lunes, 27 de agosto de 2007

"Derecha" e "Izquierda" en la escena de hoy

Aceptando la existencia (en especial en occidente y en su periferia) de una derecha y de una izquierda, lo observable es que cada vez se parecen más entre sí... y además sin ser exactamente lo que reivindican. Incluso, con su persistencia, han conseguido que las mayorías opten por sentirse parte de unas o de otras, lo que sólo se consigue cuando se ha conseguido, como la gota persistente que acaba horadando la piedra, imponerse como una auténtica visión psicosocial hegemónica capaz de excomulgar a los que no se adscriban a las principales militancias en pugna y que, lógicamente, en base a su fuerza, se han ganado el derecho de asignarse los calificativos más productivos para sus propias causas (eso, por ejemplo, explica que muchos miembros de la izquierda digan hoy, a la primera de cambio, que no son marxistas. Y los de la derecha, que ellos son los verdaderos centristas.)

Todo cuanto se consigue gracias a la prodigalidad del pensamiento elemental.

¿Qué o quiénes son esos supuestos extremos que se combaten con tanta verborrea?

Sin duda que no se trata de grupos extremistas o maximalistas de cuya filiación cada bando gusta acusar al opuesto. Los grupúsculos así llamados de extrema derecha como los así llamados de extrema izquierda, están completamente marginados del verdadero campo de batalla (aunque todavía podrán llegar a ser utilizados como algo más que como referencias malignas, y en el extremo pasados a cuchillo alguna noche -los que no lo hallan captado, que se informen-.) Por una parte, en cada caso, se los considera antediluvianos y se sabe que no son operativos. Por otra, se reserva la acusación de extremistas (la palabra que más se emplea es "ultra"), para el oponente al que se pretende derrotar e incluso (en el fondo) exterminar. Esto, en honor a la verdad, comenzó a practicarlo "la izquierda", pero "la derecha" está comenzando a creer que nada sino un prurito reprobable se lo impide y que ya es hora de actuar igual. Con lo que ambos bandos siguen acercando sus perfiles. Al menos por parte de los elementos menos depurados, elitistas si se quiere, más contemporáneos... y mentalmente más asimilados por essa mentalidad cada vez más hegemónica de naturaleza burocrática.

Ahora bien, ¿quién es cada uno al margen de sus identificaciones declaradas y por qué reivindican estas y no otras?

Sin demasiadas pretensiones analíticas, me limitaré a mencionar unos cuantos aspectos relevantes o visibles:

Una parte creciente de la autodenominada derecha española considera que es víctima de su propio complejo. A veces se refiere como propio al complejo de élite que asiste con su buen corazoncito a la escasés de cultura o de dinero que la rodea, respecto de lo cual la izquierda ha conseguido que se sintiera culpable, para luego chantajearla y hasta exprimirla (se supone que como un anticipo de la futura expropiación) e incluso para, una vez enriquecida, imitarla. Muchos jóvenes intelectuales que se atribuyen ese calificativo invitan desde los medios tradicionales, las webs, los blogs y los foros a superar ese supuesto complejo de élite y aceptarse como élite (a fin de cuentas, ¿no lo hacen con menos derecho los burócratas de izquierdas?) Sin duda, una parte de este proceso es terapéutico, otra roza hasta donde su ideología se lo permite la objetividad, y por último, una tercera tiende a la construcción de un bloque similar al del oponente (la eficacia se impone por el ejemplo, y esto irá in crecendo en paralelo con la marcha hacia el encuentro electoral), armada, eso sí, de sus propios mitos y mentiras que de todos modos sólo podrán ser útiles a sus líderes burocráticos para alcanzar el poder y procurar más o menos maquiavélicamente conservarlo. Es decir, lo mismo o casi.

La izquierda no defiende directamente la anulación del capitalismo al que condena a pesar de vivir de él y de apoyar que el Estado y sus instituciones periféricas acudan sistemáticamente a salvarlo del colapso potencial a veces mediante medidas de contención pero otras mediante incentivos al consumo. No obstante, soterradamente, no abandona la ilusión por el poder totalitario (por paternalista) y su conquista revolucionaria (en realidad golpista), pero sobre esto volveré un poco más abajo.

La derecha defiende el capitalismo señalando que ha vencido al comunismo o que éste se ha derrumbado solo por su inviablidad, como se demostraría con la caída del muro, el desmembramiento de la URSS y el giro de China hacia una economía de mercado entre otros muchos ejemplos iconográficos. Pero lo hace negándose a aceptar que: (1) nunca dejó de haber capitalismo en los países controlados por los llamados "Partidos Comunistas", (2) el capitalismo más avanzado de occidente nunca pudo prescindir de la burocracia, tanto para hacer funcionar la economía y su complejidad como para gobernar en atención a sus ocupaciones privadas, y nunca consiguió frenar o siquiera limitar el intervencionismo en la economía sino todo lo contrario, especialmente cada vez que la necesidad devino evidente y crítica, (3) mezcla, como la izquierda, economía y política, porque es presa de las misma cultura contradictoria que ambos heredaron (la ilustración en su conjunto) y porque sólo haciendo pie en lo utópico (con hipocresía) pueden seguir defendiendo su rol dirigentista y su vocación de poder que siempre estará por encima de todo.

