martes, 29 de diciembre de 2009

Una lanza rota.... (4): del "conocimiento consciente" según el discurso de los interesados

El camuflaje de la moral cientificista llamada "ansia altruista de conocimientos"

El objetivo de este ensayo, cuyo plan he ido construyendo en paralelo con la abundancia de matices que presenta el tema, pretende llegar a lo que considero el "meollo del problema" que aún no he revelado ni será revelado todavía esta vez. Espero en todo caso poder hacerlo en la próxima entrega, y dejar para los comentarios y las réplicas eventuales parte de lo mil y un matices que se van presentando por una u otra causa. Esta vez, no obstante, he necesitado otro capítulo debido a que la cuestión que se plantea en la superficie (otra de las máscaras al uso) debe ser tratada so pena de dejar una laguna que de aguas cristalinas tiene poco; más bien es un pantano de aparentes intenciones, generalmente inconscientes pero vitales. En este sentido, abordarla nos adentra en el bosque, nos acerca a su linde , nos permitirá circunscribir el terreno real; el "meollo, en fin, que se sitúa en el plano, se quiera o no admitir, de la vida real, y no de las ideas, es decir, en la Polis, en el Mundo en donde todos batallamos por sobrevivir.

Ciertamente, esto ya se estaba poniendo en evidencia en el post o capítulo previo al señalar o mostrar la subyacente vocación moral que rige y guía la voluntad del cientificismo, del racionalismo y del positivismo en particular. En este punto, como se puede apreciar leyendo la "La Gaya Ciencia" ya citada al final de ese capítulo (si no lo has hecho, lector, goza por favor con su lectura), Nietzsche supo decirlo prácticamente todo. Si acaso, desde mi punto de vista, lo que faltó para un pleno desarrollo de la idea, para que circunscribiera fuera de un cierto círculo vicioso igualmente moral y humanístico el "meollo", fue intentar un mayor realismo precisamente político, un poner nombre y apellidos concretos a las grandes cuestiones del instinto y la moral. Sus referencias alegóricas a los "rebaños" son para mí aún demasiado generales, aún demasiado amplias: tal vez respondiendo a la necesidad de ataque al bulto aún neblinoso que ya se estaba perfilando como decadencia, tal vez por insuficiente de datos como los que abundan hoy (científicos, evidencias, hallazgos, enfoques sugerentes), tal vez, incluso, por el grado aún insuficiente de burocratización mundial y de proximidad a un posible colapso (tal vez del todo endémico) que a diferencia del grado hoy alcanzado aún dejaba algunas esperanzas; alguna posibilidad de pesimismo dionisiaco (de todos modos siempre posible como elección individual).

En este punto, al más grande filósofo de la vida le faltó a mi criterio un poco más de sociología y un poco más de filosofía política. Y, además pero en estrecha asociación a esa debilidad, le faltó abrazar con vehemencia la evidencia histórico-social de que no existe, no existió ni podrá existir nunca una Única Humanidad (ni siquiera una Superhumanidad Única; legado de la Ilustración, particularmente, europea, intelectual); es decir, que sólo hay y podrá haber múltiples humanidades disputándose el privilegio del dominio sobre el mundo y los demás: múltiples humanidades que he optado (con Judith Rich Harris a quien le debo la idea y las primeras evidencias) por llamar simplemente grupos, grupos humanos unidos por su grupalidad (1).

Esto, que define centralmente la base de mi tesis y que he expuesto cada vez más detalladamente a lo largo de este blog, tanto en el plano teórico como en el político, tanto en la temporalidad de nuestros tiempos sociales como en la inmediatez de los hechos cotidianos y políticos, es lo que explica el general ocultamiento (ocultamiento mediante el viejo mito y la moderna ideología, la cultura y la razón filosóficas y científicas, el simple marcaje posmoderno) que cada grupo lleva a cabo con vistas a su estrategia instintiva, así como las variantes que proponen los aspirantes a dirigir su propio grupo como paso previo al combate principal al que todos ellos tienden, sea o no por fin librado en algún momento y en determinadas circunstancias favorables.

Esa grupalidad, cada vez más descarnada pero también cada vez más burdamente camuflada (se va tornando burda a tenor con el propio proceso que lo ahonda), que incluye inseparablemente la mencionada voluntad temeraria (o compulsiva) de dominio absoluto (apenas contenida o reprimida por obra de las fuerzas opuestas o la astucia, la sensatez o la pusilanimidad propias, normalmente del jefe y de su camarilla), es la que explica la construcción y la defensa de todos los edificios morales, esas torres de asalto que suelen extender la fortaleza en la que el grupo se parapeta, ya para defenderse, ya para preparar el ataque.

Con Nietzsche y con mi propia capacidad observadora (que por cierto la ciencia de la biología evolutiva desde Darwin pero hoy más que nunca también reafirma así como los aportes de la antropología y la sociología antiacadémica -con lo que por cierto se da un cierto "eterno retorno" al resultado de la intuición humana que nos caracteriza y nos sirve adaptativamente): el instinto de supervivencia, incluso para mi gusto más exactamente, el de permanencia, propio de la vida, ha ido adquiriendo en el curso del proceso evolutivo-adaptativo una indudable complejidad creciente (siempre que se entienda lo que decimos con esto en tanto no tiene vínculo alguno con las típicas ideas de superioridad y/o mejoría, es decir, con valores). Esa complejidad, toma en última instancia aspecto cada vez más nítido como ropaje de tramoya, disfraz de la mascarada o espectáculo del mundo, en el que todos nos sentimos mejor como personajes que como simples seres vivos, y en especial cuando podemos actuar de espectadores (al respecto Nietzsche escribió pasajes brillantes de una intuición digna de elogio en la obra suya que más mencionaré en este ensayo: "La Gaya Ciencia", de la que usaré la edición con la que cuento ya citada en el post previo; de ahora en adelante "LGC, ed. cit.").

Esta cuestión es ciertamente resistida: una vez conseguido el papel y aprendido el argumento, a nadie le gusta ser expulsado de la escena, ni reconocido tras la máscara o la caracterización. No sólo sufre la autoestima (actuar bien es desaparecer tras el personaje, no dejarlo sino a éste) sino que se sufre de frío, de desamparo, de vacío... Alcanzar la conciencia de que se parece algo o alguien cuando se pretende ser otra cosa, y para peor, quedar en cierto modo en ridículo o aparcer como patético... ser descubierto como algo no sólo equivalente a cualquier otro humano menos valorado por lo que hace y que está acudiendo al mismo estilo de subterfugio, que apela a un similar estupefaciente, a un refugio equivalente... sino incluso verse equiparado al simple animalito asustado y depredador, expuesto al apetito, la ferocidad y hasta la crueldad de sus competidores y depredadores más fuertes y decididos y a la destreza de la víctima para la escapada... ello sería reconocer demasiado duramente la debilidad propia, ello significaría situarse al borde de despreciar la argucia que hemos elegido para salir del paso y realizar nuestra pulsión de permanecer y dominar a toda costa (dos cosas, como puede verse, inseparables). Hacerlo... es comenzar a morir, bajar la guardia definitivamente.

Por eso, no puedo sino comprender que todos los seres humanos (de manera más simple, insisto, con la reacción intrínseca de todo ser vivo) se defienda una vez escogida o asumida sus mejores , más disponibles o más cómodas armas y hallado su mejor , factible o disponible papel, respondiendo del disfraz y del rol como algo idéntico a la propia vida. Y es que, como apuntara Nietzsche:
"La existencia no ha llegado a tomar conciencia de la comedia que ella misma es" (LGC, ed. cit., pág. 16; y más por ejemplo en pág. 208) (2).
Debemos comprender la realidad que somos y en la que estamos (una misma, por cierto, salvo para la teoría abstracta), en donde se produce inevitablemente "la aparición constante de fundadores de religiones y morales", de "instigadores de la lucha por las evaluaciones morales" (Nietzsche, ibíd., pág. 16). No hacerlo, no comprenderlo, no querer comprenderlo, es ocultarse a uno mismo nuestra propia pretensión estratégica, nuestro propio deseo de vencer y dominar, de susplantar (y no afirmo que ello pueda "superarse" gracias a tal "toma de conciencia", porque, sí creo, que sólo es posible que se frene ese impulso innato en la medida en que el medio y las circunstancias nos lo impongan -3-); en todo caso, a veces, en los individuos más sensatos, lo que se puede observar es que la conciencia del mundo tal y como opera así como de las circunstancias ambientales presentes en un momento dado, les evita caer en la temeridad, la utopía y las vanas esperanzas... lo cual, creedme, es ciertamente duro (y en cierto modo, lleva a inventarse algún nuevo mito, alguna nueva moral individual, alguna nueva tarea o forma de vida: nadie está exento ni existe conciencia o lucidez alguna "salvadora" que no sea simplemente "un paliativo"). Es, en fin, engañarnos para poder engañar... con lo que contradecimos nuestro propio discurso, como lo contradicen J.L. y los cientificistas en general (a los que Nietzsche llama "mecánicas" -ibíd., pág 236-) en un sentido que no tiene nada que ver con la hipócrita crítica marxista de carácter dialéctico-hegeliano a una parte opositora de la ciencia). Lo que, claro, también es parte de la idiosincrasia humana, "del venerar tendencial e irrenunciable" que, cómo no, también fue puesto al desnudo por Nietzsche:
"A costa de dolores que nos han vuelto fríos y duros, hemos adquirido la convicción de que los acontecimientos de este mundo no tienen nada de divinos, ni siquiera nada de racionales, según el discurso humano, ni nada de justos y compasivos. Sabemos que en el mundo en que vivimos no hay Dios; que es inmortal e inhumano, aunque por mucho tiempo le hemos dado una interpretación falsa y engañosa acomodada a nuestros deseos y nuestra voluntad de veneración, es decir, a una necesidad, pues el hombre es un animal que venera" (ibíd., pág. 193)
Y sigue luego:
"El hombre es así (el reflexivo, sin duda; J.L. un ejemplo, pero hay otros...): le refutarán mil veces un artículo de su fe, pero si le es necesario, seguirá teniéndolo por verdadero, conforme a la célebre prueba de fuerza de que habla la Biblia. Algunos necesitan todavía de la metafísica (el término se usa claramente aquí en su sentido kantiano de "filosofía de lo suprasensible"), pero ese impetuoso deseo de certeza que en las compactas masas se manifiesta hoy con apariencias científicas y positivistas, ese deseo de llegar a algo firme (...) es también el ansia de un punto de apoyo, de un sostén, en una palabra, es aquel mismo instinto de debilidad que, si no crea las religiones y las metafísicas y principios de todas clases, al menos los conserva." (ibíd., pág. 195)
Idiosincrasia, sí. Raíz de los humanos en el mundo que, en sus diversas formas, como bien acepta Nietzsche sin resignarse del todo (¡he ahí su también inevitable desliz que lo retorna a una valoración: a la de la vida en la forma del héroe noble que no teme perderla; a decantarse por un hombre "capaz de danzar sobre el abismo" -ibíd., pág. 196-!) contribuye, porque forma parte y no por voluntad previa, a la conservación natural de la especie (y tal vez a su perdición, puesto que nada está garantizado y menos la buena disposición del medio, así como tampoco los resultados del poder humano en su carrera contra el tiempo). Y esto hay que asumirlo para ver mejor... aunque nos paralice o nos arroje a los abismos, o aunque al final optemos por la risa y el distanciamiento vano... qui lo sa (apunto aquí también a LGC, ed. cit., y a la misma pág. 16 y al primer parágrafo de la obra, donde a mi criterio, Nietzsche más cerca se halla de verlo todo como es, sin idealizaciones de ninguna clase).

Y porque, no obstante y hasta donde lo consigo, "los comprendo" (título, no por casualidad, del capítulo 5 de mi novela, que escribí precisamente mientras llegaba a estas "certezas"), es que afrontaré este desmontaje de las ocultaciones que a modo de argumentos cubren las miserias de los cientificistas (mi J.L. incluido) con espíritu cruel (el de la filosofía del martillo). En concreto, contra el argumento de que la ciencia es el adalid (único o superior en todo caso) de la provisión de conocimientos (algo que J.L. lisa y llanamente reduce a cero en el caso de la filosofía -o metafísica- y de todo pensamiento humano organizado o espontáneo que no lleve el sello legítimado de ciencia -¡aunque hay más de uno, y todos se pelean por la legitimidad del suyo!- a los que acusa de "inútil como fuente de conocimiento o como herramienta para buscar el conocimiento" (de un comentario a mi capítulo anterior -Una lanza rota... (3), en donde pretende sacarme de mi terreno más de lo que yo lo quiero llevarlo al mío: en fin, tácticas de combate sin lugar a duda que evitan, en su caso, lo significativo para mantenerse en lo formal), cosa que el positivismo clásico llegaba a atribuirle hasta a las matemáticas, que pretendía reducir a meras "reglas convencionales para la manipulación de símbolos" (4) y por todos los cuales sin discriminación (incluido en parte el suyo, la parte que deja algo fuera o más allá del dogma y que pueda ser repensado) he terminado por romper esta lanza. No sé, tal vez porque mi ser, de lo contrario, se sentiría asfixiado; porque la crítica radical es mi única bolsa de aire fresco... Porque no dejo de ser, como todo filósofo, y como todo hombre a fin de cuentas, una manifestación viva de una enfermedad, de una decrepitud, de una ruina, de algo que, queriendo vivir, muere...


De la ultimísima reencarnación de Prometeo como príncipe de los nuevos especialistas...

