lunes, 25 de enero de 2010

Una lanza rota... (8) -Apéndice II-: Una "riña de gallos" (Galileo contra "Los Metafísicos") o los laberintos de "El Método"

Lo que sigue pertenece al fructífero estudio de Mario Biagioli "Galileo cortesano. La práctica de la ciencia en tiempos de la corte absolutista", obra que ya he utilizando concienzudamente como una de mis principales referencias en "Una lanza rota por el pensamiento occidental" del que esta entrada será un segundo y último Apéndice (de un total de 8 entradas sucesivas incluyendo con éste un par de apéndices) y cuyas Conclusiones pueden hallarse en mi entrada previa. Se trata de un trabajo, el de Biagioli, que, como queda visto y se verá aún más aquí, es de lo más serio y riguroso (además de ameno e interesante) que se haya publicado sobre el desenvolvimiento de la ciencia y sus productores en el medio social concreto, por lo que no me cansaré de recomendarlo a todo el que quiera reafirmar sus sospechas y a todo aquel que esté dispuesto a tenerlas; es decir, a toda rara avis que se pase por aquí.

Ya he mencionado el concepto "riña de gallos" aplicado al debate sobre temas científicos y filosóficos tal como tenía lugar durante el absolutismo ilustrado, tiempo en que imperó el régimen del mecenazgo al que se tenían que ceñir los intelectuales del Renacimiento si querían alcanzar su legitimación social (al respecto, me permito volver a recomendar
su lectura a quien desee realmente considerar las evidencias en lugar de permanecer fieles a los dogmas que se asumen hoy... tanto como, por fines equivalentes eran asumidos los de su propia época por sus correspondientes protagonistas; dogmas que los impulsan más a repetir sus slogans e ignorancias que a revisar sus puntos de vista confrontándolos con las evidencias sistemáticas -violando así sus propios códigos, como se hizo siempre desde la fidelidad declamativa a otros dogmas "opuestos"-).

Lo que sigue en concreto corresponde al texto que figura en las págs. 245 a 247 tal como las editó en castellano la Editorial Katz (Bs. As., 2007), del cual he eliminado sólo partes de algunas frases y aquellas notas que no consideré significativas para mi propio objeto o eran puramente bibliográficas -he omitido incluso la señal numérica de esas notas en el texto. Por el contrario, he reproducido de igual modo aquellas que he considerado sustanciales, por lo que incluso aparecen aquí con su numeración original. Asimismo, me he permitido añadir una aclaración allí donde pareció conveniente para situar al lector respecto de un texto acotado. Todas esas intervenciones aparecerán indicadas en color rojo mediante los paréntesis de rigor.

Lo que sigue, en consecuencia, responde a los propósitos generales del ensayo y en concreto a dibujar una faceta particular de la práctica científica real en tiempos de su legitimación, el Renacimiento; una faceta que, a mi criterio, sigue estando presente en la práctica de hoy, agravada incluso, aunque sin abarcar por ello ni la totalidad del problema ni lo a mi juicio más significativo salvo por la consecuencia que se desprende del oportunismo que contiene, lo que indica lo secundario del rigor frente a los aspectos más determinantes de la conducta y los objetivos que se perseguían, concretamente los correspondientes a los terrenos histórico y social, en los que se centra el ensayo donde he desarrollado la cuestión hasta donde he sido capaz. Todo esto debería hacer esta exposición un tanto perturbadora... al tiempo que leemos, autocomplacientemente, como si de divertidas ocurrencias se tratasen las "soluciones" a las que se apela para triunfar en la polémica, haciendo caso omiso de que hoy esto se ha llevado ya mucho más lejos y de maneras incluso más penosas y mediocres. Y, se quiera admitir esto o no, dejando como antes en evidencia la falsa conciencia que tiene de sí mismo el cientificismo.

Poco más creo que sea necesario añadir (y si lo hago es por puro recochineo a continuación del mencionado texto). Sé que cada lector sacará sus propias conclusiones o elegirá ignorarlo todo: yo consideraría una pretensión utópica en grado extremo suponer que un texto pueda tener de repente unos poderes que sólo algunos tuvieron en circunstancias favorables y siempre sobre casos individuales que ya estaban preparados para ser conmovidos... Y sin embargo, lo confieso, me encantaría que algo así ocurriera.

En cualquier caso, aquí está Biagioli sin más preámbulos:


"Dada la relación que establece Galileo entre el movimiento y la estructura de la materia, no puede aceptar la hipótesis aristotélica de que los fluidos presentan una resistencia finita al movimiento. por lo tanto, la conducta de la superficie acuática se convierte en un problema mayúsculo para la teoría galileana de la flotabilidad y su concepción atomista de la materia. En efecto, dicha conducta se puede tomar como prueba de que la resistencia que el agua ofrece a los cuerpos flotantes no es para nada infinitesimal. Asimismo, esto demostraría que, al menos en la superficie, el agua no responde como una entidad compuesta de partículas contiguas sino más bien como una entidad de composición continua. Resulta interesante que el único postulado de Arquímides en su tratado Del equilibrio de los cuerpos en los fluidos presente una concepción de los fluidos en tanto "continuos" (probablemente utilizado como sinónimo de "isótropos"). En efecto, lo que le interesa al griego es la hidrostática más que la causa del movimiento de los cuerpos en el agua y, por ende, no necesita supuestos adicionales sobre la estructura de la materia, a diferencia de Galileo.

"El vínculo inseparable entre el debate sobre la teoría de la flotabilidad y la polémica sobre la estructura de la materia queda expuesto con total claridad cuando se observa que la teoría aristotélica de la flotabilidad también da por supuesta una noción específica de la estructura de la materia, opuesta a la de la Galileo. Los filósofos de la Liga critican la concepción atomista de Galileo sobre la estructura del agua con firmeza y con cierta repetición un tanto histérica. No sólo comprenden la simbiosis entre la teoría de la flotabilidad de Galileo y su atomismo, sino que también se sienten obligados a detener la amenaza atomista (y el correspondiente valor del vacío) que pone en peligro su propia concepción del mundo. En simetría, la idea de continuidad de la materia se adapta muy bien a la explicación aristotélica de la flotabilidad. En primer lugar, la noción de un medio contiinuo se combina con la necesidad de que el medio oponga una resistencia finita para mantener el pie la teoría general del movimiento postulada por Aristóteles. En segundo lugar, la idea de una especie de "piel" continua que envuelve el agua sirve para explicar la conducta de la planchuela de ébano, que flota sobre el agua pero no asciende si se la sumerge directamente en el fondo del recipiente.

"El sistema aristotélico es mucho más apto que el atomismo galileano para dar cuenta de la tensión superficial. Este fenómeno puede presentarse dentro de ese marco como resultado de una necesidad del elemento acuático, que, para conservar la cohesión y su lugar natural, necesita evitar que otros cuerpos lo dividan y lo desplacen (124). Dado el carácter teleológico del sistema aristotélico, no resulta difícil entender que tal resistencia al movimiento se refuerce justamente en el punto donde el agua linda con otro elemento, como el aire. La tensión superficial puede relacionarse en términos conceptuales con el "lugar" natural del agua como elemento y con sus límites, de manera tal que el fenómeno resulte ser un efecto "natural" de las propiedades de dicho elemento.

"La teoría aristotélica del movimiento adquiere entonces mayor coherencia conceptual gracias a la noción de la materia como un todo continuo, que además ofrece según sus adeptos una explicación razonable para la incapacidad de la planchuela de volver a la superficie tras haber sido sumergida a la fuerza. Para los aristotélicos, la solicitud de colocar el objeto en el fondo del recipiente no tiene sentido. Mientras que para Galileo el peso específico (y, por lo tanto, la flotabilidad) no de pende de la posición del cuerpo en el medio, para los aristotélicos, la flotabilidad depende de la resistencia del medio, y estos pueden argumentar razonablemente que la superficie del agua tiene propiedades diferentes a las del resto del líquido (125). Por lo tanto, lo suyo no es una mera estratagema para evitar el marco experimental propuesto por Galileo. En efecto, pueden justificar su negativa con argumentos que, juzgados dentro de su propio sistema no son ad hoc. Si se lo concibe en este marco conceptual, el experimento de Delle Colombe no sólo se adecua al caso particular de la disputa, sino que también sirve para fusionar una serie de componentes fundamentales del sistema aristotélico en su totalidad. Es más, el concepto de tensión superficial les permite al mismo tiempo confirmar sus argumentos y poner en crisis el atomismo de Galileo, que a su vez constituye un elemento esencial de las teorías galileanas sobre el movimiento y la flotabilidad. En síntesis, tanto Galileo como los aristotélicos tienen sus propios "sistemas", con puntos fuertes y débiles. Así, el experimento de Delle Colombe resulta particularmente eficaz porque al mismo tiempo destaca la rigurosidad del sistema aristotélico y pone en evidencia a única debilidad, limitada pero devastadora, del sistema galileano.

"No es sino hasta la mitad del Discorso que Galileo retoma la cuestión del debate, aún sin nombrar a sus adversarios, y propone una interpretación arquimediana del experimento de Delle Colombe, que según él es "el punto principal de la presente cuestión". Para ello, prepara el terreno refutando el ataque de Bonamico contra Arquímedes. De acuerdo con Bonamico, el hecho de que un jarrón de arcilla pudiera flotar sobre el agua daba por tierra con el principio de Arquímedes ya que ofrecía el caso de un objeto con peso específico mayor al del agua que aún así podía flotar en ella, pero se hundía se lo llenaba de agua. Esto último se contradecía con el principio arquimediano, puesto que el agua no tenía peso alguno sobre el agua y, por lo tanto, no podía cambiar la flotabilidad del jarrón.

"Para refutar a Bonamico, Galileo afirma que aquello que flota no es el jarrón en sí mismo, sino el conjunto de la arcilla y el aire. Dado que el peso específico de esta suma de elementos resulta menor al del agua, la flotabilidad del jarrón no se opone al principio de Arquímedes. Más adelante, Galileo aplica el mismo tipo de razonamiento para analizar el experimento de Delle Colombe: (...) "por razón de un accidente tal vez hasta ahora no observado se viene a unir (el aire) con la misma planchuela, que ya no queda más pesada que el agua..." (...).

"El "accidente hasta ahora no observado" es, según Galileo, otro "descubrimiento" que torna la situación más ventajosa para él: si uno observa de cerca la planchela de ébano que flota, puede advertir que ésta no se encuentra exactamente al mismo nivel del agua, sino un poco más abajo. Es como si se formaran unos diques diminutos (arginetti) para evitar que el agua cubra al objeto. Como en el caso del jarrón de arcilla, entonces, lo que flota no es el ébano sino un compuesto de aire y ébano. De esta manera, el principio de Arquímedes sobre la flotabilidad queda intacto. Los aristotélicos deben dejar de sostener que el experimento de Delle Colombe refuta la teoría de Arquímedes. Muy por el contrario, la confirma.

"Sin embargo, Galileo parece sufrir un olvido importante en materia estratégica. Como señala el Académico Anónimo, en el caso del jarrón, la superficie exterior de arcilla es la que actúa como una especie de muro de contención y evita el ingreso del agua, pero en la planchuela de ébano no hay ningún elemento comparable a éste (129). La repetida omisión de la causa de formación de esos "diques diminutos" expone la gravedad de las dificultades que le presenta el experimento de Delle Colombe a Galileo. Cuando se ve conminado a hablar sobre el asunto, adopta una postura que podría definirse como positivista: sea cual sea la causa de la formación de esos "diques" ellos están ahí, se los puede observar y se puede comprender así que posibilitan la flotación según el principio básico de Arquímedes (130)."


(Notas seleccionadas de entre las apuntadas por Biagioli en el texto reproducido:)

(124) De acuerdo con Di Grazia, la conducta de la superficie del agua refleja "deseo de conservarse". Asimismo, este autor invoca una cita de Aristóteles según la cual los cuerpos continuos tienen a propiedad de resistirse a la división. En el mismo sentido, Delle Colombe sostiene que el carácter continuo del agua es lo que explica la formación de "diques diminutos" en torno a la planchuela de ébano. Además, le pregunta a G por qué se pueden formar burbujas en los medios continuos como el agua y no así en los contiguos, como la arena, ya que éste había tomado la arena como modelo para las sustancias contiguas como el agua.

(125) Si la tensión superficial tenía como causa la tendencia natural del agua a volverse sobre sí misma, es decir, a evitar que su lugar se viera ocupado por objetos compuestos de elementos ajenos (cuyo lugar natural era otro) entonces los aristotélicos tenían motivos suficientes para rechazar la regla de Galileo que pretendía empapar los cuerpos o sumergirlos en el fondo del recipiente. Para Delle Colombe, la reacción del agua contra la sequedad del objeto (una propiedad perteneciente a otro elemento) era evitar que este se hundiera. Por lo tanto, la pretensión de Galileo de que se lo mojara era inaceptable. Si el cuerpo estaba mojado, entonces el agua ya no lo percibiría como ajeno y permitiría que se sumergiera: "puesto que es más pesada que el agua, si se la hundiera, ¿qué otra cosa podría hacerla volver a flote?". (...) Di Grazia también deja claro que, para él, el interior del agua no se comporta de la misma manera que la superficie: "la planchuela de nogal del Signor Galileo no reposa en el fondo porque no encuentra allí la resistencia que si se halla en la superficie, es decir, aquella que depende del deseo de conservación del agua".

(129) "Dado que los muros del jarrón prohiben que el agua fluya con naturalidad, esta conserva su unidad muy fácilmente...", etc. (de los argumentos esgrimidos por el Académico Anónimo)

(130) En su respuesta a la crítica del Académico Anónimo sobre la explicación de los "diques diminutos", Galileo no logra encontrar ningún contraargumento válido y escribe que "las cosas son así". Etc.


(hasta aquí el texto de referencia)


Por otra parte, he crreído igualmente provechoso añadir algunas de las observaciones que Biagioli hace unas páginas más adelante (ibid., págs. 255-256), sacando y provocando conclusiones que imponen una ruptura con los enfoques dominantes:


"Desde una perspectiva actual, podría pensarse que Galileo, como Copérnico, tenía la razón, en tanto sus teorías están conectadas genealógicamente con las que se sostienen como ciertas hoy en día. Sin embargo, esas teorías, se publicaron cuando aún no habían alcanzado un grado de articulación libre de anomalías e interrogantes que pudieran problematizar su aceptación. El experimento de Delle Colombe, por ejemplo, podía concebirse como una refutación de la teoría galileana aún después de que Galileo hubiese intentado, sin demasiado éxito, agregar la hipótesis de la virtud magnética y otras hipótesis auxiliares para superar esa falla. Se podría afirmar que el peligro de la mortalidad prematura, muy común entre los paradigmas nuevos e inarticulados, no se contrarresta dialogando con los opositores sino aplicando una serie de tácticas destinadas a ganar tiempo para poder articularlos mejor.

"De hecho, no es para nada evidente que Galileo haya querido dialogar con los aristotélicos, y mucho menos en los términos de ellos. En realidad, lo que pretendía era doblar la apuesta agregando toda suerte de elementos filosóficos, metodológicos y cosmológicos a su teoría inicial de la flotabilidad. Al hacerlo, no tenía la expectativa de convencer a sus adversarios sino de presentar y consolidar su propia alternativa filosófica.

"Los aristotélicos, por su parte, adoptan una táctica parecida. Para confrontar la alternativa galileana, vinculan de todas las maneras posibles el experimento de Delle Colombe con la cosmovisión de Aristóteles. Y cada vez que pueden, tratan de desestimar la cosmovisión de Galileo, ya sea aformando que no es un sistema coherente en lo más mínimo o acusándolo de ser ilegítimo. En particular, sus tácticas toman la forma de críticas contra las definiciones de Galileo, cuestionamientos de la legitimidad cognitiva del método matemático y acusaciones de petitio principii y elaboración de argumentos ad hoc.

"El Académico Anónimo, por ejemplo, responde lo siguiente al ataque de Galileo contra la teoría aristotélica del movimiento basada en la composición elemental de los cuerpos:

...se posa al menos sobre fundamentos mucho más seguros y sensatos que las opiniones de Galilei, las cuales, tras un magnífico dispositivo de objeciones a Aristóteles, diversas experiencias y nuevas demostraciones, se dejan ver a primera vista como pomposas y elegantes; mas, si se las analiza en detalle y se las estudia bien, las objeciones se derriten, las experiencias vacilan o se descubren más los efectos particulares que las razones de las cosas, y las proposiciones y pruebas matemáticas no llegan a demostrar la fuerza y las verdaderas razones de los fenómenos naturales.

"Di Grazia es aún más categórico que el Académico Anónimo cuando se refiere a la brecha cognitiva entre la filosofía y las ciencias matemáticas:

Antes de considerar las demostraciones del Signor Galileo, nos pareció necesario demostrar cuán lejos de lo verdadero se encuentran aquellos que con razones matemáticas quieren demostrar las cosas naturales. [...] En efecto, yo digo que todas las ciencias y todas las artes tienen sus propios principios y sus propias razones, por las cuales demuestran los accidentes específicos del propio objeto. Por lo tanto, no es adecuado con los principios de una ciencia tratar de demostrar los efectos de otra, de modo tal que delira aquel que se persuade de querer demostar los accidentes naturales con razones matemáticas, dado que estas dos ciencias son diferentes entre sí. De hecho, el filósofo de la naturaleza [scientífico naturale] considera las cosas naturales que tienen movimiento por su esencia propia, mientras que el objeto de las matemáticas se abstrae de todo movimiento.

"Unas páginas más adeante, Di Grazia aplica esta distinción metodológica para desestimar una demostración de Galileo, precisamente porque "quiere demostrar las cosas naturales con razones matemáticas". Al final, pasa de criticar la invasión de una disciplina ajena que implica la teoría galileana de la flotabilidad a cuestionar con insidia las calificaciones de Galileo como filósofo: "Desearía que el Signor Galileo adoptara un poco más de modestia filosófica, ya que se adorna con tal título y después no actúa conforme a él".

"Delle Colombe también subraya la brecha cognitiva entre la filosofía y las ciencias matemáticas como ya lo había hecho en su obra Contro il motto della terra. Cuando escribe Discorso apologetico, vuelve sobre el mismo punto al afirmar que si uno tuviera que elegir entre Aristóteles y Arquímedes, no debería tener ninguna duda."


* * *


Quiero sugerir, tímida aunque capciosamente por supuesto, que, según ellos mismos entendían, los aristotélicos las prácticas que llevaban a cabo en el campo de la ciencia en sentido estricto eran ciertamente metafísicas y que como tales seguían estrictamente el método que que definiera como científico su ancestral y reconocido maestro Aristóteles, al que intentaban ser fieles al máximo, es decir, ser tan o más científicos en un sentido moderno que lo que demostraba ser Galileo con sus apelaciones fantásticas (y oportunistas) al servicio de sus tesis igualmente científicas aunque incompletas y contradictorias.

Indudablemente: la delimitación de lo que es y no es ciencia y por extensión lo que es y no es el método más excelente para obtener conocimientos, es algo que tiene más que ver con los títulos de legitimidad que se extienden o se pretenden extender desde el propio dominio de cada disciplina que con un supuesto e imposible punto de vista estricto; es decir, que responden a los intereses de la logia de la que se trate en cada caso (lo que no significa que sus prácticas, metódicas o no, no produzca, también, conocimientos).

Y con esto: doy por concluído lo que pretendía decir con el ensayo.




viernes, 22 de enero de 2010

Una lanza rota por el pensamiento occidental (6): "Conclusiones"

¿Qué queda, en todo caso, que se pueda concluir tras este esfuerzo que he llamado presuntuosamente ensayo, aunque más por su carácter tentativo que por sus pretensiones, y que debió haberme servido más a mí mismo que a quienes hayan podido leerlo?

¿Qué más allá de mi denuncia documentada contra el dogma más paradigmático de nuestro tiempo: el que caracteriza al cientificismo por su fe en el papel emancipador y mesiánico de La Ciencia; un dogma que sólo secundariamente, o en un segundo plano, ha conseguido ser un auténtico aglutinante social a pesar de las pretensiones y los sueños de sus sostenedores, aún latentes a pesar de todo, que consideraron y consideran una inevitable promesa de futuro la emergencia del mesías colectivo que desde el control absoluto de la sociedad convertirá a todos los hombres en "investigadores" -que no ya en "reflexivos"-; un dogma que se conserva siempre incapaz de ir más allá de los deseos debido a su idiosincrasia ambivalente y que por fin sólo ha reservado para sus sostenedores el rol de proletarios especializados en una sociedad cada vez más burocratizada, como ya he explicado y documentado en diversas ocasiones, y que por fin ha reducido los resultados de su práctica (los resultados de la investigación) a la función fundamentalmente política que a fin de cuentas tiene toda práctica inventada por el hombre, como también explicara abundantemente; un dogma que debe traicionarse para llevar a cabo estos roles sin cuyo cumplimiento esos investigadores quedarían fuera de La Ciencia tal y como ha sido instituida, es decir, tal y como existe dentro de las Universidades e Institutos, etc.?

¿Qué, además de volver a señalar la mezquindad disfrazada de altruismo y sabiduría, virtud y sentido de la justicia, amor a la cultura y a la humanidad, tras la que marcha impertérrito, siempre dispuesto a mentir, tergiversar, autoengañarse, traicionar... para que se siga "investigando"? ¿Qué, además de denunciar la última justificación, la justificación política por excelencia del Occidente bienpensante, que junto con el Progreso se inviste de Libertad siendo en realidad poco más que una apariencia que se denominó Democracia Moderna, una de los dos más sofisticadas promesas desconcertantes inventadas hasta ahora por el ser humano (la otra es obviamente el Comunismo); una justificación con la que estableció tras el aparente colapso de aquella utopía publicitaria y hasta nuevo aviso un verdadero matrimonio de conveniencia que le deja del botín algo más que un mezquino plato de lentejas por el cual se prestan a servir a los mitos principales (ya sea la manida "sociedad abierta" como la "justicia social" y el "bienestar" en que ponen su pie izquierdo... a pesar de todo lo marchado)? ¿Qué, por fin, sino señalar los cambios que se han ido produciendo a lo largo de la más reciente historia y que han dejado cada vez más en los huesos, cada vez más menguados como las caras de una piel de zapa, los alcances efectivos de promesas mencionadas en las que el mito y el dogma se fundan: un fenómeno que además de convertir a los investigadores en proletarios especializados deja pone al desnudo las mentiras del racionalismo, del progreso, de la justicia, de la felicidad, etc.? ¿Qué sino señalar por tanto la función encubridora que realiza hoy La Ciencia de la marcha burocrática global, ciertamente seudoracionalista, seudoideológica inclusive, una función cada vez más distante de su papel ideal, nunca seriamente desempeñado, una función que se reduce en lo político (lo decisivo) a proveer cada vez más en exclusiva de iconos y slogans publicitarios a la burocracia gobernante (1) bajo la forma de la divulgación multimedia y la confección de simples estadísticas, cálculos y curvas cada vez más amañadas, más "embarradas por el polvo del camino" como debe estarlo todo, ya sean las referentes al políticamente necesario "cambio climático" como a la Economía, a la Educación, a la mortandad infantil, a la vida media o a la "evolución" de las costumbres...? ¿Qué sino que, por su propio carácter y sus servidumbres internas, la ideología que hace eje en la práctica científica como práctica mesiánica, acaba poniéndose cada vez más a sí misma en tela de juicio o en cuestión al suministrar ella misma, como subproductos de su práctica fragmentaria y contradictoria, las evidencias que lo debilitan como mito y como ideología al punto de encontrarse ante la diyuntiva de ser una pura herramienta de la lucha por el poder (lucha despojada ya de toda promesa mesiánica en tanto el objetivo es el poder mismo y su método la fuerza bruta) o de convertirse en un enemigo a ser reducido por la fuerza o a ser ahogado mediante el estrangulamiento de fondos para su desarollo? (2) ¿Qué, por tanto, en consideración a esas contradicciones que, a su vez, reproducen los mismos interrogantes explosivos que desearía prohibir o, mejor aún, extirpar, porque atentan contra la perfectibilidad de esos roles, unos interrogantes que derivan constantemente a esos ámbitos que en un extremo opta por ignorar: la filosofía y la sociología del conocimiento?

