domingo, 1 de marzo de 2009

El carácter intelectual del liberalismo (2): los últimos mohicanos

Cuando comencé esta serie (hace ya unos cuatro meses) no pretendía simplemente atribuir al liberalismo un carácter intelectual que de por sí es obvio y no discute nadie, sino dar de ese carácter una descripción o definición que se opone a la que esa corriente, como hacen todas las corrientes intelectuales, se atribuye a sí misma, a saber: la de representar a otros grupos sociales de los que se sienten portavoces, por lo general el pueblo o aquellos sectores que juzgan promisorios, o sea, manifestaciones en potencia de la humanidad unificada del futuro. En este sentido, debo volver a aclarar inicialmente que el liberalismo es considerado aquí como un paradigma de primer orden del fenómeno intelectual e incluso, al menos hoy en día, de mayor significación para la construcción de una sociología de la intelectualidad que el propio marxismo, como explicaré brevemente luego, si acaso reiterando viejos artículos previos.

La idea subyacente, pues, era y sigue siendo ahondar en lo que esto significa sociológica más que "filosóficamente" y lo que ello implica en consecuencia en términos políticos.

Esto lleva a desmantelar la idea de que el liberalismo (del modo en que pretenden todas las corrientes de pensamiento nacidas del esfuerzo reflexivo del grupo mencionado) representa un ideal humano genérico que devolvería (o acercaría de nuevo) a la humanidad al perdido Paraíso; un ideal que los intelectuales adscritos a esa corriente habrían descubierto en el propio funcionamiento espontáneo de la realidad bajo la forma de leyes inexorables o naturales.

Esto último es lo que define los discursos de todos los intelectuales modernos, nacidos todos del Renacimiento y autolegitimados como estamento independiente con la Ilustración, todos ellos fervientes adoradores de La Razón a la que todo debe ser sometido en aras de conquistar un estatus propio en el mundo (cuyas raíces no por nada se hayan en Sócrates, Aristóteles y Platón), todos ellos convencidos de ser la expresión humana por antonomasia, su consciencia y su voz.

En ese sentido, el liberalismo (tanto como el socialismo como ya he señalado otras veces) deja ver en su propia argumentación, contradictoria e incoherente, inclusive hipócrita más allá de la ingenuidad con la que hoy aún la defiende en la mayoría de los casos, no sólo que la sociedad ideal que pretende es utópica en todos los sentidos cubiertos por su significado sino que responde a sus propios intereses de grupo, materiales pero también oníricos -lo que determina en gran medida sus contradicciones-; unos intereses que nacen sin dudas de sus propias capacidades y cualidades y que pretenden sean amplia y crecientemente reconocidas por la sociedad así como igualmente remuneradas. Esto, se arguya lo que se arguya, se rechace vergonzosamente o se oculte tras el supuesto altruismo de la buena conciencia, es lógico en todo grupo social y no puede sino ser perseguido por este ya mediante argucias pragmáticas (reformas) ya mediante la imposición política a los demás grupos (por medio de una revolución capitaneada por sus representantes).

Esta diyuntiva es a mi juicio inevitable y en el caso de los intelectuales en ambos casos infructuosa: en el curso del proceso que dio lugar a su autonomía relativa y a sus pretensiones de legitimación social como cuerpo independiente, el mundo soñado por los intelectuales no ha dejado de alejarse. La sociedad, sin embargo, no ha dejado de ofrecerle un lugar patético y frustrante, tanto bajo el mecenazgo, donde sus cualidades sirvieron para el entretenimiento y el engrandecimiento de la corte en tanto que coleccionista de beneficiarios (como deja claro el estudio de Mario Biagioli, "Galileo cortesano", publicado por Ed. Katz, Bs. As., 2008), hasta la proletarización o en todo caso la burocratización bajo la forma del especialista o experto. Lo que nunca consiguieron y a lo que siempre aspiraron sus miembros no fue en el fondo otra cosa que obtener de la sociedad reconocimiento y posición a cambio de los productos de su capacidad, y hoy sigue siendo así. El valor de esos productos, incluso, no deja de ser relativo. Sin duda La Razón se impuso como referencia decisiva gracias a sus sucesivos éxitos, pero estos lo han sido en tanto consolidaron las nuevas formas sociales en las que la intelectualidad volvería a ocupar un papel subordinado. Como de muchas otras afirmaciones y certezas, no existe garantía alguna de cuál será el prototipo de ser humano que triunfe en el futuro, genética y socialmente hablando, si es que pudiera haber uno solo. Nada garantiza, en definitiva, que ese prototipo se corresponda con el de nuestros sueños antropocéntricos y grupales, es decir, con nuestra propia idiosincrasia.

Sin embargo, aún sobrevive y sin duda sobrevivirá a pesar de todo la inevitable sensación de superioridad que la intelectualidad siente respecto de sí misma. No fue suficiente la usurpación de sus discursos por parte de quienes llevaban tiempo encargándose de la administración de la polis y de casi todas las instituciones y organizaciones de la sociedad, producida al calor de la Revolución Francesa (léase "El Antiguo Régimen y la Revolución" de Tocqueville), usurpación en cierto modo observada a posteriori por muchos intelectuales decepcionados que de todos modos no sacaron de ello todas las conclusiones pertinentes. No les basta ver tampoco cómo ese discurso es utilizado y cada vez más y más reducido a la mentira y al engaño de la propaganda y por fin al minimalismo del slogan, mientras sus denuncias contra el soberano, allí donde se producen todavía, son cada vez menos efectivas a la vez que contradictorias y cada vez más propias del lamento y de la súplica. En todo caso, eso continúa con la mismísima despreocupación intelectual que siempre los ha caracterizado por las consecuencias reales que sus denuncias viserales puedan producir políticamente hablando. Nunca al parecer abandonarán esa certeza que los mantiene vivos de que algún día sus capacidades les serán ampliamente reconocida socialmente por La Historia.