...y de su regalo de una ciencia ungood.
(neoinglés orwelliano: pincha en la palabra para saber más]


Debo señalar también, que J.L. en el fondo apunta principalmente contra la teología (5), aunque al mezclar las cosas intencionalmente acaba rescatando como valor supremo lo que él tiene in mente como ciencia (sin decirnos lo que no figura allí) contra todo el resto del pensamiento humano (no sabemos a partir de qué momento, ni en la figura de qué hombres iluminados, ni hasta dónde, es decir, hasta qué punto considera que incluso se haya retrocedido... traicionado... o se esté haciendo y por quiénes, etc.). Así es como pone en primerísimo plano el acopio de conocimientos (que también filtra en función de sus propios postulados... como todos ellos... lo quiera o no reconocer... básicamente mágicos o místicos, meros artículos de fe), diríamos en primera instancia, en sí mismo (más que nada porque no lo señala sino genéricamente, de manera meramente declarativa o retórica). Con ello funda ni más ni menos que otro dogma, es decir, pone la piedra de otra "nueva religión" (bueno... la toma prestado). Y para dar en el clavo, a pesar de los intentos tácticos de llevarnos a su propio terreno, cosa que no he admitido y no admitiré (véanse los comentarios cruzados tras el post previo si interesa) porque pretendo proceder a arrancar una máscara, la que ya Nietzsche arrancara al racionalismo de su tiempo, hoy reducido y decadente, casi un taparrabos para ir al trabajo. Aunque sólo sea para dejar sentada mi postura combativa, mi propia opción no-transferible ni recomendable contra los dogmas de todo color, contra los intentos pusilánimes del hombre, por la valentía con la que siento que debe ser encarada la debilidad, pobreza, desamparo, mesquindad pero también ansias de supervivencia de los diversos miembros de nuestra humanidad inevitablemente fragmentada en grupos enemigos. Se trata de poner en evidencia ese cierto autismo, sin duda propio del creyente, en el que caen irremediable los adoradores del conocimiento científico y que deriva en una ignorancia intencionada (como señalé escuetamente en mi respuesta al comentario de J.L.), ignorancia tan propia y en boga en la actualidad posmodernista; autismo que me reafirma complementariamente en la certeza de la inutilidad del diálogo y la discución como métodos "superadores de las diferencias", en el fondo formalmente utópicos pero en realidad desconcertantes y tácticos, que los cientificistas y los positivistas se ufanan en glorificar y que promueven de palabra, en su agitación y propaganda, mientras el discurso permanece aparentemente inconmovible, rígido, componente del bastión en el que se parapetan tanto para la defensa como para el ataque, y en el que acaban anquilosándose. Aceptar su invitación, por otra parte, sería caer en una trampa demasiado burda donde el tramposo pone las reglas y definiciones y uno debería entregar una lista que a ser juzgada desde aquellas...

De modo que me detengo un momento más (¡uno más!, aunque por entero pertinente para lo que pretendía aquí y lo que seguirá) en las cuestiones mencionadas, y argumentadas por J.L. de nuevo erre que erre, con la intención de zanjarlas antes de abordar mi tesis específica que aparece una y otra vez en este ensayo bajo el no demasiado feliz calificativo de "meollo", sin embargo intencionalmente publicitario.

No es fácil despeñarse, claro, y para ello hay que tener la mente despejada y leer profundo. Sabemos que, como sucede en general en la sociedad que ha sido progresivamente posmodernizada, sus dogmas son de contenido variable y hasta oportunista, aunque dogmas al fin que apenas si se visten aún con los vestidos viejos, dogmas de todos modos reducidos a la función pura y simple de autoidentificación y de identificación de las propias fuerzas coaligadas así como de marcaje del enemigo, que componen un discurso impositor, exigente y discriminatorio en donde nada puede entrar que pueda poner en entredicho las firmes convicciones, y en donde las tergiversaciones y recortes interesados deben seguir campeando a sus anchas, permitiendo incluso la mentira y la corrupción más burdas... incluso y en concreto en el propio terreno de la investigación con vistas al éxito del investigador y/o de los equipos comprometidos (éxito social, sin duda), incluidas las mayores corruptelas, traiciones y demás malas artes tantas veces vistas en ámbitos académicos y que cada vez son más frecuentes desde el comienzo mismo de la construcción y desarrollo de los experimentos y de los documentos así como en las interacciones de todo tipo entre los experimentadores, teóricos y divulgadores a quienes prefiero llamar expertos o especialistas -proletarizados y burocratizados- (6). Un resultado que, sin embargo, como se desprende en parte de lo apuntado en la nota, no es enteramente nuevo; en concreto en lo que al carácter de la lucha social subyacente de la que los discursos son componentes del despliegue, salvo por el hecho que vuelvo a resaltar de que en los albores de la Ciencia Moderna los resultados de la experiencia se disfrazaban de conceptos místicos mientras que hoy es lo místico -lo puramente señalizador- lo que se disfraza de conceptos racionales. Sin duda, el intelectual de Occidente es básicamente el mismo hombre en un tiempo que ha cambiado con su propia participación activa... Volveré sobre este asunto crucial que nos enfrenta al "meollo" más nuclear.

Las propuestas de los cientificistas (en general, nuestros científicos contemporáneos, ¡tal vez apenas obreros especializados en resultados restringidos y circunscritos a alguna estrecha área del supuesto Gran Puzle!, abocados a defender la ciencia: a ellos me refiero con el epíteto), es claro, parten de su propia narración prometeica: un día nació la ciencia moderna, otro maduró, hoy reina sabia. Y parten de otro supuesto dogmático: la ciencia nos dará la solución, la verdad, la salvación, etc. Y, por último, desde las instituciones conquistadas a través de un largo proceso de legitimación que se desarrolla en el seno de las cortes europeas (una parte de occidente, no lo olvidemos) que pugan por un mejor reparto del poder con respecto a la Iglesia y a cualquier otra institución que amenace su lugar en el púlpito (y para nada niego que esas amenazas sean reales porque se trata de una lucha interburocrática más, propia de los tiempos que corren), es decir, las demás cortes, la ciencia instituye sus discursos, sus reglas y sus procedimientos, sus varas de medir, etc., consolidando el poder de sus miembros "iniciáticos" a la vez que restringiendo los accesos o permitiéndolos sólo por la base jerárquica que llega a ser hasta servil (becarías, aprendizajes, pupilajes...)

Todo esto es edulcorado también, aunque más frecuentemente es lisa y llanamemte ignorado. Hablar de ello es otra piedra en el camino triunfal que se siente no obstante amenazado, es... ser poco menos que reaccionario, metafísico, religioso... puajjj. Es obvio, es consecuencia inseparable del dogma, del deseo de dominación sobre pares y ajenos... Es un signo claro de la marcha al poder de los intelectuales iniciada con el Renacimiento poco a poco, entre alagos y conseciones a los cortesanos y en su propua postulación como tales, y subsumida luego en la corriente mayor y realmente vencedora por encima de sus sueños, la marcha de la burocracia. De esto he hablado largo y tendido. De esto se han expuesto muchos de sus tristes y cada vez más tristes harapos: entre otros lo hizo Foucault, lo puso en el candelero Feyerabend con sus más y sus menos, también lo he encontrado en el estudio sociológico que realizó Wright Mills y en la genealogía de Mario Baglioli, todos ya citados... aunque el silencio tiende a extenderse sin pausa como un tupido velo al calor de la verdadera marcha de los jinetes reales del apocalipsis.

Ahora bien, dicho todo esto alto y claro, dicho de nuevo, reiterado en fin, veamos qué nos ofrece la ciencia como evidencias concluyentes de que su verdad es la verdad o que ella es la garantía prometeica que Esquilo venerara contra el tirano de Zeus, el encadenador, el castigador, el traidor, el usurpador del trono del Tiempo (Cronos), el Rey Dios que se oponía y estaba predispuesto a aniquilar a los hombres (7).

No hace falta indagar demasiado, ni los cientificistas lo consideran necesario: se trata de verdades axiomáticas, de evidencias... sesgadas sometidas a una de tantas lecturas posibles. Lo que se nos ofrece para convencernos es... el propio mundo, sus maravillas, las conquistas del hombre... ¡Ahí están todas, contempladlas, nos dicen como si tal cosa! Eso sí, nos las muestran separadas de todos sus horrores: Riqueza Global, Aumento de la edad media de vida, Aumento de la población ilustrada, Tecnología de consumo o democratizada, Alfabetización generalizada, etc. Se soslayan, como males debidos a la maldad humana de "algunos" (¿otra explicación mística, por casualidad?): el incremento del poder destructivo global de la tecnología -incluso el hecho de que la de consumo nazca como un derivado de la de Guerra-, la dogmatización de las masas mediante un aprendizaje reducido a slogans y cada vez más vacío de significación estable, el uso intensivo de mano de obra hasta edades cada vez más elevadas -explotación en aumento en cantidad tanto por ello como por el aumento de la población-, etc. ¡Y esto sin salir del Primer Mundo...! ¡Esto sin incluir lo que pasa fuera de él y de lo que indudablemente el primero se aprovecha a cambio de limosna como mucho!

Entendámonos: no levanto banderas tercermundistas, antiimperialistas o antiglobalización (y sé que me pueden llover esos epitetos desde "la derecha" cientificista -"derecha" por utilizar el vox populis pero también en el sentido en el que lo decía Gödel (8)-, posmoderna, ejecutiva y experta al servicio de las estructuras burocráticas vigentes de las que reciben parte del botín y a las que les exigen que no deje de redistribuirlo; esos que mienten para que haya suficiente calentamiento del clima sea como sea, etc.) en la mejor escuela del Big Brother que viene preconfigurando, a fuego lento, desde la ascensión al poder de la burocracia, su tipo paradigmático de sociedad. En ab-so-lu-to: no creo en lo más mínimo que el tercermundo y sus reaccionarios defensores (indigenistas, revisionistas, ecologistas, tradicionalistas...) lleven a cabo otra cosa que una serie fragmentada y fragmentaria de levantamientos rabiosos y resentidos del estilo de la vieja descolonización africana (con la Fanon promotion),movilizaciones genosidas intergrupales (Tutsis vs Utus; Liberia, Sudán...), y hasta regresiones sangrientas y despiadadas estables o instituidas en toda regla (como fue el caso flagrante de la Kampuchea Democrática, y, se me apura, los casos de la alemania nazi, de la rusia bolchevique y stalinista y hasta los del Terror jacobino del XVIII (la ilustración de la derecha refleja uno de sus más trágicos actos de limpieza): en muchos aspectos asociados al tercermundismo aunque cada vez más como eufemismo -en particular hoy, cuando la bomba es moneda corriente en cualquier parte a la vez que los gobiernos bananeros-). eso sí, comandadas por hábiles líderes tercermundstas, antineocolonialistas, antiimperialistas, antiglobalizadores, ecologístas... fundamentalistas morales y/o religiosos, como el islamismo y su vanguardia burocrática mal llamada "radical"... Es más, en la trinchera en la que se parapete Occidente para defenderse... me hallaré yo mismo (a pesar de no defender ningún primermundismo, parte inseparable sin duda del "problema") con el arma de que pueda disponer- ¡Qué remedio!: lo haré en defensa propia, aliado a lo que parece una opción "algo mejor"; y siempre que no pueda huir de la guerra entre camarillas a la que se reduciría todo. Llegado el caso, creo que no tendré inclusive empacho alguno (eso sí, vigilando de reojo al compañero de ruta por si ganamos y se encumbra) en luchar codo a codo con los racionalistas radicales defensores de la Humanidad y de sus Logros... si es que no me encierran por díscolo, traidor o reaccionario u otra cosa que se puedan inventar... -no sería la primera vez, como nos lo recuerda nuestra propia y cercana guerra civil en la que Nin entre muchos fue fusilado con fuego amigo, y no por accidente-. Así que... ¡mucho cuidadín con las etiquetas de aplicación rápida, prepratorias indudables de cualquier toma del poder que se precie!

Y de nuevo, como ya señalara para la jugarreta autobenevolente de Wolpert (nota 6), no se trata ni de dar rápidas respuestas místicas desde una antimística hipócrita ni de endulzar lo amargo. ¿No buscamos el conocimiento; o es sólo cierto conocimiento, digamos, legitimo; aprobado por El Colege? ¿No pretendemos la verdad; o se trata de la verdad certificada o bendecida por el dogma, el ritual y las reglas? ¿O es que vamos a contentarnos con la importancia de la suma, 2+2=4, o con la invención del "conjunto vacío", el transfinito, las cuerdas, las xexinosecuantas dimensiones del multiverso... el Big Bang inclusive y la curvatura del espacio-tiempo... las partículas elementales que todos vemos y seguiremos viendo como bolitas diminutas aunque nos digan que se trata de una fórmula...? ¿Admitiremos en todo caso las reglas de la vida inscritas en la narración evolucionista... pero con reservas... es decir, negando en el límite del autoacorralamiento que la dinámica científica de cualquier forma acaba imponiendo que el hombre y su autoconciencia sea un mero resultado que de divino no tiene por qué tener ni favorece, salvo para el apaciguamiento y la moral, que tenga... algo (por ejemplo, ese movimiento eterno o esa materialidad absoluta, que se cuelan como deux ex machina)? O ¿aceptaremos el sentido profundo de los más recientes descubrimientos antropológicos que señalan paradojas como, por ejemplo, la de los mahoríes que rechazaron muchas cosas de la sociedad más "avanzada" de los neoguineanos que los descubrieron y optaron por quedarse sólo con lo que les parecía adecuado, curiosamente los anzuelos pero no las canoas, y luego, de los blancos de la colonización, los mosquetes pero no la moral ni la biblia ni el arte occidental ni la organización democrático-representativa ni la vida marginal proletaria que le ofrecen las megaurbes del hombre blanco... (en tanto pueda evitarlas o formando gethos interiores y muriendo poco a poco de angustia) y se siguieran matando, es más, para seguirse matando los unos a los otros "de acuerdo con nuestras costumbres", exactamente: "... ¿qué importancia tiene? Lo hacíamos de acuerdo con nuestras costumbres" (9)?

