sábado, 31 de marzo de 2007

Cosas de Gran Hermano

¡Cada tanto me viene a la cabeza lo que leí de Sartre durante mi adolescencia! Sí, todavía me sigue llegando a las víceras ese tramposo que escribía tan bien, con una fuerza que hacía verdaderas hasta las parcialidades (esto nos sigue subyugando más allá de la verdad que encierren y lo contrario), dándoles un sentido universal que es más literario que científico. Tal vez sólo se deba a que hay cosas que vienen particularmente a cuento en estos días, como por ejemplo esto que puso en boca de uno de sus personajes:



Se representa a los héroes porque
se es cobarde. Y a los santos porque se
es perverso. Se representa a los
asesinos porque se muere uno de envidia por
matar a su prójimo. Se
representa porque se es mentiroso de nacimiento.
(Kean)


Sartre se refería sin duda al autoengaño y no a la mentira que caracteriza al estafador que sabe lo que hace y para conseguir qué inmediatez. En todo caso, también a la mentira que se deriva de aquel mecanismo más o menos inconsciente o compulsivo del que no es fácil salir, y que incluso está muchas veces en la base del propio estafador, en su psicología profunda.

La culpabilidad, la vergüenza, el miedo, la avaricia, la mezquindad, la cobardía... hacen que la mentira sea indispensable para el hombre. Se trata de una defensa que intenta evitar que nos enfrentemos a nosotros mismos, a ese aspecto de nosotros que menos podemos soportar y que a veces da lugar a la esquizofrenia o a la catatonia y otras al suicidio.

Pero mentirnos, engañarnos, implica mentir y engañar a los demás, al menos al agresor o al enemigo al que no nos animamos o no somos capaces de enfrentarnos. Incluso podemos mentirnos acerca de que no mentimos. La mente opera como el órgano más sofisticado de defensa posible. Está ahí arriba, en el cerebro, para eso. El problema, pues, no es de moral, de imposición, de voluntad: es, como apunta Sartre (tal vez por intuición o en aras de un impulso literario típico de los escritores, superior a sus conocimientos científicos o a su concepción ideológica), de nacimiento.

Para la mentalidad judeo-cristiana y cartesiana (que la consolidó y legitimó racionalmente), es muy difícil aceptar que el hombre sea un animal más (hasta ahora, el más complejo), pero, increíblemente, lo es más el aceptar que segamos respondiendo al mismo código genético del hombre primitivo. Incluso al mismo que movía hasta hace nada a los hombres de la antigüedad y la edad media, a los bárbaros y a los romanos, a los espartanos y a los persas, a los inquisidores y a los Borgia. Más aún, ni siquiera a los nazis, a los bolcheviques o a los sanscoulotes...

Y sin embargo, son las mismas reglas las que se vienen reproduciendo desde la prehistoria del hombre.

En aquellas épocas, unos nacían más preparados que otros para sobrevivir: los había fuertes y resistentes y los había astutos y frágiles. Los peligros eran tantos y tan diversos, que todas las habilidades defensivas y agresivas tuvieron su oportunidad y lograron reproducirse. Por eso nacieron conductores (y fueron asesinados otros) y muchos se sintieron más atraídos por la búsqueda de protección, o sea, por cobijarse bajo la conducción de otros. Claro que hubo y sigue habiendo más variantes, pero, todas llevan implícitas esas dos grandes tendencias. Los que lo consiguieron con una u otra arma, sobrevivieron y se reprodujeron, y, al cabo de los siglos, unos dieron lugar a los esclavos y otros a los conquistadores, a los campesinos y a los terratenientes, a reyes y a vasallos, a representantes y representados.

Hoy, en plena edad de oro de la burocracia política, muchos dieron de su seno a intelectuales más o menos serios pero también a otros de pacotilla, a pícaros, a vendedores de feria y hasta a simples vociferentes que en el mejor de los casos sólo saben despreciar con superioridad impostada. El mundo está dividido en dos grandes grupos de los que pocos pueden decir que están totalmente desvinculados: los dirigentes y las masas electorales o potencialmente electorales (esto donde se ha establecido una dictadura momentánea que siempre acaba en transición o en democracia impuesta desde afuera.)

Pero en estos tiempos de predominio burocrático, cuando el proceso de burocratización alcanza a los propios productores y a los gestores de la producción, cuando la producción misma es fundamentalmente burocrática (concepto que prometo desarrollar más pero que uso para indicar no sólo bajo qué parámetros se conduce, a veces hacia lo socialmente innecesario, sino porque, como todo lo que una sociedad produce, ésta lo hace también desde un imperativo imaginario que se corresponde con la psicología social que se ha impuesto a todos y que justifica cada producto, cada necesidad, cada sistema), la Mentira se ha convertido en un arma legítima del arsenal del luchador burocrático actual.

Se observan incluso casos realmente alucinantes. Por ejemplo en la España de hoy e incluso a razón de docenas por día.