¿Qué, por fin, desde el punto de vista de nosotros, los que nos apenamos sin remedio -¡a pesar de todo!- de que las cosas sean como son y al mismo tiempo no buscamos apaciguar nuestro dolor por medio de consuelos, es decir: al tiempo que asumimos no sólo que somos impotentes (ay, que nuestro propio proyecto instintivo de reconstruir o reordenar el mundo -claro: siempre en base a lo él ha hecho de nosotros- es un proyecto imposible) sino que todo lo habido, todo lo que hay y todo lo por haber, fue, es y será una comedia que se va escribiendo por todos sobre la marcha (aunque siempre ha habido, hay y habrá unos más escritores que otros), en donde lo único real es que hay unos que quieren dirigirla creyendo y sugiriendo que van hacia alguna parte, aunque actuando sólo por las expectativas de comodidad que ofrece el poder y la amenaza complementaria de ser ellos los condenados a perderlo todo, o lo que les parece y viven como tal todo, y los que se suman como sus fieles a la sombra de las promesas de seguridad que ellos no se consideran capaces de alcanzar por sí mismos, siervos voluntarios que diría Le Boitie... siervos quizás sin más alternativa en este "infierno de los vivos" que "habitamos todos los días, que formamos estando juntos", en las palabras de Italo Calvino, y que nos dejaría sólo "Dos maneras (...) de no sufrirlo, la primera (...) fácil para muchos (de) aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda (...) peligrosa y (que) exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es el infierno, y hacerlo durar y darle espacio", algo, en fin, que conduce a conservar una esperanza en progresivo deterioro?

Pues, por una parte, que el post de J.L. y todas sus manifestaciones posteriores debidas a la puesta en marcha de la discusión, así como el posterior post que me dedicara Santiago que a su vez originó más comentarios, no fueron sino una pequeña muestra, aunque muy representativa, de esa servidumbre voluntaria aunque semi-inconsciente que se ha instalado entre la nueva, actual y extendida intelectualidad proletarizada que se dedica "a la ciencia" (la misma en la que Sainte Beuve se supo ver aherrojado en el XIX de manera acelerada, como nos cuenta Lepenies, op. cit.) bajo la forma de una falsa y vergonzosa esperanza, una esperanza sin voluntad que se expresa no diciendo nada sustantivo ni proponiendo otra acción, otra práctica social que la de esperar una respuesta favorable desde las instancias gubernamentales y desde el resultado de la confrontación entre las facciones burocráticas, a ser posible dentro de los marcos pacíficos de la representatividad instituidos -y violados a la vez-, los de la democracia occidental que rige en el primer mundo del que hablamos, es decir, del escenario donde se ha enraizado su mezquina vida.

En esos subespacios de la blogsfera democrática y cientificista, esas voluntades se suman al coro que acompaña a la marcha decidida y por fin al parapetarse del Thermidor postmoderno que se sitúa en la cumbre de la insignificancia agitando in extremis banderas de contenidos intercambiables, iconos sin sustancia cedidos por el racionalismo, el humanismo, el altruismo, la solidaridad o la justicia, social y de la otra (todo con los colores del positivismo, del materialismo, del progresismo, etc.); lo que para que sea alcanzado, mantenido y eventualmente superado, exija a sus discursos una reducción cada vez más apretada, un vocabulario cada vez más estrecho y menos riguroso, unos objetivos cada vez más circunscritos al entretenimiento que a la elucidación... Como John Stuart Mill observara que se iba imponiendo en el funcionamiento de la democracia política, también es el ámbito de la Ciencia: "desaparece cada vez más de la mente (...) la idea de oponerse a la voluntad del público" (3), lo que no es sino una manera de referirse al firmamento que se nos impone a todos como dominante, como magma imaginario construido históricamente por todos a impulsos de la idiosincrasia humana. Porque no por casualidad los defensores de la popularización de la ciencia llaman democratizadores a sus esfuerzos proselitistas. Ni es casual que discutan en términos de lógica formal o de retórica... convencidos de que obtendrán alguna pobre victoria o algún nuevo adepto...

Pero esto no sólo es una muestra de la indiscutible posición dominante del cientificismo en su deriva posmoderna actual. Bajo la feroz e irresistible impronta, en primer lugar en lo que se considera La Política propiamente dicha pero no sólo, del tacticismo postmoderno, esa creciente reducción de lenguaje y contenido alcanzado por el positivismo y el racionalismo en todas sus manifestaciones diciplinares ha inaugurado, al abarcar el espacio cultural por entero, una nueva etapa que debe ser elucidada, una etapa donde predominan los procesos de simbiosis entre los dos cuerpos sociales que confluyeron en su día en el proceso revolucionario para cerrarle a este tipo de procesos toda posibilidad de repetición en el futuro: la burocracia (capaz de gobernar) y la intelectualidad (que le suministraba los slogans). Fin de toda ilusión revolucionaria a cambio de una repugnante pero al parecer inevitable deriva hacia el colapso.

Esa elucidación se hace inseparable de la elucidación global de nuestra sociedad e incluso de la elucidación acerca de los fundamentos de toda interrogación humana (o filosófica) y de toda construcción y movimiento (esto es, de la ciencia, la tecnología, la opresión y la guerra). Es más, creo que esa elucidación se hace posible hoy, precisamente, en la medida en que esa simbiosis deja cada vez menos espacio para quien pretenda seriamente responderse hasta las últimas consecuencias; en la medida que esa simbiosis deja fuera a algunos insatisfechos y exprime las neuronas de la imaginación entre los pliegues de su piel de zapa.

Por ello, sus discursos no pueden ni deben ser tratados como ellos pretenden, como discursos puros o en sí, integrantes de la caverna impoluta o virtuosa (divina) de las formas conceptuales resultantes de la racionalidad humana que necesita justificarlo y ensamblarlo todo para no perderse en el vacío. Esos discursos, en todo caso desgajados de trabajos intelectuales serios y honestos, no son ya más que jirones de banderas combatientes en las infinitas batallas mezquinas que se libran en nombre del poder por el poder en todos los recovecos de la sociedad jerarquizada y fragmentada, batallitas que producen como mucho aquel centenar de seguidores y que en los hechos no hacen más que ayudar, con sus marcajes adicionales y su contribución cada vez más contumaz al ostracismo de "los divergentes" o "excéntricos" para beneficio de los verdaderos actores de las verdaderas batallas: las que se libran en el seno del poder , y no en los alrededores ruidosos, vociferantes, sangrientos y llenos de fanatismo inútil, para la sustitución de sus personificaciones ocasionales (4).

¡Hoy lo podemos ver... o, mejor dicho, lo podemos volver a ver y, en realidad, con una contundencia trágica, aunque, también, desde una soledad notable... y tal vez insuperable!

Por ello, resaltar esa muestra de lo que se cocina, y haber intentado desmontar la faceta amable de la Ciencia y del Racionalismo, faceta que nos acuna y nos seduce con su canto de sirenas, que nos corrompe con el peso de su inercia y su capacidad para alejar de nosotros, los occidentales y más acomodados de este mundo el doloroso caliz del sufrimiento inmediato, y ante cuya falsedad ya había alzado la voz aunque no lo suficiente (subproducto indiscutible del vano pero irresistible deseo de querer cambiar el curso de las cosas, de establecer el propio dominio bienintencionado... conducente sin embargo al mismo infierno), acaba de parecerme un esfuerzo no excento de sentido.

En todo caso, quedará enterrado aquí, en el hiperespacio de la blogsfera, como tantas miles de denuncias de todo tipo y grado de enjundia que corren igual suerte, dando señales de vida a golpe de oleaje, palpitando a destiempo como una botella arrojada al océano con un mensaje desgarrador dentro que reitera la disposición a "no callar", o como la lucecita de un led alimentado a pilas capaz de titilar hasta que la pila se agote...

Wittgenstein pedía que se dijera sólo aquello de lo que se podía hablar, y nosotros, hablando de ello y tan claramente como el lógico-ingeniero agrónomo podría haberlo exigido, somos conminados a "callar" igualmente; a "callar" en nombre no de la "claridad" ni de lo que "se puede" y se debe hablar para comprender lo que sucede, sino... en nombre de la nada, del dogma, del miedo, de la mezquindad...

Callar para que se hable... de nada que sea claro, de nada que signifique algo, de nada que responda a un contenido (5). En todo caso: que se hable sólo para entretener (el lema se encuentra a cada rato como un puro slogan, como valor en sí y por encima de todo, ocultando su peligrosidad).

La marcha hacia la posmodernidad o la posmodernización creciente de la sociedad cada vez más burocratizada en paralelo, acabó haciendo de lo inexpresado e inexpresable la mismísima realidad en la que se encerró la vida, como haría con una parte de ella una auténtica burbuja, y mientras iba reduciendo sin rubor lo que se podía expresar al desconcierto (6).

No es de extrañar que algunos miembros de lo más honesto de la intelectualidad humanista remanente y rediviva (Alain Finkielkraut y Guy Debord, Theodor W. Adorno y Max Horkheimer, Cornelius Castoriadis y Claude Lefort... entre otros) se alzacen indignados contra la extrema virulencia de la decadencia (la "aniquilación de la significación") que con mucho acierto ven amenazar de muerte las perspectivas deseadas de una "Ciudad Buena" con la que (lo reconozco) cuesta dejar de soñar (aunque cada vez a más distancia de los más ingenuos, es decir, de los émulos de aquellos revolucionarios legendarios y que parecen estar dispuestos a luchar por el poder incluso desde la nada y el vacío) y que los lleva a reclamar, invocar apenas impotentes, la puesta en pie de la bandera hecha jirones del pensamiento occidental idílico que calentó los estómagos inquietos y sensibles de La Rochefoucauld, de Goethe, de Forster, de Sainte-Beuve... y que, escapando de la crítica como un fantasma inaprensible, resucita una y otra vez, en un Albert Camus o en un Walter Benjamín, en un Michel Foucault o en un Leo Strauss, todos seducidos en parte pero insatisfechos y sobre todo frustrados... En fin, en todos los que, en los momentos álgidos, vieron extenderse la noche de los tiempos y llegaron a expresar todavía el esperanzador deseo de que el ave de Minerva emprendiese de una buena vez el vuelo (7). Los que se resisten a resignarse optando por la ironía generalizada o los que "tomaron la palabra a la ciencia" y construyeron, construyen, construimos, "proclamando la identidad de razón y dominio, (...) doctrinas despiadadas" que resultaron "más misericordiosos que los lacayos de la burguesía", como sostuvieron Adorno y Horkheimer refiriéndose, de una manera indudablemente cargada de ideología -en este tema poco relevante-, y con un lenguaje notablemente nietzscheano, a los racionalistas ilustrados y a los conservadores, tal como según ellos arremetieron tanto Nietzsche como a su manera Sade, salvaron "la confianza inquebrantable en el hombre que es traicionada día a día por toda la aseveración consoladora" (8).

Eso, en fin, explica por qué, a pesar de mi pesimismo dionisíaco, he convenido (convenio entre mi sensibilidad y mi conciencia) romper esta "lanza..." (lanza o quizás haz de lanzas) "por el pensamiento occidental" que unos y otros han despreciado y traicionado sistemáticamente, fuese desde su convicción religiosa tradicional como desde el ilustrado racionalismo y su secuela posmoderna venida a menos, todos los que, en nombre de su particular "humanidad única" se lanzaron a exterminar a los "salvajes" que se negaban a avanzar según sus ritos, todos desde su dogma justificatorio de lo que no se puede reconocer ante los demás: que se los pretende someter. Los que hoy no leen, y menos bien, salvo los digestos realizados por sus gurus más predilectos, como los Marx, los Mises o los Hayek, los Dawkins o los Denet... Y, claro, cito sólo a los que todavía son valores de referencia y tienen seguidores militantes considerablemente organizados (en institutos o en revistas cuando no en movimientos o protopartidos).

Bueno... del pensamiento occidental pero también del oriental (y hasta aquellos más remotos y extranjeros) al que muchos, penosamente y con un falso espíritu inclusivo y la justificación de tolerancia por delante, hoy saquean sin contemplaciones, tomando de sus mitos, hoy obsoletos e inservibles hasta en ese Oriente occidentalizado donde han sufrido la misma metamorfosis que la que experimentó el cristianismo (burocratizándose, posmodernizándose...), aquellos iconos útiles, en unos casos (los más honestos, supongo), a modo de refugios desesperados o como simple fuente de slogans y banderas alternativas (los más utilitaristas) que hacen de coro quintacolumnista de la penetración de esa burocracia oriental supuestamente más auténtica. Un fenómeno que ha comenzado a ser explotado por los jefes políticos del tercermundo más ambicioso y emergente y notablemente por los jefes de las diversas escuelas del Islam. La referencia. por tanto, sigue apuntando a las "culturas mediterráneas" que acabamos asimilando a "Occidente" o a eso que llamamos cosmovisión judeo-cristiana: en cualquier caso, al racionalismo que se ha incorporado como argamasa decisiva del firmamento dominante de valores de referencia (o "magma de significaciones imaginarias", como lo denominara Castoriadis) de todas las sociedades jerarquizadas (donde impera la división entre trabajo y no-trabajo físicos, o entre productores y gestores si se prefiere decirlo así); demostrando su superioridad sobre lo místico para dar solidez o legitimidad a esa situación (hoy en su tal vez máxima, tal vez "última", escalada bajo la forma de la mencionada democracia representativa en decadencia que todos quieren justificar y al mismo tiempo violan).

Por ello me resisto a incluir al positivismo en mi lista del Pensamiento que considero digno de ser reivindicado, aunque sí incluiría en parte al materialismo, al naturalismo y al racionalismo, así como al idealismo en general. La razón es simple: por una parte, yo no propongo "superación" alguna que consideraría ficticia y formal, y, por otra, comprendo mucho más o me siento más cercano del tipo de ser humano que trata de evitar la angustia mediante la fantasía que del que propone como soluciones el silencio y la resignación, la laboriosidad y los buenos modales, el respeto incuestinable de La Ley... ¡Qué le voy a hacer!

El positivismo (y el cientificismo en el se inscribió y que hoy adopta formas posmodernas y relativistas) se adjudica la última palabra acerca de la Ciencia (en realidad, mediante un trabalenguas del que no escapa), pero la práctica de la ciencia, como toda práctica humana, se rebela y desdice el encorcetamiento, dando incluso resultados que hacen tambalear no ya los "modelos" interpretativos que se suceden y la rigidez del "método" sino todo el edificio o fortaleza dentro de la que una y otra vez se cuela el caballo de Troya de la incertidumbre, de la perplejidad, de la interrogación metafísica, de la rebeldía ante la incomprensible y absurda realidad sin meta.

Por eso, respondiendo a la conciencia que construyo y que me es posible en mis circunstancias, yo intento desmenuzar los mecanismos que observo de manera inteligible y que definen el curso de las cosas; repito: tal como puedo verlos y hasta donde sea capaz de verlos. Y, parte de ese mecanismo a mi criterio, es el conjunto de ese pensamiento humano en todas sus formas que aparece o emerge como resultado. Un resultado que no puede ser en lo básico más que un arma de supervivencia que toma como tal diversas formas, tornándose desde un instrumento de consuelo hasta... un arma de dominación a cualquier precio, pasando por una herramienta de orientación (y por tanto de saber o de conocimientos). Y ese abanico de facetas, todas unidas en el vértice que permite su despliegue, unos y otros hombres encuentran aquella que más se sienten capaces de asumir, de hacer su eje de valores o de conducta. De ahí que a muchos nos repugne irremediablemente, ¡qué le voy a hacer!, el uso de la Fuerza bruta como arma de supervivencia y no en cambio la capacidad de persuación que se basa en la acumulación de conocimientos abstractos y dominio del discurso hablado y escrito... Pero el objetivo es el mismo, y lo tenemos que reconocer alguna vez.

Intento, en fin, señalar así la absoluta ausencia de valores absolutos que son los que se enarbolan con el fin de ocultar ese objetivo innato y que lleva siempre a su propia tergiversación; para quien dice tener en sus manos La Verdad al tiempo que subrepone a ella (a la propia Verdad que dice defender) su verdadero objeto -el poder por el poder- y la táctica que le permitirá conservarlo o conquistarlo, no le puede quedar otra alternativa... salvo que las condiciones le permitan alcanzar una conciencia que se lo ponga al desnudo y que en tal estado consiga repugnarle (¡esto, en determinadas condiciones que suelen estar en el límite de la frustarción -frustración de la propia voluntad de dominio-, se produce: así de imperfecta y, en este caso, de excesiva es nuestra facultad de reflexión!; y esto se puede ver claramente en los niños, como ha desvelado la psicología evolutiva de la que tantas conclusiones felices pueden extraerse).

Los que nos engañaron siempre o han querido hacerlo y lo siguen pretendiendo, para lo cual necesitaron engañarse antes a sí mismos, empezando por creer haber hallado el camino al cabo del cual podrán llegar a convertirse en dioses, tal y como habría sido escrito el día en que naciera la conciencia humana de la que se sienten sus mejores o más elevadas expresiones, han determinado el rumbo extraño y complejo que ha seguido la humanidad (esto se ve a las claras en todas las religiones antiguas, como la judía y la hindú). Una vez que comenzaron, todo se convirtió en imparable y la complejización se tornó el único sendero imaginable. En nombre de una posición dominadora, se han erigido La Ley, el Dogma y la Justificación racional. Y cada vez nos hemos internado más y más en la selva, abandonando el margen bucólico del río donde, no obstante, la vida humana no habría podido contentarse ni lo podrá probablemente nunca...

Claro que, si se pudiera actuar y pensar, pensar y actuar, al margen de toda referencia valoradora o legitimadora de la eficacia justificada o vista desde el futuro (que sólo es una proyección necesariamente contaminada) y desde la cual sólo se puede volver a restaurar la vieja balanza interesada así como consoladora y pretensiosa... Pero no hay nada como necesitar del mito... nada que haga desaparecer ese deseo dominador del hombre que en todo caso puede ser temporalmente contenido en los momentáneos puntos de equilibrio (todos poseedores de mosquetes) en donde todos se convirten en aspirantes imposibles, bajo una u otra forma.

La supervivencia sin meta ni sentido acaba siempre encontrando algo entre lo posible y lo accesible, y lo más cómodo pierde a veces la batalla. Necesita incluso tener algo de suerte o al menos muy poca mala suerte. No tengo dudas, faltaría más, acerca de las causas reales que alimentan el dogmatismo positivista y las que empujan a la vacuidad posmoderna. Ni dudo en oponerme a sus defensores, sostenedores y usuarios así como a sus designios opresores Pero sé que yo he podido estar en esa otra trinchera gracias a muchas cosas incluida la falta de demasiada mala suerte. Nada sino las circunstancias hacen pensar de una u otra manera a los pensadores entrenados y nada sino el medio hace que las masas adopten o se fabriquen unos u otros slogans y mitos. Esta no es sino mi visión que parece estar cerca de algunas nacidas de forma seguramente parecida. Lo que se produzca a largo plazo considero que no resultaría predecible.

La confusión es después de todo inevitable, los sentimientos y la vida que los soporta tienen sus raíces en el mundo que nos ha acunado y nos ha ignorado, que nos ha alimentado y que nos ha torturado... etcétera (la buena poesía tiene de ello casi todo lo que podría enumerarse aquí). No andaremos haciendo ni diciendo lo justo ni lo preciso, pero al menos podremos seguir demostrando esa capacidad innata que además de todo lo bueno y lo malo que hemos heredado de los grandes simios forma parte de nosotros de manera irremediable y que es enormemente útil: la capacidad para detectar a los tramposos para cuidarnos de ellos como mínimo.

Todo esto se me presenta como parte de un conjunto que se le escapa y se le escapó siempre al filósofo y, en aras de la coherencia, me lleva a sostener de entrada que el filósofo ha estado siempre engañándose a sí mismo y de hecho o de derecho también a los otros... engañándose incluso para poder engañar a los demás. Lo que sólo puede significar que su famosa "búsqueda de la verdad" ha estado siempre subordinada a otra cosa. Despojarla de sus máscaras parece indispensable para rechazar todo engaño, para no mezclarnos, sea por lo que nos lo endulcen ellos mismos, con los tramposos que viven de asumirlo, practicarlo y reproducirlo.

Y es que a pesar de todo, a pesar al menos de ser los resultados del trabajo intelectual o reflexivo (en tanto que trabajo, en tanto que esfuerzo, en tanto que... argucia) productos destinados a ser utilizados para conquistar una posición de dominio y conservarla, productos en fin nacidos de la voluntad instintiva e irreprimible de por sí de dominar, de incrementar la dominación propia mediante el propio grupo y a costa de todo lo demás... hay que reconocer que desde su proceso de elaboración (proceso que llamamos creatividad) hasta los productos que se obtienen de su práctica (filosofía, ciencia, arte...) todo ello nos conmueve e incluso nos sorprende. Indudablemente, esto sucede porque a la conciencia le cuesta considerarse a sí misma con indiferencia, porque a la conciencia su fenómeno no deja de parecerle sobrenatural, increíble, divino... Y lo mismo que nos conduce al error, nos conduce inevitablemente a la autoestima. Y esto tiene un componente autocatalítico (término y concepto muy interesante que menciona Diamond sin indicar la fuente), que a caballo del grupalismo que nos caracteriza suele conducir hasta el mismísimo totalitarismo, místico o racionalista (9).

De tal modo, inevitablemente humano, asumo como propio ese mecanismo autocomplaciente, que no tiene ni pretende tener nada de inocente, permitiéndome no obstante rechazar los intentos y las prácticas que, arropadas en uno de los grupos mentirosos a los que pertenecemos todos, intentan una buena conciencia porque se avergüenzan o se culpan de su propio grupalismo y/o lo ocultan por sentir inadmisible y para justificar su deseo de dominación a cualquier precio vendiendo sus deseos bajo la máscara de un humanismo integral que no puede ser otra cosa. Son los pusilánimes a los que despreciamos los que no tenemos miedo (Nietzsche dixit, entre los que se incluía), los que esconden la piedra o el mosquete ante una adversa o demasiado equilibrada relación de fuerzas pero nunca llegan a reconocer que podrán ser fieles a sí mismos y alcanzar al mismo tiempo la posesión del cetro, los que no son capaces de reconocer que sólo pueden ser actores secundarios.


* * *

Notas:

(1) Castoriadis supo ver este aspecto de una manera que considero la más clara y rigurosa, aunque me parece que circunscribió un tanto el fenómeno a sus expresiones más extremas relacionadas con la institución del totalitarismo absoluto como "fenómeno original", donde afirma: "... por primera vez en la historia, asistimos al nacimiento de una sociedad en las que el lugar de la religión o de cualquier otro magma de significaciones imaginarias ha sido ocupado por una significación que no lo es: la Fuerza bruta por la Fuerza bruta." (Cornelius Castoriadis, "Ante la guerra. Las realidades", Tusquets Editores, Barcelona, 1986, págs. 288-290; la itálica es suya). Un fenómeno que yo considero definitivamente globalizado aunque bajo disfraces que no por ello dejan de tener el mismo contenido y de estar sujetos a las misma dinámica que nunca dejó de incluir (como lo demostró la caída del muro y el proceso iniciado con la perestroika) la cuestión decisiva y contenedora de la relación de fuerzas en juego.

(2) Hay que decir que el fenómeno no tiene nada de nuevo. Nace en simultáneo con los aspectos positivos, líricos, de la Ilustración (como supieron reconocer los críticos de la Escuela de Frankfurt que ya he citado y recuerdo más abajo en el texto). Y nada mejor que escuchar estas palabras que muchos suscribirían:
"Las naciones civilizadas han sucedido a los salvajes que erraban por los desiertos; los campos fértiles han ocupado el lugar de los antiguos bosques que cubrían el globo. Un mundo ha aparecido más allá de los límites del mundo; los habitantes de la Tierra han incorporado sus mares a su dominio inmenso; el hombre ha conquistado el rayo y conjurado el cielo. Comparad el lenguaje imperfecto de los jeroglíficos con los milagros de la imprenta; cotejad el viaje de los Argonautas con el de La Pérouse; medid las distancias entre las observaciones astronómicas de los magos de Asia y los descubrimientos de Newton."
Son las palabras del jefe del Estado que mandó guillotinar a Lavoisier, es decir, de Robespierre (la cita figura en "¿Qué es un intelectual europeo?" de Wolf Lepenies, Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2008, pág. 285). ¡Estas son evidencias que prefieren ser ignoradas u olvidadas; las evidencias históricas, las de ese gran laboratorio del que los cientificistas huyen para no quemarse!


(3) John Stuart Mill, "Sobre la libertad", Editorial Edaf, Madrid, 2004, pág. 169. Lo que bien leído expresa algo que va más allá de la política profesional y la representatividad engañosa, ya que quienes en realidad más estrictamente actúan de esa forma son, como siempre, no los burócratas dominantes sino sus serviles aprovisionadores de conceptos, guías de conducta y valores morales y enfoques estéticos... que los otros y cada vez más todos los que se van burocratizando en el conjunto de la sociedad, adoptan como cáscaras que han sido vaciadas, verdaderas apariencias, estas sí, de realidades asumidas que interviene como realidades en sentido estricto en carácter de construcciones levantadas por el hombre.