Aunque, también, esa mezcla los lleva a defender la libertad económica como expresión de la política o al menos como su base material, señalando que los atentados a la primera siempre derivan en atentados a la segunda. Y en cierto modo, más allá de la hipocresía, dan un poco de juego por eso de puntuar más la democracia, como valor, que la comida (¡esa gran hipocresía de la izquierda que por superar el hambre de verdad hace bien poco (a veces sólo inmolarse), igual que por superar el salvajismo o la incultura, la de verdad, incluyendo la propia. Es decir, lo mismo que hace la derecha: bla, bla, bla. Y añado que, desde mi punto de vista, no puede hacerse otra cosa, ni más cómoda ni más romántica, que sirva para solucionar el problema por imposición.)

Ahora bien, la mencionada es una confusión muy interesante de estudiar y sobre la que habría mucho más que decir. La segunda parte es especialmente cierta, pero no porque la burocracia "de izquierdas" restrinja o anule la propiedad privada sino porque es una burocracia totalitaria que actúa en y desde la política en general y desde el poder en particular para obtener lo que no le permite, sobre todo a su propio grupo burocrático, el juego puramente económico, es decir, el enriquecimiento. Algo que promete a todos y que sólo consigue para sus más allegados, dando un poco si queda a los círculos que se forman a su alrededor en tanto sus exigencias no exceden las posibilidades de un sistema que por lo general agota e incluso acaba contestado (tanto con huelgas que revisten un inmediato carácter político como con revueltas defenestradoras. Ejemplos a mil en los que se llamaron países del este a los largo del tutelaje soviético.)

En cuanto a la derecha, ella dice rechazar el paternalismo redistributivo, pero valora positivamente la ayuda burocrática (o tecnocrática) a sus propios negocios (de la que Keynes fue su más célebre exponente) y hasta tolera, acepta y promueve el reparto que garantice burócratas leales a su causa (en el extremo, como un mal necesario.) ... Salvo que el tributo sea demasiado alto, vía el chantaje o los impuestos (legales o revolucionarios.)

Así, nuevamente el comportamiento en ambas márgenes resulta similar y con un claro corte mezquino y egoísta. Por supuesto que las ayudas desde arriba y el reparto clientelista no producen sino indolencia y retroceso productivo (salvo en la periferia del sistema, como es el caso del mercado negro o las actividades mafiosas mejor incentivadas), pero el sistema capitalista, por sí sólo, digamos en sus formas más puras, sólo puede tender a las crisis generadas por su propia avidez e irracionalidad global y en menor medida dentro de la propia empresa... o de lo contrario aceptar el remedio burocrático; de modo que la derecha no se debería quejar (y se queja sólo como parte de la comedia aún cuando no lo admita) de la simbiosis que vive local y globalmente con las formas de transición burocrática que su sistema, inevitablemente, ha producido y alimenta.

La libertad política, por tanto, está amenazada por la burocracia a la que el sistema tuvo que apelar desde sus inicios; Robespierre y "El Terror" son un ejemplo. En este campo, la derecha sólo propone contención (quizá de ahí sus formas mayoritariamente centristas que se observan hoy en día) mientras que la izquierda pretende avanzar aunque sea escalón a escalón
hacia el poder absoluto (esas son sus formas mayoritariamente centristas.) A esto se llama civilización actual, democracia bipartidista, etc. Y la burocracia, aún siendo mera empleada a sueldo del capitalismo (siempre habría que especificar de qué sectores, ya que el sistema nunca funciona como un bloque ni puede), acaba afectando al funcionamiento del sistema de la manera que a sus gestores directos les gustaría... aunque no puedan conseguirlo de ninguna forma (las dictaduras latinoamericanas reaccionarias de los años 50 son el mejor ejemplo; el cambio de orientación de Castro tras su triunfo militar, otro.)