Lo que no cabe ya ninguna duda, salvo que se insista en permanecer anclado en el tiempo y en contra precisamente de los hallazgos que la ciencia viene cada vez más aportando al punto de ponerla a sí misma en entredicho -al punto de hacerla caer del pedestal al que ha conseguido subirse de igual forma que cayera el propio Prometeo-, es que la ciencia es buena sólo para cierta parte del planeta en detrimento de otros, sólo de ciertos grupos en detrimento de otros, sólo de ciertos paradigmas sociales que van rodando por sí sólos hacia el caos en detrimento de cualquier otra perspectiva o alternativa, retrógada, recurrente o anticpatoria, algunas persistentes o enraizadas por encima de todo (como la de los aborígenes australianos, la de los esquimales o la de los nativos amazónicos entre los casos más sonados) o imaginativos o tal vez impracticables en el reducido espacio que deja la realidad y el etiquetaje condenatorio que ha sido aupado al firmanento dominante de las significaciones; éste al que responde tan fielmente el cientificismo... y los políticos profesionales de turno... y sin duda todos los estamentos burocráticos, como el eclesiástico y el de las instituciones islámicas, hoy poco más que bajo ropajes "metafísicos" y "teológicos" en los que poco y nada creen como no sea para que les crean).


El "conocimiento" según la Ciencia y el conocimiento según la realidad histórico-social

J.L. (el detonante de esta serie de reflexiones, por lo que le agradezco haberme empujado de una buena vez a ordenarlas y exponerlas) dice unas cuantas simplezas sobre la supuesta incapacidad de la metafísica (tal vez pensando en la teológía o la escolástica contra la que, como buen hijo del racionalismo moderno es su principal enemigo declarado -10-) para producir "conocimientos" (11). Pero su conclusión es lo verdaderamente sustancial. J.L., libre tal vez de La Razón Política que tanta confusión ocasiona más que conocimientos, como bien apuntara Schopenhauer (12) y a continuación Nietzsche, y presa de su mejor intuición, sin andarse por las ramas ni añadir falsos arabescos, concluye defendiendo una conducta concreta en tanto que Conducta Redentora, una conducta -esto es una norma moral, de vida y desempeño social- que se nos sugiere que asumamos como la más feliz, sana y fructífera para el ser humano, esto es, como Lo Decisivo, como lo conducente a la Auténtica "Ciudad Buena".

Esta viejísima promesa de los sabios, no obstante, debe ser bien leida de modo que se pueda comprender.

En definitiva, determinando lo que significa para J.L. al igual que para toda la casta científica, burocrática o si se prefiere intelectual privilegiada: determinando el por qué y el para qué todos ellos, y J.L. con ellos, lo ponen en primer término, como primera obligación y como primer objetivo (incluso, como he apuntado, de sus manifestaciones ante la política actual presupuestaria del gobierno), como Único Mandamiento.

Con toda sencillez y poder de síntesis, se trataría de:
Contribuir a "mejorar la investigación".
Veamos en primer lugar algunos aspectos de la justificación que se esgrime en primer término: el alcance del ¡mayor conocimiento posible!

La cuestión es muy alambicada y hasta esotérica, lo que es un tanto inconsciente y un tanto intencional, y se despliega en trono a ciertas falacias que hay que intentar destronar de una vez por todas:

1) El supuesto incremento lineal o progresivo de conocimientos como necesidad humana, que se da por hecho.

2) La reducción en primera instancia del concepto de conocimiento a su enmarcado científico moderno, es decir, occidental (nada fuera de la ciencia ha aportado o puede aportar "conocimientos", sostiene J.L.) y la reducción en segunda instancia a lo que dictamine la Institución en cada momento (bien que basada en experimentos y demostraciones, pero... ya sabemos cómo se preparan y como se apuntalan luego... contra viento y marea -Feyerabend abundó en ello sin que fuera seriamente replicado-)

3) los conocimientos abstractos (teorías perennes, modelos perennes, interpretaciones subordinadas a su conservación) del entorno son indispensables, a pesar de que se hayan creado para guiarnos en un contexto creado por el hombre tan artifialmente como podría haber creado otros (y de hecho los creó y hasta subsisten en relativo paralelismo con Occidente... en tanto no sean, como muchas veces ha pasado a manos occidentales pero no sólo... exterminados, reducidos o cercados); en fin, contestando a cuáles, cuántos y para qué son necesarios en relación al contexto dado y construido.

A (1), las respuestas que se da y nos ofrece J.L., el positivismo y el cientificismo en general nacen del seno de lo instituido en donde participan como sus elementos constituyentes y constructores. Su moral investigadora según las normas y los métodos implantados y regimentados responde a la preservación de la institución de la que no se salen ni apean para ponerla en cuestión: son cosas que no se discuten y sobre las que se debería "callar".

"La metafísica murió hace tiempo, sin producir más conocimiento que el de su propia limitación", afirma J.L. con la convicción propia del dogmático fiel a su propia fe, para quien, con sus pares en la encarnación concreta del cientificismo, el único conocimiento posible es... el científico, e inclusive no todo (la fidelidad imposible al verificacionismo fracasado, sustituido vergonzantemente por la falsación, esto es, la certeza de que tarde o temprano lo que se afirma no será cierto, la certeza de que vamos a ciegas sin explicación, arando por donde nos dice la razón que aremos, creando así el camino que a su vez nos terminará condicionando pero en el curso del cual... aún así... nada conseguirá ser estable y duradero. Falsacionismo como vía de escape pero que de todos modos permite lo fundamental, lo que verdaderamente se pretende: la demarcación estricta de propios y bárbaros, la realización y conservación del dominio... Eso es lo que aquí realmente aflora como los restos de un naufragio, un naufragio en toda regla tras encallar contra los arrecifes de la abrupta realiidad humana. De lo que se trata, sin duda, es de reducir la metafísica a la teología ("digo metafísica como podría haber dicho..." cualquier cosa; todo con tal de "simplificar"... una operación que obviamente necesita el "marcar", que necesita la consulta sistemática del diccionario Ingsoc renovado a cada instante -"Ingsoc" era el diccionario del "1984" de Orwell-). Tal vez se trate de eso que Gödel observara en su tiempo y que en el fondo nos llega desde el Renacimiento en tanto que susplantación de unos rectores del pensamiento por otros (me refiero a un aspecto, pero no oculto que lo considero esencial). Y por eso, como dijo Gödel: "el noventa por ciento de los filósofos considera en estos días que el negocio de la filosofía (sin duda la que J.L. y Wolpert explícitamente aprueban, para no hablar de Dawkins y demás) consiste en extraer la religión de la cabeza de la gente" (citado por Palle Yourgrau, "Un mundo sin tiempo", Tusquets, Barcelona, 2007, pág. 28). ¿Pero qué se gana reemplazando un dogmatismo por otro, dogmatismo que necesitado y creador de su propio mito, dogmatismo que a fin de cuentas se desliza irremediablemente, para todo lo que a veces le cuesta "callar" hacia el misticismo del que según Wittgenstein no hace falta hablar porque "se muestra" por sí mismo; esto es, hacia lo inexperimentable, hacia lo ultrasensible, se llame Dios o Materia y Movimiento Eternos, Primera Sustancia o Big Bang, Cuerdas, Multiverso... en fin... se llame o no se llame, se quiera o no se quiera llamar "metafísica"?

Bueno, sin duda sólo se gana una única cosa destacable: la sustitución en el Olimpo del Saber por una serie de discursos, pappers, ponencias, libros, conferencias... que permiten la consolidación y hasta el enquilosamiento de una casta de pensadores en lugar de otra, lo que llevara a Hobbes, mediante su Leviatán racionalista, al arremeter contra la escolástica y el feudalismo en decadencia. Y lo que hoy en día se diluye, otra vez, en justificaciones cada vez más vacías (o posmodernas) en una realidad de trampas concretas y zancadillas, agitación y propaganda, retórica y disposición para la lucha mediante la pura fuerza... "¡Qué dice este animal (a mucha honra)!", escucho a la distancia desde diversos "bienpensantes" acomodados tras sus teclados y pantallas... Pues lo que digo y se manifiesta detrás de todos los eufemismos y "buenas intenciones": en el horizonte, observando anonadado las calles de Teherán y los desplazamientos de tropas en territorio afgano, contemplando el resultado de los masivos atentados de Madrid, Londres o la India entre los más sonados y entre muchísimos más, escuchando los ruidos de las cargas de fusilería y el tronar de los misiles de todo alcance, repasando los genosidios africanos y de los Balcanes... etc., etc., etc.... el viejo Tucídes se reafirma en su òptica y vuelve a señalarnos qué es el verdadero "movimiento". En un instante, mirando adecuadamente el panorama y escuchando atentamente al viejo sabio, comprendemos que todo lo humano implica guerra, porque la guerra es el resultado de la voluntad de dominarlo todo, todo lo que no es uno mismo, eso tan difuso y perturbador, incluído el homúnculo interior que nos dice lo que más nos conviene.

Lo que, con todo ello y no por separado, "se gana", es un mito apropiado para la sociedad burcrático-capitalista, sea en su forma "fragmentada" socialdemócrata como en su versión estatalista-absolutista, comunista y postcomunista (usando el eufemismo autoidentificador). En una sociedad como la nuestra... sin duda hacen falta y son útiles esos "conocimientos". Pero... ¿nos permitís al menos interrogarnos acerca de la bonanza de estas sociedades, de su evolución y de su futuro; y nos permitís dudar de que algo así pueda considerarse absoluto, un valor eterno o su expresión, el camino del Tao por excelencia, el portal por fin hallado al Paraíso? ¿No lo ponen en duda los propios acontecimientos desde que Prometeo, el viejo o el nuevo, nos lo pusiera "a huevo"?

Sin duda, por el contrario, todas las promesas y las afirmaciones se dan de bruces con las reiteradas evidencias. Empezando por lo que precisamente nos suministra la práctica de una ciencia como la antropología de manera cada vez más extensa:
"Visto desde lejos y por encima, desde los elevados lugares de seguridad de nuestra civilización evolucionada (algo que el autor parece asumir teleológicamente), es fácil ver todo lo que la magia tiene de tosco y de vano. Pero sin su poder y guía no le habría sido posible al primer hombre el dominar sus dificultades prácticas como las ha dominado, ni tampoco habría podido la raza humana ascender a los estadíos superiores de la cultura (una concepción inseparable de la asunsión mencionada y que no se debería valorar, para lo cual bastaría describir el movimiento como complejización involuntaria tendente al caos o al aumento del número de interacciones). (...) Creo que hemos de ver en ella la incorporación de esa sublime locura de la esperanza que ha sido la mejor escuela del carácter del hombre." (Bronislaw Malinovski, "Magia, ciencia y religión", Planeta-Agostini, Barcelona, 1985 -también en Ariel-, pág. 102; las notas entre paréntesis y la negrita son mías).
Una visión, con sus más y menos señalados, que hoy representa una evidencia raramente discutible y menos ignorable (como hace en cambio J.L. a contracorriente y hasta en contra de sus propios criterios científicos... demostrando mucha más ideología que consecuencia con relación a aquellos que agita y dice defender, es decir, al conocimiento, a la verdad... Y decir ideología es decir demasiado). Lo pone de relieve, desde una perspectiva filotercermundista sin embargo, el antropólogo Jared Diamond con datos que igualmente innegables: "En los últimos 13.000 años se ha acumulado en Australia menos cambio cultural que en otras regiones del mundo" ("Armas, gérmenes y acero", ed. cit., pág. 341) y en ese contexto "los aborígenes (...) habían pasado toda su vida (...), logrando encontrar alimento y agua" (ibíd., pág.340) y desarrollando o adoptando a partir de influencias externas en el tiempo, sólo aquellas tecnologías y conocimientos que encajaron con su cultura mientras los demás eran lisa y llanamente rechazados; en síntesis: "Canoas y pipas, sí; fraguas y cerdos, no" (ibíd., pág. 361), algo que se observa en otros lugares y épocas (China, Japón, Polinesia...), siendo capaces de crear, conservar y aplicar aquellos conocimientos que encajaban, o necesarios para su modo de supervivencia suficiente: como, por ejemplo, la sin duda estudiada "agricultura de antorcha" (ibíd., pág. 35) e incluso aquellas que encajaban con sus "tradiciones", como fuera el caso de los mosquetes por parte de los maoríes (neozenlandeses), necesarios desde su particular punto de vista para que cada tribu lograse estar por encima de las otras en una posición de dominio (el fenómeno se denominó "guerras de los mosquetes" -ibíd., pág. 294-).

Existencia y producción de conocimientos que, sin más, corroboran las prácticas de la actualísima industria farmaceútica al ir tras los pasos de los considerables y valiosos conocimientos intuitivos atesorados por los nativos del Amazonas en lo referente a plantas medicinales.

Pero el mito y la magia acaban por evolucionar (veremos esto con más detalle en el apartado siguiente tanto genealófgcamente como en lo referente a su decisiva utilidad social -y su inevitable autocatalización de utilidad en la medida de su aplicación-) y se transforma en filosofía y ciencia, es decir, en la Metafísica de Aristóteles. Este, al preguntarse por El Ser, es decir, por lo que existe, al preguntarse (con la franca intención de superar el mito y las escuelas de pensamiento preexistentes, o sea, "mejorar la investigación") si ese Ser estaría compuesto por algo único que toma diversas formas o está fragmentado sustancialmente ad infinitum, al preguntarse qué la define y de dónde viene... resuelve, no arbitrariamente sino en base a su juicio racional, que, como le dice la experiencia (¿puede ser esto menos científico?), debió ser creado por un ente que, del mismo modo que el hombre ocupa una posición superior respecto de sus propias creaciones, debió crear el mundo. Aristóteles, en el fondo como cualquier ser humano dedicado a elucidar el mundo mediante el intelecto, rellenando con supuestos sobrenaturales o al menos con abstracciones suprasensibles los huecos necesarios para componer una narración lo más Total o lo más Completa del Todo. Pero fundar una Ciencia del Todo requiere integrar todas las respuestas (o "callar" aunque sólo sea por no poderlas expresar mejor) y en todo caso, la Ciencia sigue en el fondo sin renunciar a ello como Mito que pretende permanecer, sostenerse... sostener a los mistificadores sacerdotes, brujos o profetas de nuevo cuño.