Los modelos apriorísticos, propios de los intelectuales, extrapolados necesariamente, hay que reconocerlo, de las tendencias reales que la intuición descubre pero que La Razón matiza, tergiversa, privilegia y por fin absolutiza sin respaldo real alguno (lo que no es sino la contrapartida de la horfandad de la conciencia humana), reflejan el ideal de un mundo que para conseguirlo es contradicho (lucha por el poder, desigualdad, servilismo, opresión), así como la reivindicación de un rol que sólo podría realizarse claudicando, es decir, burocratizándose o proletarizándose cuando no servilizándose. El fracaso o la claudicación son cada vez más las únicas salidas políticas de tales grupos sociales. En todo caso, la melancolía y el ostracismo... o... la negación a vivir de aquello de lo que a uno le apetecería vivir (los científicos que cobran un salario por dedicarse rutinariamente a trabajitos de detalle son un ejemplo: como secuenciar bacterias todo los días o medir radiaciones de fondo o calcular órbitas de partículas elementales... y que tal vez por eso intenten escapar un poco... mediante blogs que muchos admiran aunque sin mayores consecuencias y que acaban siendo abandonados más tarde o más temprano; lo que menciono como otra pequeña evidencia).

Ignorantes contumaces de la propiedad generadora de "los obstáculos" que se interpondrían según los pensadores liberales a la instauración espontánea de su modelo liberal. ellos defienden, a pesar de la contundencia de los hechos, la idea de que la democracia formal sería un estandarte contra la burocratización; de que el libre mercado lo sería contra el monopolio y la concentración; de que sería posible un Estado interesado y dedicado a preservar la pureza de sus perturbadores cuasi diabólicos o pecadores... (ver nota * al pie). Pero la realidad, insisto volviendo al terreno de lo más cercano, no es sino la verdadera productora de esos mismos "obstáculos": burocratización (a instancias del sistema democrático-formal o representativo, que ya no deja lugar ni siquiera para los pequeños partidos democráticos sino en todo caso para conformar tendencias o corrientes dentro de las grandes -dos por lo general en los países más desarrollados- organizaciones profesionales, que ya veremos si no derivarán en "grandes pactos" que tiendan de por sí a derivar en "Partidos Únicos" con mayor e menor lucha "intestina"), concentración e intervención estatal (a partir del libre mercado), ficción productiva en todos los planos (a instancias de la función de mercancía de todo lo que la imaginación de creador y usuario permitan)...

Ya he señalado en anteriores entradas que el marxismo en tanto que corriente constructora de un modelo igualmente recional (o sea, parcial en el sentido antedicho) cae en exáctamente las mismas trampas. Su modelo ha muerto (aunque podría renacer a instancias de "La Crisis") al alcanzar su claudicación un grado de represión y opresión insostenibles por la misma racionalidad que les sirviera de justificante, incluso hasta el extremo de empapar las propias manos en sangre. Una experiencia idéntica que había quedado sepultada por el tiempo sucedido desde los del Terror de Robespierre (ese que llegó a justificarse en nombre de los objetivos revolucionarios) y que al pasar a manos de sus sucesores (¿o no lo son los marxistas respecto de los primeros liberales en todos y cada uno de sus postulados, apenas depurados de supuestas contradicciones, apenas desarrollados en parcialmente "invertidos"?) acabaría por lavar las manos de sus antecesores en la larga marcha permitiéndoles que la retomaran renovados.

De ahí que sus los diversos grupos de intelectuales luchen entre sí en torno a la posesión de la "verdad más verdadera", básicamente: el libre mercado o la socialización de los medios de producción. Liberales y marxistas pasan así de un bando al otro tras ver como se frustran sus perspectivas más inocentes mientras buscan el discurso que más fácilmente le permita conservar, en todo caso, su alcanzada posición social (¿no explicaría esto, por otra parte, la famosa aseveración popular que señala la predilección por posturas "radicales" por parte de los hijos de la burguesía -flauverianamente hablando- mientras son estudiantes y su conversión una vez alcanzado un estatus profesional por ellos mismos? ¿No es el caso de la mayoría de los que confiesan hoy entre nosotros "¿Por qué dejé de ser de izquierdas?") Sin duda alguna, la opción por un discurso u otro no es a fin de cuentas inocente, y si el que se escoge no puede conducir al intelectual al cenit de la dominación grupal al menos debe permitirle un cierto reconocimiento para que prevalezca.

En este proceso, mientras el socialismo derivaba sin mayores traumas hacia su simplificación o reducción burocrática y era prácticamente absorbido por las corrientes y los movimientos más pragmáticos, el liberalismo recuperó su "encanto" propiamente "intelectual", "romántico" y "contestatario" hasta convertirse incluso en refugio de la izquierda. En varias ocasiones he apuntado, por ejemplo, que sus quejas contra el crecimiento del Estado y la concentración monopolística tiene ese “encanto” romántico o jacobino que perdiera el anarquismo y luego el socialismo radical asambleario… tan del gusto de la intelectualidad de siempre, propensa sin embargo desde su nacimiento a la subvención o a la beca… del buen padre o del mecenas. Recientemente, Mr. Friedman nos llama en su último libro a bregar antes por la libertad que por la igualdad y todo para que la realidad se encargue en todo caso de nuevo de dejar esa expresión de deseos en plegaria incumplida, como sucediera tras la Revolución francesa según documentara Tocqveville en la obra ya citada.

No obstante, no todo es negativo o ineficaz, y hay que reconocer que el intelectual, en tanto se sienta marginado del poder bajo una sociedad que se aleja de su modelo de manera progresiva, mantendrá una postura crítica que conserva un cierto grado de efectividad. Más allá de su propia hipocresía y de la conducta estratégicamente desconcertante de la burocracia que gobierna, los discursos han acabado por instalarse en el lenguaje de estos usurpadores de La Razón y este sigue siendo, al menos en Occidente, que hoy por hoy es de hecho todo el mundo, un lenguaje legitimador. Ese predominio no parece que pueda desaparecer fácilmente y sin duda tuvo un papel en la condena final del totalitarismo y su crueldad... aunque para ello tuviese que caer por su propio peso.

