: "Dewey pensaba que el deseo de universalidad, incondicionalidad y necesidad era indeseable, porque nos alejaba de los problemas prácticos de la democracia rumbo a la tierra de nunca jamás de la teoría" (pág. 78), sin duda bajo esos supuestos e imaginarios "problemas prácticos" se ocultan en realidad los de la burocracia en el poder que usa cada vez más la propia "democracia" para negar sus cada vez más escasas ventajas globales. Lo más gracioso es que no deje de atribuirse el título de "filósofo" a pesar de su "pragmatismo" y "oportunismo" desnudo y concluya parafraseando al Marx de las Tesis sobre Feurbach con una aparentemente mayor modestia: "Los filósofos hemos (!) querido durante mucho tiempo entender conceptos, pero el asunto es cambiarlos de modo que sirvan mejor a nuestros propósitos" (pág. 80, el signo de admiración en negrita y la negrita es obviamente mía).

Rorty dice, además, haber optado por procurar "convencimiento" (incluso reconociendo que de manera limitada) y yo me pregunto hasta qué punto mantendría el rechazo a la toma de las armas si hubiese llegado el inevitable caso... Pero no sólo es el hecho de situar el carro ideológico apriorístico delante de los bueyes, sino de no ver hacia dónde tiran en realidad y en quienes se confían las riendas y el látigo... sin duda, está a la vista año tras año desde Siracusa, no hacia donde "nos" interesaría, e incluso sin lograr otros "convencimientos" que lo preexistentes.


(13) A la vista (o visión) de un escenario ya mal-encaminado, Rilke cantaba a la añoranza de "Los reyes del mundo" y de sus "hijos" en realidad proyectándose en ellos. Ciertamente: "Los reyes del mundo son viejos/y no tendrán herederos/Los hijos mueren ya de niños/y sus pálidas hijas entregaron/al más fuerte las enfermas coronas." (Rilke, Libro de la peregrinación, citado por Heidegger en ¿Y para qué poetas?, en Caminos de bosque, ed.cit., pág. 263).

Por otra parte, en ese ensayo, así como en otro de la misma época (La sentencia de Anaximandro), Heidegger, sin duda afectado por la frustración, hablará como he mencionado ya, de "las tinieblas de la noche del mundo" apuntando (acusando) a "ese quererse a sí mismo" del hombre" de ser una "amenaza" o un "peligro" para él mismo: "Lo que hace tiempo amenaza mortalmente al hombre (...) es lo incondicionado del puro querer, en el sentido de su deliberada autoimposición en todo" (¿Y para qué poetas?, ed. cit., pág. 265), lo que incuestionablemente va más acá de Nietzsche, hasta el romanticismo, a modo de refugio melancólico... y al servicio de salvar la ropa, es decir, la desnudez propia y darle un valor y un sentido al ser así, al ser que se es.

Sin duda, "el pensamiento ha entrado en esos desiertos", como notara Albert Camus (El mito de Sísifo, Losada, Bs. As., 2004, pág. 35), donde bien cabe predecir que morirá de sed... porque no sabiendo por sí mismo procurarse el agua quede cada vez menos interesados en la contrapartida que puedan obtener por ofrecérsela...