No sólo se miente, se desdice la mentira previa, se ocultan y enmascaran los hechos y se cubren de un velo de falsa verdad, bendecida y deseada, se distorsionan, se reescribe acerca de ellos y de sus causas, se retrocede hasta encontrar el ejemplo histórico y se retoca, se describen con palabras inapropiadas y con frases incompletas que no dicen nada y sugieren ambigüedades, etc. Se dan por redefinidos las palabras y los conceptos mal empleados adrede, se retira del discurso el contenido y se dejan las expresiones de deseo más vagas y menos comprometidas para que nada quede claro y se sobreentienda lo que se desee sobreentender, incluso para acusar a quien las interprete peligrosamente de manipulador. Y esto lo hacen principalmente quienes ocupan el poder hoy en concreto: la camarilla que tiene por caudillo a Zapatero. Porque la oposición burocrática, hoy al menos, se defiende y en lo fundamental no le queda sino apelar a toda la parte de verdad que pueda y sea capaz de ver y de utilizar en su defensa.

Baste para muestra un botón de actualidad: Se está acusando al PP de coartar la libertad de prensa por negarse a participar de la mayoría de las actividades que organice un grupo de prensa y de presión que los ha denigrado calificándolos inapropiadamente e incluso amenazadoramente (es lo que hizo nuevamente el Grupo Prisa mediante una diatriba directa de su jefe Polanco, y es amenazadora porque donde haya falangistas anticonstitucionales habrá que perseguirlos e ilegalizarlos y sacarlos de sus refugios donde estén encubiertos con ayuda de la policía; porque serían sencillamente golpistas, ¿o no?, serían realmente peligrosos para la democracia, no sólo dignos de un "cordón sanitario" sino de extirpación -algo que se dijo por ahí y luego sólo se silenció-), aunque creo que, sobre todo, fue con el fin de provocarlos algo más.

Ahora bien, ya que me he metido en este tema, la pregunta que debería interesar y que muy pocos se hacen es: ¿acaso es el PP quien detenta el poder, quien controla al Estado? Sin duda que no, ya que está en la oposición. ¿Puede su plante significar una medida de coacción sobre los derechos de los demás? Sin duda que no, salvo en los que hace a la ya coactiva pero aceptadas reglas de disciplina dentro del partido que la llamada izquierda enseñó a practicar a todos los burócratas bajo el nombre de centralismo democrático, ya que sólo es la negativa de un grupo social cohesionado y fiel a sus propias reglas. Incluso el hecho de que ejerce la oposición no es aquí lo relevante ya que lo mismo diría de otro que fuese gubernamental o progubernamental, porque sólo tendría un significado coercitivo desde el único punto de vista posible que esta calificación se debe y se puede hacer, si viniera del mismísimo Estado; porque no se puede equiparar ninguna acción de un grupo particular con la acción represora de la policía en cumplimiento de una ley vigente ni con con la violencia del Estado en general ejercida mediante la promulgación de una ley dirigida a recortar derechos o a conculcarlos.

La libertad de prensa, sin duda, sigue allí, absolutamente impoluta (y limitada en algún aspecto sin duda por las leyes vigentes.)

Lo contrario sería algo que habría que imponer por ley (¿es lo que se pretende quizá contra el "falangismo" que se manifiesta en contra?), y eso sería una coacción contra el derecho: "Ud, como burócrata, debe publicar, declarar, debatir y retratarse en todos los órganos de prensa, en los afines como en los que lo critiquen, incluso si lo denigran e proclaman medidas punitorias contra su organización y sus simpatizantes."

¡Esa sería una ley que recortaría derechos! Es decir, que todo es al revés, lo contrario, la mentira, el desconcierto...

¡Pero no es así y hay que dejarlo claro!: cualquiera tiene derecho a hablar con quien quiera y a no hacerlo con quien no quiera. En todo caso, podrá tratarse de un maleducado o de un intolerante, pero nunca puede ser tildado de represor a quien no tiene poder para serlo. Por el contrario, para poder evitar esa mala educación, habría que reprimir, imponer una conducta, obligar a mantener al enemigo a pan y agua, por ejemplo.

¿Están loquitos quienes tan pobremente pontifican, saben que no respetan ni siquiera los conceptos, o nuevamente se trata de la mentira consciente y del uso forzado del lenguaje y de los conceptos (los que hemos definido en los últimos siglos con el simple fin de entendernos) para que las masas vociferen sin otra base que los imperativos tácticos de sus supuestos representantes? ¿Cómo se pueden ignorar sin más esos conceptos básicos, avasallarlos o desconocerlos, distorcionarlos o consentirlos, que la humanidad se ha dado mal que mal para entenderse y escapar de la Torre de Babel de la ignorancia y de la manipulación? ¿Se trata de incultura o de malintención maquiavélica? ¿De pérdida del sentido o de intención de confundir a cualquier precio? ¿No son, de esta forma, estos los más claros esclavizadores de las masas: los que inventan y propagan esas falacias destructivas del intelecto y de la lucidez a la vez que dicen hacerlo en nombre de la libertad, la verdad y tantas otras mentiras desconcertantes? ¿Es esto lo que inculcarán mediante la asignatura que han impuesto (¡esta es una imposición, una coerción, un recorte de derechos para conseguir según se declara engañosamente, un pueblo más civilizado!) llamada "Educación para la ciudadanía"?

¡Venga, que pasen los payasos, que vengan luego los malabaristas, total, sólo estamos en el circo del invocado Gran Hermano!

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