(4) La "guerra de los mosquetes" de la que nos habla Jarec Diamond en su "Armas, gérmenes y acero" (que ya comentara en el capítulo 4, nota 9, de este ensayo) acabó al llegar la misma a un punto de equilibrio ("restablecieron el equilibrio militar anterior", ibid., pág. 517 y sigs.); la Kampuchea Democratica cayó cuando su debilidad interna y su imagen internacional facilitaron las apetencias neocolonialistas del joven Vietnam Unificado y de su instancia supervisora china; el muro cayó como consecuencia de una trampa burocrática tendida por una facción a otra dentro del politburó y del gobierno político-militar ruso, el putch bolchevique triunfó, como sus propios historiadores reconocen, en condiciones de un "vacío de poder", la "revolución" francesa fue preparada, como dice y demuestra Tocqueville en su célebre y feliz despiece ("El Antiguo Régimen y la Revolución"), por el propio Rey... Las "revoluciones" o los "cambios de régimen" siempre cuentan con ruido y sangre de masas (lo que muchas veces, cuando se dice que no han fracasado o se considera que no han sido derrotadas, acaba con un mero cambio de personajes), pero en realidad se preparan o cocinan y se resuelven en la cúspide, entre los elementos que controlan el poder o que son y han conseguido ser seriamente futuribles, los que controlan o se han apropiado de los recursos (incluido el aparato represivo en todo o en parte), pueden ser eficaces en cuanto a la difusión publicitaria, cuentan con la información detallada de los movimientos de fuerzas y conservan la cohesión al menos en el medio plazo. Lo demás, lo típicamente intelectual, es puramente imaginario, desconcertante y utópico.

(5) "¡Callad; no nos metamos en terreno especulativo!", vienen a decir los cientificistas en sus diversas acepciones, como si con una lápida (y un réquiem) se pudiera resolver una cuestión que se reitera porque no puede abandonar el ser humano en tanto que individuo reflexivo. No sé (y debería saberlo debido a que no creo en la vida después de la muerte) si Wittgenstein se la pasa removiéndose arrepentido en su tumba por haber aceptado que Russell escribiera el prólogo a su Tractacus... advirtiéndole apenas que "El futuro nos juzgará..." (Introducción al "Tractatus...", ed. cit., pág. 12; véase mi nota 6 del capítulo 2). Si lo hace (no tengo forma de probar mi convicción racionalista de la que sin duda también peco, al menos todavía), lo hará repitiendo tenebroso lo que Russell, si por el fuera, habría extirpado sin dudarlo del texto de su incomprendido colega: "Lo inexpresable existe (...) es lo místico", sin embargo sin considerar necesario, ni útil ni posible hablar de ello, o sea considerándolo irrelevante e innecesario y de esa manera dejándole a lo místico y a lo secreto el poder de conducir a los hombres como decidan los profetas y los sabios en simbiosis con los reyes desquiciados o atontados...

(6) La jugarreta de Rorty y del relativismo en general es magistral y en el fondo lo dice todo sin mayores tapujos. Como señalé en la nota extra que añadí al pie de mi capítulo 4: se acepta la realidad social framentaria y por ende el fin de toda utopía unificadora/emancipadora para concluir que la mentira es lo único que debe ser buscado, es decir, en otras palabras que las ya empleadas antes por mí, aunque con igual significado: se les propone a los intelectuales (a cambio de la paz, la democracia formal estable formalmente, el expolio y utilización de lo no occidental y su contención mediante técnicas diplomáticas sazonadas de misiones militares reformadoras o humanitarias, y sin duda un buen salario, privilegios jerarquizados alcanzables por carrera y un buen estatus consumista à la mode, además de garantías de fondos y recursos para sus interesantes hobies), el trabajo meticuloso o metódico de suministrar los contenidos retóricos de los discursos vacíos y tacticistas de sus coyunturales amos. Lo que Rorty llama... "las justificaciones" (Richard Rorty, Universalidad y verdad, en "Sobre la verdad: ¿validez universal o justificación?", Amorrortu editores, Bs. As., 2007, pág. 11; donde esto se asocia justamente a la defensa de "la política democrática").

(7) Cornelius Castoriadis reitera precisamente este deseo al final de su ensayo incluncuso "Ante la guerra", donde el panorama vislumbrado no puede ser más tenebroso; un panorama, por cierto, que, me atreveré a decir, a todo el mundo le pareció "superado" cuando no ha hecho, a mi criterio, sino... mutar dentro de un disfraz desconcertante de uso obligado en razón del apreciable equilibrio de fuerzas en cuyo marco apenas hay lugar para las pequeñas o locales escaramuzas, es decir, las pequeñas o locales noches de horror. El deseo de que "el pájaro de Minerva" deba "alzar el vuelo antes de que caiga la noche -que puede ser larga." (op. cit., pág. 290), tiene en el fondo la misma argamasa que el deseo ferviente de subir al Paraíso... y sin embargo, también tiene una poesía que me llega, que me conmueve, cuyo verso me inclino a cantar. Tal vez como nos sigue conmoviendo una Misa o un Requiem de cualquiera de los grandes compositores.

(8) Adorno y Hokheimer, "Dialéctica de la Ilustración", ed. cit., págs. 130-131.

(9) Esto puede rastrearse hasta las primeras manifestaciones de "civilización", es decir, no sólo hasta Robespierre y Rousseau, y seguramente más allá de Aristóteles, Platón o Sócrates. La pelota sin duda fue pasando de mano en mano o de generación en generación. ¿O vamos a seguir encubriendo a los clásicos como única manera de rescatar lo que aún nos conmueve de su pensamiento, es decir, purificándolos para no reconocer que ese rescate y los sentimientos que lo hacen inevitable nace o renace en nosotros porque conservamos las mismas ilusiones dominadoras, las misma autoestima, necesaria y peligrosa a un tiempo. No debemos separar al Platón o al Aristóteles que queremos recordar de sus miserias hoy tan "políticamente incorrectas" como la defensa que hicieron de su derecho a esclavizar o a imponer a todos sus ideas (en las palabras de Aristóteles: "... pues algunos han de ser persuadidos y otros han de ser forzados" -Metafísica, Alianza Editorial, Madrid, 2008, pág. 129) Nada que no hiciera Hidegger, nada que no lata en el corazoncito de todo intelectual, lo reprima o no, esté en condiciones circunstanciales de llevarlo a cabo o incluso de decirlo o no...


sábado, 16 de enero de 2010

Una lanza rota... (7): un primer Apéndice fuera de orden

Hay veces en las que uno se topa justo con lo necesita o busca, o con aquello sobre lo que está reflexionando, incluso con lo que reafirma lo que se está dilucidando... Parece cosa de magia, pero todo ciudadano occidental contemporáneo sabe que debe atribuir esos fenómenos a la casualidad, ese intangible, ese impreciso, ese fantasma... que no obstante su naturaleza ambigua está refrendado por el certificado de validez que da nuestra ciencia moderna. La magia, por el contrario, a la que el "azar creador" ha sustituido tras las suscesivas variantes teosóficas, está proscrita. Y, ya puestos, no dejemos de observar lo sorprendente que resulta, en nuestros tiempos, el atractivo que la magia tiene medida, come il faut, en términos de tirada editorial y cuota de pantalla... Quede esto último como un dato que no puede ser casual... je... no el producto de un conjuro masivamente aplicado o de una poción masivamente distribuida (como los condones o las bombillas de bajo consumo, quiero decir).

Pues esto es lo que me sucedió hace apenas unos días, poco después de publicar mi quinta entrega de este intento de ensayo, sin duda no exhaustivo y obviamente poco trabajado desde un punto de vista estructural, escrito lentamente por razón de la abundante (pero parcial e insuficiente bibliografía, no del todo obviada en parte por no creerla necesaria sino también por no poderla abarcar ni tratar con seriedad en este contexto hiperespacial y acuciado de urgencia). Es más, eso me sucedió unas tres veces por lo menos en total.

En concreto y sin más prolegómenos: se trata de unos párrafos con los que me topé a instancias de ponerme a ojear, en realidad por enésima vez desde que lo tengo, un libro que aún no había comenzado a leer. Lo había comprado hacía unos meses con el objeto explícito de alimentar mi necesario acopio de datos sobre la Edad Media y el Renacimiento, datos a través de los cuales intentaba componer una idea lo más completa posible de la génesis de nuestra sociedad actual y de su imaginario de referencia; algo que ya estaba en mí de manera intuitiva aunque también por haber germinado sobre la base de los datos previos, más o menos procesados a la luz de la experiencia ajena hallada en otros libros, de las vivencias experimentadas, de las observaciones llevadas a cabo en la realidad y de las reflexiones que mi idiosincrasia (otro intangible del mismo estilo que la casualidad) me obliga a realizar constantemente.

En este caso, me refiero a un estudio con eje en la vida y obra de Giordano Bruno, un personaje clave cuyo mundo y cuya interacción reflexiva y creativa con él pensé que me daría un interesante panorama (para más señas: "El umbral de la sombra. Literatura, filosofía y pintura en Giordano Bruno", de Nuccio Ordine, en Biblioteca de Ensayo Siruela). Pero, claro, tenía cuando lo compré, otras prioridades. Me debía a la intención de concluir un ensayo sobre "economía" (o más bien, si cabe, de contraeconomía) a propósito de la "crisis económico-financiera" que se ha instalado hace unos años en Occidente y de éste al globo y que la intelectualidad prefiere considerar un cisne negro... como sin lugar a duda volverá una y otra vez a hacer y no sólo en relación a situaciones "económicas" sino también políticas. En fin, siempre es mejor creer que todo irá bien, que nada alterará la suave marcha progresiva y ascendente de la vida... Incluso si se corre el riesgo de una sorpresa desagradable que obligue a la fructífera ocupación de renovar "el modelo". Eso sí, como dijo en su tiempo el Gatopardo: "para que nada cambie".

Sin embargo, el libro me guiñaba constantemente un ojo, sutil, delicadamente, desde la estantería. Cada vez que pasaba, cada vez que colocaba o tomaba otro libro cercano, me susurraba... tómame. Sí, había, como con muchos otros antes y algunos más de entre mis últimas adquisiciones culturales, una fuerza ciertamente sensual, voluptuosa, erótica... E incluso, alguna que otra vez, lo cogía, lo sopesaba, me detenía a apreciar su cubierta, doble, como mal se dice, "de nivel", echaba una ojeada al primer párrafo, al índice, hasta que llegue, el otro día a descubrir el final, ¡un "buen tocho" de páginas antes de la última hoja impresa debido a un enorme apéndice!... Y ahí fue cuando donde me topé con un finale precioso que, además, se complementaba y reforzada con un párrafo debido a mi apreciadísimo Italo Calvino, el escritor italiano contemporáneo cuyas novelas post-realistas tanto me había conmovido hace ya bastantes años, y que tantas cosas contribuyó a fijar en mi conciencia temprana (la inseparabilidad del bien y del mal, la posibilidad de una voluntad insobornable, la persistencia de los sueños aunque de uno no quede prácticamente nada o, en otras palabras, la persistencia del impulso vital...)

¿Qué otra cosa podía hacer sino hacer un alto en mi búsqueda de alguna cita borroneada que necesitaba reproducir para dar fe de no ser un absoluto díscolo ni pasar por un descubridor de la pólvora? Y éte ahí que comprobé al leerlas que esas líneas me vendrían (de nuevo por esas cosas de la magia blanca... perdón, de la casualidad) como anillo al dedo para estas Conclusiones; incluso para encabezarlas; incluso, casi, casi (¡si yo pudiera, ay, contentarme con una simple síntesis y si... ay... si creyera que los demás, qué digo, "todos", pudieran comprender sin preámbulos lo mismo que había entendido yo al leerlas.

Al final, pensando que esto podría estar mejor en un apéndice de este ensayo, como un evidente refuerzo a mi tesis, como podréis comprobar (o quizás no) al leerlo, al igual que otros dos textos más que también hallé "de paso" y también muy, demasiado a propósito, decidí dividir estas Conclusiones en dos partes y adelantaros aquí, como "primera parte" esas preciosas líneas (salvedad aparte que debo hacer de las expresiones de los tres autores de una idílica esperanza de cierta relativización de algunos de los hechos y de ciertos lastres humanistas que lógicamente no comparto aunque no omito citar, y que considero que no hace a la significación que emerge por sí misma de las evidencias mismas que se narran).

En todo caso, sirva esto aunque más no sea para hacer más dulce o digerible este largo trabajo que en su forma presente está al borde mismo del carpetazo; y sirva si acaso para probar hasta qué punto me pudiera haber equivocado con vosotros "todos" y, con tan poco, tan entremezclado pero también tan contundente síntesis... pueda por fin decirlo "todo".

Abrid pues lo ojos, abrid las orejas, estad dispuestos a que la música de fondo de las frases os penetre sin filtros y sin el complemento de la percusión que marca el paso. Aquí va sin más:
"Resta, sin embargo, un punto fundamental en la relación entre la biografía y el saber. Para Bruno, separar la vida de la filosofía y la filosofía de la vida significaría reducir la filosofía a una profesión vil y la vida a una banal búsqueda de falsos valores:
La sabiduría y la justicia comenzaron a abandonar la tierra cuando los doctos, organizados en sectas, empezaron a usar sus doctrinas con fines de lucro. De ahí derivó que, como si se tratara de la propia vida y de la de sus hijos, combatieran hasta el aniquilamiento del adversario por las opiniones de un partido. Tanto la religión como la filosofía yacen destruidas por actitudes de este tipo; tanto las repúblicas como los reinos y los imperios están perturbados, perdidos, exterminados junto con los sabios, príncipes y pueblos.
En una época como la nuestra, en la que el saber científico y humanístico corren cada vez más el riego de estar al servicio del beneficio y del mercado o de un vano ejercicio del poder académico. la experiencia intelectual de Bruno se muestra como un faro moral, como un mensaje edificante de esperanza para las jóvenes generaciones del nuevo milenio. No puede haber conocimiento sin amor desinteresado por el conocimiento, sin la conciencia de que la adquisición del saber no es un don sino el fruto de una conquista fatigosa. A lo largo de este camino dificilísimo, quizás sea posible distinguir un rayo de luz, encontrar el coraje de decir no, saberse diferenciar y no dejarse engullir pasivamente, como decía Italo Calvino, por el infierno que nos rodea:
El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los día, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo, la primera es fácil para muchos aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es el infierno, y hacerlo durar y darle espacio."


¡Por ese pensamiento humano yo rompo una lanza... y soplo otra vela (*)!


(*) No puedo dejar de participar a todos mis lectores ocasionales y seguidores de mi centésimo vigésimo cuarto cumple-medios años, como diría Bilbo Bolsón de Bolsón Cerrado!


martes, 12 de enero de 2010

Una lanza rota... (5): el "meollo" no "trascendental" de lo "trascendental"

La fortaleza asegurada: construcción, apuntalamiento y decadencia

El "deber ser" de primer orden al que Kant consagró su vida, fue el de procurarle a la Ciencia y a su correlativa manera científica de pensar el mundo las "mejores" condiciones para su pleno e imparable desarrollo. Detrás de ese plan estaba el sueño ilustrado (reencarnación y reformulación de la utopía de la greicidad que pretendía, igualmente, alcanzar la sabiduría absoluta mediante la virtud y el pensamiento) de lograr "el abandono por parte del hombre de una minoría de edad cuyo responsable es él mismo." (Emanuel Kant, Contestación a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, "¿Qué es la Ilustración?", Alianza Editorial, Bolsillo Filosofía, Madrid, 2007, pág. 83). Así, con la pregonada intencionalidad de "superar" los mitos, lo que el plan kantiano en realidad hizo fue dejarlos simplemente fuera de las murallas de su fortaleza, incuido su propio mito, el mito de su eficacia, de sus facultades mágicas para la definitiva consecución del sueño humano mediante la constancia y la laboriosidad, el sueño de convertirse un día, como se entendía que estaba escrito, en "amos de la naturaleza en la práctica", como creía sin vacilación alguna Sir Francis Bacon (tomo la cita de Max Horkheimer y Theodor Adorno, "Dialéctica de la Ilustración", Akal/Básica de Bolsillo, Madrid, 2007, pág. 56). Desde siempre fue evidente que, como resumiera Husserl:
"En filosofía [en contraposición con las ciencias], todo es controvertido" (citado por Leo Strauss, "Estudios de filosofía política platónica", La filosofía como ciencia estricta y la fillosofía política, Amorrortu Editores, Bs. As., 2008, págs. 56)
Y Kant se propuso, como veremos y por lo que en seguida desnudaremos, ese problema había que resolverlo imperiosamente (1).

Así, fue como Kant se distanciara de la práctica y la reflexión científica propiamente dichas en busca de una solución que se hallaría en el terreno de la filosofía. Fue un abandono relativo; más bien, pienso, una toma de distancia destinada en realidad a asegurarla y protegerla, ya no de las incoherencias de la reflexión (de lo ilógico y lo retórico ya teóricamente superado) sino de las perturbaciones propias de la metafísica, de sus interrogantes insolubles y, a la vez, paralizantes a cuyo auxilio, sin embargo, acudiría para relativizarla del mismo modo en que tiempo después habría de hacer Wittgenstein aunque, en este caso, para desvalorizarlo, marginarla, inutilizarla (2). No había madurado en un mundo en el cual la competencia eran la magia y la retórica (la Grecia clásica), ni el el cual esa competencia estaba representada por una bien atrincherada filosofía escolástica a la que había que destronar con ayuda de los príncipes absolutistas ilustrados. Eso había sido históricamente superado. Ante sus ojos se desplegaba un mundo nuevo que prometía las condiciones para la maduración definitiva de la especie, que abría al hombre en general el acceso a la cultura masiva, a la unidad global y al progreso sin limites. No se podía permitir que una oportunidad como fuese obstaculizada sino que había que hacer todo lo contrario. Se imponía la obligación de allanarle el camino, de colaborar en todos los frentes con el proceso natural (aún no se "trataba de transformar el mundo" a pesar de serlo), de darle al racionalismo al que se consideraba capaz de lograr ese resultado promisorio de un espacio donde las cuestiones estuviesen zanjadas para que en él se pudiese desarrollar la práctica que alimentaría ese proceso seriamente y que desde él influyese en la totalidad: ese espacio era el del pensamiento científico, es decir, La Ciencia.

Kant se aplicaría así al viejo esfuerzo racionalista, perfilado por los filósofos griegos, orientado a hacer de la Metafísica una Ciencia en sentido Estricto (esta es la tarea que se impone Aristóteles y con él inclusive la escolástica aunque se prefiera no verlo de este modo), lo que no llegó a conseguir como tampoco lo conseguirían los intentos posteriores, esto es, los de los positivismos ni, tampoco, el de Husserl con su fenomenología: como observó muy sugerentemente Leo Strauss, "es muy grande la tentación de desecharla en favor de la..." Metafísica (Leo Strauss, "Estudios de filosofía política platónica", La filosofía como ciencia estricta y la fillosofía política, Amorrortu Editores, Bs. As., 2008, págs. 59), esto es, hacia la interrogación, a instancias del deseo de encontrar una respuesta satisfactoria (aunque imposible), no anquilosada, no mezquina, no encorcetada por la autorepresión. Una debilidad, sin duda, muy humana (en el sentido de... muy intelectual).

Kant, por su parte, acabó renegando del proyecto en sus últimos años y llegó incluso a desviar vergonzosamente su enfoque inicial hacia el idealismo en sentido estricto, lo que me permito mencionar como manifestación de lo que considero una debilidad intrínseca del pensamiento reflexivo asociado al dogmatismo. Ponerse, por otra parte, en el mismo plano filosófico de Kant, del mismo modo que en el plano de cualquier teoría o enfoque ideológico y discutirla en términos equivalentes es entrar en una trampa en la que prefieren caer los entrampados que dan por autónomo y neutral el ámbito teórico (a cuento de un dualismo residual encubierto), y en lugar de leer bien, comprendiendo al pensador al que se acercan, presentan tanto cuando se le oponen como cuando lo reivindican apenas los detalles formales más convenientes para los intereses de la polémica en los que estos son usados. No se trata, en fin, de oponer una filosofía o una ciencia más verdadera a la de Kant ni de superarlo en su terreno, sino de mostrar con qué del mundo tiene que ver su discurso, en el curso de qué proceso efectivo emerge y hacia dónde y trazando qué cause real se dirige, sobre la base de qué extrapolaciones necesarias se edifica, qué lo hace tambalear, qué lo transforma, etc.

Lo que no se puede soslayar, es que sin duda fuera Kant quien preparara o anticipara el posterior advenimiento del positivismo, formalmente decidido a completar el objetivo del filósofo alemán. Sin duda, el mundo ya no presentaba la misma perspectiva y sin duda por ese motivo, aunque el discurso se mantuviera tributario de la misma estrategia formal, respondiendo a los valores instituidos de referencia, mostraría las fisuras propias del proceso de burocratización que, en realidad desde un principio y en fases sucesivas paralelas indiscutiblemente a la consolidación de la tecnocracia subordinada de los especialistas, fue haciendo añicos el modelo idílico de la Ilustración Liberal y del Racionalismo Moderno hasta convertirlo, en el presente, tras en una cáscara vacía, en una pura armadura, en un "Caballero inexistente" que ya ni siquiera es capaz de mantenerse erguido sin siquiera avergonzarse.

Las murallas alzadas alrededor de la Ciencia pasarían de esta manera a convertirse en ruinas tras el efímero apuntalamiento positivista que sólo remarcaría la notoriedad creciente de su insignificancia. La función conservadora propia del grupo se fortalecería en el curso de la propia evolución histórica del mismo y de la sociedad en la anidara, donde el progreso técnico (enmarcado por la sed de beneficios y privilegios y la sed de poder político o de dominación que incluye esos "otros medios" que conforman la guerra) daría a luz a la actual y prolífica pléyade de técnicos e investigadores asalariados (cada vez menos cultos y hasta sin cultura alguna, como ya es vox populis) que constituyen la vital clientela electoral del estamento académico y consecuentemente del estatal en su conjunto (3); una función sobre la que sin embargo, nunca dejaría de pender la espada de Damocles de sus propios principios y una práctica productora sistemática de evidencias a veces ciertamente perturbadoras, verdadera bomba de relojería en potencia, instalada esta vez bajo los pies del dogma revolucionario, el dogma al que adhería el viejo Bacon y sostenía esa certeza ciega (pero racioanalista, ilustradísima) de que la ciencia los convertiría (claro que a ciertos hombres y no a todos) en "amos de la naturaleza"; un dogma al que muchos continúan aferrándose a pesar de todo lo que ha pasado bajo los puentes, en la realidad y en el pensamiento (4).

De ese modo, Kant colocará la primera piedra de la muralla protectora que necesitarán las Ciencias para afirmar su marcha al margen de las demás prácticas humanas, no exclusivamente reflexivas, con la pretensión de encausarlas (eso al menos mientras no llegara la hora predestinada a dirigirlas); encausarlas en la dirección que se rescataba de la marcha de los acontecimientos como más prometedora; de las "tendencias" con las que se alzaba el modelo, "tendecias" seleccionadas desde la esperanza idílica en un mundo sin duda a la medida de sus potenciales constructores. Observando con seriedad el proceso en sus inicios (que se reproduce en el terreno del pensamiento económico que estoy tratando en paralelo), puede comprenderse cómo la utopía intelectual europea (vieja utopía platónica de la fantástica República de los Sabios), no acabaría porque sí reducida al objetivo desconcertante del positivismo, ni sería llevada aún más a los mínimos de la popularización en los slogans sin significado de la posmodernidad que llegaría luego y hoy padecemos, un fenómeno inseparable de la marcha general de la burocratización y en particular de la marcha hacia la simbiosis relativa, quizás más bien un entrelazamiento, de todas las burocracias, la cultural incluida, con las burocracias estrictamente políticas y militares al mando.

El objetivo de Kant, y de las posteriores oleadas estrictamente positivistas -que pretendieron recluir al maestro en el cuarto trasero de la epistemología a pesar de su voluntad y dedicación metafísicas-, declarando flsamente compartir las mismas ilusiones y los mismos intereses pero en realidad respondiendo a diferentes situaciones histórico-sociales nacidas la una de la otra y previa, consistió básicamente en cercar ese pensamiento científico privilegiado y separar su práctica de las preocupaciones sistemáticas de la metafísica clásica para permitirle un funcionamiento lo menos perturbador posible. Pero ese objetivo imaginario se trastocaría, mal que le pesara al racionalista Kant y a sus demás equiparables soñadores, en la construcción de una nueva fortaleza burocrática desde la cual defenderse y atacar, negociar desde posiciones de fuerza y obtener áreas de dominio, lo que pasó por una etapa de indudables intentos de independencia -positivista- ducal de finales del XIX y principios del XX para comenzar simultáneamente a rendir armas hasta quedar completamente sometida al absolutismo contemporáneo del Estado Burocrático de nuestros días y su aparato político-militar con sus expresiones extremas soviéticas, fascistas y "populares" pero también socialdemócratas y seudodemocráticas.