¿Podemos ignorar pues que la idea acalladora, la mera represión autista que pretende llevarnos del trabajo (científico) a la casa y de la casa al trabajo (científico, el "trabajo de investigación", que en muchos campos y cada vez más es meramente... gráfico y/o estadístico), es, además, una burda hipocresía; que lo es la propuesta de la falsación; que todo el edificio amurallado de los discursos científicos está al servicio del poder conquistado o conquistable, y esto independientemente de que en su práctica late una bomba de relojería que de tanto en tanto le estalla en la cara (por cierto, de igual modo que las pugnas intestinas de una camarilla burocrática dominante dan lugar a brotes de libertad)?

Escuchemos con los ojos a los muertos que han merecido el tan prematuro como bufo requiem; por favor...:
"El problema de la conciencia, o hablando con mayor precisión, de la conciencia de sí mismo, no se nos presenta hasta que empezamos a comprender: la fisiología y la zoología (¡qué decir hoy de la biología evolutiva, las neurociencias, la teoría de la complejidad... todas ciencias, todas vías para... llevarnos a la comprensión, al conocimiento!) nos han llevado al cabo de esta comprensión (...). Podríamos pensar, sentir, querer, recordar y obrar en todas las diferentes formas de la acción, sin necesidad de tener conciencia de nada de esto. Sería posible la vida entera sin necesidad de que la contemplásemos como en un espejo, y es lo cierto que todavía la mayor prte de la vida se desliza en nosotros sin reflejarse de ese modo (...) ¿De qué sirve, pues, la conciencia si para todo lo esencial es superflua? (...) Mi opinión es, como se ve, que la conciencia no forma parte en realidad del ser individual del hombre (¡tal vez porque no sea posible más que como abstracción!), sino de aquello que corresponde en él a la comunidad, al rebaño, y que por tanto se ha desarrollado sutilmente en lo que guarda relación de utilidad para la comunidad y el rebaño..." (F. Nietzsche, LGC, ed.cit., pág. 203 a 205; los paréntesis con acotaciones y la negrita son míos).
Esto, según Nietzsche, hacía que no pudiésemos tener conciencia sino de "un mundo superficial de signos", "generalizado y vulgarizado", "generalización, signo, marca de rebaño, de modo que al adquirir conciencia de algo se produce una grande y radical corrupción, una falsificación, una vulgarización, un rebajamiento." (ibíd., pág. 206). Lo que sin duda es aplicable tanto al conocimiento mágico como al religioso y al científico; en todos esos casos... ¡"de utilidad para la comunidad y el rebaño"! ¡Por otra parte, hoy, en pleno vaciamiento posmoderno de todo concepto, en pleno "rebajamiento" del lenguaje al grado de mero marcaje o etiquetaje, de mero estandarte de lucha intergrupal... confróntese hasta qué punto Nietzsche dio en el clavo, produciendo sin duda lucidez (y conocimiento, claro; o sea, iluminando y oscureciendo a la vez, pero dándonos una guía para nuestro propio rebaño, el de "Los que no tenemos temor", como titula el libro 5to. de donde extrajimos las citas; hasta qué punto las cosas se están catalizando en ese sentido, en el sentido ya entrevisto por Nietzsche gracias a vivir "entre los europeos más concientes" entre los que se "puede observar que es (la conciencia) una enfermedad" (ibíd., pág. 206)! Y así concluye:
"No poseemos órgano alguno para el conocimiento, para la verdad. Sabemos (o creemos saber o nos figuramos) lo que convine que sepamos en interés del rebaño humano, y hasta lo que llamamos en este caso utilidad no es más que una creencia, un juego de la imaginación o tal vez esa necedad funesta que algún día hará que perezcamos." (ibíd., pág. 206)
¡Qué cerca estaba Nietzsche de la lucidez hoy potencialmente más intensa gracias a los datos (y más inaccesible en cierta medida gracias a la consolidación de la sociedad burocrática)... acerca de la oscuridad y al tiempo de la necesidad de una luz que nada tiene que ver con conducirnos a la verdad verdadera sino... a donde interesa que demos el siguiente paso a partir del lugar previamente ocupado, es decir, hacia donde la estructura instituida en el grupo tiende por su propia constitución históricamente producida! ¡Que cerca, en fin, del "meollo" de la cuestión... según mi punto de vista, claro, y según los datos hoy disponibles (que yo uso, claro, en concordancia con mi propia intuición); todo lo que nos pone ante a nuestras propias miserias y mecanismos innatos... haga refugiarse a quienes no puedan soportarlo o nos deje a los demás un poco alelados, un poco a la intemperie: no veo más alternativas (ni siquiera "borrosas")!

Así, tal como alcanzo a verlo, los conocimientos, aparte de merecer ser así llamados sólo en tanto y en cuanto sirvan como bastones, piolets y cuerdas en la marcha social del ser humano (y eso es lo que supo ver Nietzsche en términos generales, conceptuales), pueden ser por tanto mágicos, míticos, místicos, , tradicionales, religiosos, imaginarios o científicos... o una combinación confusa de todos los aspectos. Todos vinculados a una moral que sirve de argamasa, que mantiene todo inconmovible e indiscutible y cuyo propósito está, como si lo dijera Gödel: fuera del "sistema", expresando su incompletitud y preparando por ello su "superación" o, mejor dicho, su reemplazo. Ni siquiera es estrictamente algo que se de el hombre "para ser trasmitido" o legado a las generaciones venideras... esto es también una justificación y sobretodo un resultado colateral. El padre impone a sus hijos aquellas reglas que le garanticen su servidumbre (en sentido amplio y a veces riguroso), aquellas reglas con las que intenta que nada pueda cambiar. Esas reglas son para el aquí y el ahora, son una respuesta de una unidad estable en un corte temporal preciso ante un medio estable en un marco de historicidad no demasiado amplio; aquellas reglas que cree hasta más allá de cierto límite que le garantizan su supervivencia, en el presente y no en la posteridad, donde ya no estará (dicho sea de paso: esto explica la contumacia de la educación paterna).

Conocimientos pues en sentido real, son pues aquellos que aunque tengan un núcleo específicamente científico también lo desbordan. La Ciencia crea sin lugar a duda tal tipo de conocimientos, pero no mediante la experimentación ni la recogida de datos sino mediante la narración que hace de ellos, incluyendo la promesa de que nos llevarán a la verdad y al bienestar. Es la o las ideologías que se construyen en torno a datos empíricos u observaciones las que producen esos conocimientos, es decir, nuevos e incomovibles mitos (13). Y esas ideologías o al menos esas visiones imaginarias, no emergen del trabajo propiamente científico, de "la investigación" sino de la marcha del conjunto de la sociedad en la que ese trabajo ancla y a la que se subordina, encaja, hunde sus raíces... al tiempo que contribuye a consolidarla y hasta a reformarla en el juego interactivo que se establece. Y en este trabajo de la sociedad en su conjunto... unos gobiernan y otros son gobernados, unos colaboran y viven a la sombra del gobierno y otros pueden ser marginados, ignorados o desechados. Etc. Con lo que volvemos a la grupalidad y a la posición social de los grupos y las redes que ya había mencionado. El otro aspecto destacable que debe ser realzado hoy particularmente lo pone en evidencia el tránsito por la posmodernidad y el grado asfixiante que alcanza y promete el megalómano crecimiento burocrático de nuestro tiempo: ese aspecto, como he dicho, se refuerza gracias al trabajo de la propia Ciencia al igual que al trabajo de la burocratización. Por las grietas del "sistema", los resultados que salen a la luz ponen una y otra vez en tela de juicio su eficacia, la de la Ciencia y la de la Burocracia Gobernante en paralelo. Ante los hechos, cada vez se ven ambos a mentirnos más... a utilizar las palabras al margen de su significación... a discutir del sexo de los ángeles para darnos de qué discutir sin perturbar el esfuerzo bendecido desde el firmamento dominante, el único que se considera productor de valor (aunque, en base al viejo contenido conceptual -corrobórese acudiendo a Adam Smith-, fuese improductivo, artificial, despilfarrador, insensato, corrupto, reaccionario...).

Más en concreto: J.L. y los científicos (esto es, insisto, el grupo formado por los especialistas asalariados y/o burocratizados dedicados en el mundo actual a la investigación, entrelazados todos en mayor o menor medida a través de las instituciones instituidas en la prolífica y gigantesca red de redes de la sociedad burocrática actual, todas en proceso de simbiosis en el sentido ya citado elaborado por Wright Mills), se aferran a las conquistas de su propio rebaño, incapaces (y no es para mí una cuestión psicológica o racionalmente superable) de quebrar su lealtad y sus miedos idiosincráticos socialmente cristalizados, y no dudan de definirse a sí mismos para extraer de esas definiciones los slogans propagandísticos más apropiados. La base son sus reglas de conducta indemostrables (Wolpert en mi nota 6), inventadas, y legitimadas luego, en primera instancia como parte de la autonecesidad de apaciguamiento del hombre pero también con el objeto -básicamente también involuntario- de imponerle la tarea que ellos ponen con fingida ingenuidad en primer plano ("crucial", como dijera Wolper), tarea de la que que nadie que quiera pertencer al rebaño deberá desvíarse ni un pelo; como ellos mismos declaran: la investigación a sueldo (privilegios aparte). La idea vaga, forzada, autoelegida, y demostrada a la manera en que los brujos demostraban su brujería (tal como lo expone Feyerabend en su "Contra el método", nota suya nro. 13; "la magnífica nota 13" como apuntara felizmente un amigo), de lo que es y lo que debe ser un conocimiento, se reduce a la asociación de las ideas con de lo civilizado, lo superior, lo sagrado, lo inamovible, lo eterno, lo de-fi-ni-ti-vo... Y luego, con arreglo al postulado, al axioma, a la asunción apriorística aunque no intuitiva sino racional, abstracta, formal, confeccionada: tachan de no-conocimiento todo lo que no encaja con esa definición. Como pone punto y final al tema Wolpert: "Es irrelevante"... aunque, desdiciendo a J.L. y a algún que otro polemista suyo respecto de lo que define y legitima internamente o no a la Ciencia, y lo hace con bastantes y contundentes ejemplos (capítulos 5 y 6 en concreto de la op. cit.), porque "No existe lo que podría denominarse el método científico" (ibíd., pag. 106), dado que "La Ciencia es un proceso social complejo, y ninguna descripción simplista en términos de paradigmas de Kuhn o la demostración de falsedad de Popper prporcionará una descripción adecuada" (ibíd. y también pág. 95). Pero, sigue siendo "irrelevante". Max Plank, como hemos dicho ya, cifraba sus esperanzas y tal vez cifrara sus recelos, en la desaparición del contrincante (ibíd., pág. 90), en su extinsión, en la pérdida de su prestigio y evidentemente de su puesto... aunque a veces los muertos olvidados son una buena nueva bandera a levantar, en base a o en detrimento, por qué no, de la conveniencia propia... (a fin de cuentas, siempre habrá idealistas, utópicos, soñadores... metafísicos que lo apuesten todo por un objetivo al fin y al cabo sucedáneo, capaz de llevarlos al fracaso o al éxito; exactamente como en la política, las guerras y demás "movimientos" que diría Tucídides).

¡Un portento, realmente, de violación y tergiversación de lo evidente y hasta de la Lógica que tanto dice apreciar y defender (tanto que se parece a las violaciones propias del Big Brother; lo siento, pero así es aunque vuelva a parecer una animalada)! ¡Justamente lo que trae de cabeza a los filósofos de la ciencias y a los científicos que filosofan y que deambulan en círculos en torno a paradigmas, verificaciones, falsaciones, oportunismos, etc., buscando una legitimación que se les escapa, combinando más o menos empirismo, más o menos idealismo, más o menos ideología justificatoria, más o menos depreciación de contenidos conceptuales!

Y, dicho sea de paso y abundando, lo que une en un mismo problema, genealógica y conceptualmente, la marcha de los intelectuales con la marcha de la burocracia; la marcha hacia el poder (que a veces marca el paso sin moverse del sitio, lo que no disminuye su intencioanlidad).

Pero los conocimientos, los realmente necesarios para cada grupo en una sociedad jerarquizada dada, es decir, en la que nacen y crecen hoy en día y en la que deben operar y sobrevivir, sin duda en el sentido restringido pero real señalado por Nietzsche (no hay otros... "superiores") se acumulan a montones y se completan como siempre mediante la imaginación que, como bien señala Malinowski referiéndose a la magia, "regula en formas permanentes y tradicionales" todas esas "reacciones" que "conducen al hombre aatolladeros en donde las lagunas de su conocimiento y las limitaciones de su temprano (¿es para preguntarse cuándo ha dejado de serlo o es impertinente hacerlo?) poder de observar y razonar le traicionan en los momentos cruciales" (op.cit., pág. 101). Y no parece demasiado diferente esa magia en cuanto a su función si consideramos lo antedicho acerca de lo que perseguía el racionalismo desde Kant en adelante pasando por el rígido cinturón de castidad positivista, como se sigue de la conclusión de la contundente Malinowski:
"La magia le proporciona al hombre primitivo actos y creencias ya elaborados, con una técnica mental y una práctica definidas que sirven para salvar los abismos peligrosos que se abren en todo afán importante o situación crítica. Los capacita para llevar a efecto sus tareas importantes en confianza, para que mantenga su presencia de ánimo y su integridad mental en momentos de cólera, en el dolor del odio, del amor no correspondido, de la desesperación y de la angustia. La función de la magia consiste en ritualizar el optimismo del hombre, en acrecentar su fe en la victoria de la eperanza sobre el miedo." (ibíd., págs. 101-102)
¡Que venga Dios y lo vea si esto (lo dicho por Nietzsche y lo corroborado por la propia investigación científica en la persona de Malinowski y la antropología seria en general) no se aplicaría perfectamente a la función de la ciencia de nuestro tiempo! ¡Y a la Razón, su partera, que al hombre "hace más ligera la carga de la vida por medio de una conducta sistemática" (Arthur Schopenhauer, "El mundo como voluntad y representación", Ediciones Orbis, Barcelona, 1985, pág. 92), o sea, gracias a ser poco más que "un catálogo de fuerzas inexplicables" (ibíd., pág. 99) o una enumeración de "evidencias" y "descubrimientos" que permiten todo tipo de narraciones, modelizaciones e interpretaciones, todas con igual derecho aunque no logren igual efectividad y aceptación social (cosas en absoluto separables, como sin embargo se pretende).