La izquierda (y esto es lo que asumen los que se pasan a ella), sin embargo, sí que pretende acabar con el capitalismo privado o al menos condenarlo a la esclavitud bajo la burocracia o al menos a ponerlo a su servicio (el modelo nazi o el fascista son los casos más puros de esa índole que se produjeron hasta ahora, y la tendencia se manifiesta en cada acto de chantaje aún en el marco de los países occidentales.) Se declare o ese deseo de la izquierda, la tendencia subyace en cada juicio de valor y en cada acto de apoyo. Y se basa en una idiosincrasia básicamente indolente que repugna del esfuerzo en general y especialmente del creativo, es decir, que desea o necesita (ésta es la causa de que sea inevitable en un sistema que niega a las mayorías la posibilidad de enriquecimiento como no sea por la vía burocrática, o sea, a su costa. O sea, un nuevo resultado intrínseco e inevitable que el totalitarismo no evitará e incluso agravará, como se ha visto de sobra en "el socialismo en un sólo país" y en toda su periferia a lo largo de casi un siglo, como pronto va a resultar.

Sí, en la izquierda (y conste que sigo refiriéndome a quienes reivindican patrimonialmente ese nombre) abunda el rechazo al trabajo y es su mediocridad la que la hace partidaria de soluciones de mecenazgo y de paternalismo, mientras que la derecha prolifera en medios más creativos, en donde su papel como individuos es más relevante y decisivo, aunque muchos acaban admitiendo que si no hacen trampas "otros las harán" (dando con esto pie a la izquierda para acusarlos de amoralidad... en lugar de verse el propio ombligo, o al menos el de sus dirigentes.) Está demostrado que los más audaces de los desposeídos elegían en los viejos tiempos el bandolerismo (el gangsterismo es su versión más avanzada.) Hoy se decantan más por la política, que cada vez margina, a imagen y semejanza del sistema económico del que toma sus jugos, a las masas, reservándoles por cierto, no sólo el rol de desposeídos y oprimidos sino el de votantes mentecatos en marcha hacia la decepción, la desmoralización y el abandono. ¡Ah, bajo la forma de consumidores compulsivos y de viciosos del ocio y del vacío; un componente social explosivo, como pudo verse en muchos barrios de Francia!



En cuanto al ideal por excelencia, el comunismo (con su famosa "fórmula al fin encontrada" que en tanto reducida pudo ser muy democrática -que se informe también de esto quien no sepa de qué estoy hablando-) se halla en general masivamente degradado. La izquierda, en última instancia, lo suele considerar condescendientemente una utopía buena aunque quizá inalcanzable por razones que girarían sobre todo en torno a la naturaleza humana (sí, así de débil y elemental es hoy la izquierda), y justifica casi todos los intentos y las intenciones de los próceres (desde Marx y Engels hasta Lenin y Stalin, Mao y Ho Chi Min, a veces incluyendo a Trotsky, que al menos cuenta con sus propios adeptos y no como los otros defenestrados que jugaron lo suyo pero por fin acabaron en la cuneta, prácticamente olvidados y malditos, desde Bujarin hasta Lin Piao, por no nombrar sino a dos de los que me vienen rápidamente a la memoria.) Ya se trate del "socialismo en un sólo país" (¡inevitable, claro, incluyendo sus juicios, su cheka, sus gulags...!) como de la predecesora represión de Kronstadt (¡era una situación de vida o muerte!) Ya sea la planificación a pesar de sus resultados catastróficos como las alianzas con el campesinado pequeño burgués o el nacionalismo burgués del tercer mundo (¡y no tanto, no tanto... como demostró el pacto Stalin-Hitler o el Stalin-Kuomingtang denunciado por su equivalente Mao!), como el desmantelamiento radical de la industria polaca a manos del comisario Molotov o la traición a los camaradas griegos... Etc. Y de lo aún peor... silencio; una losa de vergüenza y de silencio.

Todo eso habría sido obra de las circunstancias o en todo caso errores subsanables de unos determinados hombres en un determinado tiempo...


Debo hacer aquí (o eso quiero) una digresión antes de terminar y registrar que cuando hace ya casi treinta años leí lo que ocurrió en Kronstadt, es decir, cuando me enteré de la iniquidad de Lenin y de Trotsky, no pude evitar las lágrimas, el dolor de identificarme con tanta gente que había creído en esos líderes mesiánicos, como yo en mi adolescencia, en nombre de una justicia falsa y engañosa, de mentiras desconcertantes, todo al servicio de una casta que se sentía iluminada, que había descubierto la panacea que justificara su irresistible ascensión, idéntica en el fondo aunque no por sus colores, a la de "Arturo Ui", el personaje de esa obra que Bertolt Brecht, autoengañado-engañador, limitó obedientemente al nacional-socialismo como una forma de cumplir con las necesidades culturales "del Partido". ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!


La izquierda, hay que decirlo a la vista de los hechos, ha resultado, para las libertades, más peligrosa que la derecha. Por supuesto, que nadie pegue el gritito histérico de costumbre: tanto en algunos casos (y para mí en potencia) como esa fracción a la que se ha denominado "extrema derecha" pero que nunca ha sido otra cosa que una "izquierda lumpen" (a la que pertenecían Hitler y Mussolini, Nazer y Perón...) deseosa de una "República Social", eso sí, con pureza de raza (lo que no le impidió aliarse y utilizar fuerzas del mundo árabe en su día.) ¡Ah!, ¿que no implantó esa agitada "República"? Bueno, tampoco Lenin implantó "la dictadura del proletariado".