A fin de cuentas, lo ciertamente real nunca dejó de ser ser "el movimiento" tal como lo definía Tucídides, es decir, la guerra, guerra indudablemente intergrupal; interburocrática en la cúspide gubernativa de la sociedad piramidal hoy vigente pero también en cada uno de sus escalones institucionales.

La caracterización está siempre presente en la constitución e institución de los discursos y las narraciones, forman parte de su idiosincrasia mítica y de su necesario esoterismo (en todo caso, de la necesidad de unas normas histriónicas y un lenguaje reservado, como debe ser, a los miembros, para quienes "La disciplina" se impone como "un principio de control de la producción del discurso" -Michel Foucault, El orden del discurso, Tusquets editores, Fábula, Barcelona, 2008, pág. 38-). Y la Ciencia, incluso separada para ser la práctica racional más pura y prometedora de la cultura, más allá de sus pretensiones y perspectivas suprahumanas, ha tenido también que responder a ese modelo... -aunque, claro está, se tiene todo el derecho de contar la historia de otro modo, y de hecho esto es lo que hace la propia Ciencia al explicarse a sí misma como ya vimos leyendo a Wolpert por no mencionar otra vez al pobre J.L. (entre la infinidad de blogueros de cultura equivalente, es decir, esa parva de paja que se llama cultura desde el enfoque posmoderno que se la inventara y de la que forman parte los calzoncillos de Calvin Clain de etiqueta visible y, en el límite, hasta los botellones y okupaciones... le guste o no a J.L. compartir esos espacios repugnantes...o eso supongo...).

Nietzsche, consciente de ese derecho y de la mera particularidad de su propio discurso (en el que no obstante, tenía que creer) dejaba abierta la perspectiva que la Ciencia prometía desde lo más honesto y bien intencionado de sus propósitos y con inocultables deseos íntimos de que la respuesta fuese afirmativa, se decía visionario: "Tal vez le queda a la risa un porvenir." (La Gaya Ciencia, ed. cit., pág. 16), sugiriendo de manera un tanto ambivalente lo que en breve analizaré como la aspiración más significativa y engañosa de las buenas conciencias, la aspiración humanista y desconcertante de hacer de la Humanidad Única un Único Hormiguero. Y a mí no me caben dudas de que esa perspectiva ("esa irresponsabilidad postrera" -Nietzsche, ibid.-) sea una más que factible alternativa para la especie... algo que, precisamente, esas buenas conciencias parecen anticipar y muchas cosas a ello vinculado marcan el paso en esa dirección. Pero lo que no se puede ni se debería decir (al menos creyendo que se dice otra cosa) es que eso sea seguro y menos que sea bueno. Nietzsche lo dijo con resignada aprehensión: él prefería lo individual (lo vital siempre tendrá esta forma; será siempre "excéntrico" como dijera John Stuart Mill) a la uniformidad (el Hormiguero) a la que temía y de la que, desde la tumba pensaría que no habría de llorar por él sino... reirse; reirse en nombre de la falta total de sentido que habría demostrado el vivir, a la vez que de su innegable necesidad, imperfecta y multiforme, que un futuro como ese le sugería; reirse suponiendo que en ese mundo futuro de "irresponsabilidad postrera" todos abrazarían una conducta meramente contemplativa. No sé, tal vez, por qué no... aunque no creo ello sea globalmente posible sin intervenir sobre el hombre... o sea, sin que algunos otros hombres se transformen en Morlocks. No me extraña que Nietzsche lo acariciara como un mal menor y que no pudiera concebir el grado de decadencia que se ha ido socavando lenta pero sistemáticamente. El tiempo de la risa, ay, en cualquier caso, parece incluso él mismo estar hoy amenazado. El que se nos anticipa en cambio es un mundo de tinieblas, dolor, estupidez... trabajo esclavo. Se trata del Hormiguero Real y no del esperado o idílico (5), el que no se quiere ver, el que acabará "sorprendiendo" a más de uno al despertar una mañana, pero que ya estaba entre nosotros desde hace mucho tiempo, formándose y extendiendo sus pasadizos intangibles, extendiendo sus planos sobre el mundo sin que nos percatáramos... (por determinar desde cuándo, deberíamos decir: desde que se separaron del trabajo físico los jefes de los demás; desde, por tanto, los primeros asentamientos sedentarios productores de alimentos domesticados y criadores de animales domésticos... -me apoyo en particular en el trabajo de Jared Diamondl, "Armas, gérmenes y acero", pero este criterio extrapolado a partir de descubrimientos arqueológicos es mencionado en otros trabajos interesantes que ya he citado-).

Ahora bien, más allá de Nietzsche, habría que decir... ¡pues que así sea, que venga la última comedia de la que nos reiremos "los póstumos" si nos volvemos zombis, los que tanto nos esforzamos porque hubiese mucha vida en vez de poca! Después de todo: ¿por qué no un mundo así a pesar de nosotros, de nuestros gustos, de nuestra idiosincrasia, a quienes eso apena a priori sin remedio, a los que preferimos la vida intensa, "¡Vivir peligrosamente!", incluso en "el movimiento" en el sentido tucidideano mentado antes que bajo la progresiva, silente, viperina, corrosiva decadencia, a los que preferimos un mito trágico, los que somos actores de la tragedia, actores en declive, actores en vías de extinción? Aunque nunca, ¡nunca!, pueda concebirse algo así en tanto las cosas sean como son ahora. Y aunque, además, rechazarlo a priori esté en franca contradicción con la propia conciencia -conciencia interesada que no será la de nadie en el futuro, al menos no en ése- que nos advierte que una y otra cosa sólo son y pueden ser comedias.

Sin duda hoy percibimos lo peor. El curso de la historia fáctica nos muestra, al menos por ahora, un panorama muy desalentador para esa idiosincrasia que es la nuestra y de la que la mayoría prefiere escapar yendo directamente hacia las fauces del monstruo: la burocratización global de nuestra sociedad se ha enraizado hondamente en toda la cultura, corrompiéndola en cierto modo (aunque esta visión sea sólo eufemística a la luz de una sociología seria de su rol social, en parte aquí esbozado y sugerido), la mencionada simbiosis/entrecruzamiento de los diversos ámbitos burocráticos, de desigual desarrollo y contradictoriedad interna, bajo la dirección de la burocracia dirigente ya simbiotizada -la política, la supergranempresarial industrial- financiera, la militar, la tecnocrática, la mafiosa, la mixta y hasta multidisciplinar-, necesariamente cada vez más mediocre, que nos lleva en la dirección de una creciente dilusión de lo significante, del que el tacticismo burocrático es expresión visible, además de la decadencia educativa y cultural, del predominio del divertimento en los ámbitos de la información y del debate, etc., etc., etc. Todos absorbidos hasta su paulatina y quejosa aceptación (6).

Precisamente, desnudar el desconcierto y el autoengaño constituyentes -e instituyentes-, denunciados en los discursos "superadores" de propender a lo contrario, la confusión, de ser o estar alienados, de adolecer de insuficiencia objetiva, conservadurismo e incluso regresividad, etc. (la viga en el ojo propio, en todo caso), contribuye en realidad a la elucidación de este fenómeno que siempre se presenta puro y emancipador tras realizar la autoapropiación de la visión verdadera o absoluta (apropiación imaginaria del mundo y de sus intenciones), y que siempre nos acabará decepcionando y traicionando. Por eso, estudiar la propia genealogía del modelo, es decir, la narración ideológica que justificara en su día la constitución del discurso y de su normativa, de su moral declarada (el día del amanecer de la nueva sociedad burocrática donde el proceso etiqueta y certifica su forma actual y establece su modelo). Por eso vale la pena prestar mucha atención a la significativa y paradigmática creación kantiana, e incluso no olvidar los orígenes de la greicidad hasta cierto punto renacida y recuperada por la modernidad y que se abriría camino como juego de múltiples legitimaciones sociales (7) y no como quiso ser visto por los intelectuales revolucionarios europeos (Kant entre ellos) al fundar su propio míto, recuperando la vieja autolegitimación de Aristóteles con cuyo enunciado éste da comienzo a su propia Metafísica: "Todos los hombres desean por naturaleza saber". Un enuciado deconcertante como tantos que no hace sino plasmar la convicción racionalista (intelectual por ende) de que el hombre de verdad es miembro del propio grupo, en este caso, del grupo que vive y goza con el trabajo de su mente, y que gracias a ello ha conseguido no estar entre los trabajadores que se ganan el pan con el sudor de la frente, es decir, que han conseguido burlar la condena divina que describiera la Biblia judeo-cristiana.

En esa línea, precisamente, son dos los motivos inmediatos que aconsejaron a Kant llevar a cabo su imperativo (es sitemático, dicho sea de paso, encontrarnos siempre con el elemento mesiánico en el intelectual que pretende contribuir en más o en menos con las tendencias positivas que descubre en su mundo): el rol que desde su legitimación se le atribuyó a la Ciencia de motorizador del progreso y de partera de la emancipación del hombre, y el carácter aparentemente neutral que le otorgaba su objetivismo indudablemente apriorístico (otorgado a sí misma), el de un mundo separado del hombre, objeto de su ilimitado poder transformador (éste es el sentido de la objetividad, y es indudablemente un apriori indemostrable de la metafísica cientificista por más que se quiera "callar"... y que reafirma al hombre reflexivo como sujeto decisivo y con ello a su conciencia semidivina, mesiánica como señalé antes, "la conciencia de su tiempo", la buena conciencia: con lo que el círculo acaba por cerrarse). En fin, las dos caras del racionalismo.

Esta delimitación fundaría un ámbito aparte y protegido donde todas las reglas del racionalismo y en particular las de la lógica podrían funcionar sin las perturbaciones que motivaban las soluciones conjeturales de índole metafísico. Precisamente, lo que el positivismo intentó establecer ya no como "otro" ámbito sino como único espacio de pensamiento y de conversación, cosa creyó haber conseguido de modo "definitivo" según sostuviera ese positivista sui generis que fue el ingeniero Wittgenstein, para quien "lo místico" de todos modos no dejaría de existir en alguna parte, "mostrándose" en silencio, mientras que para Bertrand Russell -pueden verse detalles de la controversia en mi notas 6 y 7 del capítulo 2 de este ensayo y en la parte titulada "Un discurso minimizador"- debía ser, más que expulsado de la imaginación, lisa y llanamente reprimido y expulsado o... enterrado y, por qué no, responso o requiem mediante. En cualquier caso, marginando o ignorando la necesidad humana que lo demanda de una u otra forma y que sobretodo lo reproduce aunque más no sea en privado, en la intimidad, del mismo modo como muchos pacifistas militantes gozan identificándose con una película o una novela de aventuras en donde prima el movimiento y no la opresiva y opiacea inmovilidad de la paz, la que permite, dentro de los límites del equilibrio de fuerzas, que nos gobuernene a placer; esto es: privatizándo la duda, la angustia y el dolor así como sus remedios atemperadores y los sucedáneos de la vida placentera, separando su realización del Estado (el Poder, lo político) y expulsándolas de todas sus instituciones satélites, como las Universidades, institutos y academias, sus foros y sus santuarios tecnocráticos y experimentales. La fortaleza estaba definitivamente tomada y restaurada por los especialistas burocratizados, donde no se admitirían perturbadores ni obstáculos para la buena salud de la simbiosis burocrática extensa y globalmente estructurada en marcha.

Lo que importaba -en Kant también para alcanzar el objetivo emancipador y en los positivismos posteriores para garantizar el trabajo de la Ciencia en sí bajo el control de las Universidades, trabajo ya reconocido socialmente para entonces-, era dar a esa práctica un negocio propio al margen del curso problemático de las cosas, que, incluso, allanara el camino amenazado de ataque y corrupción. Contrapuestamente sin embargo, ese componente de moral laboriosa, típicamente capitalista como lo expusiera Weber, propia en general de los negocios mercantiles que controlarían en realidad la industria, al menos hasta la emergencia de la ideocracia comunista -básicamente una nueva coartada sin embargo más que un paradigma alternativo, al menos a la fecha-, crearía las mejores condiciones para la subordinación efectiva de la Ciencia a los poderes reales de la sociedad, su servidumbre neta a las peores aventuras de la fuerza bruta y del poder por el poder característicos y en todo caso tendenciales de la burocracia dominante con la que, como ya hemos señalado antes, la científica se entrelaza hasta el grado de simbiosis. Un proceso, que como también hemos señalado varias veces, irá en progresivo desarrollo, poniendo en cuestión el propio rol mesiánico y liberador de esa Ciencia, inclusive mostrando una capacidad para realizarse al margen de cualquier otra moral que no sea la derivada de su propia convicción autovalorativa, su aura ya falsamente mesiánica que pervive como coartada y marca, por encima de todo daño colateral y de todo accidente histórico, cosa que ya estaba en la base misma de la fortaleza separada y asegurada, que se manifestó desde un principio con su aporte a las guerras lavadas luego mediante fundaciones y premios "a la paz" -hoy cada vez más posmodernos por cierto-, pero que, con las experiencias totalitarias modernas, con el poder nuclear y bacteriológico y las perspectivas que ofrece la ingeniería genética, entre las más sonadas, a su alcance, ha alcanzado el grado del escándalo ante el cual... se ofrecen ahora, como variantes de la instalada resignación interesada de las masas, los buenos e hipócritas servicios de la moral crsitiana o de alguna moral humanista equivalente, incluso ecologista, todas destinadas igualmente a desarmarnos, a dominarnos a todos bajo renovadas formas, a tenernos a todos bajo el control del Anillo...). Y eso sin contar con la solución islámista... que deja ver su rol meramente agit-prop y de marketing a su manera, al no despreciar sino todo lo contrario todos esos terribles poderes mencionados para instaurar la dominación de su propia camarilla burocrática (islamista, sí, pero abierta a alianzas multiculturales en la que sin duda pueden convivir los indigenistas de Evo y los bolivarianos de Chavez... y de la que todos pretenden por igual sacar la máxima tajada).

Apelando a un retorno (falso, declamativo y con un significado diferente, el de coartada) a una supervisión insoslayable (moral como es obvio) extensible a todos los ámbitos que amenazarían (y sin duda amenzan, aunque no únicamente) al mundo (ciencia, economía, medio ambiente...), por encima de todos ellos... menos, como siempre, por encima del soberano real, y con la balbuciente y forzada aceptación e, insisto, con la complicidad de la inmensa mayoría ya irremediablemente adocenada y despojada de opciones que no parezcan suicidas y en todo caso meramente de reemplazo, como cuando se tiene claro que sólo se le podrá cambiar el collar al mismo perro.

Algo que, por cierto y en primera instancia de manera un tanto contradictoria, nunca fue ajeno al propio Kant. ¡Y por el lustroso camino de ese Retorno prefigurado en aquella vieja Esperanza de la Ilustración... es por el cual podría avanzar sin obstáculo alguno el oportunismo o relativismo posmoderno y el actual tacticismo político que lo explota en su beneficio como si hubiese nacido con él (como se dice: le va como un guante a la medida), que le facilita apelar, en cada situación, a una u otra apoyatura formal de manera puramente táctica (y que, sin duda, también nos facilita a nosotos, "los que no tenemos temor", la crítica radical y nos permite alcanzar con ella el máximo posible de sus connotaciones)!

Como han sabido apreciar Adorno y Horkheimer en su Dialéctica de la Ilustración:
"La razón es el órgano del cálculo, de la planificación; neutral respecto a los fines, su elemento es la coordinación. Lo que Kant fundamentó trascendentalmente: la afinidad entre conocimiento y planificación, que imprime la existencia burguesa, racionalizada hasta en las pausas respiratorias, en todos sus detalles el carácter de ineluctable finalidad, lo llevó ya a efecto empíricamente Sade más de un siglo antes de la llegada del deporte (¡lo siento: el "deporte filosófico" practicado en las cortes absolutistas ya estaba instituido!). Los modernos equipos deportivos, con su juego colectivo perfectamente regulado, donde ninguno de los jugadores alberga dudas acerca a su papel y siempre hay uno de reserva preparado para sustituirlo tienen su modelo en los juegos de Juliette (...). En el deporte, como en todos los sectores de la cultura de masas, reina una actividad intensa y funcional (...). La peculiar estructura arquitectónica del sistema kantiano anuncia, como las pirámides gimnásticas de las orgías de Sade y la jerarquía de principios de las primeras logias burguesas (...) la organización de la vida entera vaciada de fines objetivos." (Max Horkheimer y Theodor Adorno, Obra Completa, tomo 3, Akal/Básica de bolsillo, Madrid, 2007, pág. 100; obviamente la nota entre paréntesis es mía; en cuanto a ciertos matices, no tienen aquí enjundia y se perdonan).
Esto es algo no discutible (ya que "investigar" sin más tal como lo exigen las reglas del juego y no como se pregona en nombre de los mismos viejos engaños y autoengaños de la Ilustración, no tiene en realidad otro objetivo fuera de su realización rutinaria -insistiré al respecto más abajo-), y en buena medida nos lo dicen los propios protagonistas, a veces manteniendo un equilibrio delicado que pone en tela de juicio su moral relativista o, insisto, más precisamente tácticista; una moral elástica (tanto que amenaza con la ausencia del necesario mito aglutinante, aunque también... con la pérdida de toda aspiración social, como ya se está viendo en occidente y muchos denuncian sin demasiado rigor pero con mucho miedo; tal vez anticipando, como se vislumbra de una u otra forma por unos o por otros, el próximo colapso). Que la pone en tela de juicio aunque, se diga lo que se diga, sin que nada en firme emerja de ese vacío que se va ahondando. Y que oculta las verdaderas normas de conservación de la sociedad así como las de su subsistencia y avance, normas hasta ahora presentes en toda moral cuya base concreta, como ya hemos señalado ampliamente en los capítulos anteriores y en viejos posts míos sobre el tema, es siempre grupalista (8). Y esas verdaderas normas, cuando inentamos rastrearlas, escarbando hondo y olisqueando hasta las entrañas, no hallamos en el fondo, en los viejos términos al menos, nada. O, mejor dicho, lo que hallamos es un sinsentido que se reduciría a la fórmula del poder por el poder, de la aplicación de la fuerza bruta sin ninguna otra causa, de un Leviatán desbocado o una especie de Golem puesto en marcha por un accidente, con un comportamiento que sin serlo en absoluto a veces parece de locos, a los que tal vez un día sólo nos reste ignorar, si es que nos dejaron vivos aunque más no sea para entonces.

Entre tanto, los intelectuales cientificistas se ven contra las cuerdas a instancias de los propios principios fundacionales y también operacionales, ya que no es fácil permanecer sin disociarse por mantener las incoherencias a capa y espada. Algo que no obstante arroja una luz de esperanza relativa, tal vez tan ilusoria como todas ellas. Y es que esperanzador verlos a veces avergonzarse por propender a una suerte de desnaturalización de la facultad de reflexión humana, mal enterrada bajo la endeble losa positivista del silencio (el "callar", especialmente en lo atinente a posibles causas primeras, propias de la metafísica, se autoimpone y es usufructado en gran medida, pero aflora provocando vergüenza con sus miserias); es esperanzador verlos a veces cómo se avergüenzan de tener que poner en entredicho el mencionado presupuesto aristotélico al que al mismo tiempo se deben y al que siguen diciendo que responden -ese "deseo de saber" para más señas-, deseo que ungió al intelectual, ante sí pero también ante el resto, como sujeto mesiánico...

Esperanzador, sí, que cada vez vean más oscura a la sabiduría (9) que con tanta vehemencia señalaba Lord Bayron al final del túnel y hacia la que Kant preferirá volver la cabeza, conscientes cada vez más en el fondo de que ya no será posible cruzarlo, aunque por pura incapacidad y por ese sistemático estrechamiento del espacio social que provoca la irreductible mediocridad burocrática a la que han contribuido con la suya propia; la que los lleva a reconocer que no queda más alternativa que dejar el control o la supervición a los imbéciles y a los ineficaces... pero ciertamente listos. Con lo que, volviendo al punto: cavan su propia fosa. El futuro que ellos mismos creen estar construyendo, dedicándose "de lleno a ello" y sin permitirse interrogarse por el "sentido de la investigación" que realizan, el futuro, en fin, del Hormiguero... acaba pintándose de Gallinero Feliz en el que a sus sucesores se les promete ser simples esclavos.

Y así, su práctica continúa sirviendo, si bien cada vez más conflictivamente, cada vez más cerca del colapso (la idea del hormiguero investigador está ahí, anticipándolo aún más si cabe -10-, y esa también es la penosa esperanza), para completar y redondear la coartada, para hacerla parecer más digna.

Lo que se oculta y silencia, lo que se pretende ignorar es en realidad el por qué y el para qué de esa demarcación necesaria que fuera capaz de diseñar Kant en su día, de ese aislamiento relativo respecto de la Metafísica (mediante la nueva que propondrá Kant de todos modos y que derivará más adelante en un intento fallido de antimetafísica militante, reducida cada vez más a una pura agitación anticlerical); nueva Metafísica "criticista" que vergonzosamente Kant acabará desdibujando hacia el final de sus días en favor de un idealismo neto con apariencia de una inocente propedéutica (Herman Jean de Vleeschauwer, La Revolución Kantiana, en "Historia de la filosofía", tomo 7, Siglo XXI Editores, México-Madrid, 1978, op.cit., págs. 227-228 y 235).

A la luz de la amenaza que asomaba junto a la esperanza, en previsión de que esa parte considerada inmadura o diabólica del ser humano volviese a poner en peligro el futuro promisorio en el que la intelectualidad ilustrada había puesto sus mejores sueños, había que procurar fuertes defensas, firmes seguros, sólidas murallas detrás de las cuales se garantizara un status libre de las perturbaciones, tanto políticas como metafísicas, que pudieran afectar a esos hombres que se consideraban la expresión global indiscutible de lo mejor y más prometedor del género humano, los intelectuales europeos.

A tal efecto, había que fundar esa Nueva Moral más idónea que la religiosa (¡pero ciertamente protestante!) para convocar al trabajo bien planificado y laborioso en lugar de invitar a la contemplación. La sociedad en su conjunto debía ponerse a trabajar para el futuro en lugar de dejar el trabajo a la Providencia, debía pretender alcanzar el Paraíso y no esperarlo de un juicio que conocería al final del obligado e inexplicable tránsito vital al que el Pecado Original los habría condenado. (No se puede entender la construcción del racionalismo moderno sin la contrapartida de su enemigo real en el plano político: la escolástica; muchas de las facetas de su construcción están determinadas por ello). Esa moral, como toda moral, se constituye en tanto da a la práctica sustancial por definición emancipadora (un evidente absoluto) un fin orientador de la Política, la tarea de iluminar el camino de la Libertad, la de contribuir a la constitución de una Humanidad Única y Buena, la de "encausar" (Kant dixit) y consolidar o afirmar el Progreso que garantizaría esa "emancipación" (progreso sin duda social, pero totalmente asociado o vinculado al técnico). Como toda Moral, de uno u otro signo, esta también estaría refrendada por La Razón, sólo que en este caso, y en teoría, de manera exclusiva, sin Revelación alguna de por medio...

Hemos visto esto bastante de cerca en los capítulos anteriores, hemos visto cómo la moral resulta determinante (elemento mítico central de su edificio que necesitaría indiscutiblemente cada grupo humano -y no la inexsistente Humanidad- para guiarse en el mundo hacia la conservación de sus condiciones de vida -y por ello hacia el dominio o la aniquilación de lo extranjero-, que defina su conducta más eficaz y soportable), determinante para establecer las verdades o convicciones y las mentiras necesarias o piadosas, estratégicas, y apaciguadoras, con todos sus correspondientes derivados... Debemos ahora afrontar el siguiente paso del desenmascaramiento y desvelar lo que se oculta (en atención a la mencionada necesidad sin duda) detrás de esas construcciones morales y de su asunción "a toda costa", y en concreto del edificio-fortaleza de la moral científica que es la que nos ocupa ahora (11).

Es decir, de los horribles "por qué" y "para qué" sobre los que se barajan a lo sumo meros eufemismos.