Los mitos, incluidos los de base científica (racionales, sintéticos, metódicos, imbuidos de objetividad, causalmente referidos a objetos de su misma especie -objetos tangibles o a cuya realidad se atribuye un efecto de interacción- o a componentes a los que se trata como a tales -fuerzas supuestas, constantes inexplicables...-), todo esto de un modo imperfecto y ambiguo, nos narran más o menos las mismas viejas cosas ya intuidas desde hace mucho tiempo (lo que hace que nos sorprendamos cuando las leemos entrelíneas y a veces mucho más directa y explícitamente en los viejos sabios del pasado remoto): el carácter inevitablemente mortal del ser vivo, la línea que va de los animales hasta el hombre y su conciencia, el predominio de la guerra sobre la paz... "Lo conocido", nos recuerda Nietzsche, "es aquello a lo que estamos acostumbrados y que, por lo mismo, no nos choca" (LGC, ed. cit., pág. 206). Y para seguir haciendo esto, la Ciencia no se puede restringir a las enumeraciones mencionadas y debe trascender su propio marco, ofreciendo una suerte de filosofía mínima y hasta antifilosófica en el peor de los casos, o dejándola para "la intimidad" con la vergüenza propia del malechor o del tramposo (aunque yo sostengo, como demostraré sociológicamente en breve, que ese carácter tramposo no es una casualidad ni una manía sino una necesidad). Para colmo, se atreven a pontificar que lo que no está bendecido dentro de la jaula de su modelito más o menos probabilistico, más o menos matematizado y plasmado en alguna curva construida en Power Point, no es verdaderamente conocido; se dan el lujo incluso de llamar conocimiento hasta al reconocimiento y aplaudirse buscando el aplauso del pueblo: "Cuando hallan en las cosas, o entre las cosas, o detrás de las cosas, algo que desgraciadamente conocemos demasiado, como por ejemplo, nuestra tabla de multiplicar, nuestra lógica, nuestra voluntad o nuestro deseo, ¡qué grito de alegrían lanzan! Su norma es que lo conocido es reconocido." (LGC, ed. cit., pág. 206).

La conducta científica, es decir, la moral investigadora, que proponen y defienden con variantes J.L. y los demás especialistas a la vez que el racionalismo en general y también los irracionalismos de signo idealista, lleva por otra parte haciéndolo tal cual, con idéntico empirismo y racionalidad en el seno mismo de la filosofía (y por ende de la metafísica) desde la antigüedad, en cuanto se fundó de manera separada y hasta opuesta a la magia, autolegitimándose como "superadora" de la misma, con resultados similares a los actuales desde el punto de vista conceptual, absolutamente racionales y basados en la abstracción humana antropo-proyectiva que extrapola inevitablemente sus intuiciones (14) y las extiende más allá del entorno próximo sobre el que naturalmente se realiza gracias a los avances tecnológicos que efectivizan el dominio espacialmente creciente sobre la naturaleza y sobre los demás hombres por los que la controlan. Ese mecanismo de abstracción e imaginación que dibuja un mundo estable sobre el que no lo es, ya contenía desde un principio, en los mitos, en las historias ancestrales, las mismas bases y fórmulaciones que recuperó o imitó y asimiló la Ciencia (que no por nada llamó a ese acto un "renacimiento").

En cualquier caso, sin duda, se incorporaron nuevas y sofisticadas herramientas, materiales y teóricas, para la producción de conocimientos, los que, al menos para las necesidades de la época y el territorio, es decir, la sociedad vigente entonces (y el rol de Aristóteles en ella!) fueran más provechosos... e indudablemente efectivos para la vida cotidiana. Producción que siempre fue obra y arte de aquellos que supieron abrirse camino en la sociedad jerarquizada (derivación del sedentarismo, como me convenciera Jared Diamond que sucedió) en la que les tocó vivir (15). Y que deben una y otra vez hacer lo mismo, que no es sino responder al instinto de supervivencia, como supo ver Nietzsche (y Spinoza antes). Y que, a la vez, trazan nuevas direcciones sobre la base del camino previo en un rumbo que se va haciendo al mismo tiempo y que los va comprometiendo con la realidad que se fabrica de ese modo, incluso... esclavizando a los súbditos leales.

Están ahí todos esos nuevos resultados "innecesarios", "artificiales", "precindibles", vistos desde la perspectiva de "quien no pertenece al grupo" o de "quien no lo considere superior al suyo" (marcianos, aborígenes, religiosos, etc., y unos pocos díscolos más, como yo mismo). Son esos resultados que la visión que quiere verlos como su triunfo los expone ante los demás como demostrativos no ya sólo de su éxito circunstancial, sino del género humano que supone formado por ejemplares idénticos a sí mismos o... esclavos. Que muchas veces muestra como divinos o predestinados, como nacidos de una necesidad que bajara de los Cielos... teleológica, desnuda o disfrazada.

Uno de ellos es la tan querida Lógica, con todo su instrumental básico y fundamental, y las Matemáticas; sin duda cuerpo de conocimientos indudables (sin duda abstractos), nacidos ambos en el vientre de la Metafísica, su ámbito innegable, ámbito de lo suprasensible (como la definiría Kant), donde se pueden tejer todos los conceptos formales que hagan falta... tanto para conformar y consolidar aquellas prácticas que una vez que adquieren vida y se instituyen como socialmente necesarios se nos presentan como irrenuciables y valiosos, como para entretener el intelecto de los intelectuales europeos. Conceptos por otro lado que, obviamente, ni se sienten ni se experimentan ni se verifican ni se pueden falsar, salvo mediante algún acto asimilable a la revelación, del estilo del "Se me ha presentado... la línea", o "el punto", o "el infinito", "el infinitesimal" o "el conjunto vacío"... por usar la expresión con la que suele la gente referirse a la Virgen o a los milagros... o... intuitivamente y con imaginación... Y que por ello, dicho sea de paso, los positivistas más convencidos intentaron expulsar las Matemáticas de su fortaleza científica (se puede seguir la historia del intento en la obra ya citada de Yourgrau).

En ese sentido, no es de extrañar que otros científicos vean todavía a los dioses detrás de sus propias construcciones o que mantengan vergonzosamente un cuarto trasero místico (cristiano o pagano) que pocas veces muestran a sus amigos y en todo caso con justificaciones, y que saben muy bien que sigue allí (al igual que Wittgenstein). Y es interesante ver cómo se esfuerzan muchas veces por demostrar hasta lo que no hace falta, a verificar lo inverificable o a falsar con falsedad y oportunismo si cabe un método o una teoría condicionada en realidad por lo instituido también, si cabe, de manera "oportunista" y prefabricada.

Pero J.L. y Wolpert entre otros miran para otro lado en relación con esos aspectos perturbadores y expulsables, y en todo caso, simplemente, asumen el masticado pensamiento-papilla del Círculo de Viena o de otros foros derivados del núcleo, más propiamente elípticos, e "ignorando la filosofía", en las palabras de Wolpert; ignorando en realidad, o tergiversando, todo lo que no retroalimente o autocatalice su propio mito.

La misma ley de la gravedad de Newton, un producto eminentemente metafísico con un objeto sin duda suprasencible... ¿ha sido acaso experimentada o sólo sirvió en su día y durante unos siglos como "buena explicación" de lo que pasa en el sistema solar y sobre una balanza en todo caso, es decir, como una "buena interpretación" abstracta de igual calibre aunque más simple y más formalizable .y por ello útil que la de la perfección divina que lo habría organizado todo de manera perfecta o circular o... por fin... que la curvatura del universo o de su espacio-tiempo? ¿La convirtió por algún motivo en científica el rapto de esa indudable qualitas oculta, su arranque de los brazos de su madre, la metafísica?; ¿por qué regla o qué decreto académicos habría de ser así?

"Conocimiento", históricamente, es un concepto que se ha dado el hombre precisamente cuando contaba con que hubiese un Ser que lo suministrase (atesorado previamente o no en una Caverna, encerrado en una Caja como la de Pandora que se acaba abriendo, regalado por el pobre Prometeo por capricho maternal y muy mal cálculo, presente en una manzana tentadora ofrecida por el sexo débil o chisporroteando en las ramas de una zarza ardiente), lo pudiese o no alcanzar alguna vez el hombre mediante algún sortilegio o le fuese revelado a quien Él hubiese elegido, a saber por qué y cómo, supersticioso o científico, para el caso equivalentes.

Se forma, ni más ni menos, bajo la sombrilla de una concepción idealista, que perdura y se reproduce en el positivismo que J.L. defiende sin demasiada consecuencia, no mucho menos que con la de Wolpert. Y todo eso... vaya: ¡abracadabra!, entra dentro y sólo dentro del campo de la filosofía (palabra que, dicho sea de paso, a mi criterio ya no responde del todo a su origen etimológico, pero que no me molesta seguir usando mientras sepamos a qué nos referimos y no la tomemos como un totem inamovible que sigue respondiendo a la adoración o al enamoramiento de un imposible).

Los científicos, una vez revestidos y enriquecidos filosóficamente, son sin duda conocimientos. No los únicos, pero sí los dominantes en nuestra parte del mundo y nuestro tiempo, si bien cada vez más pervertidos o corrompidos en concordancia con la evolución burocrática de la cultura y de las tendencias colapsantes de la burocratización ineficaz. Sin embargo, por todo ello pero también por una necesidad de elucidar por dónde vamos y hacerlo a la manera científica, debemos penetrar bajo los disfraces y capotes carnavalescos y descubrir con el mayor detalle, con la mejor técnica de bisturí, qué mundo defienden esos conocimientos, a qué mundo nos quieren llevar y a qué mundo nos empujan sus denodados esfuerzos a los remos y su utopismo ingenuo pero peligroso, tan peligroso como cualquiera de los muchos que el mundo ya ha experimentado.

Y todo para poner punto y final a todo debate y a toda interrogación, peligrosa por lo visto, mediante la convicción dogmática de que, simplemente, "aprendimos a manejarnos mejor"... "para poder investigar mejor". Simplemente y sin preguntas molestas: lo necesario como para mantenernos dando vueltas y vueltas en... Círculo, uno de tantos, uno de los muchos que el hombre no puede sino seguir porque no existe la línea recta (o más o menos recta) al Cielo con la que sueña... (16), ¿pero con el fin último de qué?...

De mantenernos yendo y viniendo, cavando y acarreando como buenas hormiguitas esperanzadas.

Mirar para otro lado, tergiversar los hechos, contar la historia según convenga a los fines.... ¡esto se repite demasiado como para que se trate simplemente de una posmodernidad emergida de por sí. Por el contrario, esa marcha sólo puede ser comprendida como una consecuencia, simultánea y retroalimentadora, autocatalítica si acaso. Por eso aparece como superficialmente ideológica con raíz en el instinto de dominación grupal en que se desdobla el instinto básico de supervivencia, es decir: en una fuerza real o en "el movimiento" del que hablara Tucídides. Y ya es hora de que no se vea como algo diabólico que penetra o domina a los humanos sino como componente inseparable de su simple y llana idiosincrasia, de eso que entendía Nietzsche -según he citado sobre el final del capítulo anterior de este ensayo- es parte inseparable de la vida: con la mentira, con la traición, con el engaño.

Indudablemente, el hombre tiende a levantar una fortaleza para protegerse, pero esto sólo es el lado hobbesiano y tergiversador del asunto si sólo lo dejamos ahí: también la levanta como avanzadilla, porque pretende atacar.

El supuesto de que "la verdad existe" (y que el blog de J.L. se titule "Todo lo que sea verdad" y nada más lo dice todo, es decir, dice lo que afirma Steven Weinberg: "descubriremos las leyes últimas de la naturaleza, los pocos principos generales de cada ser sencillo que determinan por qué toda la naturaleza es como es" -citado por Wolpert, op.cit., pág. 104-). Ello, y que "sólo la ciencia es capaz de descubrirla" mediante la receta de "callar" y "trabajar", de ser al menos más condescendiente con la Ciencia y sus problemas (Wolpert, op.cit., pág. 119), es decir, la preferencia por la mordaza o la marginación, y de momento la recomendación de la autocensura... sólo pueden conducir, in-sis-to, al Hormiguero Altruista (17) nuevamente traicionado.

Sí,
traicionado, porque lo más irónico es que, como ya se ha visto también una y mil veces a lo largo de la Historia, las utopías ni siquiera garantizan la buena vida a sus fieles. Una vez instauradas, la camarilla dominante gobierna siguiendo la estrategia del poder por el poder, aplicando la fuerza por la fuerza... y depurando de molestos a todo aquel que no sepa responder a la pregunta clave: "¿Cuántos dedos hay en esta mano?", como Orwell plasmó con maravillosa claridad y contundencia. ¿Investigar, no a las tijeras...? ¡De qué hablais, hormiguitas: aquí lo que diga el Partido será lo que habrá que hacer y sostener! ¿Veis o no veis la vieja guillotina o esas gruas dispuestas...? ¡Mucho ojo, pues y cuidadín, cuidadín...!

Un día llegará (si se realizaran sus deseos) en que comprobarán que ha desaparecido del diccionario oficial la propia "palabra para designar la
Ciencia, quedando", como escribiera Orwell en el apéndice de su 1984 (Los principios de neolengua), "cualquier significado que pudiera quedar suficientemente cubierto con la palabra Ingsoc."

¡Ah, pero a mí que no quieran domesticarme ni conducirme a las galeras!