En todo caso, es evidente para quien acepte mirar el fenómeno lo más desprejuiciadamente posible, que el discurso utópico y el propagandístico se justifican mutuamente y contribuyen a su manera, a vaciar toda significación cognitiva del discurso, situando los problemas en un terreno cada vez más ficticio. Esto se ve todos los días en los debates que se establecen en ese supuesto terreno conceptual en el que discuten los defensores de la religión contra los ateos probablemente convencidos, o los que enfrentan a los defensores de la economía de libre mercado contra los que dicen estar decididos a regularla a partir de justificaciones morales... Y, a la vez, nadie puede asegurar que no cumplan un papel en el futuro.

En este contexto, es interesante observar cómo la propia marcha de las cosas lleva (a mi juicio) a que probablemente sea el liberalismo radical (tal vez, si los hechos lo hicieran renacer de sus cenizas, acompañado por un neomarxismo antiburocrático) una de las últimas expresiones ideológicas de la intelectualidad tal como la conocemos; un juicio arriesgado sin duda alguna que debe ser mejor fundamentado y que si puedo sostener es sólo en base a mis parámetros sociológicos respecto de la intelectualidad en sí misma así como a partir de la genealogía que creo haber bosquejado, de las causas de su nacimiento y del sentido y dirección de su marcha social. De ahí mi interés por esta corriente que sobrevive a duras penas entre la claudicación (por la que mayoritariamente se decantaron los socialistas y los liberales moderados, ambos bajo la forma de lo que bien podemos llamar genéricamente la socialdemocracia y que se denomina también social-liberalismo) y la melancolía de la decepción.

Como ya señalara en otras partes y pretendo desarrollar más amplia y documentadamente en la medida de mis posibilidades, nos encontramos marchando hacia un colapso social que va más allá del hecho de "La Crisis" actual que de todos modos ésta ciertamente pone en evidencia (y esto lo decía yo sin solución de continuidad tanto desde que puse este blog en marcha como en mi literatura desde incluso antes). Ese colapso lo considero simple consecuencia de la burocratización galopante e inevitable (mal que a los liberales y a ciertos marxistas nostálgicos les pese) en que nos hallamos a causa de la complejización social incesante que incluso parece afectar a toda la realidad visible.

La burocratización tiende al colapso por causa de la propia idiosincrasia de sus actores principales, la burocracia política moderna (ya he mencionado muchas veces aquella feliz sentencia de los polacos de 1956 acerca de los tranvías que tan bien describe la situación, así como mi cuento "Para que se cumpla el plan" que también creo que lo refleja adecuada y trágicamente como ya he sugerido). Y en esa dirección marchamos aún cuando se salga más o menos espontáneamente de "La Crisis", lo que, cuando suceda -de no llevar al colapso definitivo-, será atribuido por cada uno de los actores a sus propios exorcismos: la regulación e intervención estatal, los mecanismos espontáneos del mercado (siendo todo ello a la vez falso y cierto, porque sin duda el resultado de una situación dinámica se debe a las interacciones que se libran en su seno cuando no se añade algo que viene de fuera y acaba convirtiéndose en una nueva fuerza interactuante).

Los actores, sean los intelectuales (en busca de su triunfo legitimador) o los burócratas (en busca de la conservación o conquista del poder político), hallarán en su propio bagaje la explicación adecuada. Todas las sucesivas sociedades construidas por la humanidad se han erigido sobre esas bases imaginarias y esto sigue estando, tal vez más claramente que nunca gracias a la actual "Crisis", en los fundamentos y soluciones que se esgrimen para conseguir la continuidad de esta sociedad tal cual ha llegado a ser hoy: una sociedad basada en la certeza absoluta de que el mañana será superior al ayer.

En efecto, esta idea central del racionalismo clásico, fundamento básico de la sociedad occidental, primero europea y por fin global, idea del Progreso básicamente lineal o al menos sistemático, idea que alimenta todos los modelos de la intelectualidad, desde sus primeras utopías hasta los modelos liberal y luego, de su seno, marxista, permanece incuestionable en todas las propuestas que se hacen para sacarnos de "La Crisis" del mismo modo que subyacen en lo que podría señalarse (no moralmente como hacen todos para justificar sus acciones orientadas a sus objetivos políticos) como sus causas: la idea de que mañana habrá más riqueza es sin duda la causa por la que se cae en la superproducción capitalista y en el incremento del crédito y la causa por la que los gobiernos optan por inyectar dinero del futuro en el presente... Y esto apenas se discute (digo apenas por no ignorar absolutamente a aquellos que se refugian en el budismo inoperante que, de todos modos, no tengo garantía alguna de que no prospere y nos lleve, tan imaginariamente como la idea del progreso en su día, a una sociedad diferente bajo su dominio ideológico-mítico -que sea otro el que se crea con la firme convicción de que no pueda ser así-).

Pero atención, la idea de Progreso, esa idea fuerte a la que apelaron y apelan todos los planificadores racionales de nuestro tiempo para alzarse con la suma del poder político, no nace porque sí en sus mentes. Todos los modelos (como el liberal o el marxista) se construyen, hago incapie en esto de nuevo, en base a la observación de las tendencias efectivas que se observan en la realidad y que se privilegian luego en tanto representan vías reales para marchar por este mundo. En "el principio" la idea fuerte del Paraíso nace del profundo deseo del hombre de ser protegido y amamantado por seres superiores que le faciliten las cosas (el peso de la niñez perdida no puede ser obviado) y de la necesidad de cubrir míticamente (de algún modo) el haber sido alejado de ese Paraíso, lo que deja abierta la puerta para una recuperación por vía de la toma de conciencia (desde el arrepentimiento hasta el ajuste táctico). Sin duda y en última instancia, toda la Historia humana se mueve hacia "adelante" por imperativo genético. Pero las pautas que esta historia establece y afirma son las que dan lugar a los pasos sucesivos, incluso creando imperativos que llegan a tener más fuerza que los primitivos a partir de los que pueden ser rastreados. Estas nuevas situaciones sucesivas acaban a mi criterio, y por decirlo de algún modo, autonomizándose a la manera de un Golem o como puede suceder con el sirviente que acaba dominando al amo. Esto, por acabar con la digresión, describe la mecánica de la realidad en general o lo que he llamado en otros sitios "imperfección" del los sistemas desde un enfoque lógico-humano (enfoque que en sí mismo es imperfecto y que hace que nos cueste tanto entender el sinsentido de "todo" hasta llevarnos a atribuir ese sinsentido a una limitación propia que no acaba de sernos revelada, lo que a su vez también nos resulta "incomprensible", etc., etc.). Lo cierto es que, conscientes como producto del mismo proceso, no somos sino un resultado teleonómico, una consecuencia de lo que me parece una fuerza inercial, fuertemente resistente a ser reducida, que consigue evitar esto último mediante la complejización. Pero esto es una hipótesis sin duda intuitiva que no me veo capaz de desarrollar amplia y rigurosamente como debiera. Tal vez... otro producto de la imaginería humana que poco pretende en mi caso y que vuelve a demostrar la mencionada "imperfección" (o sinsentido lógico) del "mecanismo".