Ahora bien, tal vez hallemos una pista en las primeras declaraciones que sirvieron de cimientos a esa construcción que pretendía excluir de la marcha humana esos interrogantes para que ella misma los desvelara motus propio. Era la dulce y aparente armonía en la que Kant creía, la que acunara su Gran Sueño donde se fraguará su plan (y donde naufragará frustrado). Kant lo describe de este sucinto modo:
"...un horizonte remoto donde la especie humana se haya elevado hasta un estado en el que todos los gérmenes que la naturaleza ha depositado en ella puedan ser desarrollados plenamente y pueda verse consumado su destino sobre la tierra." (Emanuel Kant, "Idea para una historia universal en clave cosmopolita", en ¿Qué es la ilustración?, Alianza Editorial, Madrid, 2007, pág. 117)
La marcha de la Ciencia hacia el emplazamiento de esa atalaya de observación y asalto desde la cual la Humanidad sería conducida a su Emancipación, se irá dando, pues, como todas las andaduras humanas, sobre la base de la realidad dada y la existencia de un firmamento dominante de significaciones que no le permiten inicialmente autodefinirse como La Emancipadora Política, sino como la acompañante idónea, cualificada, garante de los buenos resultados de los jefes espirituales y materiales de la andadura real (¡y "único medio que les puede hacer conquistar un recuerdo glorioso en la posteridad" -Kant, ibid., pág. 178-!); en concreto: inicialmente, como acompañante de los príncipes del absolutismo a los que se les atribuía el rol director (rol director que se había consolidado gracias a su eficacia para reducir y anular incluso la lucha interpares de la aristocracia, es decir, por su eficacia pacificadora y mítica basada en la indudable acumulación de Riqueza sin par superadora de la oscura Edad Media, proceso que comienza en su seno como se ve con Carlemagne), luego mediante una alianza entre reconocibles como iguales con la burocracia política civilizadora, por fin, hoy, como peones trabajando para esa burocracia sin ideología o puramente tácticista.

¡Progreso y voluntad!, leit motivs esperanzadores de la Ilustración y de sus herederos del XIX y el XX.

Esas serán las bases materiales con las que se cuentan los intelectuales europeos a finales del siglo XVIII para la conquista de La Felicidad Humana.

Pero, como he dicho: la propia marcha de las cosas se impone al hombre, lo lleva a trazar una escabrosa senda por mitad de la selva virgen donde encuentra los medios para tejer un plan verosímil que lo ayude a avanzar. Desprovisto de luz suficiente, la expande a partir de la que tiene por naturaleza y que le deja ver lo más próximo, e incluso descubre la forma de aumentar su alcance y su intensidad a instancias de su imaginación y su inventiva práctica. El entorno crece de ese modo, pero sigue sin ser el Universo. Y, ya que lo que manda es el presente y lo que lo rodea, no hace asco alguno en usar todo lo que consigue para... dominar sobre todo lo que puede, y para evitar los esfuerzos menos agradables... Obviamente, someter a los extraños, establecer una jerarquía, mantenerla, convertirla en desideratum, todo eso es aceptable y será justificado con tal de acercar el Paraíso en la propia Tierra.

Ese curso de la Historia fue el que puso por fin un día al intelectual europeo al borde del poder ansiado, el que permitiría redefinir el mundo a imagen y semejanza de la propia idiosincrasia grupal, y no había sino que ponerse la vestimenta más adecuada del atrezzo para lanzarse a conquistarlo: las ropas del sabio, las ropas de trabajo del hombre honesto y meticuloso, cazador d la verdad por sobre todas las cosas. Pero distraerse de la reflexión, ay, se hace doloroso, y además, es lo único que se sabe hacer, lo que además hace muy cuesta arriba vertir sangre inocente, provocar directamente daños, hacer lo contrario de lo que se desea (un mundo feliz), hacer parte del camino sin intentar convencer, sin poner la palabra por encima de otras armas... Mejor... es "encausar". Pero los profesionales de la política sólo considerarían los principios como herramientas relativamente útiles (así fue siempre: la educación que los reyes contrataban para sus hijos eran en el fondo un abalorio más, equivalente a la corona de oro o los palacios, lo que no quiere decir que no tuvieran efectos colaterales en una cultura donde lo principal era aprender a vivir y morir con honor). Esa burocracia política profesional, en atención a sus necesidades de gobierno, no podía sino corromper esos principios cada vez más, y dejarlos por fin reducidos a cáscaras vacías, a nombres sin significado buenos para etiquetar y confundir.

El sol nuevo parecía asomar en el horizonte de los sueños, pero el sol real era el de siempre, y bajo él se cocinaban los mismos viejos pucheros.

Pero Emanuel Kant, indudable prototipo del intelectual europeo nacido de la Ilustración y heredero inmediato del Renacimiento (esto es, de la greicidad) observa también muy negros nubarrones:
"No puede uno liberarse de cierta indignación al observar su actuación (la del ser humano) en la escena del gran teatro del mundo, pues, aun cuando aparezcan destellos de prudencia en algún que otro caso aislado, haciendo balance del conjunto se diría que todo ha sido urdido por una locura y una vanidad infantiles e, incluso, con frecuencia, por una maldad y un afán destructivo asimismo pueriles; de suerte que, a fin de cuentas, no sabe uno qué idea debe hacerse sobre tan engreída especie." (ibid., pág. 98). (12)
Tanto como a cualquier intelectual sensible enamorado de una idea, la cruda realidad (es decir, la que no responde a las expectativas... e intereses) hace vacilar a Kant ("siente una desazón", como reconoce en otro sitio, tal vez a partir de Spinoza y sin duda prefigurando a Nietzsche aunque sin aceptar, claro, las conclusiones a las que llegaría éste -"Probable inicio de la historia humana", Observación final, ed. cit., pág. 174-, donde también hace unas muy interesantes observaciones acerca de la guerra). Pero, claro, resolverá "la desazón" con un imperativo ("Idea para una historia...", op.cit., pág. 118 ya apuntada, y también visible en ibid., págs. 105) aplicable a sí mismo... y a todos, "la basa del autoperfeccionamiento" ("Probable inicio...", op.cit., pág. 174), "dar a la vida un valor por medio de acciones" (ibid., pág. 177); ay, esos remedios que tan frecuentemente se blanden contra la desesperanza... esa máxima indulgencia que imponía el impracticable pero insistentemente recomendado (y no sólo) deber ser; una buenísima coartada servida en bandeja a la burocracia dominante. ¡Los intelectuales ya estaban configurando su rol pusilánime, ingenuo e iluso! ¡El fundamento moral estará cada vez más dentro de terreno hipócrita y desconcertante que hace de la práctica científica (del investigar en particular) una cuestión válida en sí misma al margen de cualquier sentido que se le atribuya! ¡No caben más opciones que luchar con el auxilio de las facultades que se tienen... o con las que uno más valora respecto de las de los demás y a las que aspira que todos consideren universal y absolutamente mejores! En las palabras de Kant: "progreso al que cada uno está llamado por la Naturaleza a colaborar en la parte que le correponda y en la medida de sus fuerzas" (Probable inicio de la historia humana, op.cit., pág. 178).

En todo caso, esas
causas ocasionales favorecen, por así decirlo, la autoasignación de objetivos y la nube o cúmulo de ideales que se cultivaron en la mente de los protagonistas (de ciertos protagonistas: los que aquí interesan, los considerados, en tanto que constructores legitimados, considerados y autoconsiderados del saber racional y universal; los intelectuales) conformarán un todo. En este sentido, los intentos de separar artificalmente la mente productora de cosmovisiones de la vida misma, intentos que siguen aflorando para defensores y opositores de unas u otras, no son, a pesar de estar atávicamente anclados a la vieja perplejidad que produce ensí misma la conciencia (su doble situación de presencia y reflexividad, de objeto y de sujeto), no pasan de ser más que recursos para evitar una conclusión que sólo puede producir desamparo y horfandad (así, J.L. se refugia en ese mecanismo cuando atribuye mi virulencia antipositivista a algún mal o daño que me pudiera haber causado el enfoque que combato o sus defensores, algo que explicaría mi supuesto resentimiento y... alienación). Incluso al punto de contradecir sus propias convicciones monistas y materialistas, que vuelven así a mostrarse fundamentalmente secundarias además de conceptualmente idealistas (no es casual la deriva final de Kant hacia el idealismo, producto sin duda del mismo andar "sobre el filo de la navaja" por el que reconocieran andar dos obvios tributarios actuales del filósofo alemán como Varela y Maturana a quienes ya citara en la nota 10 del capítulo 4 previo de este mismo ensayo), una concepción que se reduce a una pura epistemología que hace del pensamiento humano un fantasma sin soporte , un fantasma equivalente al alma platónica en todo caso adornada de nuevo lenguaje científico y sobre todo lógico, el lenguaje de la dignidad y de la lista de detalles que, como los árboles, consiguen ocultar el bosque; ontología escamoteada, ontología de fantasmas y conceptos...

Tras los pasos de Galileo (y Newton, Kepler, etc.) en el marco del absolutismo ilustrado, donde consiguió (consiguieron) la legitimación de su ciencia bajo la etiqueta establecida/aceptada de la predestinación, todo al servicio del encumbramiento de su noble mecenas... y de las correspondientes contrapartidas, e inclusive aceptando, como ya he mencionado, desempeñar en la Corte el papel de comediantes y gallos de riña, es decir, tras facilitar así la entrada de la Ciencia en los recintos protegidos de esa corte absolutista que les permitiría o no beneficiarse y resolver de ese modo sus apetencias sociales, Kant opera a su turno legitimando su propia metafísica estricta, esta vez a las puertas de los tiempos modernos, a caballo de la lucha política revolucionaria desde una institución moderna donde él y sus colegas imaginan poder "encausar" a su gusto la sociedad entera. Ya forman parte de la Universidad Laica, donde "las cátedras, en un número impresionante, caen en poder de sus adeptos" (La Revolución Kantiana de Herman Jean de Vleeschauwer, op. cit., pág. 225). Sin duda, se trataba de una pieza indudable del puzle socio-histórico concreto, y en la idealización por parte de una intelectualidad revolucionaria que sin embargo volvía a demostrar su incapacidad estrictamente política (o una predilección por el trabajo intelectual y de orientación e influencias) que la llevaría a confinarse en un escenario de menor escala, el mundo académico y cultural, que apenas liberado o conquistado comenzaría a quedar otra vez subordinado (13). El paso que dejaría atrás el Renacimiento y la institución suya del mecenazgo, no sería sin embargo -¿aún?- sustituida por la tantas veces soñada "República de los Sabios", pero sí implicaría la transferencia de la "legitimación del saber" en manos de los príncipes absolutistas ilustrados (o aún de la Iglesia aunque esto ya en franca pérdida de espacio) a manos de los propios intelectuales, en particular, de los propios científicos y por fin de los tecnócratas en ascenso y. en cada vez más disciplinas, los diseñadores de curvas y estadísticas, que conquistaron el derecho de "generar saber" (Steven Shapin, citado y comentado por Mario Biagioli, op.cit., pág. 179-180 y también pág. 122), y, con el tiempo, generar lo que yo no dudo en señalar como insignificación y desconcierto (¿o no merece este nombre lo sucedido, para no ir más lejos, en torno al "calentamiento global" últimamente?).

Con todo esto, lo que se puede comprobar, como ya había adelantado en el capítulo anterior, es que se tendió tanto en el plano psico-social como en el ideológico a la construcción de una fortaleza de muros firmes y fuerte portón trancado tras los cuales el Pensamiento Científico Positivo (la Razón Práctica) pudiera sostener una vida separada, libre de las perturbaciones y tormentas de la duda y de la interrogación metafísica pero también del compromiso político real. Esta fortaleza, que abrigaba la ilusión de dar a la Política una dimensión trascendental, situada por encima de las luchas mezquinas de partidos y las mezquinas guerras, o sea de la intrascendencia política, pretendiendo establecerse como una diyuntiva pura entre el Bien Supremo y la Contrarrevolución o Reacción, Bien Supremo al que se prestaría a servir a priori, Reacción ante la cual se definiría su propio color progresista, igualmente en sí. Porque, ¿cómo no asumir el objetivo dado por supremo de la Felicidad? ¿Y cómo no proyectar la del propio grupo como futuro más desable para todos; Ella, que ya se veía despuntar al mismo tiempo que por fin Ellos, sus adalides,comenzaban a marchar hacia la cumbre desde donde, mediante el trabajo educativo y orientador, es decir, detrás del trono, y con la "ayuda de la Providencia", se podría dirigir todo y dirigirlo Bien (14).

Pero hay más: La Felicidad, además de responder a la necesidad real-idílica que experimenta un hombre como miembro de un determinado grupo, es también fraguada y moldeada circunstancialmente en y por la propia marcha de los acontecimientos, respondiendo a su propia artificialidad (artificialidad, entiéndase, en tanto que opuesta a las autodefinidas necesidades absolutas, teleonómicas o finalistas, inherentes a la supuesta e ideológicamente edificada, expandida, legislada y justificada naturaleza humana; o sea, la que se ve como tal desde un determinado modelo -considerado- realista). Doble máscara de nuevo: la del grupo y la subyacente que se lleva de nacimiento, por haber nacido en mitad de un río ya encausado que impone sus recodos, obstáculos y turbulencias. Aunque no lo digo con la idea de que eso pueda ser controlado y superado, no lo digo con la idea falsa de que el enmascaramiento corresponda a una suerte de alienación o un problema perceptivo humano: el mundo artificial que se instituye es el mundo real en el que se deben desenvolver los diversos grupos humanos (15).

Sin duda, en la construcción de un discurso por un pensador concreto tiene por fuerza que intervenir la idiosincrasia personal del mismo, su genealogía y su desarrollo particulares, todo lo que define su mundo y su tiempo... pero lo humano sigue allí, obligado a vivir el mundo con todo lo que lo configura, con todo lo imaginariamente instituido que se vuelve inmediatamente real, todo lo que se plasma en y mediante la marcha real y conflictiva de los hombres y sus grupos, en "el movimiento" de Tucídides. En todo caso manifestándose a través de todas las mediaciones y disfraces disponibles que en parte se imponen y en parte se eligen bajo presión, a través del rol que se configura y se asume como el más idóneo, concretamente... para sobrevivir como lo que por fin se quiere y se querrá "a toda costa", lo que se prefiere seguir siendo.

La realidad, el mundo en el que nacemos y crecemos, induce en el individuo sensible y reflexivo (tal vez caras de una misma cosa en un determinado grado) desesperanza y grandes esperanzas, frustración y utopía, remedio lo segundo de lo primero... todo en nombre de recuperar o crear el Paraíso, el mundo bueno o mejor del que ya hablara el racionalismo clásico. Más allá de cualquier "fijación" infantilista, la frustración se presenta una y otra vez sin que se pueda hallar consuelo... porque Dios no nos escucha ni nos satisface. Entonces, ¿a qué viene eso de que "no se debe" rechazar la Naturaleza del mundo sino aceptarlo (Kant, "Para una historia...", Octavo principio), esperar que la Providencia -o Naturaleza- sea una aliada a la manera en que Jehová lo era de Adán, sosteniendo que la acción humana acabará motivada y orientada por sus tendencias positivas como si de lo que se tratara fuese de atravesar el mundo escabroso para alcanzar el Paraíso Perdido? ¿Cómo sin embargo podrá el mundo bueno emerger del peor (ibid., Observación final, pág. 178): tal vez mediante una educación forzosa considerada como simple complemento de la selección natural, tal vez mediante una suerte cualquiera de selección artificial...? ¿Qué nos asegura que sean signos "positivos" esos que se encuentran en el propio espejo desde una óptica que no se pone en cuestión porque es la base de la propia vida y por lo que indudablemente incluye racionalidad, sensatez, esfuerzo, compromiso, etc., etc.: tal vez... ¿decidirse de algún modo y alguna vez a tomar el poder? Hum, apenas se podría reunir un puñado inoperante que se anime a perderlo todo en el intento.

Kant (que siente la responsabilidad de dar una explicacion que justifique la interrogación filosofica -o metafisica-), como hemos dicho, asume un presupuesto fundacional: la vieja conviccion ya presente en la filosofia griega de que el hombre persigue sustancial o fundamentalmente la felicidad cuyo significado concreto y su carácter grupal deja en nebulosa, disponible para que cada oyente les de el contenido más deseado o conveniente. Kant obviamente aceptaba esto porque el mismo se sentia desoso de ella, y obviamente lo hacia desde la base de una idiosoncrasia grupal común, la de los hombres reflexivos, los que caracterizaba como sufrientes por antonomasia de esa mencionada "desazón" y sobre la base del mundo que veía construirse ante sus ojos: un mundo del que rescataba tendencias positivas, promisorias, y retrógradas, amenazantes.

Esos son los hombres, la humanidad futura, la humanidad ideal y superior al encuentro de la cual marcharía según Kant, espontáneamente aunque en zigzags, la Naturaleza... Es la tendencia en la que confia y la que ha engendrado a Newton, a Kepler y a él mismo. La felicidad de estos hombres no puede ser la felicidad de los que no reflexionan, el mundo al que aspiran está justificado por aquello que los distingue de estos últimos y que garantiza la consecución de esa felicidad, la que la anuncia, la que la prepara... la que los pone en guardia (mediante "la desazón") contra la realidad maligna y reaccionaria sembrada de peligros, ausente de valores... de sus valores.

De ahi que esté justificado el aislamiento y la división del trabajo que la funda y la permite, la pretensión justa de protegerse preparando el futuro. Y, claro, no sólo de la realidad "externa" amenazante y perjudicial para los fines (la finalidad última) sino la realidad que invade o anida en el propio individuo reflexivo, desazonándolo. Está pues, justificada (de la mano de la Razón Crítica, antidogmática respecto del dogma religioso, su competidor, que no permite avanzar sino sólo resignarse, aislarse en la meditación pero no en la acción, incapaz de demostrar nada en el campo de la teoría, de la abstracción que... sí puede conformar una sociedad del futuro con todo detalle en base a la detección de las regularidades presentes en la realidad, de sus leyes bien interpretadas y bien proyectadas, adivinatorias) la construcción de una fortaleza aparte, recinto cerrado donde la metafísica pueda conquistar la estrictez científica que le permita constituirse en "Ciencia Estricta", o al menos Positiva.

Una tal fortaleza que, aparte de enarbolar su estandarte identificatorio, debe preparar a sus hombres, debe formarlos en la defensa así como en el ataque... para lo cual hay que levantar a la vez un sistema de normas y mejorarlo (sistema que tendrá sin embargo la propiedad de descomponerse a sí mismo por su propia composición viva, como hoy puede verse y lo que permite que se vea), crear un lenguaje, definir un método, fijar unas reglas, recomendar e imponer una conducta; es decir, levantar una moral, una moral fundada ya no en la vieja fe (en apariencia) sino en otra basada y apuntalada mediante la razón, a la que se le da todo el crédito, esto es, toda la fe, de cuyo refugio por lo visto no parece que se puede escapar nunca aunque, hasta donde sea posible... se viole en la medida en que las circunstancias lo pongan al rojo vivo... abriéndose así una posible sustitución o reforma (16). Quizás esa sustitución que se avisora, que parece dejar los cascarones vacíos de la iconografía, vaciados de contenido, puramente referenciales, al servicio de la autoidentificación variable y el marcaje táctico o acomodaticio, lejos de la rigidez propia del mito, apropiado por lo visto para un estamento como el burocrático que nos gobierna, que ya no ejerce el poder por alguna causa hobbesiana (ni spinozista, ni kantiana, ni siquiera humanista, revolucionaria, mesiánica, emancipadora o trascendental), sino tan sólo por el poder en sí mismo, por tal increible sinsentido.

De esas ilusiones sin embargo saldría el plan kantiano de aislar el campo de trabajo de la Ciencia de las inquietantes o adormecedoras respuestas metafísicas y místicas, de los demonios y las influencias maléficas, de las enfermedades fluctuantes del espíritu, del temor ante el pecado original y la némesis divina, etc., etc., etc. (lo que en realidad define la función de cualquier mito, como ya hemos demostrado de la mano de la antropología en el capítulo previo) para permitir que el hombre se concentre de manera sistemática en construir hacia adelante, construir el Progreso, el Futuro, con la certeza firme -la fé- de que de esa forma conseguirá que sea el deseado, que un día, de repente, se haya llegado tras el cruce en sueños de la frontera que separaba el mundo del Paraíso, con la certeza de que la luz eterna lo espera al final del cruel túnel de la vida. Ay, resulta del todo inevitable apreciar la nada sorprendente similitud entre esta Promesa y las que las religiones en general han ofreciso y ofrecen todavía... Final del túnel, final el túnel de la vida, el de la vida en la Tierra a donde el hombre fuera expulsado y condenado a ganarse el pan con el sudor de la frente... El Paraíso al final del túnel solo que éste se lo considera Objetivable, no una mera ilusión, que devendrá una Realidad Tangible como la que nos acoje y nos satisface de manera incompleta y sólo mediante trampas, conceciones y renuncia a los principios... y de la cual se trata denodadamente de ocultar sus peores e indeseables aspectos...

Y eso, lo propio de ese campo de esperanzas y de dudas, ¡lamentablemente tan perturbador, tan... "improductivo"!, debía ser cuanto menos separado del campo de "la Razón Práctica", del campo del trabajo productivo en el que se ponían las Grandes Esperanzas, productivo sólo porque se le había atribuido a priori la tarea de alcanzar La Verdad, de averiguar el Sentido del Mundo, la Vida y la Conciencia, lo que estaba en la definición misma de la fortaleza asegurada mediante un enlace umbilical con la Metafísica y con la Ética, ambas también previas y apriorísticas. Pero no sólo era necesario ni se había esbozado por ello (la razón teórica, lo abstracto), no sólo con la ilusa intención de garantizar la conquista del poder divino, del poder que no acabara de ser entregado a los hombres de manos de Prometeo... sin duda por un problema que no podía concebirse sino como propio de la naturaleza humana, una naturaleza indudablemente confusa, inestable, como hemos dicho antes: imperfecta... aunque corregible a base de la La Razón Moral, ese médico que tantas veces había demostrado su eficacia, el único capaz de contener el mal. En síntesis: por una necesidad política y social en absoluto trascendental, directamente ligada al mundo inmediato y al presente desde las servidumbres heredadas.

Para comprenderlo del todo es crucial abandonar la idea de una distancia sustancial entre el ser humano y los demás seres vivos en atención a su maravilllosa y mágica conciencia. Hay que situarse, como por otra parte invitan las propias evidencias que día a día provee la práctica científica, que el hombre simplemente busca sobrevivir y con el menor esfuerzo. Pero el arma y el objetivo son caras de la misma moneda, y de ahí que, en el caso de los intelectuales, esa evidencia vital y hasta física se mediatice mucho, al punto de confundirnos. Bien plantados en ella, puede sin embargo concluirse que la cultura y la educación, los productos que menos esfuerzos productivos exijan a los hombres reflexivos, se autoerijan desde un primer momento en valores supremos que funcionarán como coartadas del grupo.

Como escribí hace poco en un comentario:
"Todas nuestras prácticas evidencian que cada cultura es una invención de los constructores de teorías para legitimar su puesto, un puesto que les permita vivir a ellos fundamentalmente mejor."
Una tesis que he desarrollado ampliamente en mi post "La necesidad socio-occidental de ser occidental" y a través de mis artículos acerca del carácter intelectual del liberalismo que estas disqisiciones me han hecho abandonar por el momento.

Me reafirmo en esa idea que confluye en el hecho evidente pero nunca considerado en toda su dimensión: "mejor" lo es y lo será siempre para el propio grupo de constructores de cultura y no para "los demás"; para los que produjeron justamente la escritura como medio para liberarse del trabajo físico y esclavizar así a los demás (Claude Levi-Strauss dixit) o participar en todo caso de los beneficios de esa esclavización. Y hablar de escritura es hablar de magia y de mito, de filosofía y de ciencia. Hoy en día hay que hacer esfuerzos por ocultar o ignorar los resultados de la antropología y los datos históricos existentes que reafirman el vínculo inseparable entre desarrollo cultural e inetreses sociales de grupo, como ya documenté sin ser exhaustivo en el capítulo anterior y en particular en mi nota 15 del mismo, a lo que sumaría la interesante historiografía sobre el particular realizada por Adorno y Horkheimer en su Dialéctica de la Ilustración ya citado. Y que, consecuentemente, desvanecen por imaginarias, míticas e interesadas las interpretaciones que en uno u otro grado atribuyen ese desarrollo a una supuesta evolución autónoma de la mente humana (algo que ni siquiera existe, salvo, como he dicho y sostengo, en la base de los mitos cientificistas y racionalistas, y hasta en los seudoirracionalistas, desde sus primeros pasos).

Lo que se debe admitir hasta las últimas consecuencias, es que la animalidad del hombre no queda desmentida sino reafirmada por sus facultades de conciencia, de reflexión y de lenguaje. Y que, en esa línea, el salvajismo y en general la imperfección humana que da lugar a su contradictoria idiosincrasia no ha sido nunca algo propio de una suerte de prehistoria superable, como las imaginadas, reconstruidas y agitadas por Kant, por Hegel o por Marx... para no mencionar a los filósofos menores que los rondaron, acompañaron o sucedieron. Simplemente, la evolución ha producido en un ser particular esas armas para seguir la inercia conservadora pero elástica de la vida, quizás incluso de la materia... Un proceso que parece dar lugar a formas individuales que se encapsulan sin por ello impedir la deriva hacia otras cada vez más complejas, en parte más elásticas, en parte menos, aunque lo determinante me parece que es simplemente la inercia, incercia que en choque con las de los demás seres interactuantes, produce cambio, movimiento, simbiosis, mutación adaptativa, reacciones orientadas todas a la permanencia, a la supervivencia; pero que toda vez que pueda, evita emerger... salvo una así denominable casualidad debido a una concentración de condiciones favorables ajenas al caso particular del que depende (17). De ahí la agudeza de Nietzsche al llamar al hombre "hijo de la fatiga", demostrando una intuición digna del mayor elogio y cuya recuperación mediante la buena lectura, reivindica mis esfuerzos -en realidad nacidos de otras causas- que se ganan un sentido en tanto intentan mantener vivo lo mejor del pensamiento humano; lo poco o mucho que esto aleja de mí la copa de la cicuta que el mundo nos tiende para que callemos definitivamente.