En fin, me habeis permitido (los que habeis tenido interés en confrontar vuestras convicciones sin temor a que se tambaleen) por este largo paseo circular con el que en cierto modo se postergara el tratamiento final (¿final?) del tema. Ha sido necesario para abordar la justificación esgrimida para darle sentido trascendental (metafísico) a una práctica social más de las muchas asumidas por unos hombres pero no por todos, en una época que no tiene por qué ser la "buena" ni la "definitiva" ni la "superior", en una parte del mundo, la dominante sin duda, pero donde otras prácticas subsisten demostrando que pueden existir muchas maneras imaginativas de sostener la irrenunciable reproductibilidad de la especie: el conocimiento científico, que precisamente se trata de pasar como general, necesario y absoluto, variación más, variación menos. Esto ha sido originado por la provocación (y para mí lo es la ignorancia intencionada), para por fin enfrentarnos en detalle al "meollo" del asunto. En este tramo, hemos llegado a reconocer la máscara secundaria y en buena medida el propio rostro doblemente enmascarado del problema. En el próximo capítulo, intentaré darle caza y desnudarlo, aunque tenga que dejar el rostro descarnado y doliente si los ropajes últimos se hallasen pegados a la piel ardiente.

Lo he titulado, precisamente, La fortaleza asegurada: la que promete protegernos a todos per secula seculorum, como cualquier otro mito...




Einstein & Gödel
Photo by Oskar Morgenstern, Institute of Advanced Study Archives

¡Qué pareja! ¡A simple vista se observa que lo único que podía mantenerlos unidos era un enfoque confluyente!







* * *


Notas:

(1) La grupalidad es todo un hallazgo decisivo desde mi punto de vista y ha sido preciosamente evidenciado y expuesto por Judith Rich Harris en su "El mito de la educación" (Random House Mondadori, Debolsillo, Barcelona, 1999), sin duda una obra científica de primer orden de esas que suelen ser ignoradas y hasta denostadas por el cientificismo positivista. Y por supuesto por las mismas razones grupalistas (o morales) en las que se basa su propia marcha ascendente. Una sentencia definitiva e indiscutible (en todo caso ignorable) para que sirva de muestra y de demostración por la evidencia: "La guerra intergrupal fue parte del entorno en el que se desarrolló nuestra especie, y cualquier cosa que nos diera una superioridad sobre nuestros adversarios ya justificaba ese trabajo extra para el pequño cromosoma.", lo que no se puede decir, pruebas abundan y J.R.H. las amplía, que eso pertenezca a la prehistoria y haya sido superado por "contratos" o "constituciones democráticas, ya que renace en cada niño de hoy y en cada guerra, esa "cosa de niños" como dijo Herman Melville a quien J.R.H. cita apropiadamente justo tras apuntar: "Los juegos que les gustan a los chicos -los juegos a los que juegan en todo el mundo- son una preparación excelente para la guerra." (las citas están todas en la op.cit., págs. 304-305). He tratado el tema extensamente en este blog y si alguien tiene interés en él puede perder su tiempo navegando por las entradas respectivas con más provecho que esgrimiendo slogans y elevando solemnes cánticos a favor del "conocimiento".

(2) Nietzsche se desliza a instancias de su propia dialéctica narrativa y acaba valorando como valor único la vida, lo que lo lleva, a pesar de lo que sostiene en los primeros párrafos de La GAya Ciencia, a mi criterio la verdadera base de la que se debe partir (es decir, seguir), a tomar partido, a asumir por tanto una moral, un compromiso (como aprendió de él a hacer Strauss, y como él, siempre a medio camino, siempre al borde de la mera contemplación...). Una tabla de la Ley con un único mandamiento, muy difícil por cierto de cumplir: ¡Sí a la vida!, y que, como todo mandamiento, nos enfrenta a los demás grupos y hasta nos hace muy difícil que los podamos comprender... es decir, más allá sin duda de lo que nos permite el rigor de la teoría y en su seguro terreno.

(3) Mi punto de vista al respecto ha sido expuesto varias veces igualmente y se podría sintetizar en la afirmación de que los intelectuales aumentan su capacidad de crítica en tanto más solos y desamparados se quedan por culpa del estrechamiento social de su espacio de maniobra. Hay miles de hechos en la historia que lo corroboran empíricamente. Una buena fuente de casos la provee el trabajo de Lepenies, "¿Qué es un intelectual europeo?" (Galaxia Gutemberg, Madrid). Refiriéndose a estos, Nietzsche dijo asimismo: "Nosotros no somos ya materiales adecuados para una sociedad" (La Gaya Ciencia, ed.cit., parágrafo 356, págs. 205-210): estaba experimentando, aislado en un océano de positivismo y confianza en las utopías, su más fructífero "pesimismo dionisíaco".

Recomiendo también la pág. 194 (sobre la "desconfianza"), la 196 (sobre el "fatalismo en épocas de anemia"), la 201 (acerca de que "el europeo se disfraza con la moral") y las 207-208 (sobre "la carrera" académica y la "naturaleza" del inetelectual.

(4) Palle Yourgrau, "Un mundo sin tiempo", Tusquets Editores, Barcelona, 2007, pág. 48

(5) ¡Qué sino eso representen para llegar al espectáculo ridículo y patético de sus autobuses ateos! O la consideración de que su guerra principal es contra la renovación de los intentos de reconquista escolástica de las universidades (aunque no la califican así, sino con la etiqueta más digna y suprapolítica de lucha del racionalismo contra les "seudociencias": como si lo que estuviese en peligro fuera la propia mente humana de la que ellos serían sus adalides incontestables por una suerte de derecho natural), sus preciados bastiones, reflejados indudablemente en las banderas sin duda desconcertantes e hipócritas del D.I. No es de extrañar que Gödel (a pesar de su religiosidad, e inclusive en su nombre), indiscutible proveedor de conocimientos indudablemente antipositivistas, contraatacará en su día, en pleno embate contra él por parte del positivismo, diciendo que: "... el noventa porciento de los filósofos considera en estos días que el negocio de la filosofía consiste en extraer la religión de la cabeza de la gente" (Kurt Gödel, citado por Palle Yourgrau en su "Un mundo sin tiempo", ed. cit., pág. 28).

Un caso notable entre nosotros se pudo contemplar a raíz de la exhibición de la película "Ágora", de indudable confección ideológica (y de paso obligadamente tergiversadora de hechos empíricos e indudable intencionalidad educativa) y que consitó la adhesión mayoritaria de la pléyade de investigadores racionalistas, positivistas. protoposiivistas o kantianos, etc. ¡A pesar del contenido manipulador, propagandístico,simbólico-ideológico... e incluso burdamente esquemático artiísticamente hablando (son evidentes los guiños al cine eisensteiniano)... Indudablemente, primaba para todos ellos, como en la defensa de la idea prioritaria del "modelo" de J.L. o cualquier otro artículo formal de fe... el posicionamiento antirreligioso que es el que define la formación de los batallones reales de la batalla real que tiene tantos estandartes como sirvan a la causa... la causa de la implantación de una República Burocrático-cultural libre de contenidos o de "contenido variable" a voluntad del Gobierno (del Gobierno de esos expertos investigadores y lógicos)

Lo que hay que añadir de todos modos, conscientes de la época posmoderna en la que vivimos (de burocratización enorme y significación reducida de los discursos, o tacticismo, ¡caras ambas de la misma moneda!) es que ese combate sólo es la punta que están dispuestos a mostrar de los dos icebergs que se reflejan uno en el otro durante la confrontación.

La buena observación de Gödel de que "Los positivistas tienen la tendencia de representar su filosofía como una consecuencia de la lógica, para darle dignidad científica" (ibíd., pág. 232), y sentencias sin duda básicas y radicales de Nietzsche como en la que considera "ridícula sobrestima" la que el intelectual hace de la conciencia (LGC, ed. cit., pág. 27), se están conviertiendo en críticas perimidas ante las formas meramente ruinosas, decadentes, fantasmales, de meros letreros sin significado que toman las palabras referidas a conceptos y que cada vez más son esgrimidas no para "autodignificar" nada ni porque se caiga en "sobrestima" sino apenas por necesidades de autoidentificación en el marco de la lucha, eminentemente tucidideana a la vez que enteramente histriónica, donde las máscaras y los ropajes múltiples se superponen o se intercambian en instantes a razón de las necesidades tácticas de esa lucha (a veces, como Max Plank reconociera, dirimida por muerte o extinsión física del contrario), ausentes hasta de gusto, cada vez más lisa y llanamente orteras.

¡Ay, por fin, no ha sido el público de Shakespeare el que se elevara hasta su teatro, sino el teatro el que descendiera hasta la fonda abyecta!

Por eso es tan difícil evitar caer en la trampa que proponen los posmodernos de toda laya cuando nos invitan o incluso nos provocan para que bajemos de nuestra atalaya desde vemos a la distancia hasta su terreno llano desde donde sólo se ven los fantasmas que se dan para sentirse... necesarios. Por eso hay que andarse con cuidado...

(6) Lewis Wolpert, científico, catedrático de Biología Aplicada en Londres, en su defensa incondicional de la ciencia por encima de todas sus miserias ("a toda costa", que decía Nietzsche), reconoce sin embargo "la corrupción" existente y otros lindezas ("La naturaleza no natural de la ciencia", Acento Editorial, Madrid, 1994, pág. 87 más o menos; dejo aparte la jugosa cita que hace de Max Plank en pág. 90 para otras consideraciones). Pero lo hace con el mismo "buen rollito" o condescendencia como se trata la corrupción político-económica y político-legislativa hoy en día (y hasta la de más de un criminal, de cuello blanco sobre todo pero no sólo). Y en esa línea considera que "en todas partes se cuecen habas", como si eso nos pudiera servir de... ¿conocimiento riguroso? Lo que con ello escamotea Wolpert es responder qué tiene el sistema para que ello ocurra y proceder a su crítica radical y no a suavizar y edulcorar el tema (algo, como dije, muy pero que muy posmoderno, como todos sabemos). No contento con ello, pide, en el mejor estilo del que usara el Platón de "La República" en relación con la recomendación de reprimir a los poetas... que los filósofos y sociólogos de la ciencia (de los que selecciona un puñado fácil de vencer y/o sus frases más dolidas y descontextualizadas, como la única que atribuye a Feyerabend propugnando "el destronamiento de los especialistas"-ibíd., pág. 106-, como si sólo naciese de una voluntad jacobina irracional, de una fobia oscura o de algo parecido)... dediquen sus esfuerzos no a "desvalorizar la ciencia" sino a "publicitarla" (después de todo "hace falta la publicidad" -ibíd., pág. 97-). ¿Y todo en nombre de qué? Pues de que "la ciencia es lo más elevado de la cultura humana de todos los tiempos"... algo que por supuesto... nos lo tenemos que creer a título de nuevo evalengio, de nueva sacralidad quizás, de qué otra cosa. Incluso lo reconoce: "Sé que mi posturapodría resultar filosóficamente indenfendible; pero, y esto es lo crucial, el sostenerla no representará la menor diferencia para la naturaleza (?) de la investigación científica. Es irrelevante." (ibíd., pág. 104; interrogación y negrita mías). Lo reconoce, pero, al mismo tiempo, igual que J.L., lo desprecia: lo único que interesa, por imperio de la fe y de la certeza en las virtudes del propio credo y de su práctica, es... la investigación, la investigación... convenientemente subvencionada por supuesto dentro de los límites del contrato interburocrático vigente, que un día puede ser socialdemócrata, otro comunista y otro nacionalsocialista, a saber... A Wolpert y a sus colegas... les daría igual... o, al menos mientras su subsistencia siguiese dependiendo de la socialdemocracia, quizás en la privacidad podría no mostrarse tan oportunista. Los hechos sucedidos en la Alemania nazi, la URSS, China, Cuba, Corea, Irán... demuestran sin embargo que "todo llega" y que "todo es posible", porque la "moral cientificista" antepone su propio valor grupal sobre los restantes grupos, exactamente como haría cualquier otro... aunque sin duda con mucha "peor conciencia".

Entretanto, mientras pertenezcan a Occidente, como los demás defensores ideológicos de la Ciencia (Kuhn, Popper, Lakatos... incluidos), mientras no se vean en la tesutura de tener que optar por abandonar la querida y privilegiada práctica académica de no permencer fieles al régimen, alza Wolpert en su panfleto divulgativo la bandera del diálogo, la sociedad abierta y la democracia, el contrato social en oposición a la aplicación de la fuerza, etc., como paliativo y mérito propios de la ciencia (pág. 119), todas cortinas de humo en realidad tan al servicio de la burocracia gobernante y de su estrategia desconcertante y sibilina como lo son "el buen rollito" de ZP, la Alianza de Civilizaciones o el Salvamento de la Tierra "que pertenece al viento"...

¡Hasta qué punto la simbiosis entre cultura y gobernabilidad ha avanzado, hasta qué punto unos y otros se imitan mutuamente, lo dicen estas cosas! (Para iniciar una discusión acerca del término "simbiosis" aplicado a estos asuntos, impuesta como resultado del establecimiento dominante de la "perspectiva burocrática", véase C. Wright Mills, "The sociological imagination", Oxford University Press, 1978; se ofrece en él una perspectiva incluso más sociológica del problema de "los ejecutivos de la mente" como llama a los elementos del "conjunto de burocracias investigadoras"... las Universidades. ¡Leedlo sin miedo... o si no temeis experimentarlo y poner en tela de juicio el camino por el que marchais!)

Mario Bagioli, por último, pone en evidencia el tránsito del mecenazgo de príncipes y particulares al mecenazgo del monopolio estatal y señala el rol que este cambio representó para la provisión de una mayor pureza y objetividad para la legitimación del pensamiento científico (y filosofófico también), una imagen tramposa pero ello misma efectiva a los fines de hacer del Saber y de sus Guardianes un firmamento dominante capaz de estar por encima de todo hombre, cultura y situación (Mario Bagioli, "Galileo cortesano", Katz Editores, Bs. As.-Madrid, 2008, págs.116-117).

(7) "... tuve compasión de los mortales", confiesa inicialmente Prometeo (Esquilo, Prometeo encadenado, "Tragedias", Alianza Editorial, Clásicos de Grecia y Roma, Madrid, 2004, pág. 312), y ello fundando "en ellos ciegas esperanzas" (ibíd.) para que no sintieran la inminencia constante de la propia muerte. Además "yo les concedí el fuego" (ibíd.), "los convertí de infames como eran antes en seres dotados de inteligencia y en dueños de su mente" (ibíd., pág. 318).