Y ya de regreso a tierra firme, precisamente afirmando la idea de la creciente complejización que ha tomado forma social como burocratización creciente, podemos ver cómo el Estado no deja ni dejará de seguir agigantándose y aumentando su poder sobre la sociedad. Lo vemos a cuento (nunca mejor dicho) de "La Crisis" en los planes todos los gobiernos sin que esto de lugar a otra cosa que la contemplación impotente de aquellos que creían que su liberalismo iba viento en popa y comenzaban a acariciar el momento soñado por Von Mises de desplazar al socialismo del poder mediante la previa conquista de la conciencia de los intelectuales para "cambiar el curso del torrente" sobre la base de que "Las masas los seguirán" (Von Mises citado por Bruno Leoni en "La libertad y la Ley", Unión Editorial, Madrid, 1995, nota en págs. 178-179).

Falsas esperanzas sin duda del mismo tenor que las que abrigaran los intelectuales de Las Luces, muchos de los cuales dejaron sus cabezas al pie de la guillotina y años después la perdieron tras las autocríticas que les exigiera el stalinismo, aunque ya como burócratas desplazados por sus propios pares.

Lo vemos, lo seguimos viendo y lo seguiremos viendo, mal que les pese a los intelectuales y a los liberales en particular, porque esa burocratización , tanto del Estado como de las empresas, nace constantemente del libre mercado y de la democracia formal a la que se aferran como a un clavo ardiente sin querer comprender sus "misteriosos" mecanismos. Y es que, más allá de lo idílico que pueda ser y es eliminar o reducir los "obstáculos" que impedirían que el uno y la otra se desarrollaran en la dirección deseada (dando más a los consumidores y más libertad política general, que es lo que propugna "el modelo" en clara coincidencia con los objetivos de "la izquierda", es decir, de toda la intelectualidad más allá de la discusión que se establece entre sus miembros acerca de cuál sería "el camino"), repito, más allá de los deseos aparentes y a fin de cuentas propagandísticos para "cambiar el torrente" y conseguir que "las masas los sigan" (deseos que encierran a su turno los propios, más mezquinos aunque estén ungidos de Humanidad y de Cultura, de Progreso y Bienestar, de Buenos Sentimientos y de mejores Paraísos... como sin duda serían los ocultos en la pretendida libertad occidental en la opulencia, libertad sostenida por la productividad de los demás y hasta por el poder de los demás), no pueden ni podrán evitar que la voluntad (idílica) de frenar esos obstáculos sólo pueda interpretarse y sólo pueda redundar en... INTERVENCIÓN ESTATAL, para lo que el Estado deberá seguir siendo un objetivo de conquista por un grupo particular, lo que no podrá dar lugar a otra cosa que a nuevas RESTRICCIONES A LA LIBERTAD; es decir, lugar a contradecirse y a mostrarse tan hipócritas como sus oponentes.

Pero todo esto, a mi criterio, no puede ser comprendido, ni aceptado como hipótesis siquiera, sino en el contexto más amplio del "problema intelectual" del que el liberalismo resulta a mi criterio una de sus expresiones "últimas" en el sentido con el que esto se aplicara a la tribu de los mohicanos, es decir, por estar condenada necesariamente a morir en tanto que el colapso se aproxime, o en tanto que se reduzca al extremo la posibilidad de conseguir algo. Paso a paso, me parece, la sociedad ha ido haciendo cada vez más difícil la existencia sólida de grupos sociales de idiosincrasia intelectual (como por cierto reflejaran algunos de los textos más difundidos de la literatura de anticipación, como "El mundo feliz" o "La máquina del tiempo" -un mundo en este último caso al que la intelectualidad termina regresando desde el pasado sin otra justificación que la convicción que ella misma tenía de ser vital y necesaria; ¡y que tenía en el siglo del progreso de 1800!-). Y tal vez esa sea una de las más angustiosas perspectivas para la intelectualidad a la vez que la vea como tal a instancias del propio crecimiento burocrático, lo que pone en evidencia su capacidad intuitiva y su propia limitación. Se trata pues de una monstruosa paradoja que sólo deja el espacio de los sueños para las Utopías de todas las posibles Repúblicas de Sabios: la intelectualidad no puede sino dejar de ser ella misma para conquistar y conservar el poder, y todos sus esfuerzos han equivalido a los de quienes sólo se han estado cavando su propia tumba (y sin saberlo a su vez). La intelectualidad, gran paradoja y enorme trampa, no es capaz de ser sí misma a la vez que ser política y gobernar. De ahí que la idea de la representatividad y de la división del trabajo sean para ella tan caros... y tan remotamente heredados de nuestros antepasados carroñeros. En fin... cosas de la idiosincrasia de cada uno... y de lo que ello depara.