El uso por las masas de un lenguaje seudocientífico, incluso seudofilosófico, o al menos seudoideológico, y en todo caso dogmático y poco o nada riguroso y coherente, fundado apenas en la educación pública, la provista por la televisión y, fundamentalmente, las leyes de la calle, así la exhibición conjunta con unos afilados recursos retóricos en discusiones, juicios y reportajes, demuestra (además de lo mucho que han logrado en términos de poder o influencia los intelectuales en tanto que creadores y sostenedores de cultura occidental) que se trata de un arma que ningún ser humano es capaz de despreciar. Verdad (honestidad) y mentira (engaño, trampa) se mezclan cada vez más en los actuales discursos oportunistas y tacticistas con cada vez más facilidad para ignorar la insoportable pesantez de la probidad intelectual. Y es que no son, en fin, sino unas armas tan afiladas y prestas como las garras de un felino o los dientes de un perro o un lobo. La interpretación está al servicio de lo que se puede obtener socialmente en lo inmediato o poco más allá y de lo que se pretende conservar en ese mismo campo (puesto, privilegios, amistad, lealtad, cariño, respeto...).

Es para preguntarse en qué punto, en qué medida y por qué motivo el hombre se aleja de esta conducta simple y se orienta hacia la búsqueda fatigosa de "la verdad".

En el caso del filósofo más honesto imaginable (¿yo mismo, por ejemplo?): el rigor y la coherencia sirven para situarse por encima de todos en el plano que precisamente la sociedad de hoy reconoce como de alto valor o consideración. Quizás algún día me valga en términos de lo actualmente valioso en estos tiempos: dinero; al menos algo de ese bienestar que descansa sobre la cruda realidad (que no tiene nada injusticia ni de divina ni de diabólica, pero que no por ello es menos cruel).

El pensamiento coherente no ha sido nunca incapaz de integrar la mentira salvo mediante subterfugios intencionados, y ello está tanto en el núcleo de la Ciencia como práctica como en las estafas más elementales. La Lógica nace en el hombre sin duda a causa de la componente computacional del cerbro, y se manifiesta intuitivamente, al margen de que su formalización la sofistique procurando en principio sustituir la mencionada simple intuición que actua por sí sola sin contradecirla (íntimamente al menos, incidiendo en la autoconciencia y hasta desviándola de su supuesta perfección según la pueda ver otro ojo desde otro ángulo... y otros intereses) por la eficacia de la teroría y sus fórmulas y demostraciones, eficacia trasmitible en combinación con la escritura (y no por nada inseparablemente vinculada al establecimiento, pretenión y/o conservación de un grado dado, posible, deseable de poder grupal). Con La Lógica sucede lo que con la medicina natural de los pueblos primitivos (18) o lo que Schopenhauer señala, muy correctamente a mi criterio, acerca del "trabajo" de Euclides de formalizar la Geometría mediante demostraciones innecesarias (19).

Sí, ello fue y es sin duda indispensable, como dice J.L. (lo único que valora... y lo único que puede valorar), para que se pudiera y se pueda realizar la "mejor investigación", "mejor" en tanto esté sostenida institucionalmente, sea sólida institucionalmente, dueña de una discurso unificador al tiempo que excluyente, válido tan sólo para la lucha por el poder de una u otra facción burocrática. Y esto ya no tiene detrás a intelecuales amantes de la sabiduría, de la libertad y del progreso ilimitado, sino sólo de la redistribución socialdemócrata que, de todos modos, siempre estará al borde de traicionarlos, ignorarlos y deshecharlos.

Esto de hecho, claro, nunca de derecho, nunca de manera explícita, en primer lugar porque J.L. no cree que sea eso lo que hace ni aquello lo que promueve, lo que no es exclusivo de él ni de la corriente de pensamiento a la que vagamente (y en buen estilo posmoderno) se adscribe. Lo que J.L. no es capaz de hacer luego, y no puede hacer antes so pena de reducir el valor que le asigna a priori o en nombre de las cosas que se oculta y oculta (lo que, no me cansaré de repetir, yo considero "intereses sociales" basados en última instancia en el instinto de supervivencia mediatizada tal como la vive y la puede vivir el hombre, esto es, en un mundo instituido y como grupo), es... ni más ni menos... ¿para qué sirve la investigación, para qué sirve la ciencia, cuál es su sentido, qué, al menos, da a la ciencia el atributo mágico que garantizará a toda la humanidad un futuro mejor y no, por ejemplo, un futuro sólo a la subespecie de la "buena conciencia", a los científicos convertidos unos en generalistas dirigentes dogma en mano y a la masa de los demás en los especialistas cuadriculados y reducidos a "apéndices de la investigación minuciosa" apenas tan absurda como la que permitía que "El mundo invertido" continuara su marcha, y no hablemos ya de la masa de trabajadores manuales (de los que esos "expertos" están ya mismo cada vez menos diferenciados)... tal vez un día convertidos en los unos en los otros hasta el límite gracias a la popularización de los dogmas mínimos en forma de digestos, programas documentales televisados, etc., etc.... tal vez un día sustituidos por máquinas... tal vez un día convertidos en ganado (La máquina del tiempo, Wells)... o exiliados a Marte donde puedan realizar, para la humanidad, alguna labor más útil...


La Ciencia, bajo el mando de la burocracia dominante, burocratizados a su vez los propios "investigadores" y desarrolladores, al margen de ciertas ventajas conseguidas para un número importante de seres humanos bajo la forma de la actual democracia representativa de Occidente en donde, como en la Granja de Orwell, siempre habrán unos más iguales que otros, y que en la periferia del mundo ofrece ni más ni menos que un amplio campo operativo de ensayo: ensayo de vacunas para Occidente, ensayo de alimentos para Occidente, ensayo de armamento... así como provedor de "otras" materias primas más... incluidas los diamantes, de sangre o no, para el lujo occidental... y todavía y en aras del msimo meracantilsimo que la puso en práctica, esclavos, infantiles, femeninos, sexuales, aunque ya no se recluten como en tiempos del colonialismo a los negros primitivos sino "de otras maneras" menos aparatosas; y que incluso afectan a muchos de los propios occidentales que sufren igualmente la estratificación social... así como favorece a las élites periféricas más monstruosas y despiadadas... (Una lista no exhaustiva la brinda aquí uno de los tantos bloggers que arremeten un tanto quijotescamente -esto es, generalmente bajo consideraciones de tipo conspirativo- contra una de las disciplinas que más contradictorias resultan en atención a sus principios humanitarios -la medicina- bajo la égida de la "extremización" capitalista, por usar el término unificador que acabo de descubrir en Castoriadis para resumir la procura de doble faz de maximización de beneficios/reducción de costes indudablemente propia del capitalismo y de su racionalismo).

Hoy, la función educadora que justifica al grupo de los intelectuales (presente en Rousseau, presente en Kant, presente en Marx) que sólo consigue realizarse a medias cuando se cuenta con parcelas de poder o poder sobre parcelas, alcanza el cenit sólo bajo su propia tergiversación a manos de la burocracia tacticista y seudoideológica que la convierte en inculcación de slogans meramente referenciales aunque ajenos a sus referencias. Sus "buenas intenciones" sólo han empedrado el camino a la reeducación maoista, a las diversas instauraciones de "reeducación en el campo" que se han llevado a cabo en Asia, como la llevada a cabo en Campoya durante la dictadura de los Jemeres Rojos, y sin duda y en primer término a los confinamientos crueles e implacables del Gulag stalinista (creo haber mostrado ya, por ejemplo aquí, que esos extremos también afloran una y otra vez en los jardines de las sociedades no-monolíticas, burocráticamente fragmentadas o, atendiendo a su autodefinición, democrático-representativas; y son del mismo estilo aunque no se lo parezca a quienes no pasan de la primera estrofa del manido poema de Brecht que cito libremente: "Vinieron a por los judíos, pero yo no lo era..."). Y ya he descrito abundantemente ese fenómeno de metamorfosis que tanto sorprende y abisma a las buenas conciencias y que sigue prácticamente sin tener permiso por su parte para que una narración capaz de dar cuenta de ello penetre tras sus líneas de defensa. Es parte de la Fortaleza mencionada, es parte de la constitución de La Razón como herramienta defensiva pura, excenta de toda intencionalidad agresiva, de toda mala intención, como Virtud.

¡Todos esos son los resultados reales cada vez más abundantes y esperpénticos y por tanto cada vez más visibles para quienes lo quieran ver) del Progreso. No está ahí el remanido "Bienestar" en tanto que "Felicidad" que, al margen de la permanencia y fluctuaciones de los porcentajes mundiales de pobreza, se mide según una definición de "bienes", "servicios" y "tiempo ocupado" que provienen del "Definidor" (20), en nuestro caso (que no es, por ejemplo, el de los aborígenes australianos o amazónicos), de la sociedad occidental instituida vigente que es la que se da a sí misma todas las deficiniciones inevitablemente asumibles so pena de no permitir fuera de sus parámetros realizar una conducta tendente a la supervivencia, es decir, tendente a comer, vestir, habitar, protegerse, curarse, vivir más, realizarse intelectual, emocional y si se quiere psicológicamente!

Pero esto, ni siquiera agota el problema. Ese Progreso y la sociedad en la que ello se ha erigido en Valor Positivo y varita mágica del Buen Futuro tal como lo creyeron ver los ilustrados liberales y sus primo-hermanos marxistas, es un resultado circunstancial que se deriva de un conjunto de interacciones conflictivas, un resultado que se va consolidando en la medida en que la fuerza se monta sobre lo imaginario, lo usa para avanzar y lo fija definitivamente en tanto que iconos de contenido menguante. La sociedad inventa esos iconos tomando las tendencias que más encajan con el movimiento real, con la lucha por el dominio y su conservación, con las jugadas que se ponen en marcha para sacar más o menos provecho social o más o menos tajada del botín, etc. En ese proceso, la burocracia gobernante se arroga una representatividad que cada día se comprueba más falsa y desconcertante, y que incluso se arroga por la vía de la fuerza y de la oportunidad en circunstancias favorables como las del famoso "vacío de poder" que aprovecha el bolchevismo. Nada de lo que se dice que sucede es cierto. Unos y otros enmascaran la realidad para beneficio propio: ya directo e inmediato, ya esperanzador y futurible... En la sociedad instituida, los actores creen en sus papeles porque no pueden hacer casi nada más (salvo morir o enloquecer): el espectáculo existe, pero es la única forma del mundo. Se vive en un mapa superpuesto, pero ninguna toma de conciencia puede prescindir de él o transformarlo... salvo en otro mapa, el mapa que responde a los ideales del propio grupo fraguados al fuego de la situación aceptada como escenario de la lucha real. Una vez dado un paso fundacional o instituyente, los pasos posteriores viables deben rendirle tributo. Esto es así mal que les pese a todos los intelectuales, sean conservadores, reformistas o revolucionarios. Y lo viable siempre requerirá de la fuerza y de la astucia, y no de la teoría y de las ilusiones.

Por eso nos vemos un tanto paralizados por la conciencia, motivados por ella a tener una especie de resignación comprensiva... Aunque seguramente, en el límite, la idiosincrasia se superpondrá empujándonos a sobrevivir. Lo que, de nuevo, no es ni mejor ni peor sino lo que hay, a lo que hay, más que resignarse, someterse. O, por qué no, renunciar, acabar estoicamente...

La Razón, en todo caso, como se comprendió desde el enfoque crítico no racionalista y antirracionalista (ya he citado antes a Nietzsche al respecto), se ha demostrado ampliamente como sostén tanto de la verdad como de la mentira, y ello, ni más ni menos, porque para el hombre sólo es una herramienta presente en su organismo al servicio de su supervivencia planteada para un mundo dado que no tiene fundamento externo alguno y bajo la conveniente realización dentro del grupo, es decir, bajo la artificalidad impuesta y mediante el engaño, la trampa, la ilusión... y en el extremo y en el fondo, mediante el dominio por la fuerza del propio grupo sobre los demás.

No es por ello sorprendente (a nosotros, como diría también Nietzsche, eso no puede sorprendernos; nosotros no seremos tomados por sorpresa una mañana al despertar y encontrarnos "sentados sobre las bayonetas") ni el Terror ni los "cordones sanitarios" que lo anuncian. Para nosotros, es perfectamente lógico que:
"Bajo la coacción del dominio, el trabajo humano ha conducido desde siempre lejos del mito, en cuyo círculo mágico volvió a caer siempre de nuevo bajo el dominio." (Max Horkheimer y Theodor Adorno, Dialéctica de la Ilustración, op. cit., pág. 46; donde se profundiza en muy buena medida, lastre más, lastre menos, en todo lo que es conceptual e históricamente ha sido el mito, y en la medida en que este sobrevive al abrigo de la ciencia o en todo caso adosada a ella como parte de su ideología fundacional, hoy mera referencia hueca, aquí estudiada... y que quizás sea inseparable de su práctica y de su al parecer intrínseca vocación de dominio por mucho que se nos permita usar sus resultados para despegarnos y hasta para desprendernos de ella; sinceramente, me reservo la duda).
No, no nos sorprende; no nos ha revelado al día de hoy casi nada que no pudiera verse... lo que, no obstante... vuelve a no garantizarnos nada, ni siquiera que seamos lo suficientemente desarraigados como para abandonar a tiempo nuestro aparador pesado y huir. Ni que exista dónde poder hacerlo.



En la próxima entrega: Conclusiones (a modo de resumen y con una justificación final).

Y una nota aparte: muchos echarán en falta aquí menciones específicas a Kuhn, Popper, Lakatos, Rorty, Churland, etc. Los he ignorado porque no me hacían falta tantas variantes del mismo proceso de decadencia del que hablo y que ya se comienza a vislumbrar en Kant, o sea, desde un principio. Todos ellos expresan intentos de "mejorar" las cosas con vistas a sostener la Ciencia desde su propio seno, de autoexplicarla sin apelar al perturbador mundo exterior de las dudas y conflictos, y/o directamente la "sociedad abierta" o "democrática" que le permite un espacio de dominio (haciendo un símil: que le concede un condado o una baronía). Todos ellos fueron o son "superados" unos por otros en la misma búsqueda inconsecuente, y todos acabaron refugiándose en sus propios dogmas y mezquinos fortines secundarios, reduciendo a toda costa los problemas (Rorty, por ejemplo, que llega a aceptar la evidencia del grupalismo como sobre determinante o molde donde se edifica el falso/utópico humanismo, es decir, a aceptar y a asumir la falacia fundacional kantiana e ilustrada o racionalista, solventa el problema sugiriendo la sustitución de "la verdad" por "la justificación" como objetivo bueno, es decir, por la mentira). Ninguno ha conseguido sentar bases coherentes y definitivas que puedan delimitar qué es y qué no es la ciencia. Ello no puede descansar en la definición más o menos exhaustiva de "un método" ni en llamar "real" o "material" a lo que no sólo no se puede "tocar" y resulta cada vez más necesario para que las fórmulas cuadren (por ahora, ¡en física!, hemos llegado a las 11 dimensiones o quizás a alguna más...), ni relativizando las cosas tan en general y absolutamente como antes se las determinaba, sino en la aceptación de que no hay forma humana de darle un estatus suprahumano promisorio, emancipador, insuperable. Y la salida epistemológica más o menos pura... no satisface ni resuelve nada, sino que remite... a La Caverna, al idealismo, que para eso, mejor que sea puro y sincero, que llegue hasta las últimas consecuencias y que nos intente convencer que estamos en Matrix o que da lo mismo creer que soñamos que creer que vivimos... ¡No, no satisface: y seguiremos buscando una respuesta... en la filosofía, en lo que no veo por qué dejar de llamar, con Kant y con Nietzsche, dos casos diametralmente opuestos por cierto, me-ta-fí-si-ca...!


* * *

Notas:

(1) Y es un sueño persiste... que muchos continúan conservando, tal vez gracias a confiar, hoy, en la benevolencia de sus gobernantes (y las necesidades de tecnología correspondientes a sus estrategias de poder ) y generalmente haciendo la vista gorda en relación con la deriva política y de otros órdenes que amenaza a la sociedad de la que viven. Y si se quieren ejemplos, aparte del de J.L. del que tanto abuso, échesese una ojeada al ensayito que escribiera Lewis Wolper, uno de los científicos estrella de estos tiempos a la vez que muy representativo de la corriente dominante en las aulas, laboratorios, talleres, seminarios, despachos, pasillos y salones de congresos desde donde se propaga la actual ideología cientifisista, donde se inician y se seleccionan a los aprendices, becarios, proletarios de laboratorio y con suerte sucesores y donde se preparan y divulgan a los cuatro vientos los resultados de la investigación:
"... la Ciencia es especial, la historia de la Ciencia es una historia de progreso, de una comprensión cada vez mayor. Evidentemente han habido errores e innumerables influencias (?!) sociales (por lo visto... externas, venidas del más allá, de extramuros... diabólicas y repugnantes), pero (es decir, "a pesar" de "lo evidente"), situándolo en una escala temporal razonable (?!), y dependiendo de la materia o disciplina de que se trate (¿nada más?), el progreso ha sido una de las características de la Ciencia durante los últimos siglos (¿la "escala temporal razonable"?)... (...) La Ciencia es progresiva en el sentido en que nos aproximamos cada vez más a la verdad, pero sin estar nunca seguros (?!) de haberla alcanzado (?!). (...) un importante logro (¿de esto sí podemos estar seguros?; no lo comprendo, lo siento...), y es infinitamente (!!!) mejor (?!) que el error o la ignorancia (¿y qué no poder "estar nunca seguros"?)" (Lewis Wolpert, "La naturaleza no natural de la ciencia", Acento Editorial, Madrid, 1994, págs. 97-98; todos los paréntesis impertinentes son míos, claro está).
¡Patético! Y notablemente inferior hasta en la redacción a cualquiera de los viejos textos de Kant. ¡Patético y decadente!

(2) En "Probable inicio de la historia humana", Kant defendía el rol positivo de la especulación metafísica, o, como yo lo denominé, "rellenar los huecos", lo que se deriva ni más ni menos de la necesidad humana (y social) de completitud formal. En sus palabras: "Es perfectamente lícito insertar conjeturas en el decurso de una historia con el fin de rellenar las lagunas informativas, pues lo antecedente -en tanto que causa remota- y lo consecuente- como efecto- pueden suministrar una guía bastante segura para el descubrimiento de las causas intermedias, haciéndose así comprensible la transición entre unas cosas y otras." (Probable inicio de la historia humana, ibid., pág. 157; la cursiva es de Kant). Esto es inevitablemente vivido (salvo autorepresión pública en atención al dogma... y su reserva para su práctica en la intimidad) por todo científico mínimamente reflexivo. Kant, a cuenta de su sólida formación filosófica, tenía claro que muchas de los objetos de la reflexión son suprasensibles y por tanto objetos del ámbito de la metafísica.

Como es archisabido, Einstein apeló a la especulación metafísica (esto es, ni más ni menos, que a la que no depende de la experiencia previa e inmediata) de manera sistemática, y por ese camino fue como llegó a sus teorías. Como él mismo decía: "Yo pongo mi fé en la intuición" (citado por Palle Yourgrau, "Un mundo sin tiempo", Tusquets Editores, Barcelona, 2008, pág. 49). Es más, compartía el gusto por la metafísica con Gödel y en contra de los positivistas lógicos y de las veleidades cosmológicas de la Cuántica. Sin ir más lejos y tomar ejemplos más actuales (que ya sin embargo he citado en capítulos previos y aquí vuelvo a hacer por su pertinencia concreta, extraídos de entre los miembros de Edge o de los científicos que trabajan bajo los presupuestos de las Ciencias de la Complejidad), cabe preguntarse en este punto cuándo en realidad se produjo ese salto que ya nos permitiría rezar el responso de la metafísica que propuso J.L.... ¿acaso hace unos años, acaso hace apenas unos meses, cuando nos lo comunicó con su propia y simple determinación y sus simples deseos?

Wolpert, en cambio, considera ello "irrelevante", "irrelevante" para "la naturaleza de la investigación científica" (ibid.). Total... "la Ciencia se ha mostrado inmune a las dudas filosóficas" (ibid., pág. 105), Precisamente... lo que se pretendía conseguir: la fortaleza estaba en pie y cumplía con su comettido... Lo que de todos modos se ha logrado en base a la ignorancia y la hipocresía (multiple) mejor cimentada sin duda a base de encorvar la espalda sobre los experimentos y el trabajo de rutina.

Por cierto, para una discusión acerca de la referencia que hago en el párrafo a lo real diré aquí, tan sólo a modo de apresurado esbozo, que me refiero a lo que el hombre experimenta como influyente sobre su mismo (todo lo que consideramos objetos, los obstáculos, las herramientas, los apoyos e incluso las interpretaciones, creencias y formalizaciones que nacen en el proceso interactivo multidireccional y que se mantienen más o menos estables incluso por inercia, se reformulan, se usan como referencias con o sin su contenido originario, etc.) y que comparte con sus congéneres en un entorno dado (cuyo radio de acción resulta ampliable en base a la tecnología alcanzada y utilizables). Vuelvo sobre ello en otras notas insertadas en el texto.

(3) Es evidente que lo que originalmente moviera a Kant en pleno ascenso revolucionario burgués a crear un ámbito de pensamiento científico libre de interrogaciones para que pudiera desarrollarse libremente atendiendo a la misión emancipadora del Progreso, para la cual parecía la "mejor" herramienta, dará paso, con el positivismo, a una fortaleza defensiva de los académicos ya parapetados tras lo muros de las Universidades y por fin al cientificismo posmoderno más light que usa como puede y parcialmente el bagaje desvencijado de esta historia a título referencial o de marcaje, empobrecido de manera creciente y apenas útil para agrupar políticamente a las huestes del nuevo proletariado investigador contra sus enemigos y a favor del Estado redistribuidor del que dependen. Los discursos y sus metamorfosis no pueden dejar de asociarse a la historia y a la marcha social. Este capítulo trata precisamente los detalles de esa historia y del estado actual de cosas.

No es casual así que la mecánica del alumnado de ciencias y de los licenciados que ingresan en la base de la pirámide productiva para realizar tareas de investigación de campo dentro de un proyecto patrocinado, respondan a la mecánica general representantes-masas que John Stuart Mill viera que provocaba la sumisión a las demandas de las masas (sin duda en un marco limitado de mutuas conseciones y bajo determinadas relaciones de fuerzas interburocráticas, ya que en el límite están la policía, el ejército, la dimisión, el asesinato, el exilio, etc.), o sea, donde "desaparece cada vez más de la mente de los políticos pragmáticos la idea de oponerse a la voluntad del público" (John Stuart Mill, "Sobre la libertad", Editorial Edaf, Madrid, 2004, pág. 169). Lo que bien leído expresa algo que va más allá de la política profesional y la representatividad engañosa, ya que quienes en realidad más estrictamente actúan de esa forma son, como siempre, no los burócratas dominantes sino sus serviles aprovisionadores de conceptos, conductas y valores morales... que los otros y cada vez más todos los que se van burocratizando en el conjunto de la sociedad, adoptan como cáscaras vacías, esas sí, dicho sea de paso, verdaderas apariencias no reales en tanto son construcciones levantadas por el hombre. Y no por casualidad los promotores de la popularización de la ciencia (¿qué sino de sus últimas noticias convertidas en slogans?) llaman democratizadores a sus esfuerzos. Ni es casual que discutan en términos de lógica formal o de retórica... convencidos de que obtendrán alguna victoria o algún nuevo adepto...