No creo que le resulte sencillo a J.L. determinar la fecha en que su Prometeo nos entregara el fuego del verdadero método científico, determinante según él del comienzo glorioso de la producción de conocimientos (o modelos), pero no creemos poderlo situar en el mismísimo siglo XX, tal vez con Mach, Russell o Wittgenstein... Sin duda no podría tratarse de tiempos de Newton -"interesado en compreder mejor la bondad y la sabiduría de Dios", como apuntara Nietzsche- o Galileo, en los cuales, especialmente en Italia: "...la predeterminación astrológica aparece como un tema recurrente. Según Galileo, lo observado (los "astros mediceos" como bautizó el científico a los satélites de Júpiter en honor de los Médicis) no constituía un descubrimiento sino una confirmación del destino de los Médici, casi una prueba de lo que afirmaba el horóscopo dinástico" (op. cit., pág. 167; el paréntesis aclaratorio es mío). Y Galileo lo dejó escrito de su propia mano empezando por el título de su ofrenda: Siderius nuncios; "un presagio de las estrelas" (ibíd., pág 169).

Pero, sin duda, J.L. prefiere, ignorar la historia (quizás quedándose con el Galileo de Bertolt Brecht o alguno más maniqueo aún, un Galileo anticlerical lo más puro posible) así como dejar en nebulosa el momento en que se habría producido el cambio radical de modo que cada lector suyo asuma vagamente lo que le dicte su propio bagaje informativo e ideológico (o sus slogans asumidos) y se confunda (él mismo, J.L., lo esté probablemente también, y por lo visto por decir sin pensar mucho lo que "me dicen" por ahí). Por lo general, los lectores de los blogs leen muy rápido, rellenan los huecos con sus propias fantasías y tragan sin masticar. ¿Rumiar?, ¿roer?: eso es cosa de perturbadores que deben ser ignorados y hasta expulsados del templo, como sugiere el mencionado Lewis Wolpert. Allí señala: "La mayoría de los científicos no sólo ignora las cuestiones filosóficas sino que la Ciencia se ha mostrado inmune a las dudas filosóficas"(op. cit., pág. 105). ¿Qué se puede esperar de lectores poco rigurosos, preorientados a rehacerse una y otra vez con los mismos slogans, tal vez miembros de esa subclase proletaria cuya fuerza de trabajo recide en la fuerza de su cerebro al servicio de la rutina acumulativa de peqeños datos?

(8) Gödel usa el término en el marco del Renacimiento en referencia al idealismo materialista al que vincula con "la izquierda" y el realismo metafísico, por el que se decantaba, al que llama "de derechas"...

(9) Extracto de un relato maorí en el que se explica la matanza masiva de moriori por los relatores llegados a su isla con el expreso fin de esclavizarlos (reproducido en "Armas, gérmenes y acero" de Jared Diamond, Random House Mondadori, Debolsllo, Barcelona, 2009, pág. 63 y posteriores), libro que recomiendo de cabo a rabo como producto científico que es (aunque denostado con toda la antropología incluso por el catedrático de Biología Aplicada Lewis Wolpert cuya disciplina, claro, ya ha alcanzado el punto de legitimación necesario como para mirar a algunas otras ciencias desde arriba, como antes miraban otros la suya...) y con la reiterada advertencia de que no comparto su enfoque ideológico sino sólo lo realmente científico: sus datos evidentes.

Wolpert por supuesto demuestra no comprender o no querer asumir la realidad iremediable del grupalismo que torna metafísica y mística, o si se prefiere ausente por completo de realismo, la idea de "una" Humanidad en donde, claro, unos estarían a la cabeza y los otros serían simplemente salvajes (a la cabeza los occidentales, claro, y del conjunto los científicos, claro, ya no los sabios sino los investigadores, o sus jefes de departamento. Vuelvo sobre esto en mi nota 13, en especial en cuanto a mi mención de Shrödinger.)

No acepta, no asume, niega, combate, la idea de que los diversos grupos optan por explotar para su supervivencia las facultades con las que cuentan, las más desarrolladas, la fuerza, la adaptabilidad, la asutucia política, la acumulación memorística de datos, la capacidad de cálculo y de trazar curvas, la retórica, la redacción, la narratividad, el mesianismo, etc., incluso, por supuesto, el número, el carácter de masa, el peso de su orientación electoral... Y no acepta, por lo visto, considerar que están en su derecho, el mismo que lo lleva a él a dedicarse de corazón a... investigar (¡forma a la que se reduce, como ahora veremos, la ampulosa y arrogante vocación de verdad!).

(10) Como he señalado, hace gala de lo que considero una ignorancia consciente. "Nada salvo la ciencia produce conocimiento", afirma J.L. con todo desparpajo (añadirá en un comentario: "porque produce modelos, que es lo único que importa" -me permito esta vez no citar literalemente para resumir-) intentando ignorar la historia humana y la existencia de algo más que su primermundo occidental. Los mitos proveen incluso todavía enseñanzas útiles y profundas, como puede verse en los mitos de Prometeo ya mencionado o el de Sísifo (con el que Jacques Monod abre, a través de Camus, su "El azar y la necesidad", donde al finalizar acaba proponiendo su propia "salida" mítica y humanística). John Maynard Smith concluye su "Ocho hitos de la evolución" sugiriendo en base a sus observaciones empíricas que el ser humano posee incluso la facultad irrenunciable de mistificar (John Maynard Smith, op.cit., Tusquets Editores, Barcelona, 2001, págs. 224-229), algo innato que no le impide sugerir... la construcción o diseño de un mito bueno y unificador de la humanidad. Pero lo interesante es observar cómo uno de esos mitos, por ejemplo, nos dan muchas más pistas de la realidad de la que somos parte que cualquier serie de detalles neurocientíficos indicando las áreas donde se hubican las diversas facultades sensoriales y emocionales. En un punto, insisto con, por ejemplo, Shrödinger o Kauffman y hasta con Wolper, en que para ello, como fueran los casos de J. Monod y J. M. Smith -ambos, insisto, deslizándose en la cnclusión de sus libros de divulgación hacia terenos filosóficos, incluso míticos y hasta propagandísticos en mayor o menor medida, llegando a proponer mitos aglutinadores alternativos para la salvación de la humanidad (algo que no es competencia de la ciencia, aunque al parecer sí de los hombres que la practican a tiempo casi total)-, tienen que escapar de su especialidad y moverse allí donde niegan sus propias convicciones o prácticas metodológicas.

Un caso interesante fue el representado por Varela Y Maturana en su pretensión de fundar una epistemología puramente bioevolucionista (algo sin duda provechoso como primera aproximación y cuyo valor narrativo no sólo no desmerezco sino todo lo contrario... eso sí, en tanto que se mantienen en terreno científico aportando datos que convalidan la base ontológica sobre la que hay que apoyarse inevitablemente para y al hacer ciencia, pero no en cuanto, sin más, se sacan una moral "universal" de la galera y, en el filo de la navaja, se deslizan hacia un potivismo invertido que sugiere que la misma ontología a la que ha apelado todo el tiempo apriori o intuitivamente sea repentina y arbitrariamente derivable de la epistemología... "traida a la mano" a partir de la anterior, algo típicamente positivista que, además, se queda bastante más acá del Schopenhauer del "mundo como representación y voluntad" y de la opción mística preferente por el filósofo por la cultura veedica, igualmente atractiva para Shrödinger por cierto; todo mal digerido, más pobremente expuesto, incluso algo crípticamente, y ofrecido sin mención alguna de las fuentes filosóficas mal asimiladas, "fantasmagóricamente" en definitiva, como... ¡aporte filosófico desde la biología y la ciencia!). Un punto de vista, dicho sea de paso, que al parecer al menos Varela revisó en una aproximación al pensamiento de Cornelius Castoriadis (entrevista a ambos por Katharina von Bulow, publicada en "La insignificancia y la imaginación", Editorial Trotta, Madrid, 2002, págs. 87-110), además del hecho de que hoy la biología evolucionista hace intervenir y pone algo más acento del que puso en su monento "El arbol..." mencionado en fenómenos como la epigenia, considerádolos facetas del proceso múltiple e "imaginativo" que sigue la vida: como constructora "testaruda" sobre materia preexistente, esto es, constructora de un camino que impone esfuerzos extra por conservar la dirección previa, pero que en su curso a la vez reorienta, obliga a bifurcaciones, túneles, rodeos... y que puede conducir al colapso e incluso a la extinsión de una u otra de sus formas u ontogenias.

(11) J.L. intenta desconcertarnos y como poco autoengañarse. Para ello se esconde detrás de menciones a la experiencia y a la lógica, a las demostraciones y a las verificaciones (otros, con Popper, proponen las falsaciones como prueba negativa, como si ello no fuera mero espectácuo aquietador y poco más -Wolpert rebate a Popper poniendo él mismo sobre la mesa la dificultad intrínseca debida a la "no naturalidad" es decir "formalidad", construcción racional, de la ciencia) , y sin embargo las viola o tergiversa a ambas. Los hechos que he expuesto están ahí, la marcha de la sociedad no es la marcha idílica ni va dirigida a un Progreso creciente que nos depararía el Paraíso en la Tierra en lugar de en el Cielo, en el Futuro en lugar de en el Más Allá; las perspectivas son de colapso y pérdida de todo significado en nombre de tacticismos mesquinos y reduccionistas, de falsas menciones a la moral o a la racionalidad, a la libertad o al bienestar... de falsas supocisiones de conocimientos que se reducen a colecciones parciales de datos especializados... Eso es lo que dice la experiencia que J.L. ventila de palabra y niega sin tapujos. La lógica, por su parte, es un producto intuitivo que como todos ellos no requiere demostración y cuyas demostraciones sólo sirven para ahogar su riqueza elucidatoria. (Schopenhauer sobre la confusión que introduce la razón y el caso Euclides)

(12) Schopenhauer (op.cit.) supo vislumbrar, bastante acertadamente a mi juicio, este mecanismo. Partiendo de que "sólo los resultados que el hombre puede producir con su concurso son verdaderos objetos de experiencia" (op.cit., tomo I, pág. 49) describió el fenómeno del conocimiento como: "... como la razón no nos da a conocer jamás sino lo que recibe de otra parte, no amplía, en verdad, el campo de nuestros conocimientos y solamente les da otra forma" (ibíd., pág. 63). Claro que "el entendimiento solo no basta para construir máquinas y edificios, es necesario que venga la razón a poner nociones generales en el lugar de las intuiciones (...) ganando la certeza y fijeza del saber abstracto. El cálculo diferencial no aumenta la suma de nuestros conocimientos relativos a las curvas; no contiene sino lo que ya contenía la pura y simple intuición..." (ibíd., pág. 63). "La importancia del saber o conocimiento abstracto consiste ante todo, en la posibilidad de transmitirlo y de conservarlo invariable, de este modo es como adquiere valor para la práctica" (ibíd., pág. 65, y más en 72). [¡Cómparese con la definición de mito por Malinowski citada por mí antes!].

Interesa resaltar también la aprehensión del filósofo en relación a la parte negativa de la reflexión y del saber abstracto que también: "...divide la atención y turba el espíritu. Esta es la causa por la cual los salvajes y los hombres incultos, poco acostumbrados a pensar, ejecutan ciertos ejercicios corporales, como domar animales, lanzar flechas, etc., con una seguridad y una rapidez que el europeo, habituado a reflexionar, no consigue nunca, precisamente porque la reflexión le hace vacilar y gastar tiempo en dilaciones" (pág. 66). ¡Toma nota J.L., no sólo acerca de lo que es conocimiento abstracto como el que a tí te gusta y el intuitivo ("exacto", "sensible", "inmediato"), sino en el evidente hecho de lo que te ha llevado a la confusión -dicho en sentido relativo-, sin duda temeraria, que te ha llevado a oficiar requiems y a dictar cátedra como si tal cosa... con tanta... democracia! Sin duda, se repite en todos estos casos la absurdidad o abuso cometido por Euclides al pretender que su puro juego reflexivo fuera base firme o demostrativa de la geometría nacida directamente de la intuición como bien observa Schopenhauer concluyendo que ya: "...podamos comprender hoy que el método lógico de Euclides en matemáticas es una precaución inútil, una muleta para quien tiene las piernas sanas, y que se asemeja al viajero que, caminando de noche, en vez de seguir el camino real que se extiende junto a un río, se mete constantemente por senderos escabrosos considerándose muy feliz con volver a hallar de distancia en distancia el río" (pág. 79, y más en 81).

Schopenhauer niega con un idealismo relativo el carácter objetivo del mundo, su exterioridad, y lo deriva de la voluntad del "sujeto conociente", de la que deduce por proyección antropogénica que esa voluntad es la fuerza que lo explicaría todo, objetivizándola por encima del mundo y considerando que se individualiza en cada objeto, dándole una especie de "vida", de "movimiento vital". Prisionero de la ausencia de entes creadores o causas primeras propiamente dichas, Schopenhauer se considera en el derecho de hacer esa extrapolación o proyección en base a que "El sujeto conociente cuya individuación resulta de su identificación con el cuerpo, conoce a este de dos maneras distintas, como representación intuitiva en el entendimiento (...) y como algo conocido directamente de cada uno... (...) El acto de volición y la acción del cuerpo no son dos estados diferentes (...) son una misma cosa que nos es dada de dos maneras distintas, una vez inmediatamente y otra vez en la intuición y por el entendimiento. La acción del cuerpo no es más que el acto de la voluntad objetivada..." (pág. 101).

Nietszche, a su turno, observa la fuente de "error de los errores" (op.cit., pág. 207) que se deriva de una visión antropoproyectiva como la de Schopenhauer, pero con ello se desliza un poco hacia un círculo vicioso donde "lo objetivo" del mundo "exterior" vuelve a constituirse. Sin embargo, unas páginas más adelante, mostrando la dificultad de abandonar del todo la idea schopenhaueriana, hace suya una pregunta: "... ¿no es, por el contrario, muy probable que lo más superficial y exterior de la conciencia, lo más aparente de ella, su costra, su materialización, sea lo que primero percibimos, quizás lo único?" (ibíd., pág. 236). ¡Justo desde donde extrapolamos en el sentido aquí discutido al hablar de las proyecciones antropomórficas y animistas de las que parece no podemos desembarazarnos aunque lo intentemos con unos u otros subterfugios!