Imagino a priori que estas tesis serán básicamente rechazadas por todos casi todos los pensantes, tanto por la sentencia de muerte de la intelectualidad en su conjunto (tal como la conocemos o mejor dicho la suponemos), que subyace y de todos modos sostuve explícitamente, como por lo que más a corto plazo afirma acerca de que sus modelos no conseguirán triunfar jamás (como el liberalismo por el contrario pretende y sostiene convencido y el marxismo residual podría aún reivindicar, quienes seguramente sueñan con que la muerte de su oponente sea consecuencia de su propio triunfo por fin en solitario). Sí, difícilmente aceptarán ver en las mutaciones sucesivas de sus miembros más pragmáticos hacia formas directamente burocráticas o al menos hacia comportamientos serviles en relación con la burocracia gobernante y dominante, un aviso de esa muerte final que los amenaza (y que incluso habría que decir: nos amenaza). La progresiva simplificación reduccionista de su discurso, dogmática y hasta sintética propia de la "agitación y propaganda" burocrática sigue evolucionando hoy en día hacia el inmediatismo sin contenido real y el tacticismo. Todo ello es un hecho colateral de la burocratización, de la extensión de su dominio desde lo político hasta lo psicológico (eso que hace que cada vez más jóvenes aspiren a ser funcionarios, o que se valore la "profesionalidad" y también la "especialización científica", por mencionar algunas de las conductas típicas del presente).

Y esto, precisamente, es lo que me lleva a ver ello como un mero mito que está cada vez más cerca de la extinción, cada vez más lejos de poder crear un movimiento de masas o provocar una revolución... que no se tergiverse desde un comienzo (es decir, que pueda triunfar como la francesa o la bolchevique); cada vez más lejos de dar de sí, en todo caso, una alternativa diferente de lo que ya conocemos; cada vez más impracticable, sobrante, redundante e increíble.

Desde mi punto de vista, en el grado de complejidad social en el que nos hallamos, esto roza constantemente el colapso, y dentro de esta fase sitúo yo la manida "crisis de nuestro tiempo" de obvio contenido intelectual. La burocracia nos lleva hasta el borde del abismo y la intelectualidad sigue siendo esencialmente incapaz de controlar la realidad (no es capaz ni siquiera de aceptarla... aunque "sin embargo se mueva"). Pero, sea o no producto de mis mejores deseos, es decir, del mundo readaptado de mis sueños a instancias de la frustración que produce la conciencia, pienso que la fuerza de la reflexión sobrevivirá a ese colapso volviendo a reponer un escenario digno a su carácter trágico o, quizás, por qué no, a dar lugar a una etapa de dulce contemplación del estilo del lector (libros ya hay y habrá siempre para más de una vida), el escucha (la música no necesita ni la mitad de lo compuesto), el voyer de lo apolíneo y el paseante, una etapa que nos deje el descansado trabajo de la creación artística por la cual la sociedad trabajadora siga dispuesta a mantenernos sin tributos adicionales.

Todos los modelos nacidos de la buena conciencia de los intelectuales, a tono con La Razón de la que quieren amamantarse de por vida, son el refugio de sus monstruos. Al principio, todos ellos son como niños puros, pero con el paso del tiempo, envejecen y muestran sus mañas y mezquindades. Y el modelo liberal, mal que les pese a sus epígonos, está hoy lleno de arrugas y tal vez "La Crisis" actual acabe sacándole todas las canas. Más allá, en el futuro difícilmente predecible, hay que reconocerlo explícitamente, ofrezco como muchos pura especulación intuitiva.

De cualquier forma, creo seriamente que la globalización y la burocratización dejan fuera, a mi criterio, toda alternativa que no sea colapsante para la configuración social alcanzada, lo que deja a los intelectuales definitivamente marginados de toda acción significativa de readaptación. La entrada en el Capitalismo Burocrático Global (que se reviste cada vez más de ideocracia a tono con las necesidades de una burocracia culturalizada (o todavía sometida al "Tribunal de La Razón", por extender la manera que usa Leo Strauss para unos fines que me parecen similares) o, si se me permite de nuevo, eutifrónizada, es decir, necesitada de un esoterismo que se refugia en la destrucción del propio lenguaje y de la comunicación) es decisiva. Lo que no significa que el futuro no ofrezca a la reflexión otros espacios y a sus mejor dotados para llevarla a cabo otros roles sociales que de cualquier forma sólo cabe imaginar a título especulativo o intuitivo.

* * *

(*) Adendums: en respuesta a comentarios de Héctor párrafos iluminadores de Hayek y de Leoni que subo aquí por lo apropiado en relación a lo por mí sostenido (lo "inevitable" a que lleva la sensación de certeza del propio modelo y la lucidez que lleva al mismo tiempo a la tibieza y a la inoperancia de la "buena conciencia" intelectual):

"... debe existir un poder que pueda prohibir a las diferentes naciones una acción dañosa paa sus vecinas... Los poderes que tal institución necesita son principalmente de carácter prohibitivo; tiene que estar, sobre todo, en condiciones de poder decir no a toda clase de medidas restrictivas" (Hayek, "Camino de servidumbre", Aianza bolsillo, pág. 278).

"... siempre hay una víctima de coacción en este sistema libre. Se puede intentar convencer a la gente para que se comporte de una manera que uno cree libre y se la puede contener (¿cuándo por no comprender actúa en contra del modelo, como en una huelga salvaje, v-g-?) para que no se comporte de una manera que uno estima coactiva. Pro no siempre (?) se puede demostrar que lo que uno cree ser libre es verdaderamente libre, o lo que uno estima ser coactivo es realmente coactivo; en un sentido objetivo de la palabra." (Bruno Leoni, "La libertad y la ley", Unión Editorial, Madrid, 1995, pág. 195; sólo los paréntesis son míos, CS).