(4) Reproduzco aquí para facilitar su lectura y por su pertinencia, parte de una de mis recientes respuestas a un comentario previo de J.L. al pie del capítulo 3 de este ensayo, respuesta constituida sólo por las preguntas, indudablemente capciosas, que a mi juicio merecería la pena que cada uno se haga (las respuestas que diera luego J.L. y mi réplica posterior pueden leerse en el lugar original):
"e) ¿no dice la propia Ciencia con sus datos que nada estaba escrito sino que una situación dio simplemente lugar a otra no necesariamente "mejor" sino más o menos "necesaria"? ¿Es tan difícil extrapolar esto y todo lo demás desde la propia ciencia y sin imponerle una previa visión utópica, moral o ideológica, y por tanto... mítica?

f) ¿no parece la ideología cientificista o filocientífica -occidental por cierto- demasiado teosófica, si no lo fuese totalmente, al apropiarse de la idea judeo-cristiana de que "el mal" ataca "desde fuera" al hombre, a su idílica "marcha ascencional" o "progresiva (en la que Kant se basa para fundar precisamente esa ideología cientifista), a sus aspiraciones de convertirse él mismo en semidios o incluso en dios, en el dios de dioses, el "el amo", que cuando llegue "ese" día lo sabrá todo, alcanzará el modelo "verdadero, total, definitivo"? ¿No es un simil hallable en la vida que muestra que un organismo "previo" mantiene en uno "superior" (más complejo tan sólo) partes del "previo"? ¿No es lo mismo que se ve en la religión cuando se apropió de fechas y de iconos paganos para edificar sobre ellos sus propias fechas e iconos?

g) ¿no ves que los mismos datos que aporta la labor científica pueden ser interpretados de muy diversas maneras (aparte de que, como DEMOSTRÓ Feyerabend, hasta la brujería se apoyó en el empirismo y exitosamente hasta que, simplemente, fue desplazada violentamente por otras prácticas más acordes con los actores sociales dominantes)? ¿No ves que entre esos datos la Ciencia me puede decir a mí que lo sano y lo enfermo, el mal y el bien, lo peor lo mejor, nacen, crecen, conviven, y mueren juntos en cada uno de los organismos existentes, extinguidos y posibles? ¿Y... que ESTE DATO indica que nada indica que uno sea "el bien" y el otro "el mal" salvo nuestras propias apetencias e intereses inmediatos ya que en un futuro una mutación hoy maligna, por ejemplo, podría producir... yo qué sé... "el superhombre"? (puedo ser más exhaustivo, pero prefiero invitarte a leer a Feyerabend -cito obras-, a Wright Mills, al propio Wolpert, a Nietzsche, a Adorno, al antropólogo Malinowski o al antropólogo Diamond, con quienes no coincido enteramente, pero cuyos DATOS aprovecho o creo aprovechar para comprender mejor lo que sucede, yo, que no recibo subvenciones de nadie ni vivo del trabajo intelectual en lo más mínimo (creo que gané con el mismo hasta ahora, en toda mi vida, un par de miles de euros y seguramente menos). Y, claro, te invito a leerme, con cuidado, intentando sacar algo en limipio en vez de buscar la mancha fácil -lo que agradeceré también sin duda por amor idiosincrático mío a la maldita perfección imposible-.

h) ¿Y no te parece que la valoración de los datos en bruto que dan lugar a tan diversas opiniones no es "cosa" de la ciencia sino de... la "metafísica", una disciplina o práctica que tiene por objeto lidiar, organizar, vincular coherentemente "conceptos" intangibles, por tanto suprasensibles, como "bien", "mal", "bueno", "mejor", "futuro", "bienestar", "justicia", en fin... "moral","mito", "filosofía", "conocimiento", "ciencia"...?

i) ¿no te paree que dar por "bueno" lo que se hace (la propia conducata) por vagas razones personales, como "saber más" y esas cosas difusas, inexplicables, místicas por tanto, tal vez objetos para quien así lo considere de un "buen psicoanálisis", etc., y defenderla como algo especialmente excelso y promisorio para toda la humanidad, los pares y los no pares, los colegas y los que no están interesados o no lo comprenden o no lo quieren comprender... (tal vez en nombre de que, ¡vaya si esto no es otro artículo secundario de fé!, en nombre de que, repito, "ya lo comprenderán" algún día, o ya "nos venerarán" por lo que "hemos hecho"... tal vez la bomba de Hiroshima, tal vez los experimentos más sórdidos que a costa de unos -pobres o desamparados siempre- permiten mejor vida a los demás, vida que de todos modos no es trascendental ni mucho menos porque no lo es vivir para trabajar hasta jubilarse, etc.?"
Vosotros mismos, como se dice por estos pagos...

(5) Shrödinger es un caso no solo patente sino explícitamente declarado de esa ilusión esperanzadora. En su utopía, la perspectiva que Nietzsche vislumbrara para el hombre de ir abandonando la individualidad para diluirse en la masa irresponsable resultaría disfrazada de triunfo del altruismo (superación del egoísmo al que se redujo la individualidad que a su vez parecería ser sólo cosa del capitalismo) y no de la uniformización uniformada dibujada por Orwell (en realidad, no otra cosa que un capitalismo completamente estatalizado) o casi (con camisetas rojas, por ejemplo). Así, en nombre de la decepción que le causa la presencia de una humanidad no goethiana, o sea, fragmentada en grupos, lo que atribuye al egoísmo humano en general a instancias del legado de Spinoza y de Hobbes, es decir, desde el mismo racionalismo que pretende descalificar, Shrödinger imagina y hasta sugiere la ventaja de un futuro altruista universal en el mejor estilo del Hormiguero mencionado (algo que entre nosotros rescató Punset una vez que yo haya visto, en un post de su web, tal vez tomada de alguno de los científicos de la complejidad que de tanto en tanto se escapan de los marcos de su ciencia para.... filosofar, eso sí, cada vez con menos contenido. Punset, por cierto, tal vez incapaz de desarollar la tesis no respondió nunca a mí réplica).

Ya fue dicho y fue ignorado (como lo será este subversivo -¿o mejor: repugnante?- ensayo): "El puesto de la ciencia en la división social del trabajo es fácilmente reconocible (!). Ella debe acumular los hechos y nexos funcionales de hechos en la mayor medida de lo posible. El orden en los mismos debe ser claro y evidente, pues debe permitir a las distintas industrias hallar inmediatamente en la sección correspondiente la mercancía intelectual deseada. La recolección misma se produce en gran medida teniendo ya en cuenta órdenes industriales precisas." (Adorno/Horkheimer, Apuntes y esbozos, op. cit., pág. 262). ¡Y continuamos marchando!

(6) La habitual defensa de la demagogia y del oportunismo como modo de hacer política... en todo caso "bien" usada, es decir, para los propios fines, hubiera hecho sonrojar a Maquiavelo. Y estas cosas se encuentran de boca y de pluma de periodistas y demás contertulios y hasta catedráticos liberales, igualmente cortertulios. Sin duda, como ya escribí una vez reproduciendo los versos de un doloroso tango que esta vez cito libremente: "Hoy ves llorar la Biblia junto a un calentador". Todos somos testigos de las mil y una manifestaciones de esta "Crisis de nuestro tiempo", pero nadie, que yo sepa, entra al toro a explicarla, es decir: como parte inseparable de todo lo presente y de todo lo que lo convirtiera en tal.

Por enésima vez, la intelectualidad se deja arrastar por la ilusión de creer que podrá ser quien establezca las normas y los fines, ilusión derivada de su preferencia antropocéntrico-intelectual por considerar la mente como algo que se hallaría por encima del mundo rechazando así aceptarla como una herramienta más de la supervivencia de un ser vivo... Como "algo más", "mucho más". Ilusión que los reduce una y otra vez a practicar el desconcierto y realizar meras maniobras de diversión detrás de las cuales la verdadera fuerza avanza, conquista, conserva, arrasa... y oscurece, incluso a costa de sus propias cabezas en un sentido no sólo mental sino físico. Cierto que ahora dan mucha menos pena que la que nos depara la memoria del marqués de Condorcet o la del corruptor Sócrates: sin duda se han ganado esa indiferencia gracias a su general mediocridad, a su escasa capacidad para ser algo más que miembros del coro humeante productor de camuflage cuando no meros soldados vociferantes que no todo lo ven mal... oh, no, qué va, y para quienes nosotros no somos sino agoreros, pesimistas románticos y hasta "antipatriotas", como casi cualquiera que no entone el Sí sostenido en respuesta al Do de pecho zapateril (o chavista... o evomoralista.... o putiniano... u... o...).

¿Cómo, me pregunto, como tantas veces -cierto que haciendole un guiño a mi conciencia-, puede seguir siendo posible negar la irracionalidad del mundo y de la vida y pretender que se llegará en todo caso a instituir algún día mediante la denodada laboriosidad racionalizadora; cómo aún hoy cuando se ve a simple vista que "los listos sean a la par los tontos" (Adorno y Horkheimer, op. cit., Apuntes y esbozos, pág. 224)? ¿Cómo puede decirse, con la bocaza de un Steven Weimberg que "descubriremos las leyes últimas de la naturaleza" o con la boca entreabierta de Wolpert que "Estos supuestos (denominados thematas por Gerald Holton, como nos aclara Wolpert, y cuya lista positivista y racionalista incluye éste según la elaborara el físico John Barrow, donde se señalan las mismas certezas esperanzadas de los racionalistas de siempre) pueden no ser filosóficamente aceptables, pero se comprobarían (...) y son (!) coherentes con la capacidad de la Ciencia para describir y explicar un número muy elevado (?) de fenómenos" (y ello en paralelo con la aceptación de que los científicos "deben estar preparados para cambiar de opinión ante las evidencias", de que "No existe lo que podría denominarse el método científico" -¡toma nota J.L.... y a ver si un día de estos lo defines tú y con tal definición logras abarcar todos los casos "pragmáticos", como a fin de cuentas sugiere que se actúe el propio Wolper... sin decir ni una palabra acerca de que esto ya lo había sostenido y propuesto... el charlatán de Feyerabend!-, o con la balbuciente e infantil boquita posmoderna de J.L. cuyas vaguedades inconsecuentes no serían siquiera admitidas en un foro de cierta enjundia... salvo si se emiten desde el coro sentado en las butacas y aplaudiendo con total "irrelevancia" (las citas están todas tomadas de Wolpert, op. cit., págs. 104-106; y todos los paréntesis y signos son míos; las palabras entrecomilladas y en itálica son de Wolpert)?

(7) Mario Biagioli, en su Galileo cortesano. La práctica de la ciencia en la cultura del absolutismo (ed.cit.) pone de sobras este hecho en evidencia, comparando los debates científicos de la época con verdaderas riñas de gallos a las que los mecenas apostaban. Biagioli, abundando en documentación de primera mano, apela a esa luminosa expresión -"riña de gallos" (ibid., pag. 104 y 106)- para describir los debates a los que los beneficiarios intelectuales de los mecenas eran obligados por estos -por contrato- a asistir a los debates "allí donde" y "cuando lo solicitemos expresa y extraordinariamente" (ibid., pag. 204 y 207).

Muchas de esas prácticas y conductas oportunistas y obsecuentes, evidentemente inevitables en el marco de las relaciones de poder vigentes y sin duda en nombre de los intereses propios (que incluyen "el apetito por el saber", sin duda rentable, como ya he apuntado antes, desde que despuntaron las primeras manifestacines de división del trabajo trabajo/no trabajo y además "más cómodo" y "gratificante" -ibid., pág. 202-), no han cambiado sino su composición molecular, aunque sustancialmente siguen funcionando con el mismo estilo: el de la supervivencia que incluye la conservación del estatus de privilegio o tiende a conquistarlo. Las similitudes se ponen de manifiesto en el enfrentamiento de la época entre los nuevos científicos en ciernes y los escolásticos, que luchaban entre sí "como dos especies con un poder comparable que compiten por el mismo nicho" (ibid., pág 214). ¡Parece una descripción apropiada para la actual contrversia entre el cientificismo fundamentalista y el fundamentalismo del Diseño Inteligente!

El juego de la corte dio paso a "otra cosa" sin ninguna duda, pero lo hizo gracias y a través de aquello, incluyendo la motivación nacida del interés social de esos primeros científicos. Queda así meridiánamente claro el peso específico (nunca mejor dicho hablando de Galileo) que representó la búsqueda de la consolidación social por encima de todo, buscando siempre presentar "la verdad" de manera digerible para la realidad del mecenazgo (el horóscopo mediceo -op.cit., capítulo 2, "Los hallazgos y el protocolo", De los instrumentos clasificados a los horóscopos dinásticos y siguientes, págs. 165 en adelante-, el juego de la polémica donde "el "deporte -deporte filosófico- es más importante que el resultado" -ibid., pág.104-105-, las evasiones debidas a la inconveniencia del protocolo, etc., etc.) e inclusive el reconocimiento de la superioridad de la filosofía sobre la ciencia considerada ésta última inferior por el propio Galileo (al serlo socialmente). Sobre esto último, señala Biagioli: "Según lo indicanlos últimos estudisos de la mecánica galileana, en ella se intenta pasar permanentemente de la dinámica a la estática (y de la matemática a la filosofía usando el concepto de momento..." (ibid., pág. 231), aunque "El enfoque (...) no logra llegar a la altura del título de filósofo que tanto añora" (ibid., pág. 232). ¿Interesante, verdad, a propósito del requiem de marras?

(8) El caracter grupal de los sueños sociales y políticos, la voluntad grupal de llevarlos a cabo, la ignorancia y tergiversacion grupales de la adjudicada idiosincrasia "extranjera", u otredad, y de sus propios intereses, nos pone de frente ante una única respuesta: que lo social se presenta como lo determinante, tanto de las opciones morales y de los impulsos que se reflejan en la organizacion del pensamiento (siempre con vistas a la conducta moral en la que se confia como encausadora de la accion) como de todos los subproductos culturales e imaginarios que se ha dado y se da el hombre, subproductos que a su vez se autonomizan y exceden o se autoreprimen, y se convierten así en condicionantes, en referentes influyentes cuanto menos, en buena medida incuestionables, al menos en la práctica y bajo presión del grupo coyunturalmente operativo, y al menos edulcorables o pacificadores en el marco de la teoría; adquiriendo de todos esos modos una participación en el conjunto de lo determinante o en su entorno de proximidad, donde se define y consolida lo real.

Y tiene que ser así si queremos conseguir darnos por fin una narración elucidatoria, no mítica en tanto ya no se pretenda, ni se pueda ya pretender -lo que se produce en el el actual grado de desarollo del mundo jerarquizado-, ser una nueva guía de la humanidad, ni siquiera de ciertos grupos, hacia futuro alguno... ya que, por definición, esa elucidación se niega como tal a sí misma; se considera a sí misma inacapaz de serlo y lo rechaza, y además piensa que todo, sea o no de su agrado, puede resultar, puede ser alcanzado y consolidado, en atención a la relación de fuerza de los grupos en juego. Desde esta perspectiva antiutópica, por tanto, una Humanidad como la que la Ciencia y la Burocracia promueven en los hechos, en cierto modo cada una a su manera, sólo podrá existir alguna vez... tras su metamorfosis kafkiana forzada, impuesta por medio de la victoria de la fuerza bruta de unos pocos (comparativamente hablando) sobre la indolencia de la mayoría... en hormigas inteligentes no reflexivas.

El ser social, pues, todo parecería indicarlo, determinaría sin duda la conciencia en el sentido en que ésta sería el conjunto de sus componentes ideológicos y abstractos, es decir, de sus construcciones explicativas, de sus mitos (metafisicos, morales, misticos...) y en todo caso (dado que el todo no es la suma de sus partes) de lo que al estar juntos y estratificados producen en su interacción con todo lo demás...

Pero no se trataría del supuesto descubrimiento marxista de que "no es la conciencia la que determina al ser sino el ser, el ser social, el que determina la conciencia" (Tesis sobre Feuerbach o El Manifiesto, ya lo corroboraré). El "ser social" de Marx es una construcción abstracta e ideológica necesaria a la propaganda desconcertante que apuntalaba la "lucha de clases" como motor de la historia mientras se organizaba la "vanguardia" que habría de representar a las masas sobre las que se auparía esa "vanguardia" hasta el poder para luego "conservarlo" mediante su opresión eternamente revolucionaria, es decir, dictatorial. Tras un disfraz materialista y emancipador que como en todo discurso sólo servía para apuntalar a su constructor y a su grupo de fieles, Marx ocultaba sus arapientos ropajes hegelianos que se remontaban exactamente a los mismos objetivos del hombre reflexivo de Kant y de Aristoteles, el hombre propiamente metafisico que sufria por la "desazón" que le provocaba el mundo a cuento de su irracionalidad, es decir, de no tener ese mundo una finalidad inteligible ni satisfactoriamente imaginable; al demostrar, sistemáticamente, que no se engendrará nunca ni una Única Humanidad de Sabios ni una Única Humanidad de Hombres Libres ni una Única Humanidad de Hombres Felices (con una Felicidad coincidente sólo posible si todos somos estríctamente iguales... como clones) a la vez que preocupados por saber (a saber ya para qué siendo que el saber sirve a la lucha por dominarlo todo y ya no habrá nada que nos mueva a la preocupación, en ese porvenir sobrevenido en todo caso por cansancio, por agotamiento... de cuya puerelidad no nos quede otra cosa que reir... desde nuestro propio pasado, claro, porque en un futuro así tal vez no quepan ya ni la risa ni el llanto... algo que no parece posible salvo con la inefable intervención de nuestra futura ciencia, con ingeniería genética o con química... ¡ay, no sé yo si habrá por fin "un porvenir" para "la risa"!)

En nombre de la evidente opresión existente, el marxismo, creando un falso punto de vista absoluto del derecho social (y de la correspondiente "injusticia social" de la que habría debido remontarse hasta Adán y Eva, es decir, hasta Dios, para que tuviese algún sentido -lo que no pretendía obviamente-) reconstruyó el mito del Paraíso: era como se vpudo comprobar luego una nueva triquiñuela de los postergados e incapaces aspirantes al poder. Para levantar el mito que permitiera la formación del "ejército del proletariado consciente", Marx halló una fórmula mesiánica basada en un hecho cierto pero que a su vez tergiversó mediante el método político de convertirlo en un icono sin significado, el icono de la lucha de clases estereotipada que ocultaba la trampa de la representatividad y la de la autogestión y auto gobernabilidad. Sin duda, había mucho de cierto en el axioma de que "el ser social determina la conciencia". Puedo decir (con más cuidado y precisión que hace unos años) que pienso que eso permite un enfoque mucho más elucidante que los subjetivistas que pretenden que la conciencia pueda situarse por encima de la necesidad vital.

Exactamente: si cabe alguna Humanidad Única sera la contemplativa, la no reflexiva, la que no necesite o rechaze todo eso, la que vuelva a refugiarse en la resignacion o en la irresponsabilidad, tal vez en la mera contemplacion, tal vez en la risa despreocupada e infantil a la que se refiriera Nietzsche al llegar a conclusiones parecidas... asimismo lógicas, deductivas, por extrapolación...

Pero esto seria (y como tal es visto por los intelectuales que no pueden concebir no ser "los mejores" de la especie) un retroceso, un regreso, una involución, una vuelta idílica al huevo o la placenta... esto es, a una situación sólo patológicamente circunscribible, digna de ser tratada en un diván.

El hombre, al parecer, no puede escapar ni de la fragmentación grupal ni de su diversidad grupal ni de sus choques interpares que le imponen la necesidad de defenderse, atacar y dominar o aniquilar hasta el límite del equilibrio de fuerzas que la sensatez reconoce con astucia.

(9) "Sólo en una teoría fundada sobre el concepto del deber se desvanece enteramente el recelo causado por la vacía idealidad de ese concepto. (...) Y en el presente tratado sólo nos ocuparemos de esta clase de teoría, porque a propósito de ella, y para escándalo de la filosofía, se pretexta con no poca frecuencia que lo que tal vez sea correcto en dicha teoría no es válido para la práctica, pretendiendo sin duda, con tono altivo y desdeñoso, lleno de arrogancia, reformar por medio de la experiencia a la razón misma, precisamente allí donde ésta sitúa su más alto honor, pretendiendo además que en las tinieblas de la sabiduría, con ojos de topo apegados a la experiencia, se puede ver más lejos y con mayor seguridad que con los ojos asignados a un ser que fue hecho para mantenerse erguido y contemplar el cielo." (Emanuel Kant, Teoría y práctica, en "¿Qué es la Ilustración?", ed. cit., pág. 184-185; la negrita es mía).

(10) A la forma evolucionada, posmoderna, del positivismo, parece ya no preocuparle nada demasiado. Parece bastarle el autismo y la resignación de la rutina diaria que lo espera todo de la contingencia a la que está dispuesta a adaptarse, a... obedecer. Y en todo caso a responder contradictoriamente. En clara y definitiva renuncia a transformar o encausar nada (como a mi criterio refleja la postura de J.L.) Y es que J.L. ya no es un intelectual europeo clásico sino un proletario especializado que sólo quiere llevar a cabo lo más eficazmente posible su tarea -eficacia definida en términos sociales y artificiales según dictan los criterios dominantes-... con la imprescindible e ineludible ayuda del Estado Burocrático de nuestros tiempos.

J.L. llega a sostener en su post "El positivismo y sus criticas" -reflejando esa nueva suerte de moral posmoderna que ha reemplazado casi totalmente la que diera pie a la utopía fundacional kantiana y que pone, desde el propio punto de vista racionalista, en situación delicada o de desamparo su defensa-, lo siguiente:
"4. La creencia sobre si la teoría refleja exactamente la realidad, o si se acerca a conocer su verdadera estructura, es completamente irrelevante para la práctica científica. Si algunos positivistas son más optimistas que unos constructivistas sólo nos dice acerca de su optimismo. Algunos positivistas dirán que, dado que con la teoría andamos mejor que sin ella, algo habrá captado de la realidad. Los constructivistas radicales dirán que ni siquiera tenemos derecho a decir eso. La teoría funciona y nos basta con eso, si nos acerca o no a la estructura de la realidad es una cuestión ociosa para la ciencia y gustosa de discutir para cuando dejamos de hacer ciencia. No existen teorías científicas constructivistas que se opongan a las positivistas (y viceversa)."
Y en un comentario a mi 3ra. entrada sobre el tema, manifiesta la importancia en sí de los modelos al margen o por encima de todo. De ahí que no le preocupa que los modelos se sustituyan unos a otros en el tiempo, incluso contradiciéndose, lo que daría lugar no tanto una constante aproximación a La Verdad sino a la sustitución de unas Verdades por otras equivalentes. Verdades que, aunque caigan fulminados por falsas (en realidad falsadas, lo que no garantiza nada como el porpio Wolpert reconoce, ya que muchas veces se ha visto que "los muertos que vos falsasteis gozaban de buena salud" y viceversa, como pasara y pasa en la metafísica y los mitos, cuya superación no pasa así de la señalada sustitución, y en donde todo pensamiento y todo discurso hasta hoy ha debido hacer inexorablemente trampa).

Esas verdades, falsas o poco útiles son de todos modos valoradas en tanto y en cuanto fueron productos de un método que se da por infalible siendo que en realidad "no existe" (como dice Wolpert según vimos) o simplemente es acomodaticio, oportunista (Feyerebend) o... pragmático (Wolpert), y que se inscribe y así se unge en la sacrosanta y emancipadora "investigación en sí".

¿De dónde viene, qué podrá certificar tales dogmas ambiguos y difusos, rotundamente posmodernos? Sin duda la propia actividad, la propia institución, la marcha hacia el Hormiguero de la lógica a ser posible bajo un modelo republicano y liberal. ¿Será cierto que creerá estar firmemente de pie sobre bases sólidas cuando pide que entienda, yo, que por lo visto no lo ha comprendido:
"Siempre, si te fijas, las afirmaciones categóricas se hacen sobre el modelo. La afirmación sobre lo eterno del movimiento ni siquiera es apriorística. Lo que importa es la utilidad de los modelos. Lo que sea la realidad en sí y para sí y porque sí, nadie lo sabe ni lo sabrá. Las afirmaciones, donde tienen sentido."
Ergo, los modelos reemplazan a la metafísica o a la mística en la provisión silenciosa o no de fantasías indemostrables (aunque útiles... porque encajan, porque son las piezas momentáneamente adecuadas del puzle momentáneamente incompleto... pero en vías de completitud, tengamos ), y que nacen de esos modelos no se sabe bien por qué ni para qué (¡"Es irrelevante"!). En todo caso, la utilidad de los modelos... se nos deja entrever, sería algo en sí, un imperativo categórico que no se discute porque no existe desde dónde discutirlo, no hay aprioris ni predicados ni consecuencias ni nada: el modelo nace sin más, como los "pequeños diques" de la supeficie del agua superficialmente
perturbada sobre los que Galileo no sabiendo hablar claro... prefería "callar", anticipando ya entonces al psitivismo (véase Biagioli, op. cit., La articulación de una situación sin salida, págs. 237-253; ¡esclarecedor para quien lea con un mínimo de desprejuicio y honestidad!), y cómo se estructurara todo bajo los cánones proto y filopositivistas instituidos de la Ciencia. Porque, simplemente, debe ser considerado como... ¿bueno?, ¿o podemos decir sin avergonzarnos, cómo... verdadero? En fin, lo absoluto, en la era de la posmodernidad, puede desde ya ser cualquier cosa, incluso... "absoluto", aunque, eso sí, no por mucho tiempo...

La tragedia previsible viene a caballo de un Rocinante ciertamente patético.

En ese contexto, vemos renacer la mentada idea del Hormiguero como Panacea y Madre de Todas las Soluciones al Problema Humano. ¡La idea parece proponer una metamorfosis...! ¿Tal vez ayude en esto la Ingeniería Genética...? ¿Será posible poner esta y la Ciencia en general bajo "otra" instancia vigilante o supervisora; una moral... mística?

La realidad social futura que edifica la marcha de las cosas y en particular la de la Ciencia actual, no tiene mucho de la que tenían las que Kant vislumbraba sino las de la institución de un plácido e idílico hormiguero que también se edulcora o se pinta para que sea visto con los mejores ojos posibles. En una sociedad así, es obvio que no hará falta interrogarse o especular; lo único que hay que tener es el instinto de cavar y de acarrear, de dar la vida por la Reina Madre y la solidez del hormiguero.

Es en este contexto en el cual J.L. debe ser considerado como miembro de esa subespecie específica que anticipa esa perspectiva de Humanidad cuyos contenidos no podrán estar nunca en sus manos (por lo que no podrá ser nunca del estilo de la esbozada en la utopía de Shrödinger y ni siquiera la que anticipa la comedia risible avisorada por Nietzsche, sino más bien la del tipo "1984" o "El mundo feliz" que nos hace, anticipadamente, llorar y morir. Una subespecie de "obreros hormiguitas" del tipo de los que en el mundo real de las hormigas se la pasan acarreando alimentos para bien del hormiguero y de la Reina Madre sin preguntarse ni el por qué ni el para qué (eso sí, ellas con un "olfato" mucho más especializado que no se ve perturbado por los monstruos de la razón que suelen asaltar a los humanos, J.L. incluido, desde dentro).

(11) Como he apuntado anticipándome en cierto modo, no se puede obviar el hecho de que esa construcción es un producto de la evolución social tal y como tiene lugar en Occidente, algo también estratégicamente ignorado mediante su desvalorización como significante (lo típico es hacerlo pasar como algo accidental y no señalarlo como una necesidad). Que tiene, por tanto, un específico componente histórico-social. Y que, por fin, es en relación con los males y dificultades propias de las sociedades sedentarias y jerarquizadas de Occidente y según estas son sufridas por los constructores de mitos (o explicaciones cada vez más discursivas y sofisticadas) que se puede comprender la apelación a ese remedio específico y su aplicación. Dos cosas concretas pues para empezar a considerar seriamente: mundo (estrictamente localizado) y tiempo dados, grupo actuante considerado en conflicto con todos los demás igualmente actuantes y considerables. Representación grupal del entorno adaptativo y necesidad grupal de orientación (o Moral). Dos cosas que sólo pueden tomarse en serio en el marco de un enfoque realista, el único que puede dar cuenta de ellos y de su inmanente significación. Y ser realista no significa ser materialista y sostener así que "todo lo real es racional y todo lo racional es real", que es en realidad el lema del idealismo hegeliano, ni es negar el carácter ontológico de las matem´ticas y pretender reducirlas a técnica de signos referenciales. Ser realista es una postura puramente interpretativa, formal, que trata al mundo como proyección de la intuición hacia la abstracción, en respuesta a su mecanismo y no en su contra, y que no deshecha el uso también abstracto ni el místico para rellenar los huecos. Lo real es así todo lo que nos afecta y circunscribimos con nuestras facultades y sobre todo nuestros instintos para garantizar la supervivencia en un mundo que a la vez transformamos por ese motivo (en donde entra el miedo y el apetito, etc.).

(12) Puede observarse que las causas a las que Kant atribuye el "estado del mundo" que observa eran todas de índole más bien patológico (lo que no es sino una variante racionalista de lo diabólico) y a veces con una cierta carga entre luterana y romántica que lo lleva a acusar a la masa de "pereza y cobardía" ("¿Qué es la Ilustración?", ed.cit., pág. 83). Así, atribuye los males desepcionantes del mundo a la inmadurez o minoría de edad congénita/histórica humanas, es decir a lo que se asemeja a lo que luego Freud denominaría "fijación" (o sea, algo sujeto a "terapia" y por tanto en perfecta armonía con el pensamiento represesor de Rousseau que predibuja las prácticas que siglos después habrían de tener lugar -¿hace falta que lo enumere?-... y hasta contra los propios intelectuales... y con su concurso publicitario o silencioso). Esos males, no obstante, que Kant considera un lastre contranatura, cree, como suele hacer toda "buena conciencia",que acabarán por ser erradicados o superados tal como acontece en el individuo y seguramente experimentara en sí mismo, para lo cual se fija como objetivo "descubrir en este absurdo decurso de las cosas humanas una intención de la Naturaleza a partir de la cual sea posible una historia de criaturas tales que, sin conducirse con arreglo a un plan propio, sí lo hagan conforme a un plan de la Naturaleza. (...) dejando en manos de la Naturaleza el engendrar al hombre que habrá de componerla más tarde sobre esa base; de la misma manera que produjo un Kepler (...) y, posteriormente a un Newton..." (ibid., págs. 98-99). De lo que se deprende la superior valoración por Kant del hombre reflexivo respecto de los demás, de la Razón que le asiste a ese tipo de hombre y de la esperanza de que esa idiosincrasia y no la opuesta sea el inevitable o prometido futuro natural de la especie ("quiliasmo" -ibid., pág. 112-, "a cuya solución le fuerza la Naturaleza" -ibid., pág. 104-, que "nos hace abrigar la esperanza" -ibid., pág.97-); futuro remoto pero en el que cree firmemente y al que piensa ayudar activamente -si bien a la manera alemana en lugar de a la manera francesa-, futuro que llegará aunque deba pasarse por la necesidad humana "de un señor" (ibid., pág. 106) al que hay que predisponerse a "encausar" (ibid., pág. 118).

(13) Interesantes y muy a propósito las referencias también incluidas por Biagioli (op. cit.) a la fase que dejó atrás el Renacimiento y el imperio de las Cortes absolutistas ilustradas, en la que Kant ya será protagonista; esa en la cual las Universidades ("instituciones especializadas" por excelencia) ya dependen del Estado sustituyendo a los mecenas del absolutismo, lo que confiere a la Ciencia y a sus practicantes profesionales una aureola de pretendida neutralidad ideológica e incluso filosófica ("mito de la autonomía del saber académico", ibid., págs. 116) que se asociará a la objetividad mesiánica requerida. Algo que, como en relación a toda institución, se va perfilando mucho antes (ibid., pág. 199, donde usa la expresión citada "instituciones especializadas" en ese contexto primigenio).

(14) Kant lo dice del siguiente modo: "Como se ve, la filosofía también puede tener su quiliasmo (...) a cuyo advenimiento pueda contribuir (...) que, por lo tanto, no es ni mucho menos quimérico. (...) parece que gracias a nuestra propia disposición racional podríamos anticipar ese momento tan halagüeño para nuestra descendencia. (...) y así, entremezclada con delirios y antojos, va emergiendo poco a poco la Ilustración, como un gran bien que el género humano ha de obtener incluso de la egoista megalomanía de sus soberanos si estos saben lo que les conviene. ("Para una historia universal en clave cosmopolita", op.cit., págs. 112-114) Para "...explicar el confuso juego de las cosas humanas o el arte de la predicción..." (ibid., pág. 117) y asimismo: "...encauzar tanto la ambición de los jefes de Estado como la de sus servidores..." (ibid., pág. 118)

(15) Por otro lado, el lado manejable por el hombre, el lado que maneja y concibe J.L., ¿qué conocimiento se deriva de las verificaciones que el propio hombre monta para legitimar sus propias construcciones idílicas en respuesta a las contrucciones ya instituidas con las que se encuentra, por ejemplo, para deducir de las "crisis periódicas del capitalismo" el paso necesario al comunismo o, en la acera de enfrente, para deducir del aumento aparentemente ilimitado de la riqueza y del poder piramidalmente construidos en Occidente bajo lo que se denomina democracia moderna, la persistencia artificial de la "propiedad privada de los medios de producción" y la "libertad de mercado" aunque tan artificial como la "estatal"? ¿Qué conocimientos fidedignos nos han proporsionado las verificaciones de Galileo y posteriormente las opuestas verificaciones de Einstein? Pues, pérmiteme J.L. que te diga que nada que no nos haya provisto la intuición en el mismo sentido. Eso sí, lo que nos ha permitido el andamiaje abstracto es preservar esos conocimientos de una manera más sólida y compacta, más fácilmente trasmitible, más fácilmente reutilizable... aunque en sus sucesivas estructuras simplicadas y simplificadoras, es decir, en tanto que mitos divulgados y asimilados por los hombres en su conjunto, por las masas; en la medida en que sus reducciones se han convertido en dogmas y en slogans y han marcado una conducta que en los hechos lleva a los hombres a aceptar que su felicidad depende de la posesión de electrodomésticos cada vez más superfluos y de casas provistas de domótica cada vez más inútil, de una policía científica, de una serie de empresas gigantescas y cada vez más burocratizadas y vinculadas al Estado que nos hacen vivir más y más cómodamente para seguir consumiendo, para seguir enraizados a un mito falsamente liberador que caerá como poco otra vez en crueldades y miserias, en absurdidades e incomprensiones, en frustración y sinsentido.

J.L. rechaza de plano la metafísica como espacio productor e impulsor de conocimientos científicos ignorando toda la Historia humana hasta hoy. Pero ahí palpita el recuerdo de quienes no temen recordarlo, de aquel importante espaldarazo a la autonomía teórica de la ciencia llevada a cabo por Leibniz... en nombre de la perfección divina contra un Newton que, también en nombre de Dios, ponía en tela de juicio esa perfección (Paul K. Feyerabend, "Ambigüedad y armonía", Ediciones Paidós, Barcelona, 1996, pág. 74). ¿Milagros, o precisamente, ésa, es La Realidad?

(16) El positivismo lógico, insisto, lo que ha tratado fue de reducir, con espíritu platónico o idealista, todos los seres posibles a la condición de conceptos, y con eso cree haber controlado todo el problema del ser. Al reducirse el "ser" a la categoría de concepto, resulta sujeto al libre albedrío de los hombres, de esta forma convertidos, de nuevo, en semidioses. Y todo lo que se deja fuera, por inposibilidad de acceso a ello, se remite al silencio (al "callar" obligatorio que el hombre a fin de cuentas nunca respetó del todo... haciendo imposible la anunciada "muerte de la filosofía" que era lo que se quería aniquilar bajo el nombre más repugnante de metafísica -la etiqueta con connotaciones negativas según el neolenguaje dominante-). Pero el problema del ser y la pregunta humana sobre su abstracción intuitivamente derivada prevalece al igual que su tendencia a ser racionalizada. Por ejemplo, una cosa que no se puede ignorar... ¿ha demostrado alguien acaso que el tiempo sea algo "existente"?, ¿ha dicho alguien la última palabra... y en todo caso, alguna palabra digna de un discurso científico al respecto?, ¿será esto posible o... habrá que seguir apelando a la metafísica para "rellenar el hueco" ayudando así, por qué no, a inventar la máquina del tiempo? En todo caso, el hombre reflexivo, el intelectual, sigue interesado en preguntárselo. Sea o no ello útil en términos de felicidad y de estricta necesidad adaptativa. ¡El hombre refexivo, he dicho, es decir, unos cuantos, y desde ya excluidos los proletarios de la investigación y el proletariado, la pequeña-burguesía, los accionistas y la burocracia en su conjunto!

Lo que J.L. y el hombre en general prefieren ignorar son sus verdaderos instintos animales, es decir, su propensión a dar capturar, a dominar... J.L. prefiere ocultarlo y no enfrentarse a su propia frustración (percibe claramente, gracias a su facultad intuitiva, que no lo conseguiría, que sería utópico, y por eso no sólo se repime en el habla sino también en la acción), pero, si se lo pensara, reconocería que para conseguir que el hombre marche como él cree que sería más provechoso, lo tendría que imponer. Nos lo tendría que imponer. Claro que él busca abrigo en su propia esperanza que no es sino un subterfugio: él dice haber optado libremente por la vía del diálogo y del convencimiento, del contrato y de lo que las estadísticas señalan (como si uno y las otras fueran realistas, objetivas, neutrales), y en contra de la salvaje fuerza bruta de otros tiempos... ¡Otros tiempos...!, pero dejemos esto ahí para dentro de un instante.

Varias veces, J.L. alzó la voz contra algunos desperfectos que detecta en el hormiguero (la ha alzado, por ejemplo, en relación a todo lo que para él es en exclusiva "metafísico" en el plano político: aborto, religión, derechos y deberes, pena de muerte...), probablemente porque se lo impone algo que lo constituye. Cuando alza la voz, no obsante, lo hace en gran medida en nombre de y en base a la lógica formal que pone en primer plano y que, curiosamente, demuestra querer inculcar en todos los demás (¡esto es lo que más le disgusta, lo que para él es la fuente de todos los males: que otros no se resignen a actuar, y ser, de otra manera... y se pregunten puras insensateces!), tal vez porque pretenda que el Hormiguero funcione según una concepción lógica de la perfección que también sería perfecta o tendiente a ello... todo sobre lo cuál JL no se interroga, quizás con la esperanza de que algún día se lo explicará con pelos y señales empíricas los resultados de la investigación de otros científico-obreros que, como él, no se interesan ni se interesarán por comprender ni el por qué ni el para qué... sin preguntas que puedan desviarlos de la enjundiosa y responsable labor...

Tal vez alza la voz por un fallo congénito, pero eso no importa; JL lo explica recurriendo a la lógica y enmarcando en ella la solución: basta formular las propocisiones adecuadas (¿lo son?, J.L. afirma: ¡seguramente, por qué no!, y sigue tan horondo como antes. Sólo sabe, por lógica, una cuestión lógica de la linealidad del progreso, donde no hay Dios ni nada que se le parezca... porque parte del precepto de que toda existencia debe ser demostrada y nadie lo ha conseguido (ni Leibniz ni Gödel). Curioso, porque aún no sé quién ha demostrado que las masas se atraen gracias a una fuerza en tanto podría deberse todo a una serie de superficies inclinadas parecidas a embudos o remolinos con centro en los viejos centros gravitatorios.... Como tampoco me consta que se demostrara, empírica y lógicamente, cada una de las existencia de lo que en realidad podría interpretarse... como meras interpretaciones de hechos más o menos medibles por aparatos de fabricación humana... para que esos hechos se puedan medir. Pero esto está fuera de toda consideración para J.L.; esos aparatos, que sin duda permiten "mejorar la investigación" sea para lo que sea, son la evidencia de que estamos "progresando", es decir, "investigando" más y más... para, en todo caso, como es evidente, "investigar" más y más... y, no lo olvidemos, "mejor", sin que haya otro motivo que se halle fuera de ese círculo vicioso que por lo visto habría que aceptar tal cual y... además... en silencio.

En fin, en todo caso: ¡por algo será! Y tal vez la investigación, que en realidad tiende más bien a mirar hacia otro lado, como corresponde según J.L., nos lo diga algún día... tal vez por casualidad. En todo caso, J.L. esconde vergonzosamente su propia metafísica y su fé. Aunque quizás no lo haga por vergüenza sino por conveniencia instintiva, por conveniencia no tanto personal como politica.

El quid de la cuestión no se puede sin embargo escamotear... salvo para miradas similares, para aquellas que con matices y colores diferentes luchan por las mismas cosas y, sobre todo, creen que su lucha encierra aceptables esperanzas (de lo contrario, se habrían frustrado ya... como acabó pasándome a mí, y, como yo, ya estarían haciéndose preguntas y buscando otras respuestas... tal vez incluso metafísicas).

J.L. se ha apresurado mucho oficiando un réquiem, tal vez a título de anticipo más que porque ya se pueda constatar la afirmación temeraria suya de que "Se pudo acabar con el mito y la religión", ciertamente no sabemos cuándo, porque, como hemos señalado, la referencia a la etapa iniciada por Galileo, Newton, Leibniz, etc., ni las que pudieran hacerse a la Ilustración, parecen capaces de darnos una pista sino, en todo caso, nos remiten a la marcha tímida y confusa que se da en el mundo, incluso de manera harto impura y corrupta como nos lo revelan los datos históricos debidos a Biagioli, Feyerabend, etc. Y ello como si de una conquista gloriosa se tratara en el mejor sentido de las guerras de antaño a cuyos soldados pretende emular aunque blandiendo una espada puramente discursiva y donde, tras la victoria, se debiera celebrar la Solemne Misa de Agradecimiento.

Desde una óptica tan limitada, es normal que se ignore la metamorfosos (o readaptación) de las instituciones religiosas en concordancia con los tiempos burocráticos en donde ya no pretende definir nada ni bien ni mal sino agrupar, enmarcar, etiquetar a los suyos y a los otros en un bloque de presión que les permita conservar su cuota de poder y si es posible incrementarla. Nada que no haga, por cierto, la Ciencia (o mejor dicho, Las Ciencias coaligadas en una suerte de frente supracientífico o... metafísico, y en realidad fundamentalmente político, tanto como lo fuera la Metafísica de Aristóteles). Con la lucha y la polémica esconde una lucha de iguales por iguales objetivos maquiavélicos.

Esto afecta al conjunto por entero, a lo que en realidad es "el mundo" del que se forma parte como si se dijera dimensionalmente (el símil con el Mundo invertido da mucho más de sí de lo que pareciera en una primera aproximación). Todos los valores pero también todos los resultados concretos (que son así reales en tanto se dan y se deben aceptar como fenómenos concomitantes, presentes, influyentes, determinantes...) están prendidos del mismo firmamento y vuelven cada día con el despertar. Están allí, con nosotros, para nosotros y en contra de nosotros. Así: la "utilidad" de algo, como la tecnología o la ciencia; la "convicción" de lo que es mejor o peor, justo e injusto, etc. Todo lo que nos rodea, lo que modificamos, combatimos o apuntalamos están ahí para unos seres reflexivos en más o en menos concretos, habitantes de un lugar concreto y en un tiempo concreto, munido más o menos genéticamente, más o menos aleatoriamente de unas u otras facultades que automáticamente son puestas en acción y nunca de manera perfecta ni mucho menos, y unidos en grupos que se reconocen en la mirada y se admiten o se rechazan, se alían o se traicionan...

Como dijera Nietzsche en las primeras páginas de La Gaya Ciencia, palabra más, palabra menos: "Todos los hombres, malos y buenos, sanos y enfermos, producen el futuro". Aunque en 2984 unos sean "más iguales que otros".

(17) Registro aquí, de nuevo en cierto modo, este esbozo especulativo (pero intuitivo y visible desde mi punto de vista como recurrente en la naturaleza y regular) para un serio estudio por parte de algún biólogo evolucionista competente al que le sirva, aunque sea... para mejorar su estatus desarrollando la idea o deshechándola con algo "mejor".

(18) En su "Armas, gérmenes y acero" (ed. cit.), Jared Diamond nos describe antiguas formas sociales que representaron claras vías de supervivencia y reproducción humanas, algunas de las cuales se negaron naturalemente a asimilar unas u otros productos del progreso de otras sociedades, algunas no mucho más avanzadas y otras que son consideradas enormemente avanzadas respecto de aquellas; incluso supervivientes con escasas variantes hasta hoy, cuyos miembros incluso conviven e interactúan de diversas formas, normalmente por vía del intercambio (producción de antiguos juguetes que pasan a ser fabricados como suvenirs para los blancos, el propio esfuerzo y tiempo vendido como mano de obra...). Todo esto sin duda no puede sino mostrar que la línea de progreso seguida en Occidente, independientemente de su predominio global, no es ni inevitable ni específicamente "humana". Y ello me lleva a pensar que es perfectamente posible que en el futuro, quizás lejano, los hombres se agrupen de una manera muy diferente del actual, que abandonen (por colapso previo, probablemente) el estilo de nuestras sociedades jerarquicas y masivas, que dejen incluso de desarrollar sin fin su tecnología y su ansiosa persecución de La Verdad imposible, que pongan en primer lugar la contemplación y la buena vida sin ciencia ni filosofía, con dedicación plena al juego, bastante más cerca para nosotros de una vida infantil y despreocupada, tal vez esa vida que le de a la risa una oprtunidad.

(19) Schopenhauer hizo al respecto unas observaciones lúcidas e impecables a las que remito sin más a quien quiera realmente "saber" y no sólo "etiquetar": "El mundo como voluntad y como representación", tomo I, Ed- xxxx, Barcelona, pág. xx). Pero es que ni mucho menos en la lógica o las matemáticas, donde el hombre puede esmerarse hasta construir un todo relativamente completo o "libre de huecos" (lo que de todos modos Gödel se encargara de relativizar y delimitar), la "verificación" aporta conocimientos todas las veces, como es el caso de las "demostraciones" de Euclides de las que habla Schopenhauer consideradas como tales e invalidadas en base a las necesidades "demostrativas" de otra ciencia, la física. Wolpert, un declarado cientificista, abunda él mismo en ejemplos de la ambigüedad, oportunismo y tergiversación que prevalece en ciencia (Lewis Wolpert, "La naturaleza no natural de la ciencia").

(20) Castoriadis, con quien me he reencontrado recientemente para mi provecho, opina igual en este punto cuando trata la cuestión desde su feliz concepto de institución imaginaria de la sociedad: En uno de sus últimos textos acabo de encontrarme con la siguiente coincidencia:
"Esto contiene lo esencial de lo que Max Weber llamará luego la racionalización, con respecto a la cual dirá acertadamente que, bajo el capitalismo, aquella tiende a apoderarse de todas las esferas de la vida social, en particular como extensión del imperio de la calculabilidad.
"¿Por qué la racionalización? Como todas las creaciones históricas, la tendencia hacia esta racionalización es básicamente arbitraria; no podemos deducirla ni producirla a partir de otra cosa (salvo, sugiero yo, CS, de lo inmediatamente previo producido, o más bien en ello). Pero podemos caracterizarla (...) relacionándola con (...): la tendencia hacia el dominio. (...) equiparar esta tendencia con uno de los rasgos más profundos de la psique individual, la aspiración a la omnipotencia." (Cornelius Castoriadis, "Figuras de lo pensable (Las encrucijadas de laberinto VI)", Fondo de Cultura Económica, México, 2002, pág. 73; la cursiva es del autor del texto; el paréntsis con la nota es mío).

Sobre el tema ambiguo y desconcertante del Progreso, el liberal por compromiso (por falta de una opción mejor, desde mi punto de vista una ilusión más como vengo dando cuenta) que fue políticamente hablando Leo Strauss, desmarcándose en buena medida del leit motiv por antonomasia del liberalismo, acierta sin duda al decir que el progreso y la ciencia no han conseguido dar por zanjada la cuestión de sus derechos a tener "la ultima palabra" y ello a pesar de sus "logros". Recomiendo seriamente un texto entre otros muchos en donde pone de relieve las contradicciones y subterfugios del positivismo lógico con la arrogante advertencia de que no se debe leer a Strauss como si sugiriese algo así como un retorno a Kant, ni mucho menos, sino entendiendo que pretende tan sólo señalar lo que yo llamaría, el "problema de la deriva posmoderna del positivismo lógico" en el que se deslizara yendo más allá de Kant precisamente para rehabilitar y reforzar la fortaleza necesaria de la que venimos hablando, y que se manifiesta en sus contradicciones insalvables... en un sentido riguroso al menos. El texto, que sería un abuso reproducir enteramente aquí y que no hay modo de reducir sin sufrir y sin desconsiderar al lector, es concretamente el que figura en el ensayo "Relativismo" y en especial en las páginas 74-76, en El renacimiento del racionalismo político clásico, Amorrortu Editores, Bs. As., 2008.

Debo decir también que los "logros" de la ciencia que menciona Strauss y que desvaloriza/relativiza en parte se definen como tales no de un modo absoluto sino porque el imaginario social lo ha fijado de ese modo, porque el mito de nuestro tiempo lo ha impuesto, un mito, por cierto, cada vez más desplazado por una ciencia al servicio de la mentira y el desconcierto en lucha contra los "otros" depredadores burocráticos que le disfrazar de escolásticos y metafísicos cuando eso es lo de menos, cuando algún color "libre" hay que adoptar para salir al campo de juego, levantando banderas diversas pero todas desconcertantes y filototalitarias, como la "defensa" de una "Tierra (que) pertenece al Viento", la "lucha contra el calentamiento global", la mestización de culturas tan inmezclables como el agua y el aceite (aunque tal vez superables por un mito que aún se está cocinando, no sé...) por medio de declaraciones aliancistas en congresos para el olvido por lo poco representativos y muy inconducentes (para el olvido ¡y el gasto!), etc., etc., etc. Strauss llega a ver esto pero sin hacer todo el incapie que me parece pertinente.


(dejo aquí un ruego para mis eventuales e increíbles lectores: por favor, hacedme ver cualquier fallo, desde el ortográfico hasta el conceptual según vuestro propio conocimiento y punto de vista: estoy agotadito y lo publico tal cual)