sábado, 16 de enero de 2010

Una lanza rota... (7): un primer Apéndice fuera de orden

Hay veces en las que uno se topa justo con lo necesita o busca, o con aquello sobre lo que está reflexionando, incluso con lo que reafirma lo que se está dilucidando... Parece cosa de magia, pero todo ciudadano occidental contemporáneo sabe que debe atribuir esos fenómenos a la casualidad, ese intangible, ese impreciso, ese fantasma... que no obstante su naturaleza ambigua está refrendado por el certificado de validez que da nuestra ciencia moderna. La magia, por el contrario, a la que el "azar creador" ha sustituido tras las suscesivas variantes teosóficas, está proscrita. Y, ya puestos, no dejemos de observar lo sorprendente que resulta, en nuestros tiempos, el atractivo que la magia tiene medida, come il faut, en términos de tirada editorial y cuota de pantalla... Quede esto último como un dato que no puede ser casual... je... no el producto de un conjuro masivamente aplicado o de una poción masivamente distribuida (como los condones o las bombillas de bajo consumo, quiero decir).

Pues esto es lo que me sucedió hace apenas unos días, poco después de publicar mi quinta entrega de este intento de ensayo, sin duda no exhaustivo y obviamente poco trabajado desde un punto de vista estructural, escrito lentamente por razón de la abundante (pero parcial e insuficiente bibliografía, no del todo obviada en parte por no creerla necesaria sino también por no poderla abarcar ni tratar con seriedad en este contexto hiperespacial y acuciado de urgencia). Es más, eso me sucedió unas tres veces por lo menos en total.

En concreto y sin más prolegómenos: se trata de unos párrafos con los que me topé a instancias de ponerme a ojear, en realidad por enésima vez desde que lo tengo, un libro que aún no había comenzado a leer. Lo había comprado hacía unos meses con el objeto explícito de alimentar mi necesario acopio de datos sobre la Edad Media y el Renacimiento, datos a través de los cuales intentaba componer una idea lo más completa posible de la génesis de nuestra sociedad actual y de su imaginario de referencia; algo que ya estaba en mí de manera intuitiva aunque también por haber germinado sobre la base de los datos previos, más o menos procesados a la luz de la experiencia ajena hallada en otros libros, de las vivencias experimentadas, de las observaciones llevadas a cabo en la realidad y de las reflexiones que mi idiosincrasia (otro intangible del mismo estilo que la casualidad) me obliga a realizar constantemente.

En este caso, me refiero a un estudio con eje en la vida y obra de Giordano Bruno, un personaje clave cuyo mundo y cuya interacción reflexiva y creativa con él pensé que me daría un interesante panorama (para más señas: "El umbral de la sombra. Literatura, filosofía y pintura en Giordano Bruno", de Nuccio Ordine, en Biblioteca de Ensayo Siruela). Pero, claro, tenía cuando lo compré, otras prioridades. Me debía a la intención de concluir un ensayo sobre "economía" (o más bien, si cabe, de contraeconomía) a propósito de la "crisis económico-financiera" que se ha instalado hace unos años en Occidente y de éste al globo y que la intelectualidad prefiere considerar un cisne negro... como sin lugar a duda volverá una y otra vez a hacer y no sólo en relación a situaciones "económicas" sino también políticas. En fin, siempre es mejor creer que todo irá bien, que nada alterará la suave marcha progresiva y ascendente de la vida... Incluso si se corre el riesgo de una sorpresa desagradable que obligue a la fructífera ocupación de renovar "el modelo". Eso sí, como dijo en su tiempo el Gatopardo: "para que nada cambie".

Sin embargo, el libro me guiñaba constantemente un ojo, sutil, delicadamente, desde la estantería. Cada vez que pasaba, cada vez que colocaba o tomaba otro libro cercano, me susurraba... tómame. Sí, había, como con muchos otros antes y algunos más de entre mis últimas adquisiciones culturales, una fuerza ciertamente sensual, voluptuosa, erótica... E incluso, alguna que otra vez, lo cogía, lo sopesaba, me detenía a apreciar su cubierta, doble, como mal se dice, "de nivel", echaba una ojeada al primer párrafo, al índice, hasta que llegue, el otro día a descubrir el final, ¡un "buen tocho" de páginas antes de la última hoja impresa debido a un enorme apéndice!... Y ahí fue cuando donde me topé con un finale precioso que, además, se complementaba y reforzada con un párrafo debido a mi apreciadísimo Italo Calvino, el escritor italiano contemporáneo cuyas novelas post-realistas tanto me había conmovido hace ya bastantes años, y que tantas cosas contribuyó a fijar en mi conciencia temprana (la inseparabilidad del bien y del mal, la posibilidad de una voluntad insobornable, la persistencia de los sueños aunque de uno no quede prácticamente nada o, en otras palabras, la persistencia del impulso vital...)

¿Qué otra cosa podía hacer sino hacer un alto en mi búsqueda de alguna cita borroneada que necesitaba reproducir para dar fe de no ser un absoluto díscolo ni pasar por un descubridor de la pólvora? Y éte ahí que comprobé al leerlas que esas líneas me vendrían (de nuevo por esas cosas de la magia blanca... perdón, de la casualidad) como anillo al dedo para estas Conclusiones; incluso para encabezarlas; incluso, casi, casi (¡si yo pudiera, ay, contentarme con una simple síntesis y si... ay... si creyera que los demás, qué digo, "todos", pudieran comprender sin preámbulos lo mismo que había entendido yo al leerlas.