miércoles, 25 de febrero de 2009

Un cuento "breve no tan breve" publicado hoy hora de Argentina

Los límites de la verdad - Carlos Suchowolski


—¿Cuántos dedos hay en esta mano? —preguntó el Interrogador al interrogado mostrándole su mano abierta con todos los dedos en abanico.
El interrogado vaciló. La rata fijaba en él los ojos desde la jaula en la que se encontraba retenida. Los separaba un pasadizo de metal de 30 cm que formaba con la jaula suspendida un único artilugio firmemente calzado con correas a la cabeza del individuo. Eran ojos desesperados y hambrientos que la empujaban con todo su peludo cuerpo contra la trampilla. La amenaza era evidente: el interrogado tenía que responder con absoluta corrección.
De repente, el instinto, que en otro individuo tal vez lo habría conducido a la catástrofe, iluminó su mente:
—Los que diga el Partido…
El rostro del Interrogador, que llevaba en sus hombreras estrellas de coronel y una etiqueta bordada con el lema de la policía política, no pudo evitar una expresión aprobatoria. El ceño seguía contraído pero una escueta sonrisa había alcanzado a formarse en la comisura izquierda de los labios. Al interrogado no se le escapaba nada, pero el Interrogador no parecía preocuparse por mantener ocultas sus reacciones. El esfuerzo debía ser sólo del sedicioso, que debía demostrar una conversión profunda, no necesariamente sincera sino funcional. Tenía que demostrar poder volver a ser útil, con lo que todos habrían ganado.
—… Los que el Partido considere que haya en esa mano… —reiteró con convicción el interrogado (¡era evidente que lo había comprendido!); y añadió con fervor sin dejar de vigilar a la rata—: Aunque haya que cortar los que sobren para que nadie diga lo contrario...
El Interrogador no pudo impedir un sobresalto y su esbozo de sonrisa se borró del rostro. El ceño se volvió enjuto, duro como la piedra, mientras, sin poder evitarlo, una mano envolvió los dedos de la otra:
—¿Cómo? —dijo estupefacto. Era la primera vez que escuchaba una insolencia como ésa.
El interrogado volvió la vista hacia la rata, que pareció haberse tensado. Se abrió un lapso de expectación. El Interrogador se preguntó si una situación como la que el interrogado había supuesto podía considerarse. “Sin duda”, se dijo… “por qué no…” Sin embargo, la respuesta sugería una falacia que luego, sólo luego, habría de tornarse cierta, y eso sí que no podía ser... “Hum”, se tranquilizó, “eso me basta”, y liberando sus dedos de la presión de su otra mano la llevó hasta la argolla que permitía alzar la trampilla que impedía el paso al animal.
—¡Lo siento…! ¡Debo considerar errónea esa respuesta! —dijo suspirando, y sin más tiró de la argolla dirigiéndose luego a la rata al ver que permanecía vacilante, incapaz al parecer de dar un paso hacia aquella monstruosa cara arrugada de mirada enloquecida… que no obstante olía a carne fresca—: ¡Venga, venga, vamos! ¡Come… devora… que nos ha fallado! —y dio un golpe en la parte trasera de la jaula para que hacerla reaccionar.
Al cabo de un tiempo que pareció un siglo, el alarido desgarrador que inundó la caja de la sala se silenció del todo.
—¡Error, error! —explotó entonces—. ¡Error, maldito cabrón: el Partido no tiene por qué dejar las cosas en ningún estado para nadie; al Partido eso no le importa en absoluto, y no tiene… no tiene razón alguna para llegar tan lejos…! ¿Cómo se te pudo ocurrir, maldita seas…? ¡Será posible el hijoputa…; qué se habrá creído el muy inútil; qué… se habrá creído!
Casi de inmediato, llegaron hasta los oídos del Interrogador los insistentes ruiditos del roedor que avanzaba sin pausa, abriéndose camino. Todo terminaba y entonces, más sosegado, el Interrogador se dejó caer sobre la silla. Tenía que reconocerlo, el maldito lo había decepcionado. Ahora había que concentrarse en el informe, y decidir qué poner… “Hum”, pensó, “Claro que pudo ser una provocación, pero esa hipótesis… me obligaría a decirlo todo, y eso no puede ser… No, no, no hay por qué andar sentando precedentes... Lo mejor es que se trate de un caso más de la habitual idiotez de los que dicen cinco cuando se les pregunta…” Y, reconciliado consigo mismo, se puso de pie y se encaminó hacia la salida mientras se volvía a frotar sus queridísimos dedos, esos cinco en cada mano que en absoluto estaba dispuesto a que le cortara nadie para que las cosas cuadraran.


Publicado en "Breves no tan Breves"

sábado, 14 de febrero de 2009

Los "Invasores" del espacio interior... y nosotros mismos.

Casi todos los gobiernos y particularmente del de España, y ahora a cuento de "La Crisis", vienen prometiendo al pueblo, cada vez más, y más ostensiblemente que las mil y una veces anteriores a lo largo de la historia del "Estado Moderno", que se distribuirá entre todos... ni más ni menos que el propio futuro que ellos mismos habrán de construir. Un futuro que dan por seguro y con el que el presente quedería sobradamente cubierto y ese mismo futuro garantizado.

Pero que la subsistencia actual del "pueblo" se garantice con los frutos aún no alcanzados que potencialmente pueda (¡o deba!) producir mañana, no sólo es un engaño esquizofrénico sino que pretende hacernos cómplices de nuestra propia explotación y opresión secular más allá de lo que ya es aceptado. Con lo que la doble vuelta de tuerca llega a un extremo que revienta las costuras del propio racionalismo que servía de justificación a todo el armazón en que esa explotación y opresión opera sin contestación definitiva.

Sí, es evidente que el Leviatán de Hobbes se justifica como nunca a sí mismo a través de las promesas cuyo cumplimiento descansará en nuestro propio esfuerzo y... en la vigilancia que ejercerán los distribuidores de riquezas o bienes futuros sobre nosotros para que podamos o debamos producirlos. Y es también evidente como, al mismo tiempo, deja al desnudo al monstruo que su razón pretende haber engendrado como beneficioso y sano.

¡El absurdo de la situación no resiste la lógica y como tal provoca el rechazo viseral de todo ser reflexivo... siempre y cuando no pertenezca al grupo que agita esa propuesta que pretende que consideremos salvadora!

Pero es que esos seres, que cada vez se alejan más de nosotros en atención a sus intereses, sueños y modo de vida (incluido el de ganársela), y que tienen del mismo mundo una visión inversa de la nuestra al punto de que no ven absurdo sino enteramente lógica su conducta desconcertante, incoherente y mentirosa, parecen comprometidos, o más bien coaligados, a obligarnos a alcanzar ese futuro para beneficio aparente de nosotros mismos.

¡Algo que, bien pensado, parece increíble que esté sucediendo y... sobre todo... que lo sigamos aceptando todos, incluso como una condena, que ni siquiera así sucede!

Vistas así las cosas, no queda sino comprenderlas bajo la consideración de que esos seres, que conforman un grupo con personalidad propia como suele decirse, no del todo sólido ni bien avenido (incluso a veces muy mal por cierto), y que cada vez se parecen más unos "invasores" de una "civilización extranjera", inclusive humanoide, han tenido la amabilidad de hacernos prisioneros de nuestra propia indolencia y de nuestras diversas preferencias lúdicas, es decir, de nuestros profundos deseos de ser amamantados de por vida, de nuestra convicción de que no servimos para organizar nuestras vidas por nosotros mismos y, por último, de sentirnos más ligeros y más puros lejos de las preocupaciones cotidianas. No podemos seguir engañándonos y dejar de reconocer que por eso los soportamos dentro de ciertos límites que sin duda no han sido alcanzados.

No es extraño que Wells haya imaginado ese mundo de Elois y Morloks que se encuentra en el fondo bajo la piel de nuestras sociedades complejas desde los primeros tiempos de la civilización y que hoy han alcanzado esa inaudita absurdidad que parece inexplicable. Me sorprende incluso haberlas reflejado yo mismo (y en este punto voy a permitirme otro poco de inmodestia) tan precisa y efectivamente en mi cuento "Para que se cumpla el plan", un cuento con el que en su momento sólo había pretendido retratar los casos en principio extremos que se dieron en la Historia Contemporánea, casos que creí evitables mediante el reclutamiento de conciencias y el debate riguroso que lleva de la pretensión educativa más inocente al mismísimo totalitarismo.

Porque lo que sucede en aquel espacio imaginario, más allá de otros detalles, se origina en el fondo en la convicción rousseauniana de "obligar a ser libres" a quienes no lo quisieran ser, es decir, a quienes concibieran su libertad en "términos distintos" a los pensados por él, y por otros como él, antes, durante y después; los que se metieran un determinado modelo de sociedad en la cabeza, convencidos de que habían encontrado "lo mejor para toda la humanidad".

¡Sí; de repente me he dado cuenta de que no había sino reconfirmado la tremenda capacidad de la intuición humana para iluminar el túnel del tiempo a través de la literatura; reivindicado mi trabajo y su motivación subterránea tantas veces apreciada, sentida, vivida en mis lecturas de Kafka y de Kundera, de Priest y de Úrsula K. Le Guin, de Camus y de Dostoievsky, etc., etc.! Y me he sentido bien...

Ahora bien, que el absurdo funcionamiento de la sociedad llegue a plagar de monstruos la literatura, no puede ser atribuible más que al tremendo horror que nos produce intelectualmente hablando una absurdidad tan enorme. Pero esa absurdidad tiene su base en la impotencia y la pereza, en definitiva en la desesperada manera en que nos aferramos a lo que deseamos aunque de ello sólo realicemos una ficción a medias: escribir, pensar, amar, pasear, comunicar, etc. La política requiere dedicación y distracción respecto de nuestras predilecciones, de nuestros juegos, de nuestra diversión... Y pagamos por ello hasta con la esclavitud.

Cada vez lo tengo más claro... a través del reconocimiento de mis propias inclinaciones.

Hoy, esta situación, aunque la mayoría siga pensando que no se llegará "tan lejos" como en mi cuento o como en El Castillo o como... en la Europa de 1933, se extiende y profundiza cada vez más en todos los rincones del planeta. Hoy, la burocratización capitalista (que eso es en base a sus características ni más ni menos) es global. Hoy, tanto en las más remotas y atrasadas regiones del mundo como en los países más modernos y avanzados, que es como son vistos desde la cultura no por nada dominante (lo que no significa una "superioridad" para cuya medida no hay nada "superior" capaz de determinar), pueden observarse con toda claridad comportamientos gubernamentales equivalentes los unos a los otros y que nos llevan a que califiquemos a nuestros propios dirigentes políticos "occidentales" como "tercermundistas" y "bananeros" y a que nos sorprenda que se puedan construir Estados modernos, incluso más o menos formalmente democráticos y capitalistas, al menos con muchas de sus características definitorias, inclusive a la sombra de organizaciones originalmente terroristas (aunque ya impropiamente consideradas como tales en tanto regentan un Estado en sentido estricto -un asunto que debe considerarse seriamente para poder comprender muchas cosas-).

No es nada que no suceda de continuo y en ámbitos mucho más reducidos desde siempre. Incluso que no se pueda observar entre los animales más próximos al hombre, en particular entre ciertos simios. El insoportable peso de la subsistencia y el ansia irresistible de comodidad lleva a cada ser humano a ver en el otro la herramienta que le pueda permitir aligerar la carga y retener los mejores frutos. Esta sensación la reflejó el hombre como un castigo cuando escribió el cuento aquel del Génesis, y atribuyó a Dios y a la maldita falta de control sobre sí mismo el que fuera expulsado del Edén para tener que sudar la gota gorda. De ahí la pulsión por huir como sea de ello, de estar lo más en el Paraíso que la realidad haga posible, de apelar a esa mentalidad carroñera gracias a la que sobrevivieron nuestros ancestros más lejanos y, también, de responder a esa imperiosa tendencia de la materia de la que estamos hechos que en Físicas hemos denominado inercia...

Esta conducta ha aflorado en todas esas cosas que nos dan al mismo tiempo un poco de vergüenza y nos empujan una y otro vez hacia la práctica de la hipocresía, como se puede ver en el rol atribuido a las mujeres por los hombres a lo largo de la Historia o en la institución de sociedades basadas en la fuerza y la astucia productoras de jerarquización social. Estas situaciones que se justificarán sólo a posteriori, sea mediante el "derecho natural" y las "robinsonadas" hipotéticas nacidas de una lógica selectiva, como es el caso de la "inevitabilidad" de la división del trabajo... justificada a su vez en la supuesta necesidad de un progreso sin límites que nos debería llevar hasta las estrellas que el destino señala como nuestras.