Lo cierto es que el mecanismo, sea el mayor o simplemente otro de los origenes de los "errores" es parte del mecanismo con el que no puede dejar de operar el ser humano, mecanismo que lo empuja por donde él mismo crea la luz que lo guiará y lo pondrá en serios aprietos... La idea subyacente en Nietzsche como en toda la filosofía hasta el presente, parece ser la ilusión de alcanzar una verdad totalizadora incluso criticando su posibilidad. ¿Otra pulsión inevitable de la imperfección conservacionista de la vida, en este caso en su expresión reflexiva? ¡Toda una lástima, sin duda! ¡Toda una pena que comparto con todos los hombres pasados y futuros a los que, en tal caso, sólo les queda sufrir... y en todo caso gozar! En esto como en relación a la moral... me atrevo a observar que Nietzsche, con todo, quizás como filósofo impenitente, como poseedor de una piel filosófica inseparable, no pudo desembarazarse: sin duda, parece que objetivismo separado del hombre y moral de referencia van demasiado de la mano como para que se trate tan sólo de un accidente...

(13) Nietzsche, ¡de nuevo!, en el mencionado La Gaya Ciencia, ¡de nuevo!, nos ilustra brillantemente acerca de la absurdidad de considerar el punto de vista cientificista que pretende presentarnos los detalles que revelan los descubrimientos científicos como conocimientos propiamente dichos y únicos:

"Suponiéndo que se graduase el valor de una música por lo que es capaz de contar, de calcular, de reducir a fórmulas, ¡cuán absurda sería semejante evaluación científica de la música! ¿Qué se percibiría, qué se comprendería, qué se descubriría en ella? Nada, absolutamente nada de lo que tuviese de música." (LGC, ed. cit., pág. 236; la negrita es mía).

En el fondo, algo equivalente cuando el Sócrates de Platón lleva a Teetetes, primero a aceptar que el todo no se conoce mediante la enumaración y conocimiento de las parte, ni mediante la necesaria explicación (o la palabra, ni puede ser reducido a la sensación ni al juicio verdadero (Teetetes o de la Ciencia, "Diálogos", tomo 13A,, Editorial Porrúa, México, 2007) y deja entrever que no es el modelo el resumen del conocimiento de un objeto (modelo que reduce los detalles y emborrona los perfiles) sino la profundización sin límites en procura de los aspectos que lo hacen diferente de todo lo demás, esto es, en su particularidad o especificidad concretas. No por nada: "Ahora, Teetetes, que veo de cerca esta definición, a la manera de lo que sucede con el bosquejo de un cuadro, todo se me oculta, siendo así que, cuando estaba lejano, creía ver alguna cosa." (ibid., pág. 490). Y ahí, en esa limitación del conocer, en esa cualidad del que sería el verdadero e imposible conocimiento de algo, reside la necesidad del mito y de la ciencia, del modelo y de la explicación, del juicio y de la teoría abstracta y la formalización, de la enumeración interesada y su estudio que ponen de relieve lo que interesa y soslaya, oculta o tergiversa lo molesto, lo perturbador, lo que, simplemente, no permite una reducción, un bosquejo, que permira ver algo, aunque borroso; tener, en fin, como hemos visto, una guía. Lo que, ¡atención!, nos obliga a ser muy vigilantes y a detectar, también, qué se pretende con ella, hacia dónde se nos quiere guirar, quiénes quieren guiar a quienes, etc., y qué permanece en las sombras por esos oscuros motivos inconfesables...

Platón, sin duda, desde la seguridad que le daba la convicción de que todos los conceptos ya-estaban-allí-dados-desde-un-principio -una "solución" moral o interpretativa como cualquier otra, con iguales derechos a otras me refiero, que en el fondo disfraza de sustancial la tendencia a apelar a la intuición como fuente decisiva del conocimiento por su calidad interpretativa espontánea cuya genealogía hoy cuenta con bases científico-modernas-, tal que "parecería" que esa facultad humana -la intuición- pudiera extraerlos de otra parte, como de La Caverna o del dictado revelador de un dios, reconcoce que no logra escapar al "conficto" y que los conocimientos de la ciencia lo son previamente, en todo caso, como objetos que quizás puedan ser, simplemnte, expresados más o "mejor"... para "enseñar" o "transmitir"... esto es, para cumplir una función social a la que se le pueden o no atribuir valores que la hagan en mucho más digna de lo que es considerada (¿por la Polis, quizás, a la que Sócrates de ve obligado a responder sin acabar el diálogo?).

En el extremo opuesto, sabemos que el positivismo se inclina por hacer de la verificación la dadora de significado.

Pero, ¿acaso seguiremos ignorando cómo uno de los fundadores de la Ciencia moderna por antonomasia, el glorioso Galileo, presentaba sus descubrimientos como un resultado del horóscopo, en cualquier caso, del Destino suprasensible, Destino que lo había situado en la corte de los Médicis para más gloria de estos... y sin duda suya?
¿Seguiremos ignorando por qué razones sociales se proponen hoy en día, a cualquier precio, hipótesis científicas en las Universidades?

(Y por favor, nótese que no pretendo reducir a la mezquinadad académica todo resultado cultural humano, el científico y el filosófico incluidos. ¿Acaso podría considerar, como sinceramente considero, este trabajo crítico "Una lanza rota por el pensamiento humano" en su conjunto y sin discrmianción?)


(14) Por no dejar esto en nebulosa diré brevísimamente que creo que el mecanismo de conocimiento intuitovo, el fundamental para la supervivencia básica humana (no así para la creada socio-históricamente) tiene un origen en la propia vivencia o experimentación individual con las propias partes del individuo (conciencia homuncular incluída, y sueños, dolores, alegrías, frustraciones, o sea, estados quimicos internos derivados de la interacción entre todos los elementos capaces de actuar en un momento dado) que se proyecta luego por asociación antropomorfista y animista. La propia "voluntad" schopenhaueriana tiene esta índole y por eso, salvo que se le pongan filtros formales dogmatizados, se lee con empatía intelectual y, aunque chirree algo... convence. Pero el tema requiere más desarrollo y más ayuda desde la propia ciencia, ¡cómo no!

(15) "¿Por qué el comienzo de la escritura asumió una importancia tal que hizo temblar la tierra? El registro escrito poseía el secreto del gobierno del mundo; las inscripciones fueron identificadas con la información que contenían porque cuando comenzó la escritura, estas inscripciones fueron parte de los instrumentos para la comunicación de todo lo importante entre el cielo y la tierra. En otras palabras, el medio fue, por lo menos, parte del mensaje. Las personas de los medios -es decir, los poseedores del poder de la palbra escrita- fueron las primeras personas en la historia china que se ganaron la vida con la adquisición y la transmisión del conocimiento bajo la forma de la palabra escrita." (K. C. Chang, "Arte, mito y ritual", Katz Editores, Madrid, 2009, pág. 105).

Esto es reflejado en relación a otros ámbitos igualmente antiguos por Shrödinger en el siguiente párrafo lleno de significación e información de la que él mismo no parece sacar o no parece animarse a sacar todas las conclusiones y se muestre todavía tributario de la modernidad en algún aspecto menor de todos modos apenas interpretativo así como del marco fundamentalmente moral en el que esto acaba reduciéndose a una queja beatífica. De nuevo, hay veces que cualquier hombre reflexivo es capaz de ver detalles significativos a pesar de hallarse atrapado en la nebulosa de sus normas de conducta y sus valores. "Desde el punto de vista de aquel que considera ciertas las enseñanzas de los Upanisads, la salvación por el conocimiento es la peor en tanto en cuanto el conocimiento presupone inteligencia, además de inspiración para la reflexión. Afirmo que es incluso peor que la salvación por la predestinación de san Agustín o la salvación luterana por la fe, que no es muy diferente dado que la fe aparece no por méritos propios sino por la bondad divina. Sin embargo, el conocimiento de una verdad lógica -y aquí no se trata de esto sino de una doctrina místico-metafísica- no es una simple lotería sino un juego con dados cargados (loaded dice): no sólo tiene ventaja el inteligente, sino también el acaudalado, aquel de cuyas necesidades vitales se ocupan otros mientras él se entrega a la especulación metafísica." (Erwin Shrödinger, "¿Qué es real?", ed.citada, pág. 121; he remarcado en negrita lo que me parece relevante para la cuestión de la que trata esta nota mía, y que es evidente e indiscutible).

Un hecho que, esta vez referido a la Grecia Clásica donde empezó todo (y empezó antes de Sócrates , Platón y Aristóteles) menciona ni más ni menos que Adam Smith: "Antes de la invención de la imprenta el único empleo donde un hombre de letras podía aprovechar de alguna manera su talento era el de profesor particular o público (...) Antes de inventarse la imprenta, estudioso y pordiosero eran vocablos casi sinónimos. Parece que (...) los rectores de las universidades otorgaban a menudo a sus estudiantes permiso para mendigar. En la antigüedad (...) las remuneraciones de los profesores eminentes eran muy elevadas. Isócrates (...) acusa de incoherencia a los profesores de su época. (...) << ... deberían realmente ser sabios, pero (...) por ese precio, sería con seguridad reo...>> Isócrates mismo pedía a cada estudiante diez minas... (...) Muchos otros grandes profesores de la época amasaron grandes fortunas. (...) ... estilo de vida (...) espléndido e incluso ostentoso." (se refiere a Gorgias, Protágoras, Platón, Aristóteles, a quienes cita), etc., etc. (Adam Smith, "Riqueza de las naciones", Alianza Bolsillo, Madrid, 2007, págs. 196-198). Sin duda, no hay nada como "ganarse la vida" con el sudor... ajeno. Y si de paso nos agrada "saber"... pues eso que se ha ganado aparte.

Nietzsche, lector obligado de los cñasicos ya apostillaba acerca de que "la necesidad es lo que los mueve a hacerse investigadores" (LGC, ed.cit., pág. 235) y no el supuesto racionalista (y metafísico) de Aristóteles (¡adoptado por los cientificistas sin reparo alguno como si no lo fuera, o como si pudiera ser demostrado, verificable o falsable!) con el que se inicia el texto de su Metafísica: "Todos los hombres desean por su naturaleza saber"; una extrapolación autocomplaciente de su propio yo al conjunto de una humanidad muy heterogénea de la que él mismo excluía a los esclavos, además de que lo que más lo motivara a él mismo y a todos los que comenzaron la andadura filosófica clásica era... "la afición a disputar" (Schopenhauer, op.cit., pág. 56), necesidad sin duda psicológica, a la que se añade lo dicho: la ventaja del especialista en una sociedad jerarquizada donde ha terminado (históricamente) de instituirse la separación entre el no-trabajo físico y el trabajo material. O tal vez... el slogan publicitario que conseguía inculcar Aristóteles a sus alumnos para que siguieran asistiendo a su Academia a cambio de los emulementos que documentara Adam Smith.

Un hecho que, con sus más y sus menos confusas interpretataciones, supieron ver a su modo Feyerabend y Wright Mills en sus críticas de las comunidades de expertos de hoy en día, proletarizados y/o burocratizados según el lugar que ocupen en la pirámide cultural. Sin duda, una realidad indiscutible que no puede ser tomada como un accidente o un hecho colateral, ni antiguamente ni por supuesto hoy, en nombre de una pureza, o virtud, mucho más que falsa... imposible.

(16) Esa visión del hombre andando en círculos de uno u otro color y diámetro, fue lo que supo ver Nietzsche cuando señaló que "la verdad" era tan sólo... "un problema" y el mundo no era algo que se ocultara tras una "apariencia" sino que... era "esa apariencia", era la "representación" que construía el hombre como único recurso y único resultado de su relación interactiva con lo que sentía que no era él, su propio cuerpo y su propio cerebro incluidos como "objetos" de su capacidad de reflexión. El origen schopenhaueriano y a su vez berkeleiano y a su vez platónico de esta opción explicativa, pasada indudablemente por Kant, pasada y férreamente formalizada por Kant, tiene las connotaciones comunes a todas las interpretaciones humanas, de modo que no la expongo aquí por su contenido narrativo sino por lo mucho que apunta al problema, por su valentía ante la nada, ante, mejor dicho, la falta de sentido del mundo y de la vida, ante la única explicación plausible, incompleta y existencialmente insatisfactoria que tiene dos caras: (a) que somos un resultado de una cadena muy compleja de eslabones actuando e interactuando en un entorno dado por inercia, y (b) que no tenemos otra percepción base que la de nosostros mismos. Y esto último se lo debemos, al menos así, bastante bien formulado, a Schopenhauer, de donde lo rumió Nietzsche, etc.

(17) ¡Ese es el hormiguero que se está realmente construyendo, en el presente, esa única dimensión existente del tiempo, más allá, claro, de que pueda ser concluído con el concurso o la confluencia mejor dicho de todas las marchas burocrátizas, presentes o en formación pero igualmente burocratizadoras! No es, claro, el ingenuo sueño altruista y místico de Shrödinger ni el de Schopemhauer hacia el que el propio Nietzsche sucumbe en parte como subproducto de su propia interrogación desamparada. Pero sí podría ser, siempre que fracase el proceso que se teje día a día en el curso de los hechos, de este mundo alcanzado, siempre que ese mundo colapse gracias a su propia inoperancia, a su incapacidad de los humanos para ser hormigas perfectas y laboriosas, es decir, altruistas -como las llama Shrödinger exactamente-, gracias a la fatiga, la pereza y la comodidad y hasta gracias a la ansiedad de dominio, a la sed de poder... puede que la visión de Nietzsche (y mía en tanto que opción anticipatoria de tipo especulativo) se realice, esto es, que se realice la comedia, que se realice la contemplación, que el comienzo del fin sea dulce, apacible y despreocupado... y por fin llegue el reino de la risa y, como decía Nietzsche con acierto, el de la vida humana irresponsable. Claro que para esto, harán falta las máquinas, el soma o los Morloks.