Al final, pensando que esto podría estar mejor en un apéndice de este ensayo, como un evidente refuerzo a mi tesis, como podréis comprobar (o quizás no) al leerlo, al igual que otros dos textos más que también hallé "de paso" y también muy, demasiado a propósito, decidí dividir estas Conclusiones en dos partes y adelantaros aquí, como "primera parte" esas preciosas líneas (salvedad aparte que debo hacer de las expresiones de los tres autores de una idílica esperanza de cierta relativización de algunos de los hechos y de ciertos lastres humanistas que lógicamente no comparto aunque no omito citar, y que considero que no hace a la significación que emerge por sí misma de las evidencias mismas que se narran).

En todo caso, sirva esto aunque más no sea para hacer más dulce o digerible este largo trabajo que en su forma presente está al borde mismo del carpetazo; y sirva si acaso para probar hasta qué punto me pudiera haber equivocado con vosotros "todos" y, con tan poco, tan entremezclado pero también tan contundente síntesis... pueda por fin decirlo "todo".

Abrid pues lo ojos, abrid las orejas, estad dispuestos a que la música de fondo de las frases os penetre sin filtros y sin el complemento de la percusión que marca el paso. Aquí va sin más:
"Resta, sin embargo, un punto fundamental en la relación entre la biografía y el saber. Para Bruno, separar la vida de la filosofía y la filosofía de la vida significaría reducir la filosofía a una profesión vil y la vida a una banal búsqueda de falsos valores:
La sabiduría y la justicia comenzaron a abandonar la tierra cuando los doctos, organizados en sectas, empezaron a usar sus doctrinas con fines de lucro. De ahí derivó que, como si se tratara de la propia vida y de la de sus hijos, combatieran hasta el aniquilamiento del adversario por las opiniones de un partido. Tanto la religión como la filosofía yacen destruidas por actitudes de este tipo; tanto las repúblicas como los reinos y los imperios están perturbados, perdidos, exterminados junto con los sabios, príncipes y pueblos.
En una época como la nuestra, en la que el saber científico y humanístico corren cada vez más el riego de estar al servicio del beneficio y del mercado o de un vano ejercicio del poder académico. la experiencia intelectual de Bruno se muestra como un faro moral, como un mensaje edificante de esperanza para las jóvenes generaciones del nuevo milenio. No puede haber conocimiento sin amor desinteresado por el conocimiento, sin la conciencia de que la adquisición del saber no es un don sino el fruto de una conquista fatigosa. A lo largo de este camino dificilísimo, quizás sea posible distinguir un rayo de luz, encontrar el coraje de decir no, saberse diferenciar y no dejarse engullir pasivamente, como decía Italo Calvino, por el infierno que nos rodea:
El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los día, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo, la primera es fácil para muchos aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es el infierno, y hacerlo durar y darle espacio."


¡Por ese pensamiento humano yo rompo una lanza... y soplo otra vela (*)!


(*) No puedo dejar de participar a todos mis lectores ocasionales y seguidores de mi centésimo vigésimo cuarto cumple-medios años, como diría Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado!


4 comentarios:

K. de Barratt dijo...

Felcitaciones retrasadas Carlos! Y me encanta lo que dice Bruno...la pregunta es que sera mejor, hacerse parte del infierno a encontra al que no es y hacerle espacio. A primera vista la respuesta parece obvia, pero tiene razon Bruno al hablar de lo arduo del camino...y hay dias que uno como que se cansa...o peor, se acostumbra...

Lo que por alguna razon me ahce recordar un poco un cuento sufi que lei una vez: un maestro sufi descubre que pronto las aguas del rio van a ser envenendas por un agente toxico que causa alucinaciones. El advierte a la aldea y la gente, como es usual, no le hace caso. Entonces el se provee de toda el agua sana posible para salvarse de la locura que pronto afectara a todos. Y lo logra. Los aldeanos beben el agua infectada, pierden la cordura y comienzan a vivir una rara realidad. Pero con el pasar del tiempo el Maestro Sufi no aguanta la soledad que significa estar sano y bebe el agua contaminada...

Carlos Suchowolski dijo...

La fecha es lo de menos, un accidente. Lo que gratifica, en cambio, a partir de los sentimientos que las expresiones de lucha vital del otro nos arranca, eso es la manifestación de lo nos parece y muchos llaman trascendente y de lo que extrapolan incluso sus ídolos, sus dioses... ¡tal es la fuerza de esos sentimientos desbordantes que no podemos explicar salvo diciendo que es parte de un "mecanismo"...

Gracias pues por ese sentimiento retrasado pero bienvenido cada día.

La propuesta de Calvino (aunque aclararlo no venga al caso) es una expresión de su sensibilidad y la valoro por ello. Por lo demás, mi conciencia me dice que es la reiteración de una ilusión irrealizable... al menos hoy.

En cuanto al cuento sufí: genial; y después hay cientificistas que insisten en que sólo la ciencia provee de conocimientos (yo, ya ves, a lo mío... je...). Y por cierto, hay un cierto contacto entre ese cuento y mi entrada sobre "El alienista" en mi otro blog; te lo recomiendo.

Esperando volver a tenerte por aquí, va mi saludo afectuoso.

Anónimo dijo...

Muchas felicidades !!
Te deseo muchas cosas buenas, pero siento que la que más necesitas es retornar a la calma sencilla, de donde nace la intución que lo dice todo a la primera y sin reescrituras ni revisiones. Lo preciso y perfecto para ese instante que se manifiesta.

Un beso y me alegra verte en la foto, soplando sonriente.

Carlos Suchowolski dijo...

¡Vaya misterioso comentario sin firma pero sugerente, sugerente pero incierto e ilocalizable, cariñoso y sensato, sin duda conocido/a, cuyo mensaje sin duda aprecio... aunque me cueste mucho llevar a cabo... Cosas de la idiosincrasia y vaya uno a saber de cuántas cosas más... Tal vez como lo que explique el anonimato... En fin, ¿quién será el/la filósofo/a misterioso/a?