Hace muy poco comenté lo siguiente en otro blog, y tal como lo cierro: "Así lo veo...":

Desde mi punto de vista, mientras veamos el problema como un absoluto (¡y considerar “superiores” en sí a nuestras sociedades lo es, sea o no lo que algún día acabe por confirmar o rebatir la Historia!, siendo que lo son sólo para nosotros), no acabaremos de entender lo que pasa, todo seguirá sorprendiéndonos como si fueran “cisnes negros”, “terremotos” o “meteoritos”… La gente, las poblaciones del mundo, las masas del mundo… sólo buscan la protección de los Estados engañosos, eso es en el fondo toda la cuestión. Si colapsan al menos los más nefastos (y sin duda lo son para nosotros mismos por lo que nos “prometen”: grúas y lapidaciones, tortura, esclavitud, dogma obligatorio… en los peores casos, y tiranía en los mejores) eso haría recular lo peor en una primera instancia, pero, si no vemos la tendencia dominante, que seguirá su avance de todos modos, nos volveremos a contentar y creeremos que “occidente ha demostrado su superioridad” cuando en realidad… los burócratas gobernantes y gobernadores usarán hasta esas frases para oprimirnos cada vez más. Eso es lo que viene sucediendo desde la Revolución Francesa: no ver que la sociedad democrática es la generadora de la burocrática irremediablemente, irresistiblemente.

Así lo veo…

En efecto, así lo veo. La sociedad actual es mero resultado de sucesivos encuentros resueltos mediante pasos sin orientación alguna pero... viseralmente muy interesados, sin duda irreversibles aunque no absolutos ni perpetuos. Parecen grandes cosas, incluso abismales y maravillosas, aunque quizás por lo tremendamente absurdas que pueden llegar a ser en nombre de su permanencia. Y tenemos que ser conscientes de la primacía de esos intereses en lugar de creer que respondemos a cosas menos mezquinas o más trascendentes.

La queja principal, en todo caso, sigue y seguirá siendo la misma: maldita fuese nuestra falta de sensatez y maldita la falta de paciencia que tuvo quien no nos impidiera gozar del Paraíso. La queja principal y la solución única: explotar, oprimir o ser mantenidos (en el lenguaje social de hoy... subvencionados). Aunque a veces uno no puede dejar de soñar con algo más sublime...

domingo, 8 de febrero de 2009

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¡Y luego, no dejes de hacer en este blog tus apreciados comentarios al respecto!

martes, 3 de febrero de 2009

¿Puede La Paz ser algo distinto de La Guerra?

Reproduzco a continuación (retrasando la nueva entrada prevista en la que iba a continuar mi demostración del carácter intelectual del liberalismo) el comentario que inserté al pie de un post que publicara Clionauta, un muy interesante, aunque un tanto "parcial", blog de historia al que tal vez mis lectores no accedan (aunque a veces vale la pena por la documentación que aporta, muchas veces más de un lado que de otro). En ese post, Clionauta reproduce un canto antimilitarista de un intelectual judío-londinense, Eric Hobsbawm; un canto idealista pero que, como pasa con todos ellos, se torna inevitablemente objeto de los fines contrarios, es decir, se convierte en arma al servicio de la misma guerra contra la que se declama, sólo que en favor del lado de aquellos que son considerados por los pacifistas el lado de "los débiles".

Me ha parecido interesante poner esto a vuestra consideración en primer lugar porque creo que a través de ese comentario se puede apreciar, de una manera condensada, el método de análisis que defiendo, así como la crítica que considero que merece el renovado romanticismo idealista que caracteriza a la mayoría de la intelectualidad acomodada de occidente. Creo que el debate en torno a esta cuestión puede ser productivo y puede contribuir a provocar algo más que las diatribas simplemente opuestas pero no por ello menos románticas e idílicas que estamos habituados a ver por casi todos lados.

Aquí os dejo pues con esto, deseando que provoque vuestros aportes y opiniones al respecto:

"Los discursos pacifistas tienen siempre el atractivo de la retórica pacifista, pero… o se quedan en manifestaciones de “la buena conciencia” (nacida de la “mala”) o terminan, por su falta de rigor y objetividad -en todo sentido, me refiero, es decir: en tanto que análisis histórico-social profundo; que no se lleva a cabo ni se hizo jamás con “romanticismo”- que no por las demás cosas… dando un espaldarazo a uno u otro de los contendientes con quienes precisamente se simpatiza a priori. Uno de los problemas de esto es el silencio de las posibles “soluciones” que se sugieren y que no son nada “románticas” (no reales) en su aplicación real y en todos sus pormenores reales (no “románticos”). Por ejemplo: supongamos que se pudiese llegar a un acuerdo entre “las partes”, “partes” de las que los extremos sin duda deberían quedar fuera (los halcones israelíes, los fundamentalistas)… ¿denunciarían los pacifistas judíos como Hobsbawm la represión furibunda que el Estado Palestino emplearía para sofocar los intentos de “sus” extremistas para echarlos de nuevo del poder y volver a la guerra de exterminio en la que no habrían dejado de pensar nunca? Esto es un ejemplo de escenario, pero que pretende mostrar realidades alternativas posibles que el “romantisismo” deja fuera… total… lo que pretendían en realidad era sólo dar rienda suelta a… “su buena conciencia”. Como ese, se podrían dar otros escenarios posibles, el de un ejército o policía internacional que impusiera la paz… violando las fronteras de los contendientes y sus propias “democracias” (de más o menos seriedad según el caso), etc. (dejo el resto de las consecuencias de una acción eficaz de ese tipo a la imaginación realista de c/u). En fin… con mis mejores pretensiones de contribuir a pensar y no a vociferar o recitar.
Gracias y un saludo cordial y sincero."