Y por ello no es extraño que hoy en día (¿de nuevo?) haga migas cada vez más estrechas con las corrientes místicas entre las que principalmente y a en primera línea se encuentran hoy, particularmente desde el triunfo de los jomeinistas, las que pretenden imponer el islamismo en todo el Universo. En sus reivindicaciones y en sus experimentos estatales, ¿acaso no se defienden las utopías igualitaristas, el edén futuro de algún tipo, el reparto revolucionario del botín o si se quiere ser más condescendiente, la redistribución? ¿No se propugna el rechazo del consumismo, del lujo, de la ostentación? ¿No es todo eso algo bueno para La Tierra, para la ecología, para limitar la malignidad del ser humano? ¿Qué más dará que esos movimientos condenen a muerte y ejecuten sumariamente esas condenas por causas repugnantes para la propia izquierda y que se armen además de con piedras con bombas alrededor del cuerpo de inocentes-imbéciles, con armas bacteriológicas y químicas, con armas atómicas, y con lo que haga falta para exterminar al enemigo, para borrarlo de la faz de La Tierra?

La izquierda tiene, de un modo más acentuado que la derecha, (y no me refiero a sus formas más extremas ni al fascismo con quien las equiparo, que no callan sino que vociferan hasta tapar con sus voces acusadoras toda opinión contraria) un código de silencio casi tan rígido como el de la mafia, con grados que permitirían definir todo un espectro. Y, por qué no con esa certeza que les provee la seguridad de representar a los hombres verdaderos, unos más que otros, se permitan defender y hasta aplicar la idea de que haya que borrar de la faz de La Tierra a los malditos que sean oportunamente señalados incluso desde arriba, muchas veces mediante una diana o con el dedo, mediante un artículo de prensa o desde una tribuna, e incluso con una bala en la frente de la foto, por los supremos sacerdotes que prometen esos cielos.

Como en las peores épocas en las que se limpió de gente seguramente interesante buena parte del mundo... en provecho de unos cuantos ambiciosos y de toda su caterva de familiares y amigos... (como, por ejemplo, durante La Inquisición.)


Pero lo real no es lo objetivo, el examen de autoconciencia, la repulsa de lo peor de la humanidad, sino el mito y el poder del propio grupo. Y desde esa perspectiva, ejemplo más, ejemplo menos, los miembros de ambos bandos no son sino... meros seres humanos. Cada uno con sus genes, cada uno con sus carencias y sus necesidades. Y que hoy, en España, se identifican con esa izquierda o con esa derecha. Para vivir su simulacro de contienda.

En ese contexto, permanecer al margen es demasiado arriesgado. Ir más allá de la superficie es peligroso. Para ello hay que estar dispuesto a quedarse prácticamente solo, acusado de traidor o de enemigo desde los dos extremos del escenario.

2 comentarios:

Paco Beltran dijo...

Hola, Carlos. Gracias por tus comentarios. Sí, todo es un "simulacro de contienda", pero tampoco dramaticemos. Mario V. Llosa tiene dicho algo con lo que estoy muy de acuerdo: prefiero el civilizado sistema político de los aburridos relojeros suizos que, por ejemplo, los sobresaltados e inestables escenarios de los divertidos y creativos caribeños o centroamericanos. Quiero decir que allí donde "izquierdas" y "derechas" (términos vagos, etc.) están de acuerdo en un orden social y en unos procedimientos políticos básicos (por mucho que escenifiquen reyertas, y en España estamos llegando ya a un nivel de hartazgo, en este sentido), la probabilidad de paz y de avances graduales es mucho mayor que en sociedades polarizadas donde todo es tejer y destejer, cuando no soportar crímenes de Estado.
Seguimos en contacto bloguero.
Saludos,
Paco

Carlos Suchowolski dijo...

Hola, la justificación de las llamadas a la alerta no son los asaltos totales (que siempre podrían ocurrir en determinadas circunstancias que no se evitarán con el nombre "Europa" o "Civilización", sino porque "la realidad no lo permita") sino la sistemática marcha, lenta pero deteriorante del espacio de libertad de pensamiento y de satisfacción por el pensar y el saber. O como quiera cada uno llamar a esa frustración creciente que nos invade a cada rato, tras cada esfuerzo, tras cada acto de esos que nos devuelven la imagen de "grandes seres humanos".
Como este post puede quedar, con sus comentarios, sumergido, lo copio en tu blog.
Hasta